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Bob Wilson “La vanguardia consiste en redescubrir a
los clásicos”

El mito de Proserpina, la hija de Júpiter y
Ceres raptada por Plutón y cuyo rapto provoca una
terrible hambruna, inspira el nuevo trabajo del
director Bob Wilson. Proserpina, Perséfone
se estrena el 22 de julio en el teatro romano de
Mérida protagonizada por Emma
Suárez.
Rara es la temporada que no
vemos un espectáculo de Bob Wilson en nuestras
carteleras. El director norteamericano es uno de
los más internacionales y, además, se prodiga en
diferentes ámbitos artísticos: si no es la ópera,
tenemos ocasión de ser testigos de una instalación
o un espacio que ha diseñado para una exposición
o, como en el caso que nos ocupa, una obra de
teatro. Recientemente estuvo en Barcelona y Madrid
con I La Galigo, un hermoso espectáculo
musical inspirado en un poema ancestral de la
mitología indonesia. Ahora vuelve con
Proserpina, Perséfone, producción del
Festival de Mérida que protagoniza Emma Suárez y
que se estrena hoy en la ciudad
emeritense.
Este tejano de Waco se inició
en el mundo de la escena procedente de las Bellas
Artes. Fueron los trabajos de los primeros
escenógrafos colaboradores de Ballanchine, Merce
Cunningham y Martha Graham los que llamaron su
atención a mediados de los años 60. En 1971 creó
Deafman Glance en colaboración con un
muchado sordomudo, una ópera que le valió el
reconocimiento del surrealista Louis Aragon,
proveyó a los críticos de un nuevo término, el de
la “ópera silenciosa”, y le sirvió para mostrar
que lo suyo eran los montajes de larguísima
duración: Ka Mountain and Guardenia se
escenificó durante siete días en Shiraz (Irán) o
The Life and Times of Joseph Stalin, una
ópera de doce horas. Aunque fue Einstein on the
Beach, en colaboración con el compositor
Phillip Glass, lo que le abrió las puertas de los
teatros europeos.
Estilo fácilmente
reconocible Desde entonces ha tenido una
carrera con grandes proyectos en la que ha forjado
un estilo fácilmente reconocible marcado por un
esteticismo minimalista: sus espectáculos están
presididos por una iluminación compleja e
impecable presidida por cicloramas de colores,
bellas escenografías por las que desfilan los
actores con lentos movimientos, recreándose en el
gesto. Un teatro en el que Wilson hace convivir la
música, el arte, la literatura y la danza y que le
ha permitido colaborar con artistas de muchas
otras disciplinas (Heiner Müller, Tom Waits, David
Byrne, Allen Ginsberg, Susan Sontag, Lou
Reed...).
–De entre todos los mitos
clásicos, ¿por qué ha elegido el de Proserpina?
–En 1993 diseñé una instalación artística para
la Bienal de Venecia en un viejo granero:
Memory/Loss, que fue premiado con el León
de Oro de escultura. A partir de este trabajo
desarrollé este concepto en 1994, en Gibellina, en
Italia, donde dirigí T.S.E, un trabajo inspirado
en La tierra baldía de T.S. Eliot con
música de Philip Glass. Era una especie de
“instalación con actores” puesta en escena en el
espacio no convencional de un granero. Entre las
distintas escenas había una dedicada al mito
griego de Perséfone. Trabajando en esta escena, la
amplié y añadí nuevas partes y así he creado la
producción teatral Proserpina,
Perséfone.
–¿Qué le fascina del
personaje? –Lo que me fascina es el poder de
renuncia que tiene. (Proserpina, la versión
romana de Perséfone, es una alegoría de la muerte
y representa el renacimiento de las estaciones. La
historia cuenta cómo es raptada por Plutón que se
la lleva al Hades o mundo subterráneo. Su madre
Ceres, diosa de la tierra, desesperada va en su
busca y descuida los campos, lo que produce una
terrible hambruna. Cuando encuentra a su hija,
ésta ha comido un grano de granada cultivada en el
infierno que la vincula a él. Pero Júpiter, Plutón
y Ceres deciden que Proserpina divida el año entre
su estancia en los infiernos, durante el invierno,
y su regreso a la tierra, en
primavera).
