Muere Alberto Miralles, exponente del teatro
español más comprometido
El autor de «Los
amantes del demonio» escribió sobre ETA, las cárceles y la
transición
En su teatro había sitio para
el humor y los clásicos, como en «Arcipreste», pero también
para la reflexión social. Un cáncer se llevó ayer la voz de
Alberto Miralles (Elche, 1940), que no enmudeció ante el
terrorismo de ETA («Los amantes del demonio») o la situación
en las cárceles («¿Hay motín, compañeras!»). Representante de
la dramaturgia social contemporánea, Miralles fue actor,
director, profesor y fundador de la Asociación de Autores de
Teatro y trabajó al lado de nombres como Adolfo Marsillach y
El Brujo.
Sin
miedo. Miralles lamentaba que no hubiera más textos
contra ETA en la dramaturgia
contemporánea
Redacción -
Madrid.- Miralles
falleció sobre la una de la tarde en el Hospital de Madrid, en
donde estaba ingresado desde hace varios días, a consecuencia
del agravamiento de su estado de salud. Hace un año le fue
diagnosticado un cáncer de pulmón, enfermedad que acabó ayer
con su vida. Había nacido en la ciudad alicantina de Elche, el
23 de septiembre de 1940, pero se trasladó a Barcelona, donde
se licenció en Filología Románica y obtuvo un título de la
Escuela Superior de Arte Dramático. Pronto comenzó a destacar
como dramaturgo con textos como «Cátaro Colón o versos de arte
menor por un varón ilustre» (1969). Tras recibir varios
premios, se afianzó como uno de los más sólidos exponentes de
la dramaturgia española surgida en los últimos años del
franquismo.
Con Marsillach
En 1967 crea el grupo Cátaro, con el que triunfa en Sitges
en 1968 y 1974. Adolfo Marsillach le llama como ayudante de
dirección de su famoso «Marat-Sade» y de «Las arrecogías del
besterio de Santa María Egipciaca». Influido por el teatro de
la crueldad, Brecht, y el Living Thèâtre, su dramaturgia va
cambiando hacia un modelo menos «callejero» y más asentado. En
1976 se traslada a Madrid. En «Céfiro agreste de olímpicos
embates» (1981) plasmó el desencanto del mundo del teatro en
plena transición política. «El jardín de nuestra infancia»
(1983) retrata un enfrentamiento generacional y en «La
felicidad de la piedra» (1995) bucea en un extraño asesinato.
Aunque algunas de sus obras comienzan a girar hacia la
comedia, nunca pierden el trasfondo social. Así, en «Comisaría
especial para mujeres» (1982), se acerca a los malos tratos,
en «Okupas en el Museo del Prado» (1994), cuestiona ciertas
políticas culturales con la excusa de un préstamo de cuadros
al Museo Guggenheim, y en «¿Hay motín, compañeras!» (2002), se
adentra en una cárcel de mujeres. En su
producción más reciente hay adaptaciones de clásicos como
«Arcipreste», un monólogo que llevó a escena Rafael Álvarez,
El Brujo, en 2000, pero también crudos alegatos contra el
terrorismo de ETA como «Los amantes del demonio» (2003). En la
producción de Miralles destacan otras obras como «Manzanas
azules, higos celestes» (1993), estrenada en 1998 con el
título de «Píntame en la eternidad», «Cuando las mujeres no
podían votar» (2000), un texto ambientado en 1931 sobre el
sufragio universal, y «Juegos prohibidos» (2001), sobre abusos
universitarios en los años 50. Además de impartir clases,
publicó numerosos artículos periodísticos, diversos libros
sobre teatro y sus abundantes piezas cortas, recogidas en
varios volúmenes. Además, fue fundador de la Asociación de
Autores de Teatro.