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miércoles 3 de marzo de 2004

 


Muere Alberto Miralles, exponente del teatro español más comprometido


El autor de «Los amantes del demonio» escribió sobre ETA, las cárceles y la transición

En su teatro había sitio para el humor y los clásicos, como en «Arcipreste», pero también para la reflexión social. Un cáncer se llevó ayer la voz de Alberto Miralles (Elche, 1940), que no enmudeció ante el terrorismo de ETA («Los amantes del demonio») o la situación en las cárceles («¿Hay motín, compañeras!»). Representante de la dramaturgia social contemporánea, Miralles fue actor, director, profesor y fundador de la Asociación de Autores de Teatro y trabajó al lado de nombres como Adolfo Marsillach y El Brujo.




Sin miedo. Miralles lamentaba que no hubiera más textos contra ETA en la dramaturgia contemporánea

Redacción - Madrid.-
Miralles falleció sobre la una de la tarde en el Hospital de Madrid, en donde estaba ingresado desde hace varios días, a consecuencia del agravamiento de su estado de salud. Hace un año le fue diagnosticado un cáncer de pulmón, enfermedad que acabó ayer con su vida. Había nacido en la ciudad alicantina de Elche, el 23 de septiembre de 1940, pero se trasladó a Barcelona, donde se licenció en Filología Románica y obtuvo un título de la Escuela Superior de Arte Dramático. Pronto comenzó a destacar como dramaturgo con textos como «Cátaro Colón o versos de arte menor por un varón ilustre» (1969). Tras recibir varios premios, se afianzó como uno de los más sólidos exponentes de la dramaturgia española surgida en los últimos años del franquismo.

Con Marsillach

En 1967 crea el grupo Cátaro, con el que triunfa en Sitges en 1968 y 1974. Adolfo Marsillach le llama como ayudante de dirección de su famoso «Marat-Sade» y de «Las arrecogías del besterio de Santa María Egipciaca». Influido por el teatro de la crueldad, Brecht, y el Living Thèâtre, su dramaturgia va cambiando hacia un modelo menos «callejero» y más asentado. En 1976 se traslada a Madrid. En «Céfiro agreste de olímpicos embates» (1981) plasmó el desencanto del mundo del teatro en plena transición política. «El jardín de nuestra infancia» (1983) retrata un enfrentamiento generacional y en «La felicidad de la piedra» (1995) bucea en un extraño asesinato. Aunque algunas de sus obras comienzan a girar hacia la comedia, nunca pierden el trasfondo social. Así, en «Comisaría especial para mujeres» (1982), se acerca a los malos tratos, en «Okupas en el Museo del Prado» (1994), cuestiona ciertas políticas culturales con la excusa de un préstamo de cuadros al Museo Guggenheim, y en «¿Hay motín, compañeras!» (2002), se adentra en una cárcel de mujeres.
   En su producción más reciente hay adaptaciones de clásicos como «Arcipreste», un monólogo que llevó a escena Rafael Álvarez, El Brujo, en 2000, pero también crudos alegatos contra el terrorismo de ETA como «Los amantes del demonio» (2003). En la producción de Miralles destacan otras obras como «Manzanas azules, higos celestes» (1993), estrenada en 1998 con el título de «Píntame en la eternidad», «Cuando las mujeres no podían votar» (2000), un texto ambientado en 1931 sobre el sufragio universal, y «Juegos prohibidos» (2001), sobre abusos universitarios en los años 50. Además de impartir clases, publicó numerosos artículos periodísticos, diversos libros sobre teatro y sus abundantes piezas cortas, recogidas en varios volúmenes. Además, fue fundador de la Asociación de Autores de Teatro.

 
 




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