La Cubana, con su director Jordi
Millán (primero a la dcha. sentado) y parte del elenco
de la obra que preparan. Foto: Antonio
Moreno
p
De
la compañía a la productora La empresa sustituye al grupo estable como
estructura de la actividad teatral
Este año varias compañías de
teatro están de celebración: la sevillana Atalaya cumple
20 años y lo celebra girando cuatro espectáculos de su
repertorio, La Zaranda alcanza el cuarto de siglo con un
nuevo montaje: Ni sombra de lo que fuimos. Ambas
son un ejemplo de las contadas formaciones que todavía
hoy permanecen fieles a un modelo que parece haber
entrado en crisis. En su lugar la actividad teatral se
organiza a través de empresas de producción, una fórmula
a la que incluso muchas de las más veteranas formaciones
de teatro se han ido adaptando (Dagoll Dagom, La Cubana,
Comediants, La Fura...) generando nuevos procedimientos
creativos con sus ventajas e
inconvenientes.
La paulatina desaparición de la compañía
de repertorio como estructura organizativa de la labor teatral
es quizá el rasgo más destacado en la historia del teatro del
siglo XX. Tal apreciación del autor y crítico Enrique Llovet
se confirma en el hecho de que la mayoría de los espectáculos
que hoy llegan a nuestros teatros proceden de empresas que
encargan temporalmente a un equipo artístico una producción.
Finalizadas las representaciones y la gira si la hay, hasta la
próxima. La presión del mercado ha abocado en muchos caso a
las compañías a reconvertirse en empresas de producción.
Ocurre con un gran número de formaciones catalanas de renombre
(Comediants, Dagoll Dagom, La Fura, La Cubana ...) u otras
como Ur Teatro o Teatro de la Danza de Madrid. Muchas de ellas
conservan el nombre original –su marca–, mantienen una
estructura empresarial, pero su forma de creación dista de lo
que se entiende tradicionalmente por compañía estable, es
decir, un colectivo mayoritariamente integrado por actores que
en torno a la figura de un director crean un repertorio de
obras que representan durante un periodo. En la práctica estas
formaciones siguen una estructura mixta que intenta combinar
las virtudes de la compañía con la flexibilidad y rentabilidad
de la empresa de producción. Algunas han ampliado su ámbito de
actuación fuera de la obra teatral, llegando incluso a hacerse
cargo de proyectos de gran magnitud, para lo que han creado
otras empresas subalternas.
Largos periodos de
ensayo El director Jordi Milán ilustra cómo trabajan
hoy en La Cubana, fundada por él y Vicky Planas en 1980 en
Sitges (Barcelona). Del equipo inicial sólo Milán permanece.
Hoy la formación se organiza como una cooperativa de tres
miembros, aunque el equipo estable lo componen ocho. Por lo
general, los espectáculos de La Cubana son muy corales. El
último, Una nit d’opera, el más visto en Barcelona en
las dos últimas temporadas, contaba con una veintena de
actores, razón que le impidió girar por España pues los costes
lo hacían inviable. Ahora Milán ensaya su nueva creación de la
que sólo anuncia las iniciales del título: MQSF. Empleará a
unas trece personas, y contratará a las que necesita de más:
actores, de los que algunos del espectáculo anterior repiten.
Desde que se creó, más de un centenar de artistas y técnicos
han pasado por La Cubana, que hoy ha diversificado sus
servicios (animaciones, vestuario, alquiler de pelucas,
equipos ...). “En todos estos años no hemos cambiado ni en el
espíritu ni en la filosofía que nos anima. Han cambiado los
medios,– ahora tenemos mejores furgonetas, por ejemplo–, pero
seguimos concibiendo el teatro como algo artesanal, colectivo,
en el que todos hacemos de todo (vestuario, pintar, cargar y
descargar...)”, explica Milán. Quizá el rasgo más destacado de
La Cubana como compañía, además de su personal lenguaje
escénico, es que todavía dedican largos periodos a ensayar. En
la última obra emplearon nueve meses, algo impensable en el
sistema de producción predominante que reserva entre seis y
ocho semanas.
Al igual que Milán, Joan Font, director
de Comediants, defiende la denominación de compañía para su
formación que recientemente ha anunciado suspensión de pagos.
El grupo de Canet está constituido como sociedad anónima de
siete personas, aunque emplea a un número que oscila entre 20
y 80 personas, según los espectáculos. Comediants nació
artísticamente en 1971 y sus miembros vivieron en comuna hasta
1992, año en el que ganaron proyección internacional tras su
espectáculo de inauguración de las Olimpiadas. A partir de
entonces “tanto por asuntos personales como por exigencias
artísticas nos tuvimos que adaptar a la situación”. Se acabó
el capítulo libertario pero los miembros siguen hoy
compartiendo La Viña, una fantástica finca dividida en casas y
sede de la compañía.
Situación crítica Recientemente
“los acontecimientos del 11S abortaron una importante gira que
teníamos en América, pero también otra en Argentina y el
teatro es una empresa muy delicada, más si apenas tenemos
ayudas”, explica Font. Llegaron a una situación crítica.
