Para ver 'The Producers', el espectáculo más exitoso de
Broadway en la actualidad, hay que esperar tres meses o comprar
entradas de reventa que valen cuatro veces su precio de taquilla. El
musical de Mel Brooks, co-autor del guión y autor de la música y
letra de las canciones, dirigido por Susan Stroman, creadora también
de la coreografía, es una adaptación para el teatro de la película
del mismo título que Brooks escribió y dirigió en 1968, y que
interpretaron Zero Mostel y Gene Wilder. El film, aunque ganó
algunos premios, no tuvo mucho éxito de público y no hay duda de
que, quienes han visto 'The Producers' en la pantalla y en el
escenario, encontrarán que la versión teatral es más audaz, risueña,
original y brillante que la cinematográfica, y que, por lo demás,
justifica de sobra el entusiasmo que ha despertado.
La obra cuenta la historia de dos productores teatrales
sinvergüenzas que deciden montar en Broadway un fiasco para quedarse
con el dinero de las incautas damas que les financian los montajes;
a fin de asegurar el fracaso, llevarán a escena la peor obra del
mundo, encargarán dirigirla al director más chambón y encabezar el
elenco a una birria de actor. La obra elegida para el fraude es un
disparate hagiográfico del nazismo escrito por un enloquecido
hitleriano llamado Franz Liebkind y titulada: 'La primavera de
Hitler'. Pero, contrariamente a las expectativas, el espectáculo
alcanza un éxito descomunal y los dos compinches -Max Bialystock y
Leo Bloom- terminan tras las rejas del presidio de Sing-Sing.
Naturalmente, ambos productores aprovecharán la experiencia
carcelaria para montar un nuevo musical que remueva los cimientos de
Broadway.
Antes que nada, debo decir que el espectáculo es una pura delicia
de principio a fin, por la agilidad y la gracia de los diálogos, que
chispean de ironías, hallazgos, burlas y sorpresas, así como por la
belleza y variedad de las canciones y la perfección de los números
de baile. Todo el espectáculo es un despliegue de destreza,
profesionalismo y eficacia. Los dos principales actores, Nathan Lane
y Mathew Broderik, cantan y danzan tan bien como actúan y presiden
un verdadero aquelarre de felicidad histriónica en el que los
decorados y los vestuarios se suceden a un ritmo delirante creando
la ilusión de un mundo desmesurado y grotesco donde nada es estable
ni respetable ni temible, porque en él todos los seres y todas las
conductas terminan siempre por volverse caricatura de sí mismos,
hechos para provocar la carcajada y un sentimiento contradictorio,
el desprecio benévolo o la simpatía desdeñosa, algo así. Se trata de
una farsa con toques de genialidad. Es imposible arrancarse al
hechizo de lo que ocurre sobre las tablas y hasta un espectador tan
poco apetente como yo para los musicales me encontré en varias
ocasiones, levantado en peso del asiento, aplaudiendo a rabiar. El
clímax del espectáculo es, claro está, aquella caja china en la que
vemos reproducirse en escena 'La primavera de Hitler' en la que un
Fuehrer amanerado y marica, rodeado de blondas walkirias de
larguísimas piernas con svásticas en el brazo, canta y baila en lo
alto de una escalera hollywoodiense la canción 'Heil Myself, Heil
To Me'. El público delira de risa y las salvas de aplausos
resuenan en el teatro como repiqueteos de ametralladoras.
¿Es mezquino y estúpido buscarle peros a un espectáculo tan
maravillosamente divertido, luego de haber estado sumido durante
tres horas gracias a él en una efervescente ilusión? Tal vez lo sea.
Pero, de todos modos, vale la pena dejar constancia de que, además
de gratificar a manos llenas los sentidos y el ánimo de los
espectadores, 'The Producers', también, de algún modo, se las
arregla para adormecer los escrúpulos éticos que aquellos todavía
puedan alentar, demostrando que en nuestra época algo que parecía el
último tabú -Hitler y el nazismo, responsables de la segunda guerra
mundial y del holocausto de seis millones de judíos- podía ser
convertido en un producto manufacturado de consumo masivo para
saciar el hambre de entretenimiento y diversión, la más seria y
compartida pasión de nuestro tiempo.
Porque en 'The Producers', a diferencia de lo que ocurría
con 'El Gran Dictador' de Chaplin, cuyo humor estaba corroído
de una pugnaz y virulenta crítica, el manifiesto objetivo del
espectáculo -que desde luego consigue con creces- es regocijar y
encantar al público y nada más que eso. No pongo en duda que
eso sea ya mucho. Soy el primero en celebrar el talento -como
director, arreglista y compositor- de Mel Brooks. Y creo que la
banalización del tema de Hitler que su obra también representa, no
hace sino manifestar, de una manera particular, un fenómeno mucho
más general y característico de la mal llamada postmodernidad: el
desplome de todos los valores tradicionales en el mundo de la
cultura bajo la tiranía sacrosanta de la frivolidad lúdica, valor
supremo y acaso único que nadie cuestiona en estos albores del
tercer milenio. Él no está reñido con la originalidad artística ni
con el genio literario o teatral, desde luego; pero sí con toda
aspiración a hacer de las artes y las letras, además de una fuente
de placer y ensoñación, un estímulo para la reflexión y la crítica
intelectuales, una manera no pasiva de enfrentar la problemática
humana y de incitar a la imaginación y a la sensibilidad a
trascender los datos más evidentes de lo real en busca de las
verdades escondidas.
