Eduardo Mendoza “Sólo el título de la obra ya vale el precio
de la entrada”
Miguel Narros ha vuelto a poner
en pie El sueño de una noche de verano, de
Shakespeare, que llega mañana al Centro Cultural de la
Villa de Madrid. Ha usado la misma adaptación que
Eduardo Mendoza le escribió en 1987, cuando la montó por
primera vez. Si el director presenta su obra como una
producción completamente distinta de aquélla, no así el
traductor, que apenas ha modificado su versión.
Aficionado a la escena, Mendoza habla en esta entrevista
con El Cultural de las obras de teatro que ha escrito en
catalán y del atrevimiento que hay a escribir
novelas.
“Una noche de verano: sólo el título ya
vale el precio de la entrada”. Así anima el novelista Eduardo
Mendoza a ir a ver esta comedia de Shakespeare cuya adaptación
le encargó Miguel Narros en 1987. Entonces se estrenó en el
Teatro Español de Madrid convirtiéndose en uno de los montajes
más aclamados del director. Ahora, el escenógrafo y productor
Andrea D’Odorico ha puesto nuevamente en pie el título, con
dirección de Narros y con un nuevo reparto en el que figuran
Verónica Forqué, en el papel de Titania, Vladimir Cruz en
el de Oberon, David Zarzo en el del diabólico Puck y catorce
actores más. La obra es una trama fantástica que sucede a
lo largo de una noche sobre la barrera que separa los sueños
de la realidad, un tema que le permite a Shakespeare hablar
de teatro como hace en muchas de sus obras. Es por este camino
que el autor construye un divertido juguete escénico en el
que se ven reflejados actores y público, nuestras ilusiones
enfrentadas a la triste realidad. No es casual que el escenógrafo
D’Odorico haya dispuesto espejos en el suelo para recrear
este juego de sombras.
Adaptación o versión
Para esta reposición, Mendoza sólo ha acortando algunos pasajes
de la traducción inicial para adaptarla a un elenco más reducido
del que lo interpretó originalmente. Ya entonces, el autor
de esta versión explicó que sus aportaciones han consistido
en un par de fragmentos y una modificación sustancial al final
de la obra con la que, al modo de los autores de la época,
intenta ganarse el favor del público. El texto, al igual que
Panorama desde el puente, de Arthur Miller, que también
Mendoza adaptó para Narros, ha sido editado por D’Odorico
Producciones.
–Narros me explicó que cuando en 1987 quiso hacer El sueño...
pensó en usted para la versión por su fina ironía y sentido
del humor, pero que usted prefirió mantenerse fiel al autor.
¿Esperaba Narros que usted se tomara más licencias?
–No sé cuánto más esperaba Narros. Dios sabe que me tomé más
de la cuenta. Pero, si no recuerdo mal, él me pidió una traducción
o una adaptación, no una versión nueva del Sueño. Si
me lo hubiera propuesto, no creo que hubiese aceptado el desafío.
Lo que hice ya es una muestra de osadía y de desfachatez por
mi parte.
Un texto limpio y tranquilo
–Ha pasado bastante tiempo desde aquel estreno. ¿Ha necesitado
introducir cambios a aquella primera adaptación para esta
reposición?
–No se ha introducido ningún cambio: lo hecho, hecho está.
Sí he suprimido algunas escenas superfluas para ajustar la
duración de la obra a un tiempo más razonable.
–Su versión huye precisamente de la vertiente poética del
texto para hacerla más teatral, pues dice que todas las que
ha conocido le parecen muy literarias: “Me conformaría con
haber dejado un texto limpio y tranquilo”, dice en el prólogo.
Entiendo lo de limpio en coloquialismos, arcaísmos, y otras
rarezas pero puede explicarme lo de texto “tranquilo”.
–Quise decir, simplemente, que se pudiera oír sin esfuerzo
ni tormento. Luego he tenido serias dudas sobre lo acertado
de mi propósito: a veces pienso que un texto clásico ha de
ofrecer alguna dificultad al público. Y me arrepiento de haber
limado algunas aristas a costa de metáforas o arcaísmos. Pero
no se puede tener todo.
