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Comparecencia de Jesús Campos, Presidente de la Asociación de Autores de Teatro, ante la Comisión de las Artes de la Asamblea de Madrid el 17 de junio de 2002 Antes de responder a sus preguntas, permítanme sus señorías que les exprese mi agradecimiento por su invitación a esta comparecencia; comparecencia en la que trataré de exponer cuál es, en opinión de la Asociación de Autores de Teatro, la situación del teatro en Madrid. Da vergüenza decirlo, también rabia, pero bajo una apariencia fulgurante, lo cierto es que el teatro en Madrid está seriamente amenazado. No es una amenaza que se circunscriba a los teatros de nuestra comunidad; afecta igualmente, aunque en distinto grado, a todo el teatro del Estado. Ahora bien, el hecho de ser Madrid el ámbito en el que durante siglos gravitó, aún gravita, la mayor parte de la creación, producción y exhibición del teatro español, y la circunstancia de que sea precisamente aquí donde se producen los primeros síntomas, hace que esta amenaza nos concierna muy especialmente. Somos los principales herederos de una vigorosa tradición teatral, de un patrimonio intangible que estamos obligados a defender y a acrecentar; y, justo por ser los principales beneficiarios, seremos los más afectados si esta amenaza llegara a cumplirse. Les diré, cómo no, a qué amenaza me refiero, pero antes de entrar a analizar el presente o de hacer propuestas de futuro me van a permitir sus señorías que ocupe un minuto de su tiempo con un agravio del pasado, pues no quisiera abundar en esa pérdida de memoria que la sociedad española, en su conjunto, disfruta y padece. En síntesis, y muy rápidamente: El teatro español, y muy en especial su dramaturgia, ha sufrido a lo largo de más de medio siglo (sesenta y siete años) la mayor agresión, por brutal y por continuada, de toda su historia. Y es que tras el choque traumático de la guerra civil, y tras la censura sistemática de nuestros textos durante la dictadura, la llegada de la democracia, en lo que a nuestra dramaturgia se refiere, lejos de devolvernos a la normalidad, consolidó la perversión de que el teatro en España ignore al teatro español. Y es que, superado el período de beligerancia que se produjo en las postrimerías de la dictadura –período, no hay que olvidarlo, en el que el teatro fue la tribuna política desde la que se reclamaron las libertades–, y una vez cubiertas las apariencias con la llamada "operación rescate", se decidió, probablemente en el limbo de las decisiones, que para apaciguar los ánimos, para no poner en riesgo el difícil equilibrio de la transición, era preferible neutralizar el teatro desactivando su capacidad crítica; bien mediante la ayuda al teatro de evasión –de evasión de la realidad–, bien otorgándole una nueva función ornamental (nada tan ornamental como el repertorio), lo que relegó a la dramaturgia española a posiciones de marginalidad. Una marginalidad que se pone de manifiesto en los cuadros estadísticos que obran en poder de sus señorías y que a continuación les comentaré. Aunque antes quisiera aclarar que en la Asociación de Autores de Teatro ni negamos el teatro de evasión, ni renunciamos al repertorio: clásico, contemporáneo, nacional o extranjero. Nada más contrario a nuestro modo de entender el teatro que el de un teatro encerrado en sí mismo. Es más, si la situación fuera la inversa, ahora estaríamos aquí reivindicando su programación. Nos preocupa, sí, la proporción, sólo la proporción, o mejor, la desproporción existente, cuando no la total ausencia –que llega a darse en ocasiones– de un teatro que refleje la realidad española de forma directa y no a través de semejanzas traídas de otro espacio o de otro tiempo. Y sin más preámbulo, propongo a sus señorías que ojeemos la cartelera madrileña de un día cualquiera, el pasado 7 de junio. Luego analizaremos un período más amplio, pero este pequeño ejemplo nos ayudará a entender mejor la situación. Como pueden ver sus señorías en el Cuadro 1, de los 37 espectáculos que había en cartel, solo 13 eran obras de autor español vivo; y lo que es peor, si nos atenemos al aforo de los espacios en los que se representó, estos suponen solo la quinta parte de las localidades ofertadas, mientras que el teatro de repertorio ofreció casi el doble. Y es que, si observamos detenidamente la cartelera, veremos que el teatro español vivo no solo se representa poco, sino