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Arthur Miller, la
conciencia de un siglo por César Oliva

Ruptura, compromiso y
profundidad escénica son sólo algunos de los
sustantivos que merece el legado dramatúrgico
del recientemente desaparecido Arthur Miller.
Sólo nombres como Tennessee Williams y O’ Neill
estuvieron a su altura en el teatro
norteamericano del siglo XX, un teatro capaz de
grabar a sangre y fuego algunos de los perfiles
humanos más crudos de la escena universal. Obras
como La muerte de un viajante, Panorama desde
el puente, Las brujas de Salem o El
precio han mostrado sin filtros la rica y
compleja naturaleza del ser humano. Como
homenaje al enorme talento e intuición de
Miller, Premio Príncipe de Asturias de las
Letras de 2002, el catedrático César Oliva
analiza la importancia de su creación en el
teatro contemporáneo y su fértil relación con
España.
Si O’Neill es el Esquilo de
la dramaturgia norteamericana, Arthur Miller es
Shakespeare; o Corneille; o Lope de Vega,
pongamos el nombre que queramos, pero siempre
representativo de ser el cimero de un teatro
nacional, el que consiguió lo que no
consiguieron los otros. El número
1.
Arthur Miller (1915-2005) encabeza una
generación de grandes escritores americanos, con
ricos antecedentes que ya estaban habituados en
combinar su oficio de escenarios con el de
platós. El nuevo teatro americano del siglo XX
está fuertemente influido, en su construcción,
por el nuevo lenguaje fílmico, de modo que bien
se podría hablar de un antes y un después del
arte de la escritura teatral, poniendo como
inflexión la primera película hablada, El
cantor de jazz (1927). Es el momento en el
que todo dramaturgo que se precie tiene que
estrenar sus obras en el escenario, para
enseguida pasarlas a guión cinematográfico. Es
la señal del éxito. A veces, es tal el furor de
la nueva industria, que los autores escriben
directamente para la gran pantalla. En ese medio
aparece Miller, al lado de Tennessee Williams,
ambos con el firme propósito de no cambiar la
lógica de crear sus dramas, primero para las
bambalinas, y luego, si todo sale bien, para la
claqueta.
Aunque su primera obra fue un
rotundo fracaso (The man who had all the
luck, 1944), con la siguiente All my sons
(Todos eran mis hijos, 1947) consiguió
ser reconocido como un autor de denuncia capaz
de inventar personajes tan sólidos como veraces.
Qué duda tiene que, apenas dos años de terminada
la II Guerra Mundial, fue mérito y atrevimiento
llevar a la escena el conflicto de un padre
enriquecido con ambiguos negocios de
construcción de material de guerra, por cuya
causa murieron muchos soldados americanos, uno
de ellos, sin duda, su propio hijo. El nombre de
Arthur Miller fue enseguida sinónimo de audacia,
de ruptura, y no sólo por motivos temáticos sino
estructurales.
Siguiendo una línea
argumental diríase que tradicional, la rompe en
el espacio y el tiempo, a la manera de Priestley
o Wilder, en busca de sorprendentes efectos
dramáticos. Así, estrena Death of a
saleman (Muerte de un viajante,
1949), que para muchos es la primera gran obra
del teatro de la segunda mitad del siglo XX.
Aquí la denuncia comprende toda una clase
social, habitante del engaño, de la mentira y de
la hipocresía. El conflicto de un vendedor
comercial, otro tiempo próspero, y llegado a una
decadencia en la que él mismo es principal
culpable, sirve para mostrar las difíciles
relaciones de la familia media americana.
Añádase a ello una textura dramática
sorprendente por la mezcla de realismo y
expresionismo. Su estreno fue un éxito
memorable, que se repitió como un tam-tam por
los escenarios de todo el mundo, incluido
Madrid. La obra consiguió el Premio Pulitzer así
como el del Círculo de Críticos
Teatrales.
