Cándido PÉREZ
GÁLLEGO
Nos deja
Arthur Miller como si se marchara un amigo fiel que nos ha
proporcionado momentos de profunda reflexión. Sus frases nos
acongojan, nos hacen pensar. Estamos frente a un autor
prodigioso que se va sin haber recibido el Nobel, como Proust
o Joyce, y que deja un vacío enorme en los estudios de
literatura norteamericana. En todos estos años, Miller nos ha
hablado de la verdad, de cómo alcanzarla, de cómo poder
conseguirla. Que haya adaptado al inglés «Un enemigo del
pueblo», de Ibsen, significa toda una clave para entender a un
autor que busca en la sociedad unas extrañas claves
calvinistas de comportamiento. Mucho menos lírico que
Tennessee Williams, no alcanza la eficacia sentimental del
autor sureño que, aferrado a Chejov, hace de la relación
amorosa una pauta extraña y misteriosa. No hay tampoco en su
obra un mundo pasional como el que pintaban O’Neill o William
Inge, ni situaciones afectivas tan patéticas como las que
aparecerán en Edward Albee. Su mundo es seco, directo,
novelístico y repleto de unas evidencias que, sin embargo, no
acaban de explicar su sistema ideológico de creencias. Dice
Wittgenstein: «Hay imágenes falsas que nos tienen cautivos».
Así entendida, «La muerte de un viajante» (1949) se puede leer
como el fracaso de los sueños de triunfo que tiene un
americano medio en un mundo esquizoide de fantasías
imposibles. Estamos ante una obra magistral que tanto
significa en el teatro contemporáneo, la más grande de los
últimos cincuenta años. Willy Loman ha plantado simientes en
el jardín: son sus hijos, pero no han florecido, una dura
confesión que lleva a uno de sus hijos a repetir: «Tenía
muchos sueños y todos sus sueños eran falsos»; hasta se llega
a decir: «Él nunca supo quien era». Su perfil es el de un
hombre que vive sumergido en una mentira continua y que
influye en sus hijos Biff y Happy de manera bien distinta. Él
imagina que tiene amigos en todo el mundo, tiene la creencia
de que será capaz de construir un mundo de ambición y gloria.
El hijo mayor, Biff, detesta al padre, no cree en él; en
cambio el pequeño, Happy, lo ama, lo adora. ¿Qué quiere decir
esto? Algo tan sencillo como que en la vida, unos siguen el
camino que trazamos y otros el suyo propio. Loman busca el
trabajo como liberación y el suicidio final del protagonista
marca el mismo final que va a tener Keller en la obra «Todos
eran mis hijos». En «Después de la caída», Quentin, con mala
conciencia, se confiesa ante el público, se desnuda. Sienta la
necesidad de romper con la mala conciencia. En un momento en
que habla con su madre, ella le comenta: «Tú no puedes creer
en nadie». Y el abogado responde: «Es en mí en quien no creo».
El mundo que refleja en «Después de la caída» aborda el tema
del sentimiento de culpa, muy repetido en la literatura
americana. Sobre su conciencia pesa el que por su inmoral
conducta se quitara la vida su amigo. Necesita buscar la
comprensión en los demás, redimirse. En otras ocasiones
asistimos de modo magistral a las ocasiones en que los muertos
vuelven, entran y salen de la escena cruzando las paredes.
Esta idea me hace recordar aquella advertencia de Harold Bloom
y el tema del «apofrades», es decir, del «regreso de los
muertos» que desde Hamlet y Macbeth nos viene acuciando. El
escenario se convierte, ante nuestro asombro, en un festival
de apariciones y recuerdos, vemos lo que ocurre con creciente
asombro y hasta pensamos en Heidegger: «El hombre vive huyendo
de sus pensamientos». Incluso nos hace pensar en Nietzsche
cuando auguraba «la verdad es un tormento absoluto». Un teatro
que tiene huellas de Sartre, que nos hace sentirnos
«abandonados en el presente». Jueces y cómplices inocentes y
culpables, juzgán- donos de modo implacable para ver de parte
de quien estamos. Una de las obras que más me subyuga es «El
precio», que posee un argumento fascinante: dos hermanos,
famoso médico uno, policía municipal el otro, que hace quince
años que no se ven, deben volver a reunirse para repartir la
herencia que ha dejado el padre al morir, tema repetido en
obras como «Al este del Edén», de John Steinbeck, o «La gata
sobre el tejado de zinc», de Tennessee Williams. Y de fondo,
el padre, que no aparece, pero que es el verdadero
protagonista aún no estando presente. Mientras los hermanos
discuten, el viejo Salomon va poniendo precio a los objetos,
como si fuera una letanía, va, en definitiva, poniendo precio
a la vida en una patética simbología. Y se escuchan las
cifras, una tras otra. Y eso es precisamente lo que une a los
dos hermanos que viven una auténtica amargura. A los ojos del
padre muerto se discute sobre quién ha triunfado más, si el
que se marchó a Nueva York o el que se quedó al cuidado del
padre. En cierto sentido, estamos ante una obra contra la
familia, que nos hace pensar una vez más que toda su
producción está repleta de símbolos. Por ejemplo, el hecho de
que la casa se prepare para la demolición, un tema que nos
puede traer ecos de «El jardín de los cerezos», de Chejov,
donde todo deseo de permanencia se esfuma. El significado del
teatro de este genial autor es pensar hasta qué punto debemos
perdonar a los padres, entenderlos y justificarlos. En la obra
antes mencionada asistimos al precio que pagamos en la vida.
Se repiten los insultos más crueles; el triunfador le espeta a
su hermano: «Eres un fracasado», que va a ser, por otra parte,
el argumento central de tantas obras americanas, de Albee o
Shepard. A través de sus más de treinta dramas, Miller
construye un mundo de tremenda violencia verbal y belleza
indescriptible, y es que, tal vez sea Miller el más grande
escritor actual. En la última obra de nuestro dramaturgo, «Las
relaciones de Mister Peters» (2001) regresa al mundo del
«apofrades», donde vivos y muertos conviven en el escenario, y
en el centro, Mr. Peters, que no sabe qué es realidad y qué es
fantasía. No sabe quién es esa bella dama que aparece y
desaparece en el escenario. Vuelve la presencia de los seres
muertos y regresan los que estaban invitados a este festín.
Con Arthur Miller, el teatro queda vacío y en una situación de
soledad patética. Es difícil encontrar a alguien de su
categoría, imposible acercarnos a otro dramaturgo de su talla.
La misma casa de Loman, encerrada entre los rascacielos de una
gran ciudad, quizá Brooklyn, significa el ahogo de nuestros
días. Y terminamos también con Loman, cuando estrecha a sus
hijos y les dice que los hombres más famosos del país son sus
amigos. Un autor magistral que encierra toda una obra cargada
de simbología.
