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Directores
estrella Eimuntas
Nekrosius, Christoph Marthaler y Robert
Lepage
Entre las figuras estrella que han
sido invitadas destacan tres directores internacionales de
prestigio. Robert Lepage, fiel a la cita del Festival desde
hace años, Christoph Marthaler y Eimuntas Nekrosius, que
presentan sus trabajos por primera vez en
Madrid.
Eimuntas
Nekrosius Eimuntas Nekrosius (Raisenai,
Lituania, 1951) es el gran pope de la escena lituana, el
renovador de un teatro que, a mediados del siglo pasado,
seguía influido por la escuela rusa y contemplaba con
admiración los trabajos de sus vecinos polacos, entre los que
brillaban Kantor y Grotowski. Durante la década de los setenta
Nekrosius estuvo al frente del Teatro Joven de Vilna, un
importante centro de creación que destacó por su espíritu
inquieto y renovador. Después de su paso por el Teatro
Dramático de Kaunas –donde representó Ivanov, de su admirado
Chejov– reanuda su colaboración con el Teatro Joven, donde
sigue buscando nuevas lecturas a clásicos como Gogol (La
nariz), Chejov (Tío Vania) y Aimatov (El día más largo de un
siglo).
En 1998 crea su actual compañía, Meno Fortas
(La fortaleza del arte), una formación de sólidos actores
adiestrados en un teatro de raíces rusas que potencia la
expresividad corporal a través de la voz y el movimiento
físico. Esta compañía es la responsable de producciones como
Life y de su exitosa trilogía shakespeareana, formada por las
tragedias Hamlet, Macbeth y Otelo. En apenas un año el más
destacado de los directores lituanos habrá visitado nuestro
país en dos ocasiones: la primera lo hizo el año pasado,
cuando inauguró la temporada del Teatro Nacional de Cataluña
con un Hamlet ultramoderno de ecos constructivistas que no
perdía de vista los ritos y los mitos religiosos. Esta mística
también estará presente en su segunda visita, en esta ocasión
a Madrid, donde estrena El cantar de los cantares (Teatro de
Madrid, a partir del 21 de octubre), obra mística, sugerente y
metafórica que tiene, además, el “honor” de ser la única
producción del festival –en coproducción con la compañía Meno
Fortas y el Baltic Theatre di San Pietroburgo–.
Poemas
del Antiguo Testamento. El cantar de los cantares de Salomón
es una colección de poemas amorosos nupciales recogidos en el
Antiguo Testamento y que fueron “censurados” por el Concilio
de Trento, que prohibió su traducción a las lenguas
vernáculas. Metafóricos y sugerentes, estos poemas despertaron
el interés de Fray Luis de León –quien los tradujo al
castellano por encargo de Isabel de Osorio–, San Juan de la
Cruz y Santa Teresa de Jesús.
Nekrosius revisa este
texto bíblico estructurado en ocho capítulos en los que el
punto de partida son “el hombre y la mujer. Todas las parejas
de la historia que repiten el milagro del amor”. La vanguardia
de Nekrosius consiste en su mirada poética, alegórica y
fantástica sobre textos clásicos. Su versión de El cantar de
los cantares promete cumplir con la demanda de imágenes
impactantes –muy físicas y simbólicas– que su trabajo genera
en el espectador que, sin embargo, no debe contentarse con el
impacto visual, pues el director también invita a la reflexión
sobre la experiencia del amor.
Christoph Marthaler Su
reputación le sitúa como uno de los directores más radicales
de la escena suizo-alemana, autor de óperas y de un teatro
burlesco que se inspira en la realidad para mostrar su
ridiculez y los miedos actuales del hombre. Nacido en
Erlenbach (Zurich), en 1951, es músico de formación: toca el
oboe, la flauta y diversos instrumentos de los siglos XIV al
XVIII. Se inició en el teatro como compositor para directores
de escena alemanes hasta que vivió el París del 68 y se
aproximó más todavía al teatro tras su paso por la escuela de
Jacques Lecoq. Sus primeros espectáculos, de finales de los
70, tenían una inspiración claramente dadaísta y resultaban
difíciles de clasificar. En 1980 estrena Indeed, su
primera gran obra en la que integraba músicos y
actores.
