|
El
descenso del Monte Morgan por Arthur Miller
[Resumen: Una noche de temporal, un
hombre, Lyman Felt, baja del monte Morgan en un Porsche
y acaba en el hospital después de un accidente. Su
primera esposa, Theodora (Theo) -de la que se divorció y
con la que tuvo una hija llamada Bessie-, y su segunda
esposa, Leah, son llamadas a su lado. Durante nueve
años, Lyman ha estado manteniendo a dos familias en dos
casas diferentes y situadas, convenientemente, en
extremos opuestos del estado de Nueva York. El descenso
de Monte Morgan gira en torno a la traición y la
bigamia, las crisis y las
reconciliaciones.]
Para
Inge
Primer acto Breves
acordes de música acompañan los cambios de tiempo y
lugar. Una cama de hospital en la que yace Lyman
Felt. Momentos después entra la enfermera Logan. Es
negra. Lyman duerme profundamente, con ronquidos
intermitentes. Tiene vendados la cabeza y el torso, una
pierna escayolada, en alto, y un brazo en un ángulo poco
natural. La enfermera ajusta la posición del colchón con
una vuelta de palanca. Después se sienta al lado, abre
una revista y pasa las hojas distraídamente mirando las
fotografías. Al cabo de un momento... LYMAN (con
los ojos todavía cerrados): Gracias, muchas gracias a
todos. Siéntense, por favor. (La enfermera se
vuelve y lo mira.) LYMAN: Esta tarde tenemos
mucho material..., no, material, no..., sí, material…
que abordar, así que, si son tan amables, tomen asiento
y crucen las piernas. No, no… (Ríe débilmente.)
No crucen las piernas; basta con que tomen
asiento... ENFERMERA: Señor Felt, ha pasado por el
quirófano. Debería descansar... ¿Está grogui? LYMAN
(duerme por un momento, ronca, y después): Hoy me
gustaría que considerasen el seguro de vida desde una
perspectiva distinta. Quiero que imaginen el sistema
económico en su conjunto como una teta
gigante. ENFERMERA: ¡Vaya, vaya! (Ríe
abochornada.) LYMAN: Así pues, la misión del
individuo consiste en conseguir un buen sitio en la cola
para dar una chupada. De donde, dicho sea de paso, viene
la expresión “chupar del bote”. O…, o no. (Ronca
profundamente.) ENFERMERA: Si esto va a más, tal
vez haya que ponerle otra inyección… (Vuelve a pasar
las hojas.) (Entra el padre; lleva un panamá,
empuña un bastón, fuma un cigarrillo con boquilla,
arrastra un amplio atuendo negro. Se acerca y se inclina
sobre Lyman para besarlo. Lyman se pone tenso, deja
escapar un grito de miedo y, a la vez, de esperanzada
sorpresa, con los ojos todavía cerrados. El padre se
yergue y mueve la cabeza en gesto
pesaroso.) PADRE: Esto no es nada bueno para los
negocios. (Lyman lloriquea en actitud
suplicante.) PADRE: ¿Para qué necesitas patines
si cuando te caes se ríen de ti? Nunca hables de
negocios con mujeres; Dios las ha creado sólo para una
cosa. Obedece a Dios. Tienes los dientes salidos, tienes
las orejas salidas, lo tienes todo salido, lamento decir
que eres un niño muy tonto, una gran decepción. (Se
retira a la penumbra cabeceando.) Esto no es nada
bueno para los negocios. LYMAN: Te lo prometo. ¡Papá!
