TRIBUNA: PAU RAUSELL KÖSTER Cultura, barata cultura
Pau Rausell Köster
pertenece al área de Investigación en Economía de la Cultura
de la Universitat de València.
EL PAÍS | C. Valenciana
- 05-07-2003
Uno de los objetivos que mayor consenso alcanza en el campo
de la política cultural es el concepto de "democratización
de la cultura". Esta democratización se puede entender en
varias dimensiones pero quizás la más tradicional tiene que
ver con el hecho de que todos los ciudadanos tengan la opción,
si lo desean, de acceder al consumo y a la práctica de bienes
actividades y servicios reservados en sociedades premodernas
a las élites económicas y culturales. Es decir, que tener
la opción de escuchar al trompetista Marsalis, asistir a una
obra de Chejov o poder contemplar una exposición de Piero
Dorazi no sea sólo un privilegio de las clases altas. Parte
de la intervención pública en cultura se legitima a través
de la argumentación precedente y así uno de los instrumentos
básicos para conseguir dicho objetivo es que el sector público
se encargue de proveer esos bienes y servicios culturales
y los ofrezca a precios públicos, por debajo de los precios
de mercado, asumiendo el supuesto de que una de las barreras
de acceso es la barrera económica.
En este contexto parece que la situación en Valencia es de
verdadero placer para el consumo de la denominada "alta cultura".
Según los datos que aparecen en el reciente Anuario de la
SGAE sobre 2002, en la Comunidad Valenciana una entrada media
de teatro (recaudación total partida por espectadores totales)
cuesta menos de la mitad que en el resto de España (4,9 Euros
frente a 10,4), un poquito más de la mitad en el caso de la
danza (6,0 frente a 11,6), bastante menos de la mitad en el
caso de la ópera (13,7 frente a 30,4), un par de euros menos
en la música sinfónica (11,7 frente a 13,8) y una tercera
parte en el caso de la música de cámara (2,8 frente a 8 euros).
Y encima por tres euros te regalan siete u ocho exposiciones
de la Bienal de impacto mundial.
Ante esta situación de verdadera jauja parece que a nuestros
políticos culturales no sólo hay que cargarlos de medallas
de encomiendas de Isabel la Católica sino preparar rápido
los expedientes para una canonización segura ahora que están
baratas. ...¿Pero que pasaría si no nos creyésemos el supuesto
inicial? Es decir si pensásemos que la restricción presupuestaria
no es una restricción relevante para la democratización de
la cultura. Sabemos que la entrada media a un partido de fútbol
de Primera División en la temporada 2001/2002 costó 24,1 Euros
(y 19,8 en Segunda División) y nadie parece reclamar deficiencias
en la democratización del fútbol. También numerosos estudios,
entre ellos el excelente de Roberto Luna sobre el consumo
teatral en la ciudad de Valencia, demuestran que sólo para
una parte muy pequeña de los no asistentes, el precio resulta
una variable explicativa de su no asistencia.
¿Qué pasaría si pensásemos que probablemente la democratización
de la cultura es uno de los fracasos más estrepitosos -no
sólo en España- de las políticas culturales? Con datos de
1998 un 97% de los españoles no ha asistido a una ópera ni
a un espectáculo de danza, un 90% no ha asistido nunca a una
sesión de música clásica, un 75% nunca ha asistido a una obra
de teatro...Si pensamos, como nos indican numerosos estudios,
que el consumo de alta cultura sigue siendo un hábito de las
clases medias-altas, unos precios subvencionados y muy bajos
no significan más que el conjunto de la ciudadanía -cuya mayoría
no consume servicios culturales- está transfiriendo recursos
-dinero, para saltarnos jergas- de los impuestos para que
una minoría rica e ilustrada disfrute de música clásica, teatro
y arte contemporáneo a precios de saldo. Por ejemplo, un estudio
sobre los asistentes al Liceu de Barcelona mostraba que más
del 80% se encuadraban en la clase alta y sólo el 6% se asignaban
a clase baja. Si uno se pusiera a las puertas del Palau de
Valencia en un concierto lírico podría comprobar la sonrisa
de notarios, médicos, catedráticos y abogados pagando apenas
30 Euros por sesiones cuyo coste por asistente está cuatro
o cinco veces por encima de lo que pagan.
Así y paradójicamente la política cultural con su pretensión
democratizadora se convierte en una de las intervenciones
públicas más regresivas fiscalmente. Curiosamente las prácticas
culturales con un consumo de clase más transversal son las
que comparativamente resultan más desfavorables para los consumidores
valencianos. La entrada media de cine vale más aquí que en
el resto de España y las entradas a conciertos de música popular
están por encima de la media española (4,6 euros frente a
4,0). La cuestión no es baladí y tiene implicaciones redistributivas
importantes. Si los casi 34.000 espectadores valencianos de
ópera pagaran la entrada al precio medio de España (30 euros)
obtendríamos más de medio millón de euros, dinero que podría
solventar en gran parte los problemas de financiación y funcionamiento
de las escuelas de música de las sociedades musicales. Si
los más de 200.000 visitantes del IVAM pagaran hasta lo que
vale la entrada del Thyssen (6,6 euros) en vez de los dos
euros de tarifa normal, tendríamos casi un millón de euros
más que podrían incrementar en un 50% las ayudas a la producción
teatral... Y, señor Esteban González, si alguien supiera lo
que nos cuesta la Bienal, sería factible calcular lo que podríamos
cobrar en el Muvim, la Beneficencia y en el San Pius V para
salirnos de rositas.