Arthur Miller era el último de
los hijos vivos del gran patriarca del teatro realista
norteamericano, Eugene O´Neill, estirpe de la que también procedía
Tennessee Williams, un autor que se internó por vericuetos de
intensidad lírica y prospección psicológica apartados de la
perspectiva social con la que casi siempre concibió su producción el
dramaturgo neoyorquino, que en octubre habría cumplido 90 años y que
ha muerto sin ver recompensada por el Nobel una obra difundida y
conocida en todo el mundo, por donde el cansado Willy Loman continúa
arrastrando su pesada maleta de viajante sin suerte.
El
teatro de Miller emerge en un momento en el que cristaliza sobre el
escenario la crisis de valores provocada por el cataclismo de la
Segunda Guerra Mundial. Es un tópico, pero no por ello menos cierto,
subrayar que su escritura indaga con vocación catártica en las
sombras del sueño americano, en los jirones raídos de ese optimista
American Way of Life convertido en emblema del imperio y salpicado
por los lodos de la historia. Miller va inevitablemente asociado,
junto con Williams, a la nueva forma de hacer teatro -y casi
simultáneamente cine- de una brillante generación de actores y
directores vinculados al mítico Actor´s Studio de Elia Kazan, Robert
Lewis y Cheryl Crawford, que, sabiamente encauzado por Lee
Strasberg, convirtió su personal aplicación del Método Stanislavski
en la biblia de sucesivas oleadas de intérpretes empeñados
tozudamente en masticar la psicología de sus
personajes.
Aunque la primera obra que Miller logró subir a
un escenario, «The Man Who Had All the Luck» (1944), no pasó de las
cuatro representaciones, ya contenía la semilla de algunas de las
líneas fundamentales de su teatro: el drama de la culpa uncido a las
relaciones familiares y la realidad laboral, y las fisuras en el
edifico ético del capitalismo. En 1947 culminó dos de sus grandes
piezas, «Todos eran mis hijos» y «Muerte de un viajante»; en la
primera, el éxito en los negocios va asociado a la degradación moral
y el dolor familiar, y en la segunda, el fracaso vital del amargado
vendedor ambulante se convierte en contraepopeya contemporánea, en
vindicación amarga de los desechos que deja en la cuneta el vértigo
angustioso impuesto por la moral del éxito a toda costa.
En
«Las brujas de Salem» (1953), Miller, al contraponer en la balanza
los valores personales y los criterios sociales, traza una
inteligente y desoladora parábola del ambiente de delación y terror
colectivo impuesto por el siniestro senador McCarthy y su activo
Comité de Actividades Norteamericanas, que pasó como una apisonadora
sobre la izquierda liberal estadounidense. Delación, culpa, familia
y trabajo se alían de nuevo en el argumento de «Panorama desde el
puente» (1955). El cuestionamiento de valores afecta a un abogado
liberal en «Después de la caída» (1964). Y en «El precio» (1968), su
última obra de consideración, el autor reaviva sus viejas ascuas
argumentales con un conflicto familiar en el que dinero, culpa y
sacrificio se mezclan en un gran pulso entre hermanos y distintas
concepciones de la vida.
Su obra en España
A España
llegó pronto el teatro de Miller. El infalible olfato de José Tamayo
contribuyó decisivamente a ello con la puesta en escena, en 1951, de
un recordado montaje de «La muerte de un viajante», en traducción de
José López Rubio, con Carlos Lemos y un jovencísimo Francisco Rabal,
que se vio catapultado al estrellato, en los principales papeles;
numerosos testimonios dan fe de la conmoción que supuso en el
panorama teatral español la irrupción de esos nuevos aires
escénicos. Posteriormente, Miller ha sido representado con bastante
asiduidad en nuestro país, donde aún están recientes los ecos de los
magníficos montajes de tres de sus mejores obras: el de Miguel
Narros de «Panorama desde el puente», el de Juan Carlos Pérez de la
Fuente de «Muerte de un viajante» y el de Jorge Eines de «El
precio». Aunque las nuevas tendencias se apartan de los cauces
naturalistas de Miller, sus dramas sociales no han perdido su
poderosa pegada, su capacidad para llegar al filo del corazón. Desde
hace ya décadas se había convertido en un
clásico.