(Levantando la voz.) ¡Te lo prometo! (Abre los
ojos; asimila gradualmente la presencia de la
enfermera.) ¿Es usted negra? ENFERMERA: Eso me
han dicho siempre. LYMAN: ¿Es usted…, eh…, una
diplomada del programa de recolocación? ENFERMERA:
¿Enfermera diplomada? Sí. LYMAN: Bravo. Tengo un
curso de formación estupendo para ustedes, el mejor del
sector, y antes otro de introducción a las ventas. Ahora
no hay elecciones, ¿no? ¿Eisenhower o algo
así? ENFERMERA: ¡Eisenhower! Desapareció hace mucho,
mucho tiempo. Y es diciembre. LYMAN: Ah. Porque en
época de elecciones hay más probabilidades de hablar con
desconocidos… ¿Por qué no puedo moverme, si puede
saberse? ENFERMERA: Se ha roto varios huesos. Dicen
que bajó el monte Morgan esquiando en un
Porsche. (Ella se ríe. Él entorna los ojos
intentando orientarse.) LYMAN: ¿Qué es esa
música? Parece Earl Hines. ENFERMERA: ¿Qué música? No
hay música. LYMAN (canta): “I'm just breezin
along with the breeze...” Escuche. ¿No la oye?... ¿No es
preciosa? (Silba la melodía un momento y vuelve a
quedarse dormido. Despierta.) Aún conservo varios
amigos de color. Dicen que tengo alma de negro. (Ríe.)
Es todo un honor. A Jimmy Baldwin le gustaban mis
cuentos cuando yo era escritor. Hace mucho tiempo.
(Breve pausa.) Mi mujer esquiaba como una
metodista…, directa hacia…, decía que yo esquiaba como
un árabe…, los pantalones se me caían continuamente. Por
entonces no había telesillas, ¿sabe? Uno tenía que subir
la montaña con los esquís. En tijera. Las mujeres lo
tenían más fácil porque se les separan más las rodillas.
Me ponía cachondo sólo de verlas subir. ¿Qué ha
dicho? ENFERMERA: No he dicho nada. LYMAN: Ah. ¿Y
dónde estoy? ENFERMERA: En el Hospital Clearhaven
Memorial. LYMAN (toma conciencia lentamente):
¿Clearhaven? ENFERMERA: Su mujer y su hija acaban de
llegar de Nueva York. LYMAN (amago de cautela,
pero todavía confuso):… ¿De Nueva York? ¿Cómo es esa
mujer? ¿Qué edad tiene? ENFERMERA: Calculo que unos
cincuenta años. LYMAN (empieza a alarmarse):
¿Quién las ha llamado? ENFERMERA: ¿Qué quiere decir?
¿Por qué no íbamos a llamarlas? LYMAN: ¿Y dónde
estamos? ENFERMERA: En Clearhaven. Yo soy canadiense;
soy nueva aquí. En Canadá aún tenemos
ferrocarriles. LYMAN: Escuche…, no me encuentro bien.
¿Por qué estamos hablando de ferrocarriles
canadienses? ENFERMERA: No, sólo lo mencionaba por el
temporal. LYMAN: ¿Y qué…, qué…, qué me decía de mi
mujer de Nueva York? ENFERMERA: Está en la sala de
espera. Y también su hija. LYMAN
(escudriñando): Y estamos… ¿dónde? ENFERMERA:
Ya se lo he dicho, en el Hospital Clearhaven. LYMAN
(mira alrededor con recelo): ¿Tiene un
espejo? ENFERMERA: ¿Un espejo? Cómo no. (Saca uno
del bolso y se acerca a él.) No está precisamente
como una rosa, ya se lo digo. LYMAN (se mira y se
toca el vendaje, sorprendido): ¿Podría usted…
tocarme? (Ella apoya un dedo en su mejilla. Él baja
el espejo, la mira, de pronto iracundo.) Por amor de
Dios, ¿quién demonios las ha llamado? ENFERMERA: ¡Yo
soy nueva aquí! Si cree que me he equivocado en algo, lo
siento. (Alterada, vuelve a su silla.) LYMAN
(muy angustiado): ¿Quién ha dicho que se ha
equivocado? ¿A qué viene toda esta… verborrea
innecesaria?… Por Dios, no verborrea…, quiero decir…
(Con la respiración entrecortada:) Oiga, no puedo
ver a nadie; tienen que volverse a Nueva York ahora
mismo. ENFERMERA: Pero mientras está
despierto… LYMAN: Échelas de aquí inmediatamente,
¿entendido? (Punzada de dolor.) ¡Ay!… Oiga…, no
ha venido nadie más..., a verme, ¿verdad? ENFERMERA:
Que yo sepa, no. LYMAN: Vaya, por favor, deprisa… ¡No
puedo ver a nadie! (Ella sale,
desconcertada.) LYMAN: Dios mío, ¿cómo puedo
haber hecho una cosa así? ¡Santo cielo, puedo verlas!…
¡Qué espanto! Esto no puede ocurrir, no debe ocurrir.
