NUEVA YORK. El autor entró en los
anales del teatro gracias a Willy Loman, el protagonista de su mejor
pieza, «Muerte de un viajante», que se estrella contra los
espejismos del sueño americano. En uno de sus últimos escritos se
refirió con melancolía y perplejidad a los árboles y los ciervos que
le contemplaban desde la noche y la espesura que rodeaba la finca de
Roxbury, donde expiró rodeado de su familia y de su última
compañera, la pintora Agnes Barley, a la que se unió tras la muerte
en 2002 de la fotógrafa Inge Morath, con quien tuvo una hija (la
cineasta Rebecca Miller).
Poco antes de la inesperada muerte
de Morath, Miller, que ya atesoraba dos premios Pulitzer -por
«Muerte de un viajante» y «Panorama desde el puente»- recibió el
Príncipe de Asturias de las Letras por su condición de «maestro
indiscutible del drama contemporáneo». Mientras el ensayista teatral
Mel Gussow dijo que en sus obras Miller hacía al hombre responsable
de sus acciones y de las de sus vecinos, el también dramaturgo
Edward Albee declaró: «Dijo de mis piezas que eran necesarias. Yo
iré un paso mas allá y diré que las suyas eran esenciales». Tras
situarle «entre los cinco principales autores dramáticos del siglo
XX», el crítico Dean Richards señaló: «Con todas sus imperfecciones,
su análisis de quienes somos será lo que
perdurará».
Personajes sociales
Nacido en el barrio
neoyorquino de Harlem el 17 de octubre de 1917, su visión de la
existencia quedó marcada por la Gran Depresión, que significó la
ruina para su padre. Quien habría de convertirse en uno de los
dramaturgos más influyentes de su país, había ido al teatro en dos
ocasiones cuando niño y hasta que terminó el instituto, a trancas y
barrancas, prefería los deportes a los libros. Una lesión jugando al
rugby le libró de combatir en la II Guerra Mundial. Tras trabajar en
un almacén y como lavaplatos en la Universidad de Michigan -en la
que acabó matriculándose gracias a los consejos de su madre, maestra
de escuela-, escribió su primera obra de teatro, «El hombre que
tenía toda la suerte del mundo» (1944), que fue vapuleada por la
crítica, y una novela, «Focus» (1945), centrada en el antisemitismo,
que tuvo mejor acogida. Cosechó su primer éxito en Broadway con su
segunda pieza, «Todos eran mis hijos» (1947), drama sobre un
empresario sin escrúpulos que vendía material defectuoso al
ejército. Su fascinación por Ibsen y su cuidado en entrelazar
cuestiones sociales con la llama interior de los personajes hicieron
diana con «Muerte de un viajante» (1949).
Dirigida por Elia
Kazan, fue un trallazo en Broadway. El drama del viajante de
comercio Willy Loman, que acaba suicidándose, ofrece un retrato ocre
de la cara sucia del sueño americano. La obra le granjeó su primer
Pulitzer y una fama que se multiplicaría cuando plantó cara al
comité de Actividades Antiamericanas del senador McCarthy: a
diferencia de Kazan, Miller no dio nombres. Su crítica de la caza de
brujas la dejó por escrito en «Las brujas de Salem» (1953), otra de
sus grandes piezas.
Miller se convirtió en uno de los hombres
más envidiados de Estados Unidos cuando en 1956 contrajo matrimonio
con Marilyn Monroe. Pero fueron cinco años turbulentos e infelices.
La relación naufragó en 1961, poco después del rodaje de «Vidas
rebeldes», sobre un guión del propio Miller. Al año siguiente,
Marilyn Monroe se suicidó. El novelista Norman Mailer describió a la
pareja como el matrimonio entre «el gran cerebro americano» y «el
gran cuerpo americano», y calificó al dramaturgo de «ambicioso,
limitado y mezquino», que quiso aprovecharse de la fama de su mujer
en una época en que sus dotes creativas empezaban a declinar. No le
gustaba hablar de su etapa con la actriz, pero de ella escribió dos
piezas, ambas malparadas por la crítica: «Después de la caída»
(1968) y «Terminando la foto», estrenada el año pasado en Chicago.
Obras como «Monte Morgan abajo» y «El último yankee», estrenadas en
la década de los noventa, no despertaron mucho entusiasmo, y aunque
Miller seguía siendo una figura respetada atenta a las contingencias
y abusos de la política estadounidense, la estrella de su teatro
sólo brillaba cuando se reponían las obras de su mejor
época.