abc.es  
Servicios abc.es
 
Ir
¿No estás registrado?
Sábado, 12 de febrero de 2005

ESPECTÁCULOS
EDICIÓN IMPRESA - Espectáculos
Muere Arthur Miller, la conciencia de América
Miller murió en la noche del jueves a los 89 años de neumonía y cáncer, en la granja de Roxbury, Connecticut, que compró en 1956 tras casarse con Marilyn Monroe
Imprimir noticiaImprimirVotar noticiaVotarEnviar noticiaEnviar
 

NUEVA YORK. El autor entró en los anales del teatro gracias a Willy Loman, el protagonista de su mejor pieza, «Muerte de un viajante», que se estrella contra los espejismos del sueño americano. En uno de sus últimos escritos se refirió con melancolía y perplejidad a los árboles y los ciervos que le contemplaban desde la noche y la espesura que rodeaba la finca de Roxbury, donde expiró rodeado de su familia y de su última compañera, la pintora Agnes Barley, a la que se unió tras la muerte en 2002 de la fotógrafa Inge Morath, con quien tuvo una hija (la cineasta Rebecca Miller).

Poco antes de la inesperada muerte de Morath, Miller, que ya atesoraba dos premios Pulitzer -por «Muerte de un viajante» y «Panorama desde el puente»- recibió el Príncipe de Asturias de las Letras por su condición de «maestro indiscutible del drama contemporáneo». Mientras el ensayista teatral Mel Gussow dijo que en sus obras Miller hacía al hombre responsable de sus acciones y de las de sus vecinos, el también dramaturgo Edward Albee declaró: «Dijo de mis piezas que eran necesarias. Yo iré un paso mas allá y diré que las suyas eran esenciales». Tras situarle «entre los cinco principales autores dramáticos del siglo XX», el crítico Dean Richards señaló: «Con todas sus imperfecciones, su análisis de quienes somos será lo que perdurará».

Personajes sociales

Nacido en el barrio neoyorquino de Harlem el 17 de octubre de 1917, su visión de la existencia quedó marcada por la Gran Depresión, que significó la ruina para su padre. Quien habría de convertirse en uno de los dramaturgos más influyentes de su país, había ido al teatro en dos ocasiones cuando niño y hasta que terminó el instituto, a trancas y barrancas, prefería los deportes a los libros. Una lesión jugando al rugby le libró de combatir en la II Guerra Mundial. Tras trabajar en un almacén y como lavaplatos en la Universidad de Michigan -en la que acabó matriculándose gracias a los consejos de su madre, maestra de escuela-, escribió su primera obra de teatro, «El hombre que tenía toda la suerte del mundo» (1944), que fue vapuleada por la crítica, y una novela, «Focus» (1945), centrada en el antisemitismo, que tuvo mejor acogida. Cosechó su primer éxito en Broadway con su segunda pieza, «Todos eran mis hijos» (1947), drama sobre un empresario sin escrúpulos que vendía material defectuoso al ejército. Su fascinación por Ibsen y su cuidado en entrelazar cuestiones sociales con la llama interior de los personajes hicieron diana con «Muerte de un viajante» (1949).

Dirigida por Elia Kazan, fue un trallazo en Broadway. El drama del viajante de comercio Willy Loman, que acaba suicidándose, ofrece un retrato ocre de la cara sucia del sueño americano. La obra le granjeó su primer Pulitzer y una fama que se multiplicaría cuando plantó cara al comité de Actividades Antiamericanas del senador McCarthy: a diferencia de Kazan, Miller no dio nombres. Su crítica de la caza de brujas la dejó por escrito en «Las brujas de Salem» (1953), otra de sus grandes piezas.

Miller se convirtió en uno de los hombres más envidiados de Estados Unidos cuando en 1956 contrajo matrimonio con Marilyn Monroe. Pero fueron cinco años turbulentos e infelices. La relación naufragó en 1961, poco después del rodaje de «Vidas rebeldes», sobre un guión del propio Miller. Al año siguiente, Marilyn Monroe se suicidó. El novelista Norman Mailer describió a la pareja como el matrimonio entre «el gran cerebro americano» y «el gran cuerpo americano», y calificó al dramaturgo de «ambicioso, limitado y mezquino», que quiso aprovecharse de la fama de su mujer en una época en que sus dotes creativas empezaban a declinar. No le gustaba hablar de su etapa con la actriz, pero de ella escribió dos piezas, ambas malparadas por la crítica: «Después de la caída» (1968) y «Terminando la foto», estrenada el año pasado en Chicago. Obras como «Monte Morgan abajo» y «El último yankee», estrenadas en la década de los noventa, no despertaron mucho entusiasmo, y aunque Miller seguía siendo una figura respetada atenta a las contingencias y abusos de la política estadounidense, la estrella de su teatro sólo brillaba cuando se reponían las obras de su mejor época.