Divertirse, sorprenderse, pasarla bien, adormecerse sin tener que
hacer demasiado esfuerzo de inteligencia o imaginación, y, sobre
todo, distanciarse a través de esas imágenes de estupefaciente
entretenimiento de toda responsabilidad es lo que pide cada vez más
el público que va al cine, al teatro o compra libros, y lo que
suelen darle a raudales las películas, los espectáculos y las
novelas. Hay toda una madeja de teorías que están detrás de esta
tendencia dominante de la civilización de nuestro tiempo y que,
mejor que ninguna otra, emblematiza la teoría deconstruccionista,
según la cual, deconstruyendo las imágenes y las ideas que
constituyen la cultura en vez de aparecer la naturaleza profunda de
la realidad humana, ésta se deshace y eclipsa como un espejismo.
Porque las palabras y las imágenes y las ideas en vez de remitir a
lo vivido, a la experiencia concreta de los seres vivientes, remiten
sólo a otras palabras, imágenes e ideas, en un laberíntico juego de
espejos, un fuego de artificio autosuficiente en el que no sólo es
pretencioso sino también inútil buscar explicaciones del mundo, de
las relaciones humanas, de los destinos particulares. Como el aceite
y el agua son insolubles, así lo es también el arte y la vida: dos
dominios que coexisten sin mezclarse, soberanos y ensimismados, cada
uno con su propia idiosincrasia, sus valores y su moral.
Si el arte es eso, puede permitírselo todo, salvo aburrir a las
personas. Su única obligación moral es distraerlas, arrebatarlas en
un juego tanto más eficaz cuanto más irresponsable, es decir cuanto
más ajeno a las coyundas, servidumbres y elecciones de que una vida
humana está conformada. En 'The Producers' Hitler no es más
malvado ni pernicioso que los simpáticos vivillos de Broadway que,
subiéndolo a las tablas, musicalizándolo y flanqueándolo de SS con
minifaldas y atrevidos escotes que zapatean el paso de ganso,
esperan embolsillarse un buen fajo de billetes. Es, simplemente, más
payaso y ridículo que ellos, y, por eso mismo, más divertido. Su
papel, comparado al de Max Bialystock y Leo Bloom es mucho más corto
e intenso, porque si fuera tan largo como el de ellos Hitler sería
el héroe del show y el que se llevaría los mejores
aplausos.
¿Significan estas observaciones que está prohibido divertirse?
¿Que debemos resucitar los temas-tabú y que la literatura y el
teatro deben adoptar siempre expresiones serias y enfurruñadas para
ser serios y respetables? No. Significan que el arte y la ficción de
nuestros días que intentan continuar el viejo empeño de los clásicos
y los viejos maestros de ayudar a entender el mundo a espectadores y
lectores, de corporizar en historias e imágenes los gaseosos
fantasmas de una época, de sensibilizar y alertar a los humanos
sobre las fuentes de su infortunio y frustración, van siendo cada
vez más arrinconados en los márgenes de la vida social, y siendo
reemplazados por lo que César Moro calificó como el arte-adormidera,
unos espectáculos y ficciones de superficies inmensamente divertidas
y brillantes pero de entrañas a menudo escapistas y cínicas. Porque
sólo cuando se ha llegado a la lastimosa convicción de que este
mundo no será nunca mejor ni diferente de lo que es se puede
concluir que en él lo único que tiene sentido y razón es buscar la
manera de escabullirse de la vida, embriagado en juegos de mentiras
entretenidas de las que no se desprende nunca (como en el arte
caduco) alguna verdad.
El humor y el juego no están reñidos con el gran arte; más bien,
suelen ser sus ingredientes centrales. El Quijote es también
una soberbia novela de humor y, en las tablas, como Shakespeare,
Molière jugaba, se divertía y hacía reír a mares a sus oyentes con
bromas e ironías que, además, mordían en carne viva en los temas más
escabrosos de su tiempo. Pero las ficciones de nuestra época -la de
la civilización ligera, leve- se van pareciendo cada vez más a las
seriales televisivas que, aunque pretendan ser serias, resultan
siempre cómicas por la manera estentórea en que simplifican y
banalizan la vida, reduciéndola a unos esquemas y fórmulas
desprovistos de la libertad, la imprevisibilidad y la complejidad
que caracterizan a todo quehacer humano. El disforzado Adolf Hitler
que, en lo alto del trono de las estrellas, ruge y zapatea,
descaderado, pidiendo la gloria de los vencedores, y obteniéndola de
manera simbólica en las ovaciones de un público extasiado, es un
símbolo de la entronización, por vías inesperadas, en la cultura
contemporánea de lo que antaño se llamó 'el arte por el arte'.
Porque, desde luego, es innegable que el Hitler de 'The
Producers' del admirable Mel Brooks es un personaje logradísimo
y persuasivo a más no poder.