Ángel Gutiérrez
“El teatro es una misión, no una mercancía”

Ángel Gutiérrez ha elegido Crimen y castigo,
de Dostoievski, para celebrar los 25 años del Teatro de Cámara Chejov,
una sala abierta en el corazón de Madrid en la que exhibe los
espectáculos de su compañía y en la que también imparte talleres de
intepretación. Muchos actores han pasado por sus clases, ya que él es
uno de los directores que más ha contribuido en nuestro país a
difundir, o más precisamente a corregir, la idea distorsionada que se
tenía de las teorías de Stanislavski. Niño de la guerra, Gutiérrez
vivió la URSS de Stalin, donde se formó en la tradición del teatro
ruso, con discípulos del maestro del Teatro del Arte. Su encuentro con
el cineasta Tarkovski fue decisivo para su repatriación a España en
1974.
El
Teatro de Cámara Chejov cumple en estos dias 25 años de existencia.
Primero estuvo, me parece recordar, en la calle doctor Fourquet de
Madrid y ahora oficia en la calle San Cosme y San Damián, en una casa
alquilada. El Teatro de Cámara es el templo de Angel Gutiérrez, un
sacerdote de Stanislavski y del teatro como rito moral y estético
arraigado en la realidad de la vida. Y un sacerdote también de Chejov,
aunque la aclaración sea innecesaria. Ambos nombres están
indisolublemente unidos: Chejov es de verdad Chejov gracias a
Stanislavski. La Gaviota, cuyo estreno fue un fracaso, acabó
siendo un éxito de la mano de Stanislavski; Nina, la protagonista,
alcanzó a ser tan bella, melancólica y desventurada como la había
imaginado el autor. Por eso, bautizar su teatro con el nombre de Chejov
es una manera radical de declarar su fe estanislavskiana. Sin abandonar
una idea básica, “el teatro es una misión, no una mercancía”, Angel
Gutiérrez ha podido soslayar, en parte y en lo que al actor se refiere,
los peligros de un misticismo engañoso: una especie de regla monástica
preconizada en especial por Grotowski .
Niño de la guerra
Es uno de los llamados “niños de Rusia” que dejaron España entre
estruendos de cañones y olor a pólvora. Salió de Gijón en un barco
cuando España era un incendio devastador. No dejaba nada atrás, salvo
una infancia inconclusa que tardó muchos años en recuperar. Por
entonces, en el 36, tenía seis años y era un pastorcillo de los montes
astures que apenas farfullaba una mezcla de bable y castellano; “en la
URSS abrí los ojos al mundo y al asombro”. Allí aprendió a hablar
español y allí adquirió un conocimiento de los clásicos españoles que
para sí querrían muchos educados en la España postbélica. Y aprendió
teatro. Dice: “Sobre todo teatro. De aquellos años, aurorales para mí,
criado en el monte como quien dice, tengo una deuda de gratitud: mis
profesores me descubrieron la cultura española que llevaba en la
sangre, pero no había tenido tiempo de aprender. Luego vinieron las
frustraciones, el progresivo derrumbe de unas ideas que, en mi infancia
y adolescencia eran como el oxígeno: insustituible”.
Pero le queda el teatro, por siempre el teatro. Angel Gutièrrez no
teoriza sobre teatro: respira teatro. Por sus venas transita la savia
de Stanislavski, de Meyerhold, de Vajtangov. Sobre todo de
Stanislavski, el padre de todos, un teatro del arte y de la vida: “El
teatro es vida, pero una vida representada”. Sobre estas cuestiones,
tantas veces explicadas, Angel Gutiérrez prepara otro libro, que bien
pudiera ser el resumen teórico de estos 25 años vividos entre la
incomprensión y el respeto. Porque el Teatro de Cámara se ha ganado un
inmenso respeto, comparable sólo a las dificultades que ha tenido que
superar.