que además, cuando se representa, generalmente se hace en locales de pequeño aforo. Esta es una situación que se repite a diario, como ahora veremos, al analizar la producción dramática de los teatros de Madrid durante las temporadas comprendidas entre el 94 y el 98. Así, en el Cuadro 2 observamos que el número de producciones, de representaciones, de localidades ofertadas y, en consecuencia, el de espectadores, es muy superior, casi el doble, en el teatro de repertorio frente al de autores españoles vivos, si bien los porcentajes de ocupación, como pueden ver al final de la página, son prácticamente idénticos. Esto nos permite afirmar que el interés que despierta el teatro español vivo es equivalente al del teatro de repertorio. Si analizamos estas mismas temporadas en función de la titularidad y/o naturaleza de los espacios, observarán sus señorías que en los teatros públicos, en los consorciados y en las salas alternativas (Cuadros 3, 4 y 5), tanto el número de representaciones como el porcentaje de ocupación es siempre inferior en los espectáculos del actual teatro español; mientras que en los teatros privados (Cuadro 6), si bien su programación es también menor, en cambio el porcentaje de ocupación es muy superior: el 33% frente al 24%, aproximadamente, de las obras de repertorio. Esto lo verán mejor sus señorías en el Cuadro 7, en el que se refleja la media de espectadores por representación: 182 frente a 183, solo un espectador de diferencia en el total de totales. Los números son tan claros, tan incontestables, que nos obligan a preguntarnos: si la acogida es prácticamente idéntica, ¿por qué no se representa más nuestro teatro? Y esta es la realidad sobre la que deben incidir las actuaciones de la Consejería de las Artes de esta comunidad; aunque mal pueden incidir, cuando, como ahora veremos, sus porcentajes de programación de nuestra autoría son aún más bajos, aproximadamente la mitad que en el conjunto de la cartelera. Comencemos con la Red de Teatros de la Comunidad de Madrid, organización que agrupa a 42 espacios en los que, como se refleja en el Cuadro 8, se realizaron 486 actuaciones en la pasada temporada, de las cuales solo la cuarta parte eran obras de autor español vivo, lo que supone una media inferior a 3 representaciones por teatro en la temporada; algo menos que en las representaciones de repertorio. Y es que aquí el problema no es solo la proporción, sino, sobre todo, la baja actividad. Sería deseable que, al igual que está legislado que las ciudades tengan bibliotecas, lógicamente con libros, también fuera exigible que tuvieran teatros, lógicamente con programación. Objetivo que sería fácil de conseguir si sus presupuestos de cultura no estuvieran tan enmarañados con los de festejos. En cuanto a los teatros directamente programados por la Comunidad, el Real Coliseo Carlos III de Escorial (Cuadro 9), durante los 5 últimos años dio 663 representaciones, de las que 221 fueron de repertorio, frente a las 64 de autor español vivo. Es decir, menos de un 10% de la programación. Por su parte, el Albéniz (Cuadro 10), desde el 97 hasta hoy dio un total de 1.269 representaciones, de las que 521 fueron de repertorio frente a 132 de autor español vivo. En este caso, algo más del 10% de su programación. Dada la relevancia de este teatro, nos ha parecido conveniente descender al detalle, y como se puede comprobar en el Cuadro 11, nos ha sorprendido muy negativamente el que en tres años, del 99 al 2001, solo hubiera un estreno de autor español vivo. Y es que, como habrán podido constatar sus señorías, tanto en lo general como en lo particular, la situación no puede ser más desfavorable. Y no son conjeturas: basta con la desapasionada lectura de los datos. Los cuadros son tan elocuentes que no precisan de más comentario. Es, pues, evidente que la situación del teatro español en la Comunidad de Madrid es manifiestamente mejorable. Como también es evidente que las actuaciones ordinarias que se están llevando a cabo desde la Consejería de las Artes no son suficientes para resolver esta situación de agravio crónico a la que ha sido conducida nuestra dramaturgia. Son muchos años de dejación, cuando no de atropello, y solo una acción extraordinaria, proyectada y consensuada por todas las fuerzas políticas, podrá poner fin a esta situación de marginalidad. Tenemos la certeza, a tenor de sus declaraciones públicas, de que tanto los partidos