TRIBUNA: J. A. GONZÁLEZ CASANOVAe Teatro, vida,
comunidad
J.A. González
Casanova es constitucionalista.
EL PAÍS | Cataluña -
27-11-2002
Guiado por mi buen amigo y prestigiado director teatral
Pere Caminals, mallorquín que honra a su cultura y a su
lengua, asistí a una celebración escénica en Artà de las que
no se olvidan y hacen reflexionar sobre la perenne dimensión
política del teatro, su sentido democrático o popular, su
papel como portavoz de las gentes y lazo concienciador
comunicante entre ellas.
Con el auspicio de la Fundació Teatre Principal de Palma y
el apoyo del Departamento de Cultura del Consell de Mallorca y
de la Fundació Sa Nostra se ha creado un espectáculo a partir
de historias reales de personas de la isla que conserva
fielmente el texto en lengua mallorquina de su relato cuando
fueron entrevistadas. La concepción, dramaturgia y dirección
del proyecto corresponde a Joan C. Bellviure, un joven creador
que ha demostrado en este caso ser fiel a su apellido por la
belleza que ha sabido ver en el vivir de sus paisanos para
luego mostrársela con singular hermosura y emoción en un
alarde de buen hacer escénico.
El proyecto era sencillo y ambicioso a la vez. Se
recogieron y seleccionaron para su representación experiencias
vitales que por su valor humano y social crearan en un público
cercano la empatía emocional, solidaria y reflexiva que sus
protagonistas merecen y, en el fondo, reclaman. Se grabaron
entrevistas voluntarias, convertidas después en escenas
dialogadas o en monólogos narrativos. Las primeras
representaciones se hicieron en domicilios particulares y, en
algunos casos, con la presencia de los autores del texto,
revivido ante sus ojos por los actores. Confirmado su impacto,
se procedió al montaje teatral, el cual guarda una espléndida
y eficaz correspondencia, por su música, luces y movimiento de
actores, con las escenas de vida,pues resalta en ellas
plásticamente la dignidad y trascendencia de la experiencia
vital más sencilla y humilde; aquello que a Albert Camus le
llevó a proclamar que en el ser humano hay más cosas dignas de
admiración que de desprecio.
Mi experiencia vital en aquella noche cálida del teatro
municipal de Artà (creí entrar, dicho sea de paso, en el mejor
cine barcelonés de estreno) es imposible de resumir. Un gentío
alegre y comunicativo asistió en reverente silencio, con
carcajada unánime o nudo en la garganta, según el carácter de
cada historia, a una emocionante serie de pequeños grandes
dramas, que a muchos les eran conocidos o sabían de otros
similares; transmitidos oralmente algunos, cosa posible en
ámbitos vecinales dentro de un espacio isleño. Desde el médico
rural legendario hasta el republicano ejecutado sin juicio por
los fascistas tras la Guerra Civil, pasando por azarosas
historias de amor, problemas familiares, la odisea de un
nigeriano recalado en Mallorca o el grupo de jóvenes que dicen
no tener nada que decir pero que acaban dando la más tierna
imagen de su trivialidad inconsciente, todas esas historias,
trágicas o cómicas, penetraron hasta la entraña de aquel
público entregado que, al final, aplaudió compacto entre risas
y lágrimas.
Y de todo esto surgió mi reflexión política, la que siempre
origina el teatro cuando es teatro y no mera distracción
ociosa. La función escénica, desde la Grecia antigua, es
transmitir por la voz y el gesto la vibración humana de lo que
tenemos en común: la humanidad misma. Con ello el mensaje
personal resuena y se torna público o político. La simple
co-existencia se vuelve con-vivencia y se crea
comunidad. Las comedias de Lope dieron conciencia popular
española y las tragedias de Shakespeare, conciencia nacional
inglesa. Pero unas y otras apelaron al sentimiento compartido
de una gente que reía, lloraba y acababa pensando.
Arthur Miller ha publicado hace poco un libro sobre los
políticos como actores. Si la democracia ha de ser
representativa, ¿qué representan los políticos cuando dicen
representarnos? Si lo trágico es lo imposible y ellos se
declaran por oficio posibilistas, ¿serán acaso cómicos o meros
comediantes? Lo cómico, en su etimología griega, es lo que une
y reúne al pueblo (de ahí el término electoral moderno de
comicios). También significaba festejo y función
populares. Terrible es pensar que el político sea un
comediante (versión peyorativa del vocablo) y no un cómico
comisionado, un comisario del pueblo, que representa a éste
porque representa ante él lo que el pueblo es, necesita o
quiere, y que lleva a cabo lo que el teatro tiene de acción
política catártica, depuradora de sentimientos compartidos, e
integradora porque representa la realidad y la verdad humanas
de la población en sus situaciones particulares pero tan
comunes...
Las historias mallorquinas que la Fundació del Teatre
Principal va extendiendo por la isla y que recorrerán Cataluña
y el País Valenciano dentro de poco son ejemplo original de lo
que debería hacerse por toda comunidad local: recoger el
pasado y presente de la vida popular, con sus luces y sombras,
y re-presentarlos ante sus ojos y oídos. La juventud
sabría la verdadera historia y comprendería la sociedad real.
Podrían todos vincularse mejor, con el sentimiento depurado
por la conciencia, a la gente que les rodea. Podrían crearse
proyectos comunes de mayor humanidad para reparar sufrimientos
e injusticias, olvidos y engaños; para conocer, respetar y
amar más a sus congéneres más inmediatos o sobrevenidos. ¿Se
quiere mayor educación cívica? ¿Qué políticos apoyarían, como
los de Mallorca, esa catarsis ciudadana? Recuerdo el grupo
teatral de Ángel Carmona en la década de 1960, que
representaba Fuenteovejuna de Lope por casas, tabernas
y las chabolas del Somorrostro. Hay fuenteovejunas más
actuales, vividas por los que tenemos al lado. Démosles la
palabra de su historia personal, que nos representa e
interpela. Que el teatro sea nuestro parlamento más vivo en
cada barrio, pueblo o ciudad de Cataluña a la hora de aprender
a ser ciudadanos humanos, solidarios y comunes. Nunca le
agradeceré bastante a mi amigo mallorquín Pere Caminals mi
experiencia vital en el teatro de Artà.