Adrián Daumas “Siguen llamando a las momias para dirigir
los teatros públicos”
Adrián Daumas pertenece a la
generación de directores madrileños que ronda los 40,
con una intensa trayectoria, llamados a renovar la
escena. Pero, según dice, “los teatros públicos de
Madrid son un feudo cerrado a cal y canto en los que no
hay relevo generacional posible”. Formado en Harvard, su
repertorio se centra en los autores universales, con
Shakespeare a la cabeza. Hoy presenta en el Teatro de
Madrid su primer clásico español: El castigo sin
venganza, una de las mejores tragedias de Lope de
Vega.
Es otra de las voces descontentas con la
política teatral llevada en estos últimos años. Adrián Daumas
dispara a bocajarro sobre Andrés Amorós y sus directores: “Me
han dejado de interesar los despachos del Ministerio de
Cultura, sus subvenciones y su política desastrosa. Hay gente
que se calla, pero yo ya me he cansado de ser políticamente
correcto. Hasta que Amorós y compañía no se vayan, ellos que
han llevado al Centro Dramático Nacional (CDN) y a la Compañía
Nacional de Teatro Clásico (CNTC) a la decadencia, las cosas
no cambiarán”. ¿Y cómo deberían cambiar las cosas? Daumas es
otro defensor más de la excepción cultural, del proteccionismo
político a las Artes en general, y al teatro en particular. Y
eso que es un hombre de formación anglosajona: iniciado en el
teatro de forma autodidacta (estudios de teatro
físico-gestual, taller con Jan Fabre, asistente de dirección
con Bob Wilson, accesit Marqués de Bradomín), acabó a los 23
años en Harvard, con una beca Fullbright en el American
Repertory Theatre, lo que según dice le proporcionó una
educación privilegiada y le permitió conocer un teatro “muy
profesional, que depende en un 50 por ciento de la taquilla y
el resto de los patrocinios”.
Hoy Daumas forma parte
de ese grupo de directores (Roberto Cerdá, Ana Zamora, Eduardo
Vasco) que trabajan en Madrid y a los que eufemísticamente
llamamos “jóvenes”, aunque su edad ronde los 40 años. Su
trayectoria profesional se significa por un repertorio
arriesgado, jalonado por 18 montajes en su mayoría clásicos:
con Shakespeare a la cabeza (ha montado cuatro), pero en el
que figuran autores franceses que rara vez se ven en nuestros
escenarios (Corneille, Marivaux), y algún contemporáneo como
Sinisterra. Ahora presenta en Madrid su primer clásico
español, El castigo sin venganza de Lope de Vega, “un
obra con la que se atreven pocos, muy difícil de montar y que
lleva sin representarse en nuestro país 25 años, cuando la
hizo Miguel Narros en el Español”. Daumas y Rafael Pérez
Sierra, autor de la versión, han reducido la obra a una hora y
45 minutos de duración con virtuosa tijera si se tiene en
cuenta que la de Narros duraba tres horas y media. El director
la ha resuelto con una puesta en escena limpia, casi vacía de
elementos escenográficos, que se sostiene en el diseño de
iluminación y en el trabajo interpretativo (Manuel Navarro es
el duque de Ferrara, Daniel Ortiz es Federico y Lidia Navarro,
Casandra): “Hemos respetado el verso sin prosificarlo. No me
gusta hacer arqueología teatral, me interesa hacer un discurso
cercano al espectador pero sin caer en
moderneces”.
La injusta fama de Corneille –Me
choca que no figure este título en el repertorio de la
CNTC. –Como le digo es una obra difícil. Yo creo que es el
Hamlet español y junto con El caballero de Olmedo son
el canon de la tragedia. Y ni la CNTC ha producido la obra ni
tampoco ahora nos ha invitado a formar parte de la
programación. La estrenamos en Almagro, donde hubo otros
espectáculos que gustaron mucho: La cárcel de Sevilla, El
auto de la Sibila Casandra y el nuestro, pues bien,
ninguno lo ha programado la CNTC. Está claro que no aplica
criterios de calidad.
–Dice que El castigo... la
hace en un momento de su trayectoria muy especial ¿A qué se
refiere? –Salgo de hacer un Corneille que no se ha vendido
bien, La comedia de las ilusiones. En España existe el
tópico de que Corneille y Racine son dos autores pesados, algo
con lo que lógicamente no estoy de acuerdo. Pero Corneille me
ha llevado a Lope, pues yo quería radicalizar su discurso, no
hacer guiños al público con una comedieta. Y soy consciente de
que hacer tragedia hoy en día no es lo más fácil y atractivo.
