lunes 17 de enero de 2005

 


Irreemplazable e irrepetible


González en «El cántaro roto»

Gerardo VERA
Era un actor, un hombre capaz de pasar de un registro a otro con la suavidad de un guante: podía meterse en la piel de un novio chuleta y bordar un protagonista clásico sin perder la compostura. En el teatro ha hecho de todo. Yo creo que la mejor manera de recordarle hoy, esta tarde de domingo tan rara, es hablando de él, con sus trabajos, cada una de sus interpretaciones que pertenecen ya, y por derecho propio, a nuestra historia. Yo he crecido con él y ha sido punto de referencia cultural y humana en mi carrera. Por eso siento hoy un gran vacío.
   La primera vez que le ví fue cuando representaba en Madrid «Las que tienen que servir», junto a Concha Velasco y Manolo Gomez Bur. Yo, en aquella época, era un loco fanático de Concha. Me acercaba al teatro, y en la puerta esperaba en tiempo que hiciera falta a que saliera ella para que me firmara una fotografía, sólo eso. Ésa fue mi primera referencia, porque, la verdad, no le conocía como actor, y a partir de ahí, he seguido toda su carrera, tan vasta, tan rica, tan llena de matices, porque era un hombre cercano, próximo, entrañable, enorme, cálido, excepcional, cordial, con una voz poderosísima. Y creo que me quedo corto.
   Nada más enterarme de la noticia de su muerte repentina he ofrecido, como responsable del Centro Dramático Nacional, el teatro para que acogiera la capilla ardiente, que finalmente se abrirá hoy en el Reina Victoria, donde trabajaba hasta que cayó enfermo.
   Con su marcha desaparece un tipo de actor irreemplazable, que participó de la tradición realista del teatro de su época y que, además, se asomó, primero, y ayudó a construir, después, la modernidad de la escena de nuestro país, con directores que entonces comenzaban y que hoy son nombres consagrados. Él entró en una nueva época y, tanto su carrera como su trayectoria, son irreemplazables e irrepetibles. Pertenece a una generación –me vienen a la cabeza Bodalo, Rodero...– que está en la memoria colectiva y que forma ya parte de nuestras vidas, quizá porque era de esos actores que se te metía en el alma. Su marcha significa prescindir de una parte sustancial de la historia española. Nuestro primer encuentro profesional se produjo en una serie que se llamaba «El jardín de Venus», y recuerdo, sobre todo, su calidez, enorme. Años más tarde estuvimos a punto de trabajar también en televisión a las órdenes de Emilio Martínez Lázaro, en un proyecto sobre las guerras carlistas. Yo me iba a encargar del vestuario y la dirección artística, y él y Lola Gaos asumían los papeles principales. Cuando nos desplazamos a rodar surgieron problemas de tipo laboral. Mientras los temas se arreglaban no se nos ocurrió mejor cosa que marcharnos al cine y vimos «Tiburón». Fue una tarde estupenda. Lo peor de todo es que los problemas comenzaron a crecer y el proyecto, finalmente, se suspendió. Hablar esta tarde de Agustín González es hablar de la historia del teatro español.

 
 




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