El
teatro no tiene héroes, por Carlos Pacheco.
Enviado por el CELCIT.
(08/02/03)
Hoy,
los autores escriben obras que carecen de personajes fuertes y se concentran
en la trama. Se acabó la época de las Bernarda Alba y las
Madre Coraje. Una de las últimas criaturas de peso fue Roberto
Zucco, de Bernard Marie Koltés.
Desde hace dos décadas, aproximadamente, las obras teatrales están
mostrando una notable ausencia de grandes protagonistas. Más allá
de que muchos textos ni siquiera contienen una historia que se desarrolla
siguiendo una estructura convencional, es habitual observar a varios personajes
entretejiendo una pequeña trama o en su defecto mostrándose,
simplemente, como integrantes de un mundo extremadamente caótico.
Más aún, cuando se suelen poner grandes clásicos
no siempre sus protagonistas mantienen su verdadero poder en la escena,
como el caso de la polémica versión de "La casa de
Bernarda Alba", de Federico García Lorca, que Vivi Tellas
presentó el año pasado en el San Martín.
Extrañamente, uno de los últimos grandes protagonistas del
teatro contemporáneo es "Roberto Zucco", pieza del francés
Bernard Marie Koltés, que a fines de la década del 80 sintetizó
lo que vendría. En uno de sus parlamentos dice: "No soy un
héroe. Los héroes son criminales. No existen héroes
que no tengan las ropas empapadas en sangre, y la sangre es lo único
en el mundo que no puede pasar inadvertido. Es lo más visible del
mundo. Cuando todo haya sido arrasado, y una bruma de fin del mundo envuelva
la tierra, siempre quedarán las ropas de los héroes empapadas
en sangre".
Koltés tomó para su obra un caso policial real, la historia
de un delincuente, un asesino serial que mataba sin una causa aparente.
El dramaturgo, en declaraciones a la prensa cuando estrenó su obra,
destacó que en verdad estos seres iban a ser los grandes héroes
trágicos de la escena contemporánea y que además
esos delincuentes iban a ocupar las tapas de los diarios.
En los 90, dos autores alemanes divulgados en la Argentina -Marius Von
Mayenburg "Cara de fuego" (en Córdoba, con dirección
de Marcelo Mazza, se estrenó como "Cabeza quemada" y
en Buenos Aires vimos una versión de la compañía
lituana de Oskaras Korsunovas con el nombre "Ugnies veidas")
y Helmut Krausser, "Cara de cuero" (se estrenó en Córdoba
con dirección de Jorge Díaz y en Buenos Aires, dirigida
por Analía Couceyro, se dio a conocer dentro de un ciclo semimontado
en el Instituto Goethe) conciben textos en los que los personajes que
conducen la acción son dos jóvenes que, en franca rebeldía
contra las estructuras sociales y familiares, se desarrollan a través
de actitudes violentas. En la primera obra citada, uno de ellos termina
quemando la casa en la que vive con sus padres y hermana, y en la segunda
el otro amenaza a la policía, desde su encierro en un departamento,
con una gran sierra eléctrica.
Si bien ambos personajes pueden resultar fuertes testimonios de una realidad
contemporánea, ninguno alcanza la dimensión de gran protagonista.
Su heroicidad pareciera estar devaluada. O, parafraseando a Koltés,
tal vez sus ropas ya han comenzado a mancharse de sangre y no podamos
reconocerlos.
El autor argentino Mauricio Kartun, uno de los maestros de dramaturgia
más importantes de la Argentina, destaca que esta ausencia de grandes
personajes en el teatro actual no puede darse por una sola razón.
"Se trata como siempre de múltiples factores -apunta-. Pero
quizás el más influyente sea el descubrimiento que ha hecho
el teatro, resignando en manos del cine la grandilocuencia, del poder
de la condensación, de lo micro ampliado, de la levedad como relieve
posible y elocuente. En estas nuevas poéticas que se han instalado
como hegemónicas, y que basan su poder justamente en el destaque
de lo mínimo: la no actuación, los estados; no hay proporción
posible para los caracteres de gran formato: héroes y villanos
resultan en ese marco inevitablemente sobreenfáticos, y hasta algo
paródicos".
