Recortes



ARGENTINA. El autor es una especie en vías de extinción. Enviado por el CELCIT. (30/05/07)

¿Desaparece o se lo oculta? Se lo desvaloriza y se lo hace víctima de una lógica más económica que cultural.
Se los conoce en forma genérica como autores, a veces enaltecidos a dramaturgos, otras devaluados a libretistas, a veces consentidos como comediógrafos o guionistas.
Escritores a medias, creadores de partituras cuyo destino depende de otros, recorren una escala que va de la tragedia griega, nacida hace 2.500 años, a una humorada de un programa de radio de nuestros días; de las cumbres del teatro isabelino o del Siglo de Oro español a los actuales teleteatros. El oficio es siempre el mismo: contar historias a través de personajes que dialogan y que otros señores, llamados actores, convertirán en un hecho espectacular.
Hasta las primeras décadas del siglo XX los autores se expresaron exclusivamente en el teatro. Durante siglos, como todos los artistas, dependieron de la pitanza de los poderosos. Hasta la llegada al mundo del sistema capitalista de producción. Ahí los autores se plantaron y reclamaron lo suyo.
A fines del siglo XIX, en Francia, se consagró el derecho de autor que, en síntesis, implicó el reconocimiento de la propiedad intelectual y un porcentaje en las ganancias.
En la Argentina la hora llegó comenzado el siglo XX, cuando los autores recorrieron a los gritos la calle Corrientes, rompieron a piedrazos las puertas vidrieras de algunos teatros y lograron que los empresarios avaros suplantaran el trueque —café con leche por obra— por el porcentaje de la taquilla. El éxito de la pueblada estimuló a los autores a organizarse y en 1910 se fundó la Sociedad General de Autores, hoy conocida como Argentores, la sociedad que recauda sus derechos y los protege socialmente. En 1933 se sancionó la ley 11.723, llamada Ley Noble porque fue impulsada por el creador de este diario, que consagró el régimen legal de la propiedad intelectual en la Argentina.
Simultáneamente nacieron el cine y la radio, medios que instalaron la ficción y potenciaron el rol del autor. A fines de la década del 50 apareció la televisión y se abrió un nuevo espacio profesional. Fueron los años en que, además, el espectador de teatro revalorizó al autor argentino y se afirmó la dramaturgia propia. Tiempos de plenitud, de trabajo y de reconocimiento.
A comienzos del siglo XXI todo ese andamiaje tambalea. Y no es un problema argentino, sino mundial. Fenómenos económicos, cambios culturales y sociales fueron degradando el rol del autor. En la Argentina, la radio eliminó, prácticamente, la ficción; en el cine, la figura del autor aparece cada vez más subordinada al director; en la televisión va perdiendo todo espacio creativo y sólo puede aportar su oficio. En el teatro, finalmente, donde aún mantiene algún protagonismo, su figura se desvanece. Los autores atraviesan momentos difíciles.
La nota editorial de Florencio, la publicación trimestral que acaba de sacar Argentores, concluye un análisis sobre la actual problemática del autor con una profecía preocupante: "No sea cosa —dice la revista— que los autores nos convirtamos, como las ballenas, en una especie en vías de extinción, pero sin los grupos ecologistas que nos defiendan".
Ahora bien, ¿es el oficio del autor el que se va convirtiendo en innecesario o es su rol el que pierde espacio dentro del fenómeno espectacular? ¿Es el texto, llámese obra o llámese guión, el que pasa a un segundo plano, o es su autor? ¿El autor desaparece o se lo oculta?
En la televisión, por ejemplo, no se obser van cambios sustanciales en los programas de ficción. El texto existe como existía antes, más alla de las modificaciones que impone el transcurrir del tiempo. El que se esfuma es el autor que debe formar parte de un equipo (a veces no elegido) y compartir los créditos con el productor.
Alberto Migré, un experto en la materia, suele ironizar: "El productor te llama y te dice: 'Tengo una idea, San Martín cruzó los Andes. Andá y escribilo'. Y después firman el libro junto con el autor".
En el cine el problema es similar. Vale en este caso lo que respondió Aída Bortnik cuando le preguntaron acerca de la colaboración del director en la escritura del guión: "Muy simple. Yo leo y él me escucha".
El fenómeno es complejo e imposible de ser tratado de una manera lineal, porque las estructuras de producción son diferentes. No se pueden igualar los problemas del autor de teatro con los padecimientos que atraviesan quienes escriben para la televisión, la radio o el cine. Pero el síntoma es el mismo: la desvalorización del autor.
Y la desvalorización del autor tiene una raíz más económica que cultural. No estoy tan seguro de que los productores de televisión y cine quieran disputarle el prestigio al autor. Lo que en realidad pretenden es pagarle menos.
Me parece que llegó el tiempo de que los autores dejemos de rumiar nuestros padecimientos en los círculos fraternales e instalemos el problema en la corporación. Tomemos conciencia de que no se trata de un problema sectorial, que sólo incumbe a algunos pero a otros no. No somos ajenos ni invulnerables al avance de un orden mundial que algunos llaman globalización y que en realidad significa aplicar la ley del más fuerte. La ley de la selva.
Si esto sigue así, los autores tendremos que aprender a conjugar el verbo copyright, que en síntesis se propone la liquidación de las sociedades de gestión colectiva y su reemplazo por la transacción individual; a la norteamericana... Algunos participarán del festín de los poderosos, pero la mayoría volverá al trueque obra-café con leche y entonces volveremos a tirar piedras contra las puertas de los teatros de la calle Corrientes.
Porque los autores de teatro, los que subimos al podio de la dramaturgia, no estamos a salvo de los buitres. Si no nos plantamos a tiempo, llegará un día en que un señor vestido con pilcha Armani y Rolex en la muñeca le dirá a un atribulado autor de barbita y cuello almidonado:
—Lo lamento, señor Shakespeare, pero a partir de ahora sus derechos serán reducidos a la mitad.

Roberto "Tito" Cossa. Autor, Coordinador de la Comisión de Cultura de Argentores. Clarín. 25 de abril de 2005

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