Gerardo VERA
Era un actor, un
hombre capaz de pasar de un registro a otro con la suavidad de
un guante: podía meterse en la piel de un novio chuleta y
bordar un protagonista clásico sin perder la compostura. En el
teatro ha hecho de todo. Yo creo que la mejor manera de
recordarle hoy, esta tarde de domingo tan rara, es hablando de
él, con sus trabajos, cada una de sus interpretaciones que
pertenecen ya, y por derecho propio, a nuestra historia. Yo he
crecido con él y ha sido punto de referencia cultural y humana
en mi carrera. Por eso siento hoy un gran
vacío.
La primera vez que le ví fue
cuando representaba en Madrid «Las que tienen que servir»,
junto a Concha Velasco y Manolo Gomez Bur. Yo, en aquella
época, era un loco fanático de Concha. Me acercaba al teatro,
y en la puerta esperaba en tiempo que hiciera falta a que
saliera ella para que me firmara una fotografía, sólo eso. Ésa
fue mi primera referencia, porque, la verdad, no le conocía
como actor, y a partir de ahí, he seguido toda su carrera, tan
vasta, tan rica, tan llena de matices, porque era un hombre
cercano, próximo, entrañable, enorme, cálido, excepcional,
cordial, con una voz poderosísima. Y creo que me quedo
corto.
Nada más enterarme de la noticia
de su muerte repentina he ofrecido, como responsable del
Centro Dramático Nacional, el teatro para que acogiera la
capilla ardiente, que finalmente se abrirá hoy en el Reina
Victoria, donde trabajaba hasta que cayó
enfermo.
Con su marcha desaparece un tipo
de actor irreemplazable, que participó de la tradición
realista del teatro de su época y que, además, se asomó,
primero, y ayudó a construir, después, la modernidad de la
escena de nuestro país, con directores que entonces comenzaban
y que hoy son nombres consagrados. Él entró en una nueva época
y, tanto su carrera como su trayectoria, son irreemplazables e
irrepetibles. Pertenece a una generación –me vienen a la
cabeza Bodalo, Rodero...– que está en la memoria colectiva y
que forma ya parte de nuestras vidas, quizá porque era de esos
actores que se te metía en el alma. Su marcha significa
prescindir de una parte sustancial de la historia española.
Nuestro primer encuentro profesional se produjo en una serie
que se llamaba «El jardín de Venus», y recuerdo, sobre todo,
su calidez, enorme. Años más tarde estuvimos a punto de
trabajar también en televisión a las órdenes de Emilio
Martínez Lázaro, en un proyecto sobre las guerras carlistas.
Yo me iba a encargar del vestuario y la dirección artística, y
él y Lola Gaos asumían los papeles principales. Cuando nos
desplazamos a rodar surgieron problemas de tipo laboral.
Mientras los temas se arreglaban no se nos ocurrió mejor cosa
que marcharnos al cine y vimos «Tiburón». Fue una tarde
estupenda. Lo peor de todo es que los problemas comenzaron a
crecer y el proyecto, finalmente, se suspendió. Hablar esta
tarde de Agustín González es hablar de la historia del teatro
español.