Me
acuerdo hoy, al volver de Cuba, de aquella obrita de Bertolt Brecht
que se titulaba –y se sigue titulando naturalmente– El que dice
sí, el que dice no; y me pregunto si yo pertenezco a la estirpe
de los que dicen no, pues tal se podría pensar de alguien que decide
abrir una sección bajo ese título: El Rincón del No. Quienes alguna
vez se paren a leerlo verán que digo no a algunas realidades y circunstancias
del teatro de hoy: pero también que digo sí a otras, o sea que mis
noes van acompañados con frecuentes síes alternativos, y hasta que
cada no encierra en sí mismo el fantasma de un sí. Como cada sí
la amenaza de un contundente no, y así más o menos siempre. ¿No
se llama a eso Dialéctica? ¿O, al menos, Duda Metódica sobre el
sí, y el no de las cosas, sobre el blanco y el negro de los acontecimientos?
Es así: que cuando yo digo no creo un ámbito de dudas en torno a
la validez de mi negación, y viceversa.
Es el caso –al que remiten estas reflexiones– que hoy tengo unos
deseos irrefrenables de decir un sí grande y elocuente; y ese sí
se refiere al teatro cubano en su momento actual. ¿Pero cómo decir
este sí en el rincón del no? ¿Pues diciéndolo?, si es que lo merece
el acontecimiento de que se trate en la floresta grande de las negaciones
que se merece el mundo en el que estamos viviendo. Y se lo merece
cumplidamente el teatro cubano de hoy, y no tanto por su alta calidad,
que en algunos casos también, como por el hecho de que haya un teatro
cubano de hoy, de que el fenómeno no se haya extinguido bajo la
presión a que la cultura cubana –como toda la realidad cubana– está
siendo sometida ya desde la iniciación de su proceso revolucionario
(años sin embargo de gloria para el teatro en Cuba), pero especialmente
desde la iniciación del llamado “período especial”, que se abrió
con la caída del llamado campo socialista y todo su cortejo de miserias
y dificultades de toda índole.
Les decía hace unos días a mis amigos cubanos que volvía a España
y a Euskal Herria con buenas noticias, y no me refería sólo a la
de que el teatro cubano ha sobrevivido, sino a que lo ha hecho conservando
las altas cotas de calidad alcanzadas, y aún mejorando sus perspectivas
y sus horizontes; lo cual me reafirma en mi apuesta por la revolución
cubana en estos momentos de tantas traiciones y deslealtades, pues
como todos sabemos lo primero que cae en las grandes crisis, cuando
estas se producen en el capitalismo, es la actividad artística,
mientras que en esta gran crisis cubana los propósitos por un arte
nuevo y popular no sólo han resistido sino que se han fortalecido
y han progresado, y ello es especialmente visible en ciudades como
Santa Clara o en las provincias orientales, lo que indica que se
ha reafirmado el proceso de la descentralización del arte y de la
literatura en general y del teatro en particular.
Efectivamente hemos regresado de Cuba al cabo de quince años, y
yo lo he hecho con miedo de lo que pudiera encontrar allí, y vuelvo,
como acabo de decir, con estas buenas noticias. “Cuba no se arrastra.
Cuba vuela a pesar de todo”, he dicho allí y lo repito aquí con
el corazón en la mano. El marco de nuestro regreso a Cuba ha sido,
pues, el del XI Festival de Teatro de La Habana. ¡Otro Festival
entre tantos, desde luego! (¡Cuantos Festivales hay! En estas páginas
se da siempre cuanta precisa y documentada de muchos de ellos, creo
que de todos los que se celebran en nuestra área cultural iberoamericana,
y cuyo esplendor acredita la salud de este fenómeno, a pesar de
las dificultades que hay en todas partes, y no sólo en Cuba. Sobre
el de la Habana he pedido a amigos cubanos que nos envíen una crónica
que yo no podré hacer porque he compartido mi tiempo entre el Festival
y otras actividades).
Así pues, este artículo no es más que una complacida comprobación
de la existencia del teatro cubano en términos de notable calidad,
reasegurada la máxima altura de sus compañías de Ballet y Danza
Contemporánea, y en buen camino el teatro para niños, de actores
y muñecos, en la tradición creada, en los comienzos de la Revolución,
por los hermanos Camejo, bajo la sombra benéfica de Obrassov. Que
otros testigos lo cuenten, pero yo sí puedo decir que hemos aterrizado,
al cabo de tanto tiempo, en un ambiente habitado por creaciones
culturales y por una gran inquietud teatral que augura los mejores
frutos para el futuro.
En relación con estos pagos ibéricos es de anotar la existencia
de notables relaciones con algunos grupos y personas, y que, en
el Festival, han estado presentes nombres como los de Lluis Masgrau,
Adolfo Marsillach, Paloma Pedrero, Sanchis Sinisterra o yo mismo,
que fuí objeto de las mayores y más finas gentilezas.
Es de resaltar también que la pedagogía de las artes, que fue una
preocupación desde el principio de la Revolución, se ha reactivado
en escuelas del más alto nivel. ¡Y ello sí que es una apuesta por
el futuro! ¿Son o no son buenas noticias?