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50 ediciones del festival de
Mérida

Yo, Claudio, dirigida por José
Carlos Plaza y protagonizada por Héctor Alterio,
abre el 1 de julio el 50 Festival de Teatro
Clásico de Mérida, el más antiguo de España. Tan
señalada edición se celebra con una ambiciosa
programación que se prolongará hasta el 29 de
agosto, una exposición en el Museo Romano de
fotografías sobre los espectáculos representados
en el teatro, un ciclo de conferencias y la
edición de un libro sobre su
historia.
La excavación del teatro
romano de Mérida, terminada en 1916, despertó
lógicamente el interés de los artistas de la época
por actuar en un lugar tan singular. Así, en 1924
un grupo de estudiantes estrenan Cautivos, de
Plauto; y en 1933, Margarita Xirgu y Enrique
Borrás, dirigidos por Rivas Cherif, Medea, estreno
que se considera la primera edición del Festival
de Mérida. Es, por tanto, el festival de teatro
más antiguo del país aunque no el que más
ediciones ha celebrado. Su historia la cuenta José
Monleón en el libro que por encargo del certamen
ha escrito para conmemorar su 50 aniversario,
Mérida: Los caminos de un encuentro popular con
los clásicos grecolatinos; un libro en el que
el profesor emplea a fondo su grandiosa retórica
para dar forma a un tratado dialéctico sobre la
historia del Festival y darnos una nueva lección
de su idea didáctica del teatro. Aunque Monleón
señala que el Festival nació de un proyecto
cultural y político, Jorge Márquez, actual
director del Festival, cree que “el estreno de la
Xirgu fue más bien un hecho aislado. Borras y ella
venían con su compañía a actuar a Badajoz y
conocieron el teatro romano; se proponen actuar
allí y consiguen una subvención del gobierno
republicano. Cuando vuelven al año siguiente, ya
intentan darle una dimensión de festival, hacen
dos espectáculos: Medea y Electra e
incluyen un concierto de música española y un
recital de danza, y además asiste el propio
Azaña”. Es una edición bautizada como “Semana
romana” que para el probo crítico tenía “un aire
turístico”. La inestabilidad política y la guerra
civil abortarían la celebración de consecutivas
ediciones hasta 1939, cuando tiene lugar el
estreno aislado de La Aulularia, de Plauto,
a cargo del Carro de la Farándula, dependiente de
la Sección Femenina.
Hasta 1953 no se
retoman los estrenos en Mérida. Un años después
comienza lo que Monleón llama la “segunda
experiencia” del Festival, en la que tiene un
papel destacado el director José
Tamayo.
Los éxitos de Tamayo Este
obtiene grandes éxitos con el estreno en 1954 de
Edipo, protagonizado por Paco Rabal (se
repondría en 1960) o al año siguiente de Julio
César, en versión de José María Pemán con
quien volvería a colaborar en sucesivas
producciones. Es una etapa que tampoco convence a
Monleón: “Pertenece al populismo, para el que
importa el número de participantes y no la
característica del espectáculo y los niveles de
conciencia de la participación” (conciencia
política, se entiende). Tamayo, “en su doble
faceta de director y productor, consigue darle una
dimensión nacional al Festival, concitar a toda la
crítica aquí. Luego es el primero en introducir la
luminotecnia, en hacer autores no grecolatinos
como Shakespeare o en utilizar el anfiteatro.
Aprovecha la grandiosidad del teatro y lo llena de
figurantes, quién no ha hecho en Mérida de
‘pecholata’”, explica Márquez. Sus aportaciones
fueron muy valiosas y colaboró intensamente con el
Festival hasta 1961, fecha en la que éste se
integró en la red de los Festivales de España.
Luego espació sus intervenciones hasta entrados
los años 80. Además de los citados títulos, Tamayo
montó para Mérida Numancia, La Orestiada,
Calígula con José María Rodero y Medea,
el título más representado en el teatro romano. De
estos años es célebre también la Medea de
Nuria Espert, dirigida por su marido Armando
Moreno y que la catapultó como una de nuestras
trágicas; luego la volvería a protagonizar en 1979
dirigida por Tamayo, y en 2001 por Cacoyannis.
