Ep/Afp - Roxbury (EE UU).
El escritor Arthur
Miller, cuya más famosa obra, ‘La muerte de un viajante’, se
convirtió en un símbolo del fin del sueño americano, falleció
ayer a los 89 años de edad, según informó hoy su asistente,
Julia Bolus. Nacido en Nueva York el 17 de octubre de 1915,
Miller estaba considerado uno de los principales autores
teatrales del siglo XX.
En 1956
incrementó su fama gracias a su matrimonio con la actriz
Marilyn Monroe, y en 2002 fue galardonado con el Premio
Príncipe de Asturias. Miller falleció anoche en su casa en
Roxbury (Connecticut) de un fallo cardíaco, según Julia Bolus.
Su familia estaba con él junto a su cama en el momento de su
fallecimiento, añadió.
Sus obras, con un
fuerte énfasis en temas como la familia, la moralidad y la
responsabilidad personal, trataron en gran parte de la
creciente fragmentación de la sociedad estadounidense.
Descendiente de judíos polacos emigrados a
Estados Unidos, su padre fue un fabricante de abrigos que se
arruinó durante la Gran Depresión de 1929. Desde muy joven se
vio obligado a trabajar en un almacén para pagarse los
estudios de periodismo, hasta que en 1938, mientras estudiaba
en la Universidad de Michigan, recibió varios premios por su
comedia ‘Todavía crece la hierba’.
En 1944,
obtuvo su primer premio literario con ‘Un hombre con mucha
suerte’, aunque sus primeros grandes éxitos fueron su novela
‘Focus’ (1945), un alegado sobre el antisemitismo, y su obra
de teatro ‘Todos eran mis hijos’, de 1947. Dos años después
publicó la obra que más fama a dado a Miller, ‘La muerte de un
viajante’, galardonada con los premios Pulitzer de Teatro y
del Círculo de Críticos de Teatro de Nueva York.
Considerada una de las mejores obras del
teatro contemporáneo, el protagonista de ‘La muerte de un
viajante’, Willy Loman («tiene más de sesenta años de edad,
viste de oscuro. Desde que cruza el escenario, para dirigirse
a la puerta de la casa, se advierte su cansancio»),
posiblemente fuese un homenaje al propio padre del escritor,
atrapado y derribado por el sueño americano de la primera
mitad del siglo XX.
Junto a su
actividad literaria, Miller se implicó políticamente en favor
de los derechos sociales, en particular en contra del
antihumanismo masificado de su país, lo que le acercó al
marxismo, le llevó a oponerse a la intervención de Estados
Unidos en Corea y Vietnam y le convirtió, como a tantos otros
creadores de su tiempo, en objetivo de la ‘caza de brujas’ del
senador McCarthy.
Miller no se quedó callado
y, alegando sus derechos constitucionales, adoptó una digna
actitud de confrontación directa en solidaridad con el resto
de perseguidos. Fruto de esta ‘cacería’, y en plena marea
represiva, fue una de las mejores obras del teatro
estadounidense, ‘Las brujas de Salem’ (1953), en la que, con
el argumento de la caza de brujas en la colonia de Salem
(Massachusetts) en el siglo XVII, parodió la persecución
política de su tiempo. Arthur Miller compareció ante el Comité
de Actividades Antiamericanas en 1956. Fue condenado por
desacato, pero la sentencia fue apelada y Miller quedó
finalmente absuelto. En aquel mismo año, se casó con la actriz
Marilyn Monroe, para quien escribió, en 1960 y como regalo de
San Valentín, el guión cinematográfico de ‘Vidas rebeldes’.
Cuando se estrenó la película, en
febrero de 1961, Monroe ya había obtenido el divorcio del
escritor. La experiencia con Monroe —que la prensa había
calificado como «unión entre la inteligencia y la belleza»—
quedó reflejada en su obra ‘Después de la Caída’, de 1963.
La obra de Miller —a la que hay que
añadir títulos como ‘Panorama desde el puente’, de 1955;
‘Incidente en Vichy’, de 1964; ‘El precio’, de 1968; y ‘El
arzobispo’, de 1977, además de la colección de relatos ‘Ya no
te necesito’, de 1967— se caracterizaba sobre todo por su
interés en el conocimiento de uno mismo, la realización
personal, la responsabilidad del individuo hacia los demás,
todo ello escrito en un estilo directo y coloquial en el que
se aprecian las inquietudes sociales del escritor y su
compasión por todos aquellos que se dejan atrapar hacia por
los falsos valores de la sociedad. Miller estuvo casado tres
veces. Su primera esposa fue Mary Slattery, una joven que
había conocido en la escuela preparatoria y con la que tuvo
dos hijos.
Posteriormente se casó con Marilyn
Monroe y en terceras nupcias contrajo matrimonio con la
fotógrafa austríaca Inge Morath (fallecida en 2002), con la
que estuvo casado por 40 años, una enamorada de España que
incluso da nombre a una calle en la localidad de Navalcán, en
Toledo. Con Morath tuvo una hija, Rebecca. Hasta su muerte,
Miller mantuvo relaciones con la pintora Agnes Barley, 55 años
más joven que él.
El 8 de mayo de 2002, el
jurado del Premio Príncipe de Asturias de las Letras acordó,
por mayoría, conceder el galardón Arthur Miller, a quien
calificó de «maestro indiscutible del drama contemporáneo que,
con independencia de espíritu y notable sentido crítico, ha
logrado transmitir desde la escena las inquietudes, los
conflictos y las aspiraciones de la sociedad actual, renovando
así la permanente lección humanística del mejor teatro». ó sus
viejos lazos con España, cuya Guerra Civil supuso, según sus
propias palabras, un «rito de iniciación» para su generación.
«La palabra España en los años treinta era
explosiva, el emblema esencial no sólo de la resistencia
contra un retroceso obligado a un feudalismo eclesiástico
mundial, sino también contra el dominio de la sinrazón y la
muerte de la mente», afirmó en su discurso. «Para muchos,
incluso en aquel entonces, la Guerra Civil, con los nazis y
las tropas de Mussolini apoyando abiertamente a Franco, fue la
primera batalla de la Segunda Guerra Mundial», prosiguió. «A
la vez, se asociaba España con Picasso y su Guernica. Sí,
resultaba difícil creer que un piloto militar, aunque fuera de
las fuerzas aéreas nazis, pudiese hacer vuelo rasante por
encima de una plaza abierta y soleada y bombardear a civiles»,
recordó Miller ante el auditorio del Teatro Campoamor de
Oviedo.
«Con el paso del tiempo, España
pasaría a ser ejemplo de las luchas de muchos otros pueblos
por alcanzar la modernidad, dejando atrás el oscurantismo y la
inutilidad de contumaces instituciones feudales», recordaba
Miller. «Por lo tanto, no vengo a ustedes y a la España
moderna y democrática con las manos vacías, sino con mis
recuerdos personales, unos trágicos, otros felices. Es este el
mismo espíritu con el cual quiero darles las gracias por su
reconocimiento y este gran premio», concluía el discurso.