(Deslizándose hacia atrás, se desprende de la
escayola y se desplaza hacia la claridad con la bata del
hospital pero sin vendajes. La escayola vacía permanece
sobre la cama tal como estaba. Con los ojos
desorbitados, Lyman contempla su catastrófica
visión...) ¡Oh, puedo verlo!… Bessie llora, la
pobre. Pero Theo no. No, Theo no pierde el control en
absoluto, no…, ni el control ni la entereza…
(Mientras habla, las camas se alejan detrás de él, y
el mobiliario de la sala de espera del hospital, un
sillón y un sofá de mimbre tapizados de chintz, avanzan.
La iluminación adquiere un tono más intenso, más alegre.
Su mujer, Theodora, y su hija, Bessie, están sentadas en
el sofá.) ¡No, no; no debe ocurrir…!
(Las observa muy
tenso, pero como es invisible para los demás, puede
acercarse a ellas, sentarse a su lado, etcétera.
Theodora tiene al lado su abrigo de piel de castor;
Bessie se ha puesto su abrigo de tela sobre el regazo.
Theodora bebe una taza de té. Es una mujer idealista, de
gran vigor intelectual, tiene recién cumplidos cincuenta
años, es físicamente fuerte, aunque un tanto estirada y
sin gracia. Al cabo de un momento, de pronto Bessie
prorrumpe en sollozos y se tapa la cara. Theodora le
toma la mano.) THEO: Cariño, debes procurar
contenerte. BESSIE: No puedo evitarlo. THEO:
Claro que puedes. Piensa en la felicidad, en su risa. Tu
padre ama la vida; luchará por ella. LYMAN
(mirando con admiración): ¡Dios, qué
mujer! BESSIE: … Supongo que en realidad es porque
nunca me ha pasado nada malo. LYMAN: ¡Mi querida
Bessie…! THEO: Pero a medida que te hagas mayor verás
que todo va encajando…, y para bien. LYMA (con una
mezcla de afecto y condescendencia por la ingenuidad de
ella): ¡Qué americana, la pobre! THEO: Vamos,
Bessie. ¿Recuerdas lo bien que lo pasamos en África?
Piensa en África. BESSIE: Madre, eres
increíble. (Entra la enfermera
Logan.) ENFERMERA: No podrá ver a nadie por un
tiempo. Hay un buen motel a un paso de aquí, en la misma
carretera. Aunque es temporada de esquí, seguramente mi
marido puede conseguirles habitación; es él quien les
quita la nieve del camino de entrada. BESSIE: ¿Sabe
si está fuera de peligro? ENFERMERA: Eso creo, pero
sin duda los médicos las informarán. (Cambiando de
tema de manera evidente.) Me cuesta creer que hayan
conseguido venir desde Nueva York con esta
aguanieve. THEO: Una hace lo que tiene que hacer. Me
apetece acostarme. ¿Le importaría llamar al motel? Ha
sido un viaje espantoso… ENFERMERA: A veces me
volvería a Canadá de buena gana…, allí al menos teníamos
ferrocarril. THEO: Aquí volveremos a tenerlo. Puede
que en este país las cosas lleven su tiempo, pero al
final las hacemos. (Sale la
enfermera.) THEO (con una sonrisa forzada, se
vuelve hacia Bessie): ¿Qué te ha hecho tanta
gracia? BESSIE (tocando la mano de su madre):
No, nada… THEO: Venga, dímelo. BESSIE: Bueno, es
que… en este país no siempre se hacen las cosas. THEO
(retirando la mano; está dolida): A mí me parece
que a la larga sí. Yo he vivido cambios que eran
inconcebibles hace treinta años. (Esforzándose por
reír.) La verdad, Bessie, tan ingenua no
soy. BESSIE (enfadándose): En fin, no te
pongas así, no es para tanto. (Pausa. Para hacer las
paces…) Por aquí la gente es muy amable, ¿no
crees? THEO: Sí, desde luego. Muchas veces he