Su admiración por Ibsen se
pone de manifiesto cuando adapta Un enemigo
del pueblo (1950), verdadero antecedente de
su siguiente obra original The Crucible,
(Las brujas de Salem, 1953). Este drama
supuso el mayor alegato sobre los juicios que se
estaban llevando a cabo por el senador Joseph
McCarthy, que trataban del peligro comunista en
la sociedad americana, sobre todo, en la
sociedad intelectual. La historia de las
acusaciones de brujería en la pequeña localidad
de la Nueva Inglaterra fue una dura metáfora que
conmovió a todos los espectadores. De nuevo, el
lenguaje escénico experimentaba una saludable
transformación, pues la apariencia realista
nunca ocultaba continuas rupturas
expresionistas. A view from the bridge
(Panorama desde el puente, 1955)
reproduce uno de los temas candentes de esos
años, cual era la llegada de emigrantes de todas
partes del mundo, y su difícil irrupción en la
sociedad americana. Su reciente puesta en
escena, dirigida por Miguel Narros, demostraba
cumplidamente la actualidad del argumento, fácil
de aplicar a la España de entre
siglos.
Pero la vida de Arthur Miller
cambió de manera notable cuando contrajo
matrimonio con la famosa actriz Marilyn Monroe.
Su boda, que coincidió con el estreno de la
anterior obra, le dio una popularidad
auténticamente impensable para un autor de
teatro. Quizás por ello, y por su dedicación al
cine con algunos guiones emblemáticos, como el
de The misfits (Vidas rebeldes,
1961), de John Huston, permaneció ocho años
alejado de los escenarios; justo el tiempo que
estuvo casado con la famosa actriz. En 1962
contrajo nuevo matrimonio con la fotógrafo
Ingeborg Morath, y dos años después, estrena de
nuevo.
Esta vez un texto durísimo,
claramente autobiográfico, en el que su
recurrente tema de la tragedia del hombre
corriente, se convierte en personal espejo.
After the fall (Después de la
caída, 1964) trata de su vida con Marilyn,
pero también de un drama personal de imposibles
dependencias. The price (El
precio, 1968) es posiblemente su último gran
éxito popular, con más de cuatrocientas
representaciones en su primera aparición en los
escenarios. Antes había escrito Incident at
Vichy (Incidente en Vichy), sobre el
conflicto entre nazis y judíos durante la II
Guerra Mundial. Sus siguientes obras no tienen
apenas repercusión, siendo rápidamente retiradas
de cartel: The creation of the World and
other bussiness (1972) y The american
clock (1980). Otras siguientes, ni siquiera
tuvieron la seguridad de su estreno.
Su
poética se muestra de una manera interesante y
sugestiva en una colección de ensayos que
publica Robert A. Martin en 1971 con el título
de The theatre essays of Arthur Miller. A
la muerte de Tennessee Williams, en 1983, y a
pesar de un evidente oscurecimiento en su
trayectoria, Miller quedó como principal
representante de la dramaturgia americana del
siglo XX. En una de sus últimas visitas a España
llamó la atención que se mostrara contento por
tener sus obras en pequeños teatros de Broadway,
en el llamado ‘off Broadway’, al tiempo que
lamentara que éste era el destino del teatro en
el siglo XXI. Él, que lo había tenido todo en
los grandes escenarios de Nueva
York.
De Buero a Tamayo No
deja de llamar la atención la profunda relación
que guarda la trayectoria de Arthur Miller con
la de Antonio Buero Vallejo. No han sido pocos
los críticos que han visto en nuestro autor
determinados préstamos del dramaturgo americano,
pero, si nos fijamos en las fechas de creación,
y, sobre todo, de traducción y estreno en
España, convendremos en que hay más de
coincidencia histórica que de otra cosa. Bien
está que la presentación de Muerte de un
viajante en Madrid, en 1952, sea un año
después de En la ardiente
oscuridad.
A propósito del estreno de
la obra de Miller en el Teatro de la Comedia, y
de la enorme repercusión que tuvo en el público
madrileño, contaba José Tamayo que una vez
terminado el ensayo general, seguido con enorme
entusiasmo por un selecto grupo de invitados, se
le acercó Eduardo Haro Tecglen para
decirle: –¡Qué extraordinaria obra, don José!
¡Qué placer poder verla en Madrid! ¡Es tan buena
que no creo que tenga mucho público…!
A
la salida del ensayo, contaba el director
granadino, todos comprobaron que la cola de
gente para sacar entradas daba la vuelta a la
calle del Príncipe. Carlos Lemos, Josefina Díaz
y Paco Rabal fueron los protagonistas.
El
mismo Tamayo dirigió también Las brujas de
Salem, en 1956, en versión de Diego Hurtado,
ya como director del Teatro Español,. De nuevo
Paco Rabal era el protagonista, junto a Asunción
Sancho, Analía Gadé, Berta Riaza y un largo
reparto de primeras figuras.
OLIVA,
César |