El primer desnudo
emeritense Tras una etapa (1965 a 1967) en
la que se programa ópera y danza (Julio
César de Haendel y La Atlántida de
Falla), e incluso se plantea dedicar el Festival a
la ópera, Mérida sufre tres años de interrupción.
En 1971, José Luis Alonso estrena Antígona,
con María Fernanda D’Ocon, y la danza vuelve a
convivir con las tragedias griegas. Pero es en
1977 cuando se retoma con determinación la
representación de los textos grecolatinos. Domingo
Miras adapta Ayax, de Sófocles, y Francisco
Nieva La paz, de Aristófanes, con Julia
Trujillo . Esta última obra, dirigida por Manuel
Canseco, pasará a la historia del teatro
emeritense porque propició el primer desnudo del
festival, protagonizado por Ángela
Reyno.
En 1984 la Junta de Extremadura
asume las competencias culturales y crea el
patronato del festival que establece que las obras
nazcan y mueran en Mérida para que no sean
repetidas en otros escenarios. Como dice Márquez,
“una utopía, una barbaridad imposible de
mantener”. Se nombra director del Festival a
Monleón, quien rompe con el regionalismo extremeño
que se había observado en las ediciones previas
fruto de la nueva España autonómica. Monleón se
propone investigar en la representación de la
tragedia griega e invita a compañías extranjeras
(la primera vez se hizo en 1963 con el Teatro del
Pireo). Supone la colaboración de los directores
Terzopoulos, Spyros Evangelatos o Cacoyannis y se
suscita el debate de las dificultades que entrañan
las representaciones en un idioma extranjero.
Sobre esta etapa, Márquez explica que “es
interesante porque Monleón consigue darle una
identidad al Festival, pero quizá haya un exceso
de carga ideológica que ignora la idiosincrasia
del público y que produce enormes éxitos
minoritarios”.
En 1990 Manuel Canseco se
hace cargo del Festival con la pretensión de
universalizarlo –estamos en Europa–, y confecciona
una programación que divide el capítulo musical
del dramático y que se abre a las nuevas
tendencias. Se repone uno de los espectáculos de
Tamayo más sonados, Calígula, en esta
ocasión protagonizado por Imanol Arias.
La
última etapa, antes de la actual, se encomienda a
la empresa Espectáculos Ibéricos, cuya política
pretende atraer al público joven y ganar
espectadores. Durante seis años ofrecen una
programación heterogénea y lúdica, con títulos
grecolatinos y otros de difícil encaje en este
género.
Dos millones de
euros Márquez dirige el festival desde el
año 2000. En estos años su política ha sido la de
“intentar buscar el equilibrio entre popularidad y
calidad. No quiero hacer un festival para
minorías. Por eso, baso la programación más en los
directores que en los actores”. Terzopoulos,
Daniel Benoin, Cacoyannis, Lluís Pasqual, Peter
Stein o Daniel Barenboim han sido algunos de los
que ha programado, y Bob Wilson y Mario Gas los
convocados este año. Con poco más de dos millones
de euros (unos 400 millones de pesetas), es uno de
los pocos festivales españoles que produce
espectáculos y, posiblemente de no existir,
difícilmente se haría en nuestro país teatro
grecolatino. “Es la coproducción con otros
festivales como el Grec de Barcelona o el de
Sagunto”, explica Márquez, “lo que nos permite
amortizarlos y nuestra intención es que las obras
sean más perdurables”. Y añade: “También las
coproducciones con otros festivales extranjeros
con los que hay una concordancia de intereses es
una vía en la que queremos continuar, contribuye a
darle una proyección internacional al Festival.
Proserpina de Bob Wilson lo hemos hecho con
el de Epidauro (Grecia) y el de Darío Fo con el de
Siracusa (Italia)”.
PERALES,
Liz |