políticos como las distintas administraciones, están convencidos de esta necesidad, aunque tal vez no tanto de su posibilidad. Pues convénzanse sus señorías: cuando ha habido voluntad política esto ha sido posible. Tan masacrada o más que la madrileña estaba la dramaturgia catalana al final de la dictadura, pero un objetivo claro, la defensa de su lengua, generó la voluntad política necesaria, que la elevó a niveles muy superiores a los que tenía cuando estalló la guerra civil. Y ahí la tienen, representado muy dignamente a nuestro teatro en todo el mundo y en todo el Estado, como se constata en el detalle de la programación del teatro Albéniz. Qué duda cabe de que es al gobierno de la Comunidad a quien le corresponde abanderar este empeño, pero poco se lograría si no contáramos con el apoyo de todos los partidos políticos representados en esta Asamblea. Ojalá sea este el momento de revisar el Libro Blanco de la Cultura para incorporar, junto a las iniciativas que en él se incluyen de apoyo a nuestra dramaturgia, las nuevas ideas que, desde la Consejería, desde esta Comisión o desde la profesión, abunden en este propósito. Por nuestra parte, y desde el convencimiento que da el ejercicio de la profesión, el escaso ejercicio de la profesión, permítannos unas propuestas, aunque solo sea como punto de partida de un proyecto que, sin duda, sus señorías sabrán concretar mejor. Y proponemos:
Y estas son nuestras propuestas, en cuyo contenido va implícita la respuesta a la casi totalidad de las preguntas formuladas por los grupos parlamentarios. Aunque, como verán sus señorías, hemos eludido las de carácter económico o las que afectaban directamente a nuestros intereses gremiales; temas igualmente importantes y cuya formulación agradecemos, pero hemos preferido centrarnos, por su mayor gravedad y urgencia, en los intereses de la sociedad a la que se le está negando una dramaturgia propia. Nos importa, y mucho, difundir nuestra obra para contribuir así al normal desenvolvimiento de la vida intelectual de este país. Somos conscientes de que solos no podremos cambiar esta situación, pero tampoco podemos seguir petrificados como si lo único que se pudiera hacer fuera levantar acta de la realidad. No basta con decir que así son las cosas; estamos obligados a cambiarlas o serán otros los que nos la cambien en su beneficio. Nuestro teatro arrastra una carencia fundamental: la falta de un discurso propio; y esto le confiere una extrema vulnerabilidad. De ahí que un hecho que en circunstancias normales sería más o menos asumible, se haya convertido en una amenaza que puede llegar a poner en riesgo la existencia en el futuro de un teatro propio. Y es que, como sin duda saben sus señorías, dos de las principales salas de exhibición, más otra actualmente en restauración, están gestionadas por empresas extranjeras, y esto va a propiciar, está propiciando ya, el desembarco de espectáculos de factoría en la que no solo los autores, también los directores, los escenógrafos y los iluminadores nos van a venir dados; solo a nuestros actores, si es que no son también sustituidos, les corresponderá el trabajo de doblar la interpretación que otros hicieron en el país de origen. Como ven, podemos acabar teniendo un teatro doblado. Y si no aprendemos con lo que ocurrió en el cine, que así comenzaron, haciéndose con el control de las salas de exhibición, acabaremos, igualmente, con el teatro colonizado. Y aunque aquí siempre cabe el alivio de que la mayor parte de los locales de exhibición son de titularidad pública, nada impide que una ola de privatizaciones acabe convirtiendo a nuestros espectadores en consumidores del teatro más fulgurante y más ajeno. Bien está el mercado único, sobre todo para los que lo acaparan. No al proteccionismo, dicen aquellos de los que debemos protegernos. Pues bien: contra la globalización mal entendida, reivindiquemos nuestra cuota de diversidad. Y cito de memoria: "Si no apoyamos a nuestros creadores" –son palabras del Presidente de nuestra Comunidad en el acto de presentación de la Declaración de Madrid sobre la defensa de los derechos de autor en la Unión Europea–, "si no apoyamos a nuestros creadores", dijo el pasado viernes, "si no preservamos su diversidad, se producirá un vacío en el que se instalará el pensamiento único". A lo que solo nos cabe añadir: Pues manos a la obra. Jesús Campos
García
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