lamentado que nunca hayas conocido la vida de pueblo,
esa bondad que se respira. BESSIE: Me pregunto si no
debería avisar a la abuela Esther. THEO: Si quieres…
(Breve pausa.) Tiene unas reacciones tan
exageradamente emotivas... BESSIE: En fin, si ha de
molestarte, no la llamo. THEO: Ah, no. Ya no tengo
nada contra ella; sencillamente, nunca le he caído bien,
y yo siempre lo he sabido. Pero a ti te quiere
mucho. BESSIE: Ya sé que es una mujer superficial,
pero me hace reír tanto y… THEO: Hace reír,
sí. BESSIE: Nunca he entendido por qué la consideras
tan fría. THEO: Quizá porque no me gustan las mujeres
que están siempre seduciendo a sus hijos. LYMAN
(con afectada rectitud): ¡Estoy de
acuerdo! THEO: Es un milagro que él no haya salido
homosexual. LYMAN: ¡Perfecto! THEO: Antes pensaba
que era porque no se casó con una judía. BESSIE: Pero
tampoco ella se casó con un judío. THEO: Cariño, lo
que ella hace nunca cuenta. Pero ve, llámala; es su
madre y te adora. (Entra Leah. Ronda la treintena;
pelo rubio teñido, abrigo de mapache abierto, zapatos de
tacón. La enfermera entra con ella.) LYMAN (en
el instante en que ella entra se tapa los ojos con las
manos): ¡No, no debe estar aquí! ¡Esto no puede
ocurrir! ¡No debe! (Incapaz de soportarlo, empieza a
huir, pero se detiene cuando...) LEAH: Después de
haber dado tanto dinero a este hospital, me parece que
debería poder hablar con la enfermera jefa, ¡por
Dios! ENFERMERA: ¡Hago todo lo que puedo para
encontrarla! LEAH: Muy bien, esperaré aquí. (La
enfermera se dispone a marcharse.) ¡Sólo pido un
poco de información, qué caramba! (Sale la
enfermera. Pausa. Leah se sienta, pero enseguida vuelve
a levantarse y se mueve inquieta. Theo y Bessie la
observan de reojo, con educada curiosidad. Ahora sus
miradas se cruzan. Leah levanta las manos.) LEAH:
Igual que cuando tuve aquí a mi hijo. Sonsacarles si era
niño o niña fue como arrancarles los dientes. BESSIE:
¿Es una urgencia? LEAH: Mi marido; ha chocado con el
coche en el monte Morgan. ¿Y ustedes? BESSIE: Mi
padre. También en un coche. LYMAN: ¡Dios
bendito! THEO: Las carreteras están
intransitables. LEAH: Es esa maldita carretera del
monte Morgan. En los dos últimos años ha habido ya media
docena de accidentes terribles. Aún no puedo creerlo:
ese hombre conduciendo con hielo en el asfalto… ¡y para
colmo, de noche! ¡Es incomprensible! (Estalla:)
¡Los muy idiotas! ¡Tengo derecho a saber qué ha pasado!
(Sale precipitadamente.) BESSIE: Pobre
mujer. THEO: Pero ya sabe lo ocupados que
están… (Sigue un silencio. Theo se recuesta y
cierra los ojos. Bessie está otra vez al borde del
llanto. Se contiene y se cubre los ojos. De pronto se
viene abajo y rompe a llorar.) THEO: Vamos,
Bessie, cariño, procura no… LYMAN (mirando
fijamente al frente): … Si pudiese llegar a la
ventana… ¡y tirarme! BESSIE (moviendo la cabeza en
un gesto de impotencia):… ¡Es que lo quiero
tanto! (Vuelve Leah, ya más tranquila. Con
evidente cansancio, se sienta y cierra los ojos. Pausa.
Se acerca a la ventana y mira fuera.) LEAH: ¿Ven
qué luna? Todo el mundo se estrella por la oscuridad y
ahora podría leerse el diario ahí fuera. BESSIE:
¿Vive por aquí? LEAH: No muy lejos. En el
lago. BESSIE: El paisaje es precioso. LEAH: Ah,
sí, pero yo me quedo con Nueva York de todas todas.
(Se le escapa un profundo sollozo.)