Y más si encima eliges El castigo sin venganza, que nos
ha exigido casi tres meses de ensayos, algo bastante inusual
para una compañía.
–¿Cómo se mantiene una compañía
privada en Madrid que, además, se empeña en hacer
clásicos? –No puedo decir que tenga una compañía
exactamente. Para esta producción he colaborado con Rafael
Pérez Sierra, autor de la versión, y Roberto Alonso Cuenca,
asesor de verso. Pedro Moreno ha hecho el vestuario. También
actores que han estado en La Abadía, como Carlota Ferrer. Pero
bueno, suelo trabajar con un equipo de actores más o menos
fieles. No soy partidario de la compañía estable, es un
concepto monolítico y funcionarial. Cuando hay confianza, la
gente se apalanca. Además, en Madrid no se podría mantener y
con este Ministerio lamentable, menos.
–¿Por
qué? –Esas normativas leoninas para solicitar una
subvención, donde hay que cumplir a rajatabla una normativa
que aplican hasta en la letra más pequeña.
–¿No le
parece lógico que se vigile el cumplimiento de la ley? –Sí,
pero creo que la normativa actual de subvenciones es nefasta.
Es necesaria una Ley de Teatro y cambiar la de las
subvenciones para que sea más realista. Ni los propios
políticos saben qué hacer con ella. Prometieron cambiarla y no
lo han hecho. No pienso volver a pedir ninguna subvención al
INAEM. Después de recibirla y cumplir el número de funciones
que te exigen en las comunidades requeridas, haces el
prorrateo del IVA en Hacienda y, si lo piensas bien, no sé si
te compensa.
–Esta obra está subvencionada. –Sí, por
la Comunidad de Madrid, la única entidad pública que ha
colaborado. Me han dado 33.000 euros de los 110.000 que me ha
costado el montaje. Y llevo doce personas, un vestuario de
Pedro Moreno... vamos, cuido mucho la producción .
Afortunadamente está yendo bien, pero yo no empiezo a hacer
caja hasta la función 15 ó 20.
–Usted ilustra muy bien
esa figura de joven director que debe producirse sus propios
espectáculos. –Sí, pero eso, que en cine es muy habitual,
en el teatro está mal visto. Llevo trabajando así ocho años y
me va bien, gracias a la colaboración de Rosa Basante,
anterior Consejera de Cultura de la Comunidad de Madrid, y de
Alicia Moreno.
–Es un fijo del Festival de Almagro,
pero un ausente de los teatros institucionales. ¿Nunca le han
llamado? –Jamás me han llamado del CDN o de la CNTC, en los
que siempre dirigen los mismos y les importa poco el recambio
generacional. Algo que no pasa en el teatro catalán, donde
puedes ver a Rigola en el Lliure, por ejemplo. Al menos allí
el teatro público parece más receptivo.
Gas y el
relevo generacional –¿Y cree que Mario Gas, que va a
dirigir el Español, es signo de cambio generacional? –Pues
tampoco lo es. Ahora, si su propuesta es dirigir un
espectáculo al año e invitar a otros directores, a ser posible
de distintas generaciones, a que monten otros títulos, me
parece bien. Si lo suyo va a ser comerse él solo el
presupuesto, será lo mismo que el modelo viciado de la CNTC o
el CDN, que son feudos cerrados a cal y canto, algo que no
pasa en La Abadía. Para mí es el único modelo que yo puedo
entender porque, al menos, antes ofrecía al actor una
formación integrada. De su compañía han salido intérpretes muy
formados, una camada de la que nos hemos nutrido
algunos.
–Alonso de Santos podría esgrimir que lo que
usted defiende es lo que él hace en la CNTC, pues le encarga
producciones a otros directores. –La CNTC ya no es nada, no
tiene prestigio, se lo han cargado. Los títulos que ha hecho
en los últimos cuatro años han sido, con alguna excepción,
repeticiones de su repertorio. En Madrid sólo hay un modelo y
no se caracteriza por defender un teatro moderno. A nivel
institucional, los de mi época somos una generación perdida
pues todo lo que huela a joven y desconocido no se tiene en
cuenta. Aquí siguen llamando a las momias.