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Al enemigo, ni
agua por Ignacio García
May

En España la cultura se
reconstruye constante y sistemáticamente a partir
de ruinas. Cada vez que un gobierno sustituye a
otro la consigna es: arrasad. Y los sicarios
arrasan y empiezan desde cero. En esta parodia de
democracia, en la que la sumisión a los dictados
de los partidos es más importante que la limpieza
y la claridad de las ideas, el Otro es siempre, y
sin excepciones, un enemigo. Las virtudes no
pueden existir en el rival político; y si existen,
deben ser masacradas, o enterradas bajo escoria.
Por esto, y contra esto, quiero yo aquí escribir
un agradecimiento público a Juan Carlos Pérez de
la Fuente ahora que deja de ser director del
Centro Dramático Nacional (CDN). Esto es: ahora
que no se gana nada con el halago. Ahora que el
cambio político dispara de nuevo sus mecanismos de
defensa y demolición y que la gran escoba barre de
nuevo el pasado.
Se ha dicho que, bajo su
mandato, el CDN ha sido un teatro sin público, y
particularmente ajeno a los espectadores jóvenes.
Esto no es una opinión: es, simple y llanamente,
una mentira. Y empieza a ser indignante el hecho
de que en el teatro (y, por extensión, la cultura)
de nuestro país se mienta con tanta impunidad sin
que nadie mueva un dedo. No hace mucho, Álvaro Del
Amo escribía que en el lugar de la sala Olimpia no
hay hoy más que un solar. No sólo no hay un solar,
sino que se alza en ese espacio, a punto de
terminar su construcción, uno de los mejores
edificios teatrales del Madrid futuro. Pérez de la
Fuente contestó adecuadamente a Del Amo pero, ¿por
qué los que no saben hablan y se les escucha,
mientras los que hacen su deber necesitan
explicarse? Y puestos a responder, ¿por qué no lo
hizo antes que nadie el propio Ministerio,
depositario último de esa responsabilidad? ¿O bien
algún representante cualificado de la profesión?
Si Pérez de la Fuente no hubiera contestado,
¿habría permanecido la patraña sin corregir? El
CDN ha llenado, y lo ha hecho con público
precisamente joven. Y no lo ha conseguido con una
programación fácil o a base de chequera (como lo
está haciendo el Español de Mario Gas; pero nadie
tiene cojones para decirlo porque son muchos los
que hacen cola para recoger las migajas), sino con
una serie de obras que a priori no resultaban nada
sencillas. ¿Quién había apostado antes por el
San Juan de Max Aub? ¿Quién habría pensado
que era posible montar La Fundación no como
un venerable clásico de los tiempos de la
dictadura sino como una metáfora al estilo
Mátrix capaz de seducir a espectadores
jóvenes que no saben quién es Franco? Se ha dicho
también que con Juan Carlos el CDN ha ignorado a
la dramaturgia española contemporánea. Pero… ¡Si
se ha programado a Aub y a Nieva, a Jardiel y a
Buero, a Arrabal y a Gala, a Mayorga, a Marsillach
y a Víllora e incluso al firmante de este texto!
¿Cuándo ha habido antes tanta presencia de la
escritura nacional en el CDN?
Esto no
pretende ser una hagiografía de Pérez de la
Fuente; sus errores podrán analizarse en otro
momento o lugar. Yo prefiero hacer aquí lo que en
nuestra profesión, no sé si por timidez, o por
pánico a definirse en un medio donde la ambigüedad
es una defensa contra el cambio de chaquetas, no
suele hacerse: agradecer lo bueno. Porque se
pueden discutir las opciones tomadas y hasta los
resultados de las mismas, pero no se puede negar
que, por primera vez en mucho tiempo, se ha podido
sentir que el CDN programaba desde una lógica, una
coherencia, un por qué, y no desde ese capricho
tan habitual de “ahora me apetece un Shakespeare y
luego un Lorca y más tarde ya veremos”. Pérez de
la Fuente y su equipo, con la insustituible
Rosario en cabeza, no han trabajado sólo para la
vanidad y el currículo propio, sino que dejan
detrás una herencia para que pueda ser disfrutada
por quienes les siguen: recogieron un espacio
teatral y se marchan dejando cuatro. Y, ya que
ahora se habla tanto del talante, subrayemos que
dejan también una forma de hacer basada en la
cortesía profesional y no en la soberbia o el
caciquismo. Por todo ello, y aunque no tenga mayor
valor, deseo dejar constancia de mi
agradecimiento; ahora, antes de que los
bulldozers de la política y de la cultura
circulen sobre el pasado para convencernos de que
hay que empezarlo todo otra vez. Paradójicamente,
a nuestro alrededor, la cacareada política de
renovación teatral va concretándose en una
decepcionante resurrección del espíritu de
escaparatismo del 92, como si nada hubiera
sucedido en doce años de teatro, como si no
hubiera una generación completamente nueva de
profesionales, como si el teatro no fuera un
territorio libre sino una finca o una tarta que
los sucesivos gobiernos reparten entre sus
fieles... Es lo que tiene trabajar entre ruinas:
acabamos convertidos en
espectros.
García May es dramaturgo y
director de la RESAD
GARCÍA
MAY,
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