–Narros encuentra muy actual el texto, por la guerra de sexos,
por el uso de drogas, por la fantasía de la obra... y por
hablar del teatro como representación del mundo, y del mundo
como teatro, algo corriente en los autores del Barroco. ¿A
usted, que es lo que más le gusta de la obra?
–Lo que más me gusta de la obra es la obra. No es una perogrullada.
Me parece una genial combinación de temas, historias y situaciones
que se hacen, se deshacen sin un momento de desmayo ni de
retórica. Y todo en el transcurso de una noche. Una noche
de verano: sólo el título ya vale el precio de la entrada.
En cuanto a las drogas, no sé qué decir. Me temo que los sentimientos,
las pasiones, la vanidad, la contradicción interna y, en general,
todos los desvaríos del alma, hacen innecesario el consumo
de estupefacientes.
–Cambiemos de tema, no hace mucho Sergi Belbel decía en estas
páginas que el teatro es un arte con el que se atreve todo
el mundo y que, en este sentido, le irritaban los novelistas
que se metían a hacer teatro. ¿Le sobra o le falta razón?
–Si lo decía por mí, le sobra razón. Pero no creo que se pueda
generalizar. Hay casos de novelistas que también son grandes
dramaturgos: Thomas Bernhard o Valle Inclán, por ejemplo,
aunque admito que son la excepción. Lo que no entiendo es
lo de que con el teatro se atreve todo el mundo. Al menos
en este país, el número de dramaturgos es mínimo. Y si lo
comparamos con el de los que se atreven a escribir novelas,
ya no te digo.
–También otros autores, de teatro claro, andan molestos con
la posición dominante de la novela, y el desprecio del teatro
dentro de la Literatura. ¿Cree que un texto teatral es un
género para ser leído o un pretexto para su representación?
–Es verdad que el teatro ha sido injustamente excluido del
estudio de la Literatura. De esto no tenemos la culpa los
novelistas. Sí acaso, el excesivo estrellato de algunos directores,
que a posta o no subordinan lo que el teatro tiene de literatura
a lo que tiene de espectáculo. ¿Vale la pena pelearse por
esto? No. En definitiva, lo que importa es el público, no
los profesionales.
–¿Para cuando una obra dramática de Eduardo Mendoza? ¿No es
un asunto con demasiada tramoya para un autor que le gusta
ahorrarse ciertos “impuestos” como la promoción?
–He escrito varias obras de teatro, y una se estrenó y todo,
lo que ocurre es que las escribo en catalán y tienen una difusión
más limitada. En cuanto a la promoción, es menos grave que
con la novela: al teatro se le hace muy poco caso.
50 años de aficionado
Mendoza es de los pocos novelistas que se ve por los teatros.
Fue su padre quien le llevó por primera vez. Él ha recreado
los ambientes faranduleros de principios de siglo en Una
comedia ligera, por la que desfilan actrices, empresarios
y un protagonista autor dramático. Según ha dicho, el teatro
le sirvió para recrear en su novela una época en la que la
mayor distracción del público era precisamente ir al teatro.
–¿Va al teatro? ¿Cree que el teatro ha perdido el prestigio
social que tenía, sobre todo entre las élites culturales?
–Sí. Voy mucho al teatro. Y no creo que haya perdido prestigio
social: basta con ir a cualquier festival para comprobarlo.
Por supuesto, el concepto de prestigio ha cambiado en los
50 años que llevo yendo al teatro con regularidad, y también
el concepto de social. Y el de cultura. Hablar de todo esto
nos llevaría mucho tiempo.
–Como hombre que ha vivido en Nueva York, ¿goza allí de una
mejor recepción y consideración social?
–Comparar el ambiente teatral aquí y en Nueva York llevaría
menos tiempo, pero sería un tiempo perdido.