Ciegsa





























 
 
sábado 12 de febrero de 2005
 


El fin de todos los sueños


Cándido PÉREZ GÁLLEGO
Nos deja Arthur Miller como si se marchara un amigo fiel que nos ha proporcionado momentos de profunda reflexión. Sus frases nos acongojan, nos hacen pensar. Estamos frente a un autor prodigioso que se va sin haber recibido el Nobel, como Proust o Joyce, y que deja un vacío enorme en los estudios de literatura norteamericana. En todos estos años, Miller nos ha hablado de la verdad, de cómo alcanzarla, de cómo poder conseguirla. Que haya adaptado al inglés «Un enemigo del pueblo», de Ibsen, significa toda una clave para entender a un autor que busca en la sociedad unas extrañas claves calvinistas de comportamiento. Mucho menos lírico que Tennessee Williams, no alcanza la eficacia sentimental del autor sureño que, aferrado a Chejov, hace de la relación amorosa una pauta extraña y misteriosa. No hay tampoco en su obra un mundo pasional como el que pintaban O’Neill o William Inge, ni situaciones afectivas tan patéticas como las que aparecerán en Edward Albee. Su mundo es seco, directo, novelístico y repleto de unas evidencias que, sin embargo, no acaban de explicar su sistema ideológico de creencias. Dice Wittgenstein: «Hay imágenes falsas que nos tienen cautivos». Así entendida, «La muerte de un viajante» (1949) se puede leer como el fracaso de los sueños de triunfo que tiene un americano medio en un mundo esquizoide de fantasías imposibles. Estamos ante una obra magistral que tanto significa en el teatro contemporáneo, la más grande de los últimos cincuenta años. Willy Loman ha plantado simientes en el jardín: son sus hijos, pero no han florecido, una dura confesión que lleva a uno de sus hijos a repetir: «Tenía muchos sueños y todos sus sueños eran falsos»; hasta se llega a decir: «Él nunca supo quien era». Su perfil es el de un hombre que vive sumergido en una mentira continua y que influye en sus hijos Biff y Happy de manera bien distinta. Él imagina que tiene amigos en todo el mundo, tiene la creencia de que será capaz de construir un mundo de ambición y gloria. El hijo mayor, Biff, detesta al padre, no cree en él; en cambio el pequeño, Happy, lo ama, lo adora. ¿Qué quiere decir esto? Algo tan sencillo como que en la vida, unos siguen el camino que trazamos y otros el suyo propio. Loman busca el trabajo como liberación y el suicidio final del protagonista marca el mismo final que va a tener Keller en la obra «Todos eran mis hijos». En «Después de la caída», Quentin, con mala conciencia, se confiesa ante el público, se desnuda. Sienta la necesidad de romper con la mala conciencia. En un momento en que habla con su madre, ella le comenta: «Tú no puedes creer en nadie». Y el abogado responde: «Es en mí en quien no creo». El mundo que refleja en «Después de la caída» aborda el tema del sentimiento de culpa, muy repetido en la literatura americana. Sobre su conciencia pesa el que por su inmoral conducta se quitara la vida su amigo. Necesita buscar la comprensión en los demás, redimirse. En otras ocasiones asistimos de modo magistral a las ocasiones en que los muertos vuelven, entran y salen de la escena cruzando las paredes. Esta idea me hace recordar aquella advertencia de Harold Bloom y el tema del «apofrades», es decir, del «regreso de los muertos» que desde Hamlet y Macbeth nos viene acuciando. El escenario se convierte, ante nuestro asombro, en un festival de apariciones y recuerdos, vemos lo que ocurre con creciente asombro y hasta pensamos en Heidegger: «El hombre vive huyendo de sus pensamientos». Incluso nos hace pensar en Nietzsche cuando auguraba «la verdad es un tormento absoluto». Un teatro que tiene huellas de Sartre, que nos hace sentirnos «abandonados en el presente». Jueces y cómplices inocentes y culpables, juzgán- donos de modo implacable para ver de parte de quien estamos. Una de las obras que más me subyuga es «El precio», que posee un argumento fascinante: dos hermanos, famoso médico uno, policía municipal el otro, que hace quince años que no se ven, deben volver a reunirse para repartir la herencia que ha dejado el padre al morir, tema repetido en obras como «Al este del Edén», de John Steinbeck, o «La gata sobre el tejado de zinc», de Tennessee Williams. Y de fondo, el padre, que no aparece, pero que es el verdadero protagonista aún no estando presente. Mientras los hermanos discuten, el viejo Salomon va poniendo precio a los objetos, como si fuera una letanía, va, en definitiva, poniendo precio a la vida en una patética simbología. Y se escuchan las cifras, una tras otra. Y eso es precisamente lo que une a los dos hermanos que viven una auténtica amargura. A los ojos del padre muerto se discute sobre quién ha triunfado más, si el que se marchó a Nueva York o el que se quedó al cuidado del padre. En cierto sentido, estamos ante una obra contra la familia, que nos hace pensar una vez más que toda su producción está repleta de símbolos. Por ejemplo, el hecho de que la casa se prepare para la demolición, un tema que nos puede traer ecos de «El jardín de los cerezos», de Chejov, donde todo deseo de permanencia se esfuma. El significado del teatro de este genial autor es pensar hasta qué punto debemos perdonar a los padres, entenderlos y justificarlos. En la obra antes mencionada asistimos al precio que pagamos en la vida. Se repiten los insultos más crueles; el triunfador le espeta a su hermano: «Eres un fracasado», que va a ser, por otra parte, el argumento central de tantas obras americanas, de Albee o Shepard. A través de sus más de treinta dramas, Miller construye un mundo de tremenda violencia verbal y belleza indescriptible, y es que, tal vez sea Miller el más grande escritor actual. En la última obra de nuestro dramaturgo, «Las relaciones de Mister Peters» (2001) regresa al mundo del «apofrades», donde vivos y muertos conviven en el escenario, y en el centro, Mr. Peters, que no sabe qué es realidad y qué es fantasía. No sabe quién es esa bella dama que aparece y desaparece en el escenario. Vuelve la presencia de los seres muertos y regresan los que estaban invitados a este festín. Con Arthur Miller, el teatro queda vacío y en una situación de soledad patética. Es difícil encontrar a alguien de su categoría, imposible acercarnos a otro dramaturgo de su talla. La misma casa de Loman, encerrada entre los rascacielos de una gran ciudad, quizá Brooklyn, significa el ahogo de nuestros días. Y terminamos también con Loman, cuando estrecha a sus hijos y les dice que los hombres más famosos del país son sus amigos. Un autor magistral que encierra toda una obra cargada de simbología.

 
 



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