Gloria López, en una escena de
'Fuenteovejuna' , del Centro Andaluz de Teatro.
(GARCÍA CORDERO)
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Algunos estudiosos afirman que la
comedia nueva no fue invento de Lope, sino empresa
colectiva
Miguel de Cervantes fue un hombre fascinado por el teatro, y dolido por
el éxito unívoco de las comedias de Lope. En la primera década del siglo
XVII los corrales de comedias funcionaban como un engranaje comercial bien
engrasado, y sus empresarios no admitían experimentos: lo importante era
la taquilla, y que el público volviera. Por eso ofrecían en un mismo
espectáculo entremeses, mojigangas y bailes, además de la comedia. Todo
por el mismo precio. Lope se puso al servicio de esta industria, y se dejó
llevar. Cervantes escribió a la contra, y así le fue. Aquél pasó a la
historia como creador de la comedia nueva y Fénix de los ingenios.
Cervantes, como autor del Quijote, y de un puñado de piezas que
nadie quiso representar. Antonio Rey-Hazas pone a los dos rivales frente a
frente en El teatro según Cervantes (CNTC), volumen donde recopila
y clasifica por temas las muchas referencias al teatro y a sus artífices
que aparecen dispersas en las obras cervantinas. Es la primera vez que
esto se hace. Rey-Hazas divide los fragmentos en siete apartados: los que
se refieren al propio autor, a Lope, a otros dramaturgos, a la escritura
escénica, a la vida teatral... Cada uno de estos epígrafes es comentado en
el prólogo: su autor sostiene, con Canavaggio, que la comedia nueva no fue
invento de Lope, sino empresa colectiva, y que Cervantes ofreció una
alternativa al canon, por lo que su valoración histórica debería revisarse
con urgencia.
Cervantes se daría de calabazadas contra las piedras de las obras que
agrietan el Madrid de hoy si supiera de qué manera sigue triunfando su
rival. Entre las novedades editoriales de teatro clásico predominan las
ediciones críticas de obras de Lope. Enrique García Santo-Tomás publica
una de Las bizarrías de Belisa en Cátedra. En esta comedia urbana
de amores cruzados, penúltima del Fénix, destaca el trazo de la
protagonista, mujer resuelta, moderna, que toma la iniciativa en todo.
Belisa es ejemplo de por qué Laurence Boswell, artífice del programa del
Siglo de Oro que la Royal Shakespeare ofreció en Madrid en otoño, aseguró
que nuestro teatro clásico tiene mejores protagonistas femeninos que el
isabelino. Lope y compañía escribieron para actrices; Shakespeare, para
chicos travestidos. Santo-Tomás contextualiza la obra: Lope ya no es el
que conoció Cervantes, no encuentra mecenazgo sólido, y Calderón le ha
arrebatado el favor del público.
Muy interesante la edición crítica que Hélène Tropé ha hecho para
Castalia de Los locos de Valencia, obra mucho menos conocida, y
punto de partida de una tradición teatral que culmina en el siglo XX con
Marat-Sade, de Peter Weiss. El año de exilio que pasó en Valencia
le fue bien a Lope: allí se estaba formulando la comedia nueva, cuyo
primer exponente fue El prado de Valencia, de Tárrega. En esta
ciudad venía funcionando desde 1409 el primer hospital de locos de España,
y probablemente de Europa. Para ayudar a su mantenimiento, algunos de los
internos salían en procesión, a veces con máscaras, cascabeles y sonajas.
Siempre regresaban con algo en los bolsillos. En estas turbas de orates se
inspiró Marsillach para componer el coro de Los locos de Valencia,
en el primer montaje de la Compañía Nacional de Teatro Clásico. La comedia
de Lope tiene truco: sus protagonistas están cuerdos, pero las
circunstancias les obligan a seguir la corriente a quienes les
guardan.
Las escenificaciones actuales del teatro áureo dan la comedia a palo
seco. ¿No tendría sentido recuperar el espíritu festivo original,
reintroduciendo entremeses y bailes (piezas breves, con texto cantado),
aunque la representación se prolongue? Celsa Carmen García Valdés escoge,
prologa y anota una veintena en Entremeses y entremesistas barrocos
(Cátedra). La nómina incluye a Vélez de Guevara Bances Candamo,
pasando por Quevedo, Quiñones y Calderón.
A la comedia barroca siguió la comedia de magia. Los teatros se
adaptaron a sus exigencias y, posteriormente, a las del drama romántico.
El público hubo de dejar de sentarse en escena (así de moderno era el
teatro clásico), y hubo también de acostumbrarse a ver la función como un
mundo aparte, al otro lado del telón, antes inexistente. En Espacios
del drama romántico español (CSIC), Ana Isabel Ballesteros Dorado
analiza la función del espacio dramático en Zorrilla, García Gutiérrez, el
Duque de Rivas..., y relaciona estas obras con los escenarios para los que
fueron escritas y con la disposición ideológica del público. Es ésta una
monografía útil y documentada exhaustivamente.