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Sábado, 12 de febrero de 2005

ESPECTÁCULOS
EDICIÓN IMPRESA - Espectáculos
EL DRAMA DE LA CULPA
REUTERS Miller, con Brian Dennehy y el resto de los actores que interpretaron la reposición de «Muerte de un viajante» en Broadway en 1999
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Arthur Miller era el último de los hijos vivos del gran patriarca del teatro realista norteamericano, Eugene O´Neill, estirpe de la que también procedía Tennessee Williams, un autor que se internó por vericuetos de intensidad lírica y prospección psicológica apartados de la perspectiva social con la que casi siempre concibió su producción el dramaturgo neoyorquino, que en octubre habría cumplido 90 años y que ha muerto sin ver recompensada por el Nobel una obra difundida y conocida en todo el mundo, por donde el cansado Willy Loman continúa arrastrando su pesada maleta de viajante sin suerte.

El teatro de Miller emerge en un momento en el que cristaliza sobre el escenario la crisis de valores provocada por el cataclismo de la Segunda Guerra Mundial. Es un tópico, pero no por ello menos cierto, subrayar que su escritura indaga con vocación catártica en las sombras del sueño americano, en los jirones raídos de ese optimista American Way of Life convertido en emblema del imperio y salpicado por los lodos de la historia. Miller va inevitablemente asociado, junto con Williams, a la nueva forma de hacer teatro -y casi simultáneamente cine- de una brillante generación de actores y directores vinculados al mítico Actor´s Studio de Elia Kazan, Robert Lewis y Cheryl Crawford, que, sabiamente encauzado por Lee Strasberg, convirtió su personal aplicación del Método Stanislavski en la biblia de sucesivas oleadas de intérpretes empeñados tozudamente en masticar la psicología de sus personajes.

Aunque la primera obra que Miller logró subir a un escenario, «The Man Who Had All the Luck» (1944), no pasó de las cuatro representaciones, ya contenía la semilla de algunas de las líneas fundamentales de su teatro: el drama de la culpa uncido a las relaciones familiares y la realidad laboral, y las fisuras en el edifico ético del capitalismo. En 1947 culminó dos de sus grandes piezas, «Todos eran mis hijos» y «Muerte de un viajante»; en la primera, el éxito en los negocios va asociado a la degradación moral y el dolor familiar, y en la segunda, el fracaso vital del amargado vendedor ambulante se convierte en contraepopeya contemporánea, en vindicación amarga de los desechos que deja en la cuneta el vértigo angustioso impuesto por la moral del éxito a toda costa.

En «Las brujas de Salem» (1953), Miller, al contraponer en la balanza los valores personales y los criterios sociales, traza una inteligente y desoladora parábola del ambiente de delación y terror colectivo impuesto por el siniestro senador McCarthy y su activo Comité de Actividades Norteamericanas, que pasó como una apisonadora sobre la izquierda liberal estadounidense. Delación, culpa, familia y trabajo se alían de nuevo en el argumento de «Panorama desde el puente» (1955). El cuestionamiento de valores afecta a un abogado liberal en «Después de la caída» (1964). Y en «El precio» (1968), su última obra de consideración, el autor reaviva sus viejas ascuas argumentales con un conflicto familiar en el que dinero, culpa y sacrificio se mezclan en un gran pulso entre hermanos y distintas concepciones de la vida.

Su obra en España

A España llegó pronto el teatro de Miller. El infalible olfato de José Tamayo contribuyó decisivamente a ello con la puesta en escena, en 1951, de un recordado montaje de «La muerte de un viajante», en traducción de José López Rubio, con Carlos Lemos y un jovencísimo Francisco Rabal, que se vio catapultado al estrellato, en los principales papeles; numerosos testimonios dan fe de la conmoción que supuso en el panorama teatral español la irrupción de esos nuevos aires escénicos. Posteriormente, Miller ha sido representado con bastante asiduidad en nuestro país, donde aún están recientes los ecos de los magníficos montajes de tres de sus mejores obras: el de Miguel Narros de «Panorama desde el puente», el de Juan Carlos Pérez de la Fuente de «Muerte de un viajante» y el de Jorge Eines de «El precio». Aunque las nuevas tendencias se apartan de los cauces naturalistas de Miller, sus dramas sociales no han perdido su poderosa pegada, su capacidad para llegar al filo del corazón. Desde hace ya décadas se había convertido en un clásico.