–¿Qué texto ha seguido para
contarnos este mito? –Principalmente la Oda
a Demeter de Homero, que en la obra es
recitada por Emma Suárez en el prólogo, y luego
Brad Gooch, un joven escritor afincado en Nueva
York, ha escrito un texto poético que describe el
mito.
–Puede pensarse que el estilo Wilson
se adapta muy bien a los textos épicos. Lo pudimos
ver en I La Galigo. ¿Un texto mitológico le
da mayor libertad que uno literario? –Lo que me
gusta de los textos mitológicos o de los poemas
épicos es su abanico de posibilidades, porque casi
siempre cuentan un historia simple. En mis
primeros trabajos siempre intenté crear la visión
y dar la sensación de que hacía una traslación más
épica que literaria.
–Contar de antemano
con una estructura arquitectónica como el teatro
romano de Mérida, ¿la convierte en el punto de
partida para su puesta en escena? –Cada vez que
comienzo un nuevo trabajo comienzo por el espacio.
Luego creo una estructura y, más tarde, con mis
colaboradores, la relleno. Si la estructura es
sólida, entonces uno puede sentirse muy libre en
ella.
–¿Cree que cuando fueron construidos
Mérida o Epidauro el teatro debía ser algo más que
un lugar para la representación? –A mí
simplemente me gusta pensar en mi labor como en la
de un artista. Tengo el mismo interés por el
movimiento, las palabras, la iluminación, el
sonido, las imágenes. Estoy convencido de que el
teatro es el lugar donde diferentes artes pueden
encontrarse. Y en esta coexistencia hay espacio
para la música, la danza, la
actuación.
–¿No le sorprende ser
considerado como uno de los directores más
vanguardistas cuando la mayor parte de sus
trabajos están basados en textos clásicos? –La
vanguardia consiste a menudo en redescubrir a los
clasicos.
–Creo que actualmente es el
director más internacional, de Asia a Estados
Unidos y de allí a Europa; luego usted hace ópera,
teatro, exposiciones de arte. ¿Qué cultura y que
ámbito artístico le queda por explorar? –Yo
concibo mi trabajo como uno sólo, un opus, una
construcción, un producto que evoluciona en el
tiempo y que combina varios elementos y valiosas
colaboraciones. Los pasos que doy están muy claros
para mí: Comencé con algunas “palabras
silenciosas”, las que los críticos franceses
llamaron “estructuras silenciosas”. Y siempre he
estado interesado en algo que está entre el arte y
la vida.
–Hablemos de The Watermill Center,
la fundación que usted ha creado en Long Island
(Nueva York) y que cada año ofrece talleres a
jóvenes artistas. Supongo que para ellos será un
gran incentivo trabajar con Bob Wilson, pero ¿y
usted? ¿Qué satisfacciones encuentra en la
pedagogía? –No estoy interesado en crear una
escuela. No enseño un método en Watermill. Me
gusta pensar que es un laboratorio que anima
colaboraciones interdisciplinares, donde el arte,
la tecnología, los negocios y las humanidades
interactúan con un espíritu de innovación. El
centro fue creado para dar oportunidades a la
gente joven para desarrollarse como artistas, para
vivir y trabajar juntos formando una comunidad
especial, para definir y explorar sus propios
intereses mientras observan y colaboran con
profesionales establecidos”.
700 jóvenes
artistas Fundado en 1992, el Centro sirve
también de archivo para los trabajos de Bob Wilson
y de sus colaboradores. Se trata de una fundación
sin ánimo de lucro, financiada con donaciones de
organizaciones y particulares. Cada año un
centenar de estudiantes de 30 países siguen el
programa del centro, que se divide en dos partes:
por un lado, crean junto con Wilson, durante un
periodo de dos semanas, una instalación o
performance en la que siguen muy de cerca todos
los oficios involucrados. La segunda parte
consiste en desarrollar un proyecto personal.
Sobre 700 jóvenes han pasado por la fundación, los
cuales han podido trabajado con figuras de la
talla de la coreógrafa Trisha Brown, el compositor
Philip Glass –que ha puesto música a muchas obras
de Wilson–, el músico Paul Simon, las actrices
Isabelle Huppert y Miranda Richardson o la
diseñadora Donna Karan.
PERALES,
Liz |