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"El
teatro, como asamblea" Si bien el título de la obra puede hacer presumir que se trata de otra vuelta de tuerca sobre el transitado tema de la infidelidad, Carlos Ianni atribuye el interés que el espectáculo despierta en públicos muy diversos al conflicto más profundo que aborda la pieza del dramaturgo y psiquiatra chileno. El director destaca que el verdadero conflicto dramático es el vínculo entre los dos hermanos que se encuentran después de algún tiempo y empiezan hablando de su adhesión a convención morales y sociales como la monogamia para terminar revelando flagrantes hipocresías y una tradición familiar atravesada por adulterios, incestos y ominosos secretos. "Las verdades y mentiras que tejen la trama de los vínculos primarios, particularmente del vínculo entre hermanos, constituyen un tema mítico al que siempre se vuelve. Es un conflicto que involucra indistintamente a personas de diferentes sectores sociales, urbanos o campesinos. Pero otra cosa que pega es el tipo de propuesta escénica, muy despojada escenográficamente, donde lo más fuerte es la comunicación íntima que establecen los personajes, a través de las actuaciones de Guido D'Albo y Roberto Municoy." - Tras años de experimentos escénicos en los que se privilegió lo visual, ¿vuelve el teatro de actor?
- Sin embargo, sigue habiendo búsquedas que utilizan desde actores no profesionales o chicos de la calle hasta títeres y objetos.
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A su regreso de la gira, ¿tiene algún nuevo proyecto de
puesta en escena?
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¿Qué opina de este momento tan vigoroso del teatro en el
marco de una crisis tan profunda?
- En cuanto al interés europeo que despierta nuestro teatro independiente, ¿a qué lo atribuye?
Olga Cosentino. Clarín. 19 de noviembre de 2002
El proceso creativo de Ianni es muy singular. Es un hombre que proviene, en principio, de la plástica y se encuentra con el teatro a fines de los 70. Por esa época la escena le permitía volcar experiencias ligadas con la pintura, con la imagen. "Con El mar dulce -cuenta el director- llegué a un callejón sin salida, porque además el tipo de trabajo que realizaba casi no requería de actores. Entré en una crisis muy grande en relación con las posibilidades que tenía de generar una poética sobre el escenario. El descubrimiento de los actores y de la palabra hizo que volviera a dirigir." Y en verdad la actuación y un profundo trabajo sobre la palabra es lo que más se destaca en sus puestas actuales. "Tomo la palabra -aclara- como una consecuencia del devenir natural de los personajes. La palabra no es lo más importante para mí. Busco que el trabajo creativo de los actores me induzca a entrar en el mundo de los personajes. Incluso espero que durante la dialéctica del trabajo de esos actores, en los ensayos, el verdadero y profundo contenido de la obra aparezca revelado." UN AUTOR RENOVADO. Esa tarea es la que desarrolló en la construcción de este nuevo espectáculo. Viaje a la penumbra (1995) es un texto que Carlos Ianni descubrió casi por casualidad. El estaba acostumbrado a los materiales que Jorge Díaz había concebido durante las décadas del 60 y 70, muy ligados al absurdo (los más divulgados en la Argentina y que con mucha asiduidad suelen representar elencos del interior del país). Un periodista del diario El Mercurio, de Santiago, hizo que el autor le enviará Antología subjetiva, una obra que incluye muchos textos y de muy diferentes estilos, y la elegida fue la que ahora se estrena. Viaje a la penumbra -dice Ianni- es una de esas piezas de las que a mí me gustan, fundamentalmente actoral, y propone como tema medular una reflexión sobre la naturaleza del mal. Un poco por el clima que estamos viviendo hoy me pareció que valía la pena hacerla. La anécdota es muy simple: un hombre en un paraje solitario se encuentra con aquello de lo que viene huyendo y de esa confrontación sale transformado. Tiene un gran suspenso, que además está muy bien construido, y paso a paso se van abriendo posibilidades nuevas que sostienen la atención del espectador y dejan una serie de incógnitas: ¿de dónde proviene el mal?, ¿cuál es la fuente?, ¿qué podemos hacer, ya no para estar a resguardo de él, sino para aprender a convivir con el mal sin que nos dañe?" -Estrenás a Marco Antonio de la Parra y luego a Jorge Díaz; es como si te metieras en los mundos de padre e hijo, porque uno recibe influencias del otro en su creación. ¿Qué diferencias encontrás en sus producciones? -Toda la generación de autores a la que pertenece De la Parra reconoce a Jorge Díaz como su papá. Todos ellos afirman que sin Díaz no hubieran existido. Así como la generación de nuevos autores chilenos no existiría sin Ramón Grifero o Marco Antonio de la Parra. Pero hay algunos valores entre unos y otros que me interesan. Díaz es para mí un autor sumamente contemporáneo y su concepción dramatúrgica todavía está muy ligada al escenario. Sus piezas están escritas para ser representadas. La generación que viene después no se preocupa por facilitarle el trabajo al director. Si bien escriben obras, también para ser representadas, el mundo de imágenes, de ámbitos, de elementos que proponen no está atado a las leyes del escenario. Y la generación posterior a Benjamín Galemiri (un autor más identificado con los años 90) bate el récord de locaciones en una misma obra. Los ámbitos donde transcurre la acción son tantos que hasta resulta complejo encontrar una poética para cada uno. -¿Más allá de las diferencias formales aún se da una constante en las temáticas del teatro iberoamericano? -Hay determinados paradigmas del teatro iberoamericano que, a pesar de las modas, de los cambios de estilos, se siguen manteniendo como ejes constitutivos. Sigue siendo un teatro realista, entendiendo por realista que se interroga sobre la realidad en la que está inscripto, y también busca construir, afianzar un sentido de justicia en un terreno muy amplio. Te desplaces por donde te desplaces, vas a encontrar esto. Carlos Pacheco. La Nación. 6 de marzo de 2003
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