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La náusea, por Eduardo Galeano. Enviado por el CELCIT. (11/04/03) Las bombas inteligentes, que tan burras parecen, son las que más saben. Ellas han revelado la verdad de la invasión. Mientras Rumsfeld decía: Estos son bombardeos humanitarios, las bombas destripaban niños y arrasaban mercados callejeros. El país que más armas y más mentiras fabrica en el mundo desprecia el dolor de los demás. Nosotros no contamos a los muertos, contestó el general Franks, cuando alguien le preguntó sobre los daños colaterales, como se llaman los civiles que vuelan en pedazos sin comerla ni beberla. Babilonia, la ramera del Antiguo Testamento, merece este castigo. Por sus muchos pecados y por su mucho petróleo. Los invasores buscan las armas de destrucción masiva que ellos habían vendido, cuando el enemigo era amigo, al dictador de Irak, y que han sido el principal pretexto de la invasión. Hasta ahora, que se sepa, no han encontrado más que armas de museo, en muy desigual combate. Pero, ¿son
armas de construcción masiva los misiles gigantes que ellos disparan?
Los invasores tienen a la vista las armas tóxicas y las armas prohibidas:
las están usando. El uranio empobrecido envenena la tierra y el
aire y los racimos de acero de las bombas de fragmentación matan
o mutilan en un área que va mucho más allá de sus
blancos. Seis años después, fue el turno de Panamá. Los libertadores bombardearon los barrios más pobres, fulminaron a miles de civiles, reducidos a 560 en la cifra oficial, y eligieron al nuevo presidente del país en la base militar de Fort Clayton. El Consejo de Seguridad, casi por unanimidad, se pronunció en contra. Los Estados Unidos vetaron la resolución, y se pusieron a trabajar en sus invasiones siguientes. Las Naciones Unidas aplaudieron esas invasiones siguientes, o silbaron y miraron para otro lado. Y fueron las Naciones Unidas las que decretaron el embargo internacional contra Irak, que asesinó mucha más gente que la guerra de Bush Padre: más de medio millón de niños muertos, a confesión de parte, por falta de medicinas y de alimentos. Pero ahora,
oh sorpresa, las Naciones Unidas se han negado a acompañar la nueva
carnicería de Bush Hijo. Para evitar que en las próximas
guerras se repita este episodio de mala conducta, me temo, no habrá
más remedio que contar los votos del Consejo de Seguridad en el
estado de Florida. Las empresas agraciadas celebran sus conquistas en las pizarras de la Bolsa de Nueva York. Allí está el mejor noticiero de la guerra. Los índices bailan al son de la carnicería humana. En 1935,
el general Smedley Butler había resumido así sus tres décadas
de trabajo como oficial de marines: Yo fui un pistolero del capitalismo.
Y había dicho que él podía dar algunos consejos a
Al Capone, porque los marines operaban en tres continentes y Capone actuaba
nada más que en tres distritos de una sola ciudad. Esta alianza de dos por la libertad del petróleo, que Irak nacionalizó, no tiene nada de nuevo. En 1953, cuando Irán anunció la nacionalización del petróleo, Washington y Londres respondieron organizando, juntos, un golpe de Estado. El mundo libre amenazado hizo correr la sangre y el sha Pahlevi, estrella de las revistas del corazón, se convirtió en el carcelero de Irán durante un cuarto de siglo. En 1965, cuando Indonesia anunció la nacionalización del petróleo, Washington y Londres también respondieron organizando, juntos, un golpe de Estado. El mundo libre amenazado instaló la dictadura del general Suharto sobre una montaña de muertos. Medio millón, según los cálculos que más cortos se quedan. De cada árbol colgaba un ahorcado. Todos comunistas, aclaraba Suharto. El siguió
matando. Le quedó el tic. En 1975, pocas horas después de
una visita del presidente Gerald Ford, invadió Timor Oriental y
asesinó a la tercera parte de la población. En 1991 mató,
allí, a unos cuantos miles más. Diez resoluciones de las
Naciones Unidas obligaban a Suharto a retirarse de Timor Oriental sin
demora. El, siempre sordo. A nadie se le ocurrió bombardearlo
por eso, ni las Naciones Unidas le decretaron ningún embargo universal.
El año pasado, Ana Luisa Valdés estuvo en Yenín, uno de los campos de refugiados palestinos bombardeados por Israel. Ella vio un inmenso agujero, lleno de muertos bajo los escombros. El agujero de Yenín tenía el mismo tamaño que el de las Torres Gemelas de Nueva York. Pero, ¿cuántos lo veían, además de los sobrevivientes que revolvían los escombros buscando a los suyos? Las tragedias
conmueven al mundo en proporción directa a la publicidad que tienen.
¿Matanzas en los mercados llenos de gente? Fueron bombas iraquíes. ¿Civiles muertos? Escudos humanos que usa el dictador. ¿Ciudades sitiadas, sin agua ni comida? La invasión es una misión humanitaria. ¿Resistieron algunas ciudades mucho más de lo previsto? En la tele, se han rendido todos los días. Los invasores son héroes. Los invadidos que les hacen frente son instrumentos de la tiranía: los acusan de defenderse. La mayoría
de los estadounidenses está convencida de que Saddam Hussein derribó
las torres de Nueva York. También cree, esa mayoría, que
su presidente hace lo que hace por el bien de la humanidad y por inspiración
divina. Los medios masivos venden certezas, y las certezas no necesitan
pruebas. Pero el mundo está harto de que una vez más lo
obliguen a tragarse, cada día, los sapos de ese menú. El presidente, que no fue a Vietnam gracias a papá y que sólo conoce las guerras de Hollywood, manda matar y manda morir. No en nuestro
nombre, claman los familiares de las víctimas de las torres. El CELCIT
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