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En España, a finales de los años cincuenta,
el teatro aficionado y el universitario empezó a
programar obras de Casona. Su estela pronto llegó
a las carteleras profesionales. Por entonces, el
dramaturgo asturiano era conocido en todo el
mundo, salvo en su país. Su condición de
republicano le hizo permanecer en Argentina tras
la guerra civil, protagonizando uno de los exilios
más famosos de la contienda. En los sesenta Casona
se instalaba en los teatros de Madrid con la misma
prodigalidad que lo hacía Alfonso Paso, a quien
disputó el cetro de la popularidad. Dicho éxito
motivó su más rápido regreso, pero el aumento en
la consideración popular fue de la mano del
descenso de su consideración estética, pues los
jóvenes aficionados al teatro sospecharon del
éxito. El público español de ese momento no era
precisamente un dechado de buen gusto, por lo que
la ecuación éxito comercial igual a pobreza
estética funcionaba con enorme precisión. Empezó a
no gustar Casona, tanto por lo rápido que se
asimiló su fórmula dramática, como por el apropio
que hizo el franquismo de su vuelta. Con el
tiempo, podemos comprender aquellas posturas, pero
también los límites de nuestros
planteamientos.
Alejandro Casona
(1903-1965), seudónimo de Alejandro Rodríguez
Álvarez, junto con García Lorca es el gran
innovador de la comedia española de su tiempo.
Ambos son los auténticos representantes del teatro
de la generación del 27, aunque sus supuestos
poéticos difieren sustancialmente. Su llegada a la
escena coincidió con el notable impulso que la II
República dio a la cultura. La puesta en marcha de
campañas de cultura popular significó una ruptura
en el decaído ambiente que había dejado la
Dictadura. En una de aquéllas campañas apareció
Casona, que ya había escrito una interesante
comedia, La sirena varada (1928), con la
que consiguió el premio Lope de Vega, estrenado en
1934 con éxito clamoroso. Ese movimiento cultural,
procedente de una universidad inquieta y activa,
fue el ambiente en el que situó Nuestra
Natacha (1936), que también obtuvo excelente
acogida. A partir de la crítica a los viejos
métodos pedagógicos proponía Casona el amor, la
confianza en el hombre y la libertad como
paradigmas de lo nuevo.
Llegaba a la escena
española un autor que no pretendía ofrecer
novedades estéticas procedentes del exterior, y
que se situaba más cerca del teatro comercial que
del de vanguardia. Casona tenía claro que lo que
quería era renovar la comedia burguesa,
recuperando la imaginación que iba diluyéndose en
Benavente, pero desde sus mismos postulados. Para
ello puso en conflicto lo real con lo onírico,
logrando un tipo de drama en donde combinaba la
sorpresa escénica con una depurada técnica,
entendiendo la primera como truculencia, y la
segunda, como forma habitual de teatralidad. Su
absoluto conocimiento de la escena se advierte en
la excelente disposición de los materiales
dramatúrgicos.
La fórmula casoniana es muy
precisa: tres actos, un tema que encierre claros y
emotivos elementos, y repartos no muy numerosos,
acordes con el tipo de compañías que se llevaban
en ese tiempo. Sus comedias se ven las unas en las
otras, consiguiendo un desarrollo dramático hábil,
intencionado, en el que siempre hay un truco de
seguro efecto para terminar cada acto; el
siguiente empezará sin recordar apenas el punto en
donde acabó el anterior, hasta recuperar de nuevo
el climax que terminará con otro espectacular
final de acto.
En sus primeras obras
encontramos temas y procedimientos dominantes,
como la actualización del mal, en forma de diablo,
y la presencia del elemento fantástico, que
conduce a interesantes efectos oníricos. Otra
vez el diablo (1935) y Prohibido suicidarse
en primavera (1937) son piezas de relojería
incapaces de sorpresa alguna. Romance en tres
noches (1938) juega con el motivo de
personajes encerrados, como hizo en Nuestra
Natacha. Las tres perfectas casadas (1941),
estrenada ya en el exilio bonaerense, teatraliza
la casualidad. Con La dama del alba (1944)
acierta Casona al elegir una historia cargada de
elementos fantásticos, que rememoran su juventud
asturiana. La barca sin pescador (1945)
insiste en el tema de la personificación de la
Muerte. Con Los árboles mueren de pie
(1949) regresa al mundo de fantasía de sus
primeras obras. La llave en el desván
(1951) y Siete gritos en el mar (1952)
utilizan el sueño como motivo dramático. La
tercera palabra (1953) insiste en el tema en
el que se sentía más seguro: la dualidad
Dios/Muerte con el Amor como motivo de conflicto,
palabras que aparecen en el título de su siguiente
obra, Corona de amor y muerte (1955), en la
que adapta el clásico tema de Inés de Castro.
La casa de los siete balcones (1957) es
quizás el texto más casoniano de esta época. Su
última obra, estrenada en España con dirección
suya, al regreso del exilio, El caballero de
las espuelas de oro (1964), teatraliza
episodios de la vida de Quevedo.
Casona fue
un triunfador de la escena. Lo hizo en la
República, en el exilio y en el franquismo.
Elaboró un teatro que valía para cualquier
situación. Esa es su grandeza y su miseria. Pese a
partir de planteamientos políticos de izquierdas
sus textos nunca tuvieron una posición ideológica
clara. Pasados los años, parece de justicia
reconocerle los méritos de quien planteó una
dramaturgia tan peculiar como la suya, celebrada y
olvidada en poco tiempo.
César OLIVA
Cronología 23 de marzo de
1903. Nace Alejandro Rodríguez en Besullo
(Asturias). El apellido ficticio Casona viene del
apodo familiar “los de la Casona”.
1918-1922. Se instala en Murcia y se
matricula en el Conservatorio. 1923. Se
traslada a Madrid y estudia magisterio.
1926. Publica su primer poemario, El
peregrino de la barba florida.
1928-1930. Se casa con Rosalía Martín.
Es destinado a Lés (Valle de Arán). Funda el
teatro infantil “El pájaro pinto”. Escribe La
sirena varada y publica La flauta del
sapo. 1931. Oposita con éxito para
inspector provincial. Dirige el “Teatro del
Pueblo”. Publica Sancho Panza en la
península y Entremés del mancebo que casó
con mujer brava. 1932-1933. Obtiene
el Premio Nacional de Literatura por Flor de
Leyendas y el Lope de Vega por La sirena
varada. 1935-1936. Se estrenan con
éxito El misterio de María Celeste, Otra vez el
diablo y Nuestra Natacha. Con la guerra
civil se exilia a Francia. 1937-1939. Es
el director artístico de una compañía francesa de
comedias. Viaja por América Latina. En México
estrena Prohibido suicidarse en primavera,
en Caracas Romance en tres noches y en
Montevideo Sinfonía
acabada. 1940-1949. Se instala en
Buenos Aires. Se estrenan Las tres perfectas
casadas, La barca sin pescador, La molinera de
Arcos, La dama del alba, Los árboles mueren de
pie. 1950-1961. Estrena La llave
en el desván, Siete gritos en el mar, La tercera
palabra, Corona de amor y muerte, La casa de los
siete balcones y Tres diamantes y una
mujer. 1962. Regresa oficialmente a
España. José Tamayo estrena La dama del
Alba en el Bellas Artes de
Madrid. 1964. Tamayo dirige El
caballero de las espuelas de oro.
1965. Muere el 17 de septiembre en
Madrid.
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