“Además, desde un punto de vista empresarial, hemos estado
funcionando familiarmente cuando el mercado cultural exige
otros modos, así que estamos reorganizando la compañía”. Se
refiere Font a que Comediants ha acometido espectáculos
costosos, como Bi, al que dedicaron mucho tiempo de
preparación y para el que se han traido a una compañía de
artistas chinos.
Pero todavía quedan en nuestro país
compañías en estado puro, que entienden el teatro como un
proceso artístico colectivo con el que sus miembros,
principalmente actores, se han comprometido. Aquí se encuadran
Els Joglars, con 42 años de existencia, La Zaranda de Jerez y
Corsario de Valladolid, con 25, Atalaya de Sevilla, que ahora
celebra su vigésimo aniversario, o la más joven de todas,
Meridional de Madrid, con diez años de vida. No ha sido fácil
mantenerse y muchos han estado a punto de desaparecer. Como
explica Albert Boadella, director de Els Joglars, “para
nosotros nuestra gran lucha no ha sido contra la censura o
contra los curas, sino contra el mercado. Otros han optado por
el procedimiento del contrato-basura, por buscar a los actores
puntualmente en el mercado. Mantienen la marca, pero no son lo
que eran”.
Ricardo Iniesta, director de Atalaya,
conoce los dos modelos según su relato de las vicisitudes de
su compañía en los 20 años de existencia: “Fundé con siete
actores la compañía en 1983 y puedo decir que hemos atravesado
tres etapas. En los primeros ocho años hicimos trabajos
importantes como Así que pasen cinco años; en los
cuatro años siguientes funcionamos dando bandazos y recurrimos
a contratar actores para cada espectáculo; y los últimos ocho
años en los que hemos vuelto a la idea de compañía, –somos en
total unas 20 personas, de ellos siete son actores– y en los
que hemos puesto en marcha el centro de investigación teatral
Territorio Nuevos Tiempos y una pequeña sala. Pues bien, los
espectáculos de menos repercusión y peor nivel artístico los
produjimos en esos cuatro años (La oreja de Van Goth y
Espejismos), fueron los más costosos y, encima, Atalaya
estuvo a punto de desaparecer”.
Un teatro que no
deja huella Si bien Iniesta afirma que el coste de
mantener una compañía es alto, a la larga es más rentable
desde el punto de vista creativo: “Te permite equivocarte,
seguir un proceso de experimentación y rectificación, no estás
sometido al taxímetro del periodo de ensayos de una
productora. Ese sistema que predomina actualmente propicia un
teatro que no deja huella, sin permanencia y si pensamos en
los grandes maestros del siglo XX como Brecht, Grotowsky,
Mayerhold... vemos que han contado con equipos estables”.
Ahora Atalaya festeja su aniversario con la reposición de
cuatro obras de su repertorio: Elektra, Divinas Palabras,
Exiliadas y El Público.
Boadella señala
también a la compañía como una estructura ventajosa para el
teatro –“la productora no permite mantener una tradición, y
sin tradición no hay escuela”– pero también para el actor:
“para mi las ventajas de la compañía son todas porque permite
la formación bajo un procedimiento de equipo y, sobre todo, es
donde la intervención de los actores es más profunda”. El
actor, y también el autor, han perdido protagonismo en la
empresa teatral a favor del director y del productor, que son
ahora los que deciden qué y cómo producir. Durante siglos la
compañía contaba con un autor que escribía obras incluso a
medida de sus actores, de forma que eran éstos los que
imponían el repertorio. Quizá de lo que si puedan
congratularse hoy los actores es que sin el compromiso que
exigen las compañías, pueden compaginar más fácilmente el
teatro con el cine y la televisión.
Evitar agobios Pero habrá que
explicarse las razones de la “crisis” de la compañía. El
director de Els Joglars, que funciona como una cooperativa de
23 personas, sostiene que el único punto débil que encuentra
en esta estructura es el de las relaciones personales: “Es
importante no sentirse agobiado y para eso es necesario montar
una estructura dinámica que no sobrepase al actor. Pero sobre
todo es una cuestión de interés artístico. No me interesan
actores que estén pensando en salir en la pantalla, sino que
tengan unos intereses más complejos, de seguir una metodología
y adquirir unos conocimientos”. Como añade Paco de La Zaranda,
la compañía es compromiso: “nuestra compañía siempre se ha
movido en la filosofía de la fe; el crear en colectividad
respetando la individualidad de cada uno de sus miembros y el
compartir un concepto de arte nos ha llevado a crear un
lenguaje dramático que exprese lo que somos y lo que
sentimos”. La Zaranda la forman hoy siete personas, (cinco
actores, el autor y un técnico) y tiene en Jerez su nave de
ensayos. Este año cumple 25 años, un viaje que no ha estado
exento de accidentes: “Las épocas de falsas vanguardias y el
oportunismo cultural siempre fueron mis peores enemigos, unas
son mi cruz, lo otro mis clavos”, añade el director.