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Conspiración de
silencio (El páramo es el mismo aunque
las chumberas hayan cambiado de aspecto) por
Álvaro del Amo

Un teatro que no establece con el público
de su tiempo la imprescindible dialéctica
difícilmente puede evolucionar. La literatura
dramática necesita saltar a la escena e integrarse
en la existencia cultural, o lo que es lo mismo,
en la vida humana. Repetir una vez más estas
verdades elementales produce una mezcla de congoja
e indignación
Se sigue diciendo que no hay
autores de teatro. O, lo que es lo mismo, que los
extraños textos que algunos parece que escriben
son irrepresentables. ¿Por qué ese empeño, de la
sociedad en general y de los profesionales del
teatro en particular, en negar la existencia de
los autores dramáticos? Porque les aseguro que
existen. Y seguro que tendrían muchas cosas que
decir.
Hoy conviven varias generaciones de
dramaturgos que continúan atravesando un desierto
similar al transitado por sus colegas de antaño.
El páramo es el mismo, aunque los lagartos y las
chumberas, por decirlo así, hayan cambiado de
aspecto. Salvo algún oasis aislado, como el que
parece disfrutarse en Cataluña, el escritor de
teatro, desde sus setenta primaveras o con sus
veinte inviernos, sigue necesitando el terrible y
simbólico “cajón” para guardar sus manuscritos,
rodeado de una indiferencia tan amplia, tan
desinformada, tan cruel y tan sorda que, bordeando
el territorio de la paranoia, no es difícil pensar
en una auténtica conspiración de
silencio.
¿Por qué seguimos así? ¿Cómo
explicar el extraño gueto en donde los autores
dramáticos permanecen confinados? ¿Tiene sentido
que resulte más factible –no fácil, pero sí más
factible– publicar una novela o un libro de
poesía, incluso realizar una película, que
estrenar una comedia, un drama o una tragedia en
buenas condiciones?
Un teatro que no
establece con el público de su tiempo la
imprescindible dialéctica, difícilmente puede
evolucionar, equivocarse y corregirse. La
literatura dramática necesita saltar a la escena e
integrarse en la existencia cultural, o lo que es
lo mismo, en la vida humana. Repetir una vez más
estas verdades elementales produce una mezcla de
congoja e indignación.
¿A qué se debe que
aquí se haya perpetuado la sima entre el teatro
que se escribe y el que se representa? Hay que
reconocer que nadie se anima a tender un puente
sobre el abismo. Algunos empeños valientes, como
la Sala Olimpia, sede del extinto Centro Nacional
de Nuevas Tendencias, es hoy un majestuoso solar
vacío. Sin remontarnos a la noche de los tiempos,
conviene repasar algunos factores que, desde el
último tercio de siglo, han sumado sus fuerzas
cerrando un círculo de silencio y oscuridad
alrededor de los dramaturgos.
Durante el
franquismo, el teatro concitaba una actitud de
rebelión y de protesta; asistir a la función única
de la obra a punto de ser prohibida valía tanto
como acudir a una manifestación o a una reunión
clandestina. Con la democracia, la pérdida de la
inmediatez política del hecho teatral arrastró al
hecho teatral mismo, que dejó de interesar. Los
espectadores apasionados, convertidos en
políticos, dieron la espalda al teatro y, lo que
es peor, no se molestaron en despertar la afición
en sus hijos. Salvo notorias y muy contadas
excepciones, los profesionales del teatro han dado
la espalda a los autores españoles conocidos
eufemísticamente como “vivos”. Los empresarios
privados se surten sólo de unos pocos nombres de
probada comercialidad, cuando no acuden a
inverosímiles adaptaciones de películas
norteamericanas.
Los directores más
importantes, responsables a menudo de centros de
producción públicos, rara vez se han dignado
ocuparse del montaje de una obra española
contemporánea; cuando han programado alguna solía
presentarse sin escatimar medios materiales, pero
sin librarse de un cierto aroma de función de
segunda categoría.
Los críticos teatrales
tampoco se han molestado, por regla general, en
escudriñar lo que llegaba, cuando llegaba, de los
dramaturgos “vivos”; un análisis riguroso hubiera
contribuído a despertar un interés que
difícilmente podía brotar del comentario fatigado
y de la reticencia desconfiada.
Tanto el
público como los autores mismos tienen también,
naturalmente, su parte de responsabilidad. La
pereza del primero no es difícil que choque con el
estilo no siempre diáfano y comunicativo de los
segundos. Aunque entre estos dos polos básicos el
encuentro acabaría produciéndose si las
circunstancias favorecieran un trato
continuado.
¿Seguiremos siempre así? Los
éxitos notorios que consiguen abrirse paso,
¿continuarán instalados en la zona privilegiada de
la excepción? Urge romper el silencio. No será
tarea de un día ni de un año, pero es preciso
acabar de una vez con tan nefasta y enconada
tradición; cuando las muchas voces valiosas de
nuestros dramaturgos viejos y jóvenes resuenen
sobre nuestros escenarios con la abundancia que
merecen, comprobarán todos, conjurados y no
conjurados, el absurdo y la injusticia de la
conspiración.
DEL AMO,
Álvaro |