Perdón. (Llora desconsoladamente cubriéndose con
el pañuelo. Bessie, afectada, también empieza a
llorar.) THEO: ¡Pero, vamos…! (Le sacude el
brazo a Bessie.) ¡Basta ya! (Ve la mirada de
indignación de Leah.) Todavía no sabe si es muy
grave, ¿verdad? ¿Qué necesidad hay de ponerse
así? LEAH (de muy mala gana): Puede que tenga
razón. THEO (eufórica, dirigiéndose también a
Bessie): ¡Claro que sí! Quiero decir que siempre hay
tiempo para la desesperación, ¿por qué, pues,
habríamos…? LEAH (con aspereza): ¡Ya le he
dicho que tiene razón, que estoy de acuerdo con usted!
(Ve que Theo se pone tensa y que vuelve un poco la
cabeza.) Disculpe. (Breve
pausa.) LYMAN: ¡Mujeres admirables! ¡Unas
personalidades tan fuertes, tan firmes!… ¿Y qué dirán a
continuación? BESSIE: ¿Cultivan o crían algo en su
casa? LEAH: Criamos casi todo lo que comemos. Tenemos
sesenta reses. Y ahora empezamos a criar animales de
raza a pequeña escala. BESSIE: Ah, eso me
encantaría… LEAH: Envidio la serenidad de ustedes
dos. De verdad, me ha reconfortado. ¿En qué parte de
Nueva York viven? BESSIE: En la calle Setenta y
Cuatro. LYMAN (llevándose las manos a la
cabeza): ¡Oh, no! ¡No, no…! LEAH: ¿La calle
Setenta y Cuatro? ¿En serio? Nosotros a menudo nos
alojamos en el Carlyle… BESSIE: Está muy
cerca. THEO: Por como habla, se diría que es
neoyorquina. LEAH: Fui tres años a la Escuela de
Administración de Empresas de la Universidad de Nueva
York, pero me crié aquí, en Elmira, y aquí tengo mi
empresa, así que… (Se encoge de hombros. Vuelve a la
ventana.) THEO: ¿Qué clase de empresa? LEAH:
De seguros. LYMAN (golpeándose la cabeza):
¡No! ¡Basta! ¡Ya es suficiente! BESSIE: ¡Vaya, como
mi padre! LYMAN (con las manos entrelazadas,
mirando al cielo): ¡No, no permitas que
ocurra! LEAH: Bueno, somos un millón. ¿Usted también
se dedica a eso? BESSIE: No, yo estoy en casa…, cuido
de mi marido. LEAH: Espero vender la agencia dentro
de tres o cuatro años, buscar una casa en Nueva York y
pasarme el resto de la vida pintando de la mañana a la
noche. BESSIE: ¿En serio? Mi marido es
pintor. LEAH: ¿Profesional o…? BESSIE: Sí. Es
Harold Lamb. LYMAN: ¡No! ¡Dios mío! (Se marcha
apresuradamente con las manos en la
cabeza.) LEAH: ¿Harold Lamb? (Lyman
regresa, incapaz de apartar la vista de ellas. Leah,
tras interrumpir todo movimiento, mira a Bessie
fijamente. Ahora se vuelve para observar a
Theo.) THEO: ¿Qué ocurre? LEAH: ¿De verdad
Harold Lamb es su marido? BESSIE (muy ufana y
orgullosa): ¿Lo conoce? LEAH (a Theo): ¿No
será usted la señora Felt? THEO: Pues sí. LEAH
(expresión de perplejidad): Entonces ustedes…
(Se interrumpe y añade:) No estarán aquí por
Lyman, ¿verdad? BESSIE: ¿Conoce a mi padre? LEAH:
Pero… (Volviéndose de una a la otra.) ¿Cómo es
que las han avisado a ustedes? THEO (sin
comprender, pero empezando a ofenderse): ¿A qué
viene eso? LEAH: Bueno…, después de tantos
años… THEO: ¿Qué quiere decir? LEAH: Pero hace ya
más de nueve años… THEO: ¿De qué? LEAH: De su
divorcio. (Theo y Bessie enmudecen. Un silencio.)
Usted es Theodora Felt, ¿verdad? THEO: ¿Y usted quién
es? LEAH: Soy Leah. Leah Felt.
Opine sobre este
artículo
|