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Angélica
Liddell “El teatro es un corral lleno
de gallinas resentidas”

Con Angélica Liddell no hay confusión: sus
obras transitan la oscuridad, lo grotesco y un
sorprendente lirismo con el que ilumina el lado
más oculto del ser humano. Autora, directora y
actriz, Liddell dota a sus textos de puestas en
escena con gran sentido plástico y visual,
producto de un interesante mestizaje entre teatro
y arte. Esta autora de vanguardia presenta el 1 de
abril en la Cuarta Pared de Madrid Y los peces
salieron a combatir contra los hombres, un
monólogo protagonizado junto a Sindo Puche en el
que denuncia la situación de los
inmigrantes.
Y los peces salieron a
combatir contra los hombres es un contundente
alegato contra el aburguesamiento y el exceso de
poder. Pero sobre todo es el grito furioso de
Angélica Liddell contra la pobreza y la situación
de los inmigrantes en España. Después de su
Tríptico de la Aflicción, en el que
abordaba la maternidad y la familia, la inquieta e
inquietante Liddell y su compañía Atra Bilis
estrenan mañana en la Cuarta Pared esta obra de
temática social –que se presentó fugazmente en el
pasado festival Madrid Sur–, donde entona un “Yo
acuso” sin concesiones.
–Este montaje trata
el tema de la inmigración, aunque usted en el
texto asegura que es “una obra antisocial”. ¿No es
contradictorio? –La defino como una obra
antisocial porque hablo de la parte mezquina y vil
de la sociedad. Ésta emplea toda su energía en
reconocer al débil para aniquilarlo. También es
una obra anti-política. Alguien dijo que las obras
no pueden ser políticas, las obras deben hablar
del sufrimiento que la política causa a los
hombres.
–¿A eso se refiere en el texto
cuando menciona las “democracias represivas”? ¿Qué
conduce a esa situación? –Una sociedad
infantil y acomodada que tolera los abusos. El
poder se aprovecha de eso y convierte la mayoría
absoluta en tiranía.
El autor
mesiánico –¿El dramaturgo tiene la
obligación de denunciar ciertas situaciones
sociales, o por lo menos de reflejarlas, o su
naturaleza de artista le exime de ello? –La
denuncia no tiene que ser obligatoria, tiene que
ser inevitable. Las obras surgen de un conflicto
irremediable con lo real. El director ruso Sokurov
hablaba de la infinita responsabilidad moral del
autor que dispone durante dos horas de la vida del
espectador. Creo en esa bella
responsabilidad.
–En el texto se pregunta
“cómo escapar de la demagogia y de la estúpida
responsabilidad mesiánica del escritor, del tópico
piadoso y la denuncia baba”. ¿Cree que la
dramaturgia actual cae en el tópico? –Cuando se
antepone la denuncia al reto artístico y estético
se está cayendo en el tópico. Ni el interés
social, ni el famoso interés general, legitiman
una obra. Pero funcionar con tópicos es fácil. El
tópico es algo que ya existe y se sabe que va a
ser aceptado. Los que lo utilizan no tienen que
pensar, se libran de la reflexión. El tópico es lo
opuesto al pensamiento y a la
invención.
–¿Es una obligación de la
cultura, como escribe, “vivir para señalar a los
impresentables”? –Señalar a los impresentables
no es una obligación de la cultura, es algo que
debe hacer cualquiera que tenga un poco de
dignidad.
La alta
izquierda –¿Podría señalar algunos? –Los
lacayos del PP, que se acaban de quedar con el
culo al aire. Los Urdazi con carguitos públicos.
Creían que la democracia no iba a triunfar
nunca. Me da pena que hayan trabajado con tanto
miedo. También me preocupa la alta izquierda, esos
intelectuales de elite a los que les importa un
bledo las compañías de teatro como la nuestra.
Esos sólo van a ver a Ana Belén.
–¿Cuál es
para usted la “cara más siniestra” de
España? –Es la España patriotera y racista,
cómplice del pensamiento totalitario, esa España
ignorante y egoísta que se enorgullece de serlo.
Nuestro país no ha resuelto aún el odio fratricida
y el gobierno de Aznar se ha encargado de
engordarlo en los últimos cuatro años. Ha
proporcionado a la sociedad las claves de una
retórica saturada de fascismo.