Kartun reconoce también que el predominio de una dramaturgia escénica,
"esa que no nace del imaginario personal del autor, sino de la improvisación
de un grupo de artistas sobre el espacio teatral mismo", hace compleja
la aparición de personajes importantes. "Los procedimientos
creativos -agrega- que producen a estos personajes exigen siempre un enorme
poder subjetivo, y esa actividad, la colectiva, no suele contenerlo ni
facilitarlo."
PERSONAJES CLASE TURISTA. El español Paco Zarzoso, de quien se
estrenará entre nosotros en 2001 "Umbral", bajo la dirección
de Fernando Piernas, prefiere abordar el tema con un ejemplo en el que
la fotografía ocupa un lugar preponderante. "Siempre me ha
inquietado ver fotografías antiguas -dice-. Sobre todo retratos
colectivos. No sé por qué, siempre que veo esas fotos, aparte
de inundarme de una cierta melancolía, descubro que detrás
de cada uno de los rostros retratados hay un ser humano especial, complejo,
poliédrico, misterioso: mineros, espectadores de un partido de
fútbol, pescaderas, gente de las notarias, prostitutas..."
En las fotos contemporáneas, en cambio, el autor dice no ver personas
sino gente. "Gente sin aristas, sin misterio, gente vulgar, da igual
la clase social o la actividad que realicen. En las fotos antiguas parece
que detrás de cada una de las miradas a la cámara hubiera
una conciencia del tiempo. Una cierta trascendencia. Podríamos
hablar de viajeros de la vida que se detienen un instante para ser atrapados.
En cambio, en las fotos actuales, vemos turistas, turistas inconscientes
del tiempo. Quizás, y ahora vuelvo al teatro, el material con el
que trabaja el dramaturgo hoy en día sea esa clase turista. Por
eso nuestra escena está llena de los llamados no-personajes."
Entre las nuevas generaciones de autores argentinos la reflexión
resulta tal vez más determinante. Luis Cano, autor de "Los
murmullos", que se ofreció en el Teatro San Martín,
aportó como respuesta un texto poético que dice: "El
héroe: viejo emblema teatral convertido en tierra. El héroe
nos trae un problema de raíz: nuestros escombros son demasiado
parecidos a las personas. El héroe de nuestra historia fue molido
a palos, cortado en versos. Su cuerpo quebrado da que pensar: ¿tendremos
que escribir con su carne picada?, ¿con la basura? La respuesta
es la medida que demos a nuestro espanto, a nuestra disconformidad. ¿Cómo
representar este desastre? No hablo del discurso postizo de lo que decimos,
sino ¿cómo contar con teatro?¿Presentando al viejo
personaje, siempre bueno para el resumen de nuestras ideas? El patricio
cansado. ¿Repitiendo otra forma de inteligencia autoral? Por más
estéticamente correcta que sea nuestra posición, ¿qué
va a decir este nuevo fetiche, si no hay en verdad quién lo diga?
Desrepresentados. El nuestro es un problema de articulación, de
preguntarnos por el espacio y por el sonido de esas palabras, no por el
abanderado. ¡Que las palabras lleven sus distintos vestuarios!"
SIN REGLAS CLARAS. Partiendo de considerar que las buenas dramaturgias
las escriben "los personajes mismos", Mauricio Kartun lamenta
que las nuevas generaciones dejen a los grandes personajes, "ya que
con su ausencia se pierden también las extraordinarias posibilidades
dramáticas, filosóficas, éticas e ideológicas
que en su ambición solían conducir".
Paco Zarzoso sostiene que en la clase turística de la que habla
sería bueno que algunos personajes "miraran a sus abismos
como lo hizo Woyzeck. Esa clase turista tiene que inspirar personas que
respiren el aire infinito de Medea después de matar a su hijo".
"Estamos en un medio revuelto -concluye Cano-, y salvo la crisis
no hay reglas claras. El escritor ni sabe ya cuál es su rol. Hoy
que el teatro es algo que se come, nuestro papel busca en relieve ser
algo más difícil de tragar. Frente al fracaso, a las muertes,
contar (con) algo que está roto, una belleza que nos rompa la calma."
Carlos
Pacheco. La Nación. 31 de enero de 2003
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