La realidad es siempre un motivo de
inspiración para Marthaler, una realidad de la que se burla
para divertirse. En 1989 crea Una velada de canciones
para soldados, con motivo de la votación para reclutar a la
población de su país (en Suiza es obligatorio el servicio
militar), y en el que parodiaba el himno nacional helvético.
Sin embargo, es con su legendario requiem por la RDA (Murx
den Europäer! Murx ihn!), estrenado en la Volksbühne de
Berlín en 1993 y protagonizado por uno de sus actores fetiche,
Ueli Jaeggi, que accede al reconocimiento
internacional.
“Soy músico y, a menudo, compongo mis
textos como partituras polifónicas. Cuando comienzo un trabajo
no sé a priori por dónde empezar, y el canto me parece una
buena manera de buscar un sentido, una dirección. Es
igualmente un buen ejercicio para los actores. Se aprende
mucho cantando en coro, en particular a escuchar”, explica
este director que gusta de grandes elencos.
En el año
2000 fue nombrado director de la Schauspielhaus de Zurich.
Allí, y con la dramaturga Stefanie Carp, una de sus más
estrechas colaboradoras, estrenó Noche de Reyes, de
Shakespeare, La muerte de Danton, de Büchner, y
diversas apuestas musicales como La bella Molinera, de
Schubert o Las noches de Figaro, de Mozart. El director
cesó el pasado mes de junio al frente del coliseo de Zurich,
por no compartir el programa económico que el teatro se había
propuesto llevar a cabo. Esta situación le inspira a Marthaler
Groundings, una variación de la esperanza, estrenado en
la pasada edición del Festival de Aviñón, y en la que
establecía un paralelismo entre su caso particular al frente
del teatro y el cierre de la compañía nacional suiza Swisair,
una mordaz crítica a la nueva economía.
El sueño
alemán El trabajo que presenta en Madrid, Los diez
mandamientos, le fue encargado por la Volksbühne. En él,
el director intenta adentrarse en la mentalidad y los
sentimientos encontrados de los alemanes tras la unificación.
Para ello, se sirve de un poeta napolitano, Raffaele Viviani,
cuya obra evoca el ambiente y las gentes de Italia. Marthaler
quiere revivir el ideal que, al parecer, comparten muchos
alemanes: la posibilidad de vivir alguna vez en su vida en la
dorada Italia. Y allí los traslada.
Robert Lepage Pocos
directores despiertan tanta admiración en nuestro país como el
canadiense Robert Lepage (Quebec, 1957), que ya se ha
convertido en un habitual del Festival de Otoño, donde ha
exhibido sus últimos trabajos. En la edición pasada estrenó su
Trilogía de los dragones, la obra que mejor resume su
universo creativo, en el que juega un papel muy importante la
cultural oriental. Estudiante brillante del Conservatorio de
Arte Dramático de Quebec, comenzó su carrera profesional en la
década de los 80 como actor, autor y director de escena y
cine. En 1993 crea Ex Machina, su actual
compañía.
Lepage es un constructor de realidades
alternativas, un demiurgo que juguetea con la tecnología para
incorporarla de lleno en todos los espectáculos, asumiendo una
parte importante de una nueva gramática escénica que él ha
creado y que aplica a todas sus obras. Montajes como
Elsinor, El polígrafo, La cara oculta de la luna o
Apasionada –su particular visión de la relación entre
Frida Kahlo y Diero Rivera– son ejemplos de su concepción
teatral, entendida de forma lúdica. Sus puestas en escena son
como mecanos que se elevan gracias tanto al trabajo
interpretativo como a la tecnología. “La tecnología –dice el
director– es una herramienta muy importante en la labor de Ex
Machina, pero para que sea realmente eficaz es necesario
integrarla en el trabajo de los actores. De esta forma, se
convierte en una extensión de su interpretación, dándoles
nuevas posibilidades para enriquecer sus
aptitudes”.
Lepage y su compañía dan forma a sus sueños
en La Caserne Dalhousie, un centro de experimentación
localizado en Quebec, a donde tuvo que desplazarse todo el
elenco español de La Celestina. La presencia de Nuria
Espert en este montaje, es, para Lepage, fundamental. “Nuria
tiene mucha experiencia y notoriedad, y aunque es una
grandísima artista sigue teniendo dudas. Para mí, la duda
engendra creación. Su acercamiento a la interpretación es muy
fresco y natural, y eso la hace ser auténtica. Es un placer
trabajar con ella”.
Itzíar DE FRANCISCO
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