–¿Hablar de
censura en democracia es descabellado? Teniendo en
cuenta que sus obras no son nada complacientes,
¿alguna vez le han puesto trabas a su
trabajo? –Este espectáculo se estrenó
censurado. La dirección del festival sucumbió a un
pánico absurdo, hablaba de ilegalidad, de
abogados, de lealtades... la verdad es que nuestro
espectáculo no tiene ni rastro de ilegalidad, y de
todos modos la denuncia del sufrimiento humano en
cualquier obra de creación está por encima de lo
legal y lo ilegal. Aquello me deprimió muchísimo.
Se lanzó el rumor de que quería quemar la
bandera... Era falso. Bueno, supongo que los
bienpensantes oficiales también tienen derecho a
equivocarse. Espero que algún día se den cuenta
del error y se disculpen. Aunque siempre habrá
gente dispuesta a darles la razón.
–¿Comienza con esta obra un nuevo ciclo
creativo de “denuncia”? ¿Le siguen otros
proyectos? –Llamaría a este nuevo ciclo “actos
de resistencia contra la muerte”. Estoy pensando
en convertir a Blancanieves en una niña soldado.
Las guerras son como las madrastras perversas.
Pienso en Sierra Leona. En los niños-bomba
palestinos.
–Si tuviera que hacer una obra
de denuncia sobre la situación del teatro actual
¿quiénes serían sus personajes, cuál su
trama? –El teatro es un corral lleno de
gallinas prepotentes y resentidas. Estamos
cargados de prejuicios y de soberbia. La falta de
espacios intermedios ha provocado una batalla
insufrible entre antiguos y modernos, oficiales y
alternativos. Todos nos creemos importantes. No
somos capaces de enfrentarnos con humildad al
trabajo del otro. ¡Dios mío, si no somos nadie!
Los ligamentos de Ronaldo influyen más en la
sociedad que una frase del mejor dramaturgo. El
lugar que ocupa el teatro en la cultura es
minúsculo.
–Imagínese que le dan un cargo
público en Cultura dentro del nuevo gobierno.
¿Cuáles serían sus primeras medidas? ¿Qué
cambiaría? –Hace dos años trabajaba en Port
Aventura disfrazada de china para que mi compañía
Atra Bilis consiguiera sobrevivir. No puedo
imaginarme en un cargo público, me da asco el
poder. Ni siquiera acepto ser jurado de algún
premio. Cuando las cosas van mal me imagino otra
vez disfrazada de china.
–Entonces, ¿el
artista no se debe “mezclar” con el poder? –La
relación entre arte y poder es muy compleja. El
artista que acepta un cargo tiene que aceptar las
miserias del poder, y eso acaba por destruirlo. El
poder, paradójicamente, conlleva una dosis de
servidumbre. El poder, con respecto a la cultura
debería estar en manos de intelectuales
independientes, competentes, cultos, pero nunca
artistas. De lo contrario se generan fuertes odios
particulares de los cuales nacen los bandos, y la
cultura se acaba convirtiendo en una cocina
mezquina.
Vanguardia
consolidada –¿Existe hoy un teatro de
vanguardia en España? –La vanguardia española
está consolidada y empieza a ser muy apreciada en
Europa, aunque les pese a los resentidos. Podemos
decir que el siglo XX ya ha sido asimilado. El
estado ideal sería la cópula entre vanguardia y
tradición.
–En la obra habla del
aburguesamiento de la clase trabajadora. ¿Ese
aburguesamiento también se da en la dramaturgia
actual? ¿Cómo se podría luchar contra eso? –Hay
un teatro cómodo, sin aspiraciones artísticas, sin
rastros de beligerancia ética, complaciente con el
público burgués... Recordemos que sólo los
burgueses van al teatro y la burguesía española es
una de las más ignorantes de Europa. La única
solución es convertirse en tábanos, como Sócrates,
y si es posible escribir mejor que
ellos.
–¿Acude a menudo al teatro? ¿Qué le
parece el estado de la cartelera actual? ¿Qué es
lo que más le interesa? –Intento verlo todo. El
Homo Politicus de Fernando Renjifo es el
espectáculo más noble que he visto últimamente. La
lectura de El Gordo y el Flaco de Juan
Mayorga ha sido un placer. Y Roger Bernat me
pareció un tío guapísimo y conmovedor. En cuanto a
la cartelera teatral echo a faltar a Al Pacino
haciendo un Shakespeare, la verdad. ¿Dónde están
los grandes intérpretes?
DE
FRANCISCO,
Itzíar |