Esbirro del KGB o agente de la CIA
Llegó con un cargamento de sueños que pronto se convirtieron en
frustracciones: políticas y teatrales. Para unos era un esbirro del KGB
y para otros un agente de la CIA. Todo esto y muchas cosas más las
contará en su Memorias que van tomando cuerpo lentamente. A su llegada,
Angel Gutiérrez, apóstata del estalinismo, andaba en trances de
readaptación sin abjurar de unos principios; no se le entendía.
En España, un aprendizaje mal asimilado de Stanislavski distorsionaba
su imagen. Imperaba, o había imperado, el llamado Método, vía
Strasberg, que, como el tiempo ha demostrado, no era la mejor vía. Se
interpretaba mal el Stanislavski esencial; aquel cuya filosofía
dramática, aplicada al actor, tiene cuatro fuentes principales:
relajarse, pensar, sentir y actuar: “cuando hablaba de Stanislavski me
daba cuentan de que aquí se hablaba de otra cosa y de que había un
profundo desconocimiento. Stanislavski está en Peter Brook y en
Grotowski, antirrealistas por excelencia, y es el maestro de Meyerhold
y es también la savia que nutre a Vagtangov. Primaba una tópica memoria
emocional, que el propio Stanislavski acabó corrigiendo”.
Hubo un tiempo en que Angel Gutiérrez lo tenía todo en la URSS; primero
maestros y después alumnos y prestigio: pedagogía, cine, teatro… Y se
hizo famoso como actor en una película titulada Salud, María,
en que hacía el anarquista español que había asesinado a Dato. “El
mejor rastro que dejé allí es el de orientador y maestro de actores; el
actor es la columna vertebral de todo”. Pregunto: “¿Y el espacio
escénico?” Responde: “También, claro; el escenario es el sitio de la
magia y la fantasía”. Con estas bases, ha montado en España obras como Pabellón número 6 y Tio Vanía de Chejov, Veraneantes de Gorki, La promesa de Arbusov, Entremeses de Cervantes... Y recientemente El Quijote,
contribución más que a un Centenario, a saldar una personal deuda con
Cervantes y con España.: “El Quijote es mi sueño de infancia” Y ahora
mismo, en cartel, Crimen y castigo, una deuda con Dostoiewsky.
Angel Gutiérrez, huérfano en la URSS, se reconoce en unos padres:
Alberto González, Alberto a secas, hijo de un panadero de Toledo;
Alberto, el escultor que hacía escenografías, y María Luisa González
Vives, que le enseñó los clásicos. “Y, sobre todo, me reconozco hijo de
Stanislawski, a través de Vajtangov, que es más poético aunque no más
profético; y fui hijo de Stalin, omnipresente en mi infancia. Al final,
me afirmé en el Teatro del Arte y fui disidente del estalinismo. Era
difícil vivir en la que había sido mi patria, la URSS”. Y se vino a
España.
Dostoievski en escena
El próximo año los espectadores van a poder contrastar dos adaptaciones
de la obra más conocida del escritor ruso, Crimen y Castigo. A la que
estrena esta semana Angel Gutiérrez en Madrid con su compañía, se suma
la versión musical que Sergi Belbel prepara para la próxima temporada
en Barcelona, en el Teatre Nacional de Cataluña. En la versión de
Gutiérrez la obra de Dostoievski esta protagonizada por Chema Coloma,
quien encarna a Raskolnikov, el protagonista que, en línea con el
pensamiento nihilista de fines de siglo XIX, se yergue como un
superhombre que esta por encima del bien y del mal, lo que le lleva a
cometer homicidio. En el reparto figuran también Sofía Semiónovna
(Sonia), Teresa García (Dunia), Ludmila Ukólova (Puljeria Alexándrovna
y Katerina Ivánovna), Germán Estebas (Porfiri Petrovich), José Luis
Checa (Arkadi Svidrigailvo) y Paco Ferrer (Razumijin).Ésta es la
primera vez que Gutiérrez adapta al escritor ruso, mientras Chejov,
Arbusov, Golgol, Gorki y Pushkin son habituales de su repertorio.
VILLÁN, Javier
|