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Revista de las Artes Escénicas
Artez 79. Noviembre 2003
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    opinión
    EL RINCÓN DEL NO

    De Cuba

    ALFONSO SASTRE

     

    Me acuerdo hoy, al volver de Cuba, de aquella obrita de Bertolt Brecht que se titulaba –y se sigue titulando naturalmente– El que dice sí, el que dice no; y me pregunto si yo pertenezco a la estirpe de los que dicen no, pues tal se podría pensar de alguien que decide abrir una sección bajo ese título: El Rincón del No. Quienes alguna vez se paren a leerlo verán que digo no a algunas realidades y circunstancias del teatro de hoy: pero también que digo sí a otras, o sea que mis noes van acompañados con frecuentes síes alternativos, y hasta que cada no encierra en sí mismo el fantasma de un sí. Como cada sí la amenaza de un contundente no, y así más o menos siempre. ¿No se llama a eso Dialéctica? ¿O, al menos, Duda Metódica sobre el sí, y el no de las cosas, sobre el blanco y el negro de los acontecimientos? Es así: que cuando yo digo no creo un ámbito de dudas en torno a la validez de mi negación, y viceversa.
    Es el caso –al que remiten estas reflexiones– que hoy tengo unos deseos irrefrenables de decir un sí grande y elocuente; y ese sí se refiere al teatro cubano en su momento actual. ¿Pero cómo decir este sí en el rincón del no? ¿Pues diciéndolo?, si es que lo merece el acontecimiento de que se trate en la floresta grande de las negaciones que se merece el mundo en el que estamos viviendo. Y se lo merece cumplidamente el teatro cubano de hoy, y no tanto por su alta calidad, que en algunos casos también, como por el hecho de que haya un teatro cubano de hoy, de que el fenómeno no se haya extinguido bajo la presión a que la cultura cubana –como toda la realidad cubana– está siendo sometida ya desde la iniciación de su proceso revolucionario (años sin embargo de gloria para el teatro en Cuba), pero especialmente desde la iniciación del llamado “período especial”, que se abrió con la caída del llamado campo socialista y todo su cortejo de miserias y dificultades de toda índole.
    Les decía hace unos días a mis amigos cubanos que volvía a España y a Euskal Herria con buenas noticias, y no me refería sólo a la de que el teatro cubano ha sobrevivido, sino a que lo ha hecho conservando las altas cotas de calidad alcanzadas, y aún mejorando sus perspectivas y sus horizontes; lo cual me reafirma en mi apuesta por la revolución cubana en estos momentos de tantas traiciones y deslealtades, pues como todos sabemos lo primero que cae en las grandes crisis, cuando estas se producen en el capitalismo, es la actividad artística, mientras que en esta gran crisis cubana los propósitos por un arte nuevo y popular no sólo han resistido sino que se han fortalecido y han progresado, y ello es especialmente visible en ciudades como Santa Clara o en las provincias orientales, lo que indica que se ha reafirmado el proceso de la descentralización del arte y de la literatura en general y del teatro en particular.
    Efectivamente hemos regresado de Cuba al cabo de quince años, y yo lo he hecho con miedo de lo que pudiera encontrar allí, y vuelvo, como acabo de decir, con estas buenas noticias. “Cuba no se arrastra. Cuba vuela a pesar de todo”, he dicho allí y lo repito aquí con el corazón en la mano. El marco de nuestro regreso a Cuba ha sido, pues, el del XI Festival de Teatro de La Habana. ¡Otro Festival entre tantos, desde luego! (¡Cuantos Festivales hay! En estas páginas se da siempre cuanta precisa y documentada de muchos de ellos, creo que de todos los que se celebran en nuestra área cultural iberoamericana, y cuyo esplendor acredita la salud de este fenómeno, a pesar de las dificultades que hay en todas partes, y no sólo en Cuba. Sobre el de la Habana he pedido a amigos cubanos que nos envíen una crónica que yo no podré hacer porque he compartido mi tiempo entre el Festival y otras actividades).
    Así pues, este artículo no es más que una complacida comprobación de la existencia del teatro cubano en términos de notable calidad, reasegurada la máxima altura de sus compañías de Ballet y Danza Contemporánea, y en buen camino el teatro para niños, de actores y muñecos, en la tradición creada, en los comienzos de la Revolución, por los hermanos Camejo, bajo la sombra benéfica de Obrassov. Que otros testigos lo cuenten, pero yo sí puedo decir que hemos aterrizado, al cabo de tanto tiempo, en un ambiente habitado por creaciones culturales y por una gran inquietud teatral que augura los mejores frutos para el futuro.
    En relación con estos pagos ibéricos es de anotar la existencia de notables relaciones con algunos grupos y personas, y que, en el Festival, han estado presentes nombres como los de Lluis Masgrau, Adolfo Marsillach, Paloma Pedrero, Sanchis Sinisterra o yo mismo, que fuí objeto de las mayores y más finas gentilezas.
    Es de resaltar también que la pedagogía de las artes, que fue una preocupación desde el principio de la Revolución, se ha reactivado en escuelas del más alto nivel. ¡Y ello sí que es una apuesta por el futuro! ¿Son o no son buenas noticias?

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