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Entrevista a Tato Pavlovsky. Enviado por el CELCIT. (08/04/06) La ética del cuerpo Eduardo Pavlovsky es uno de los más grandes referentes del teatro y la cultura no sólo en Argentina, su país, sino también a nivel mundial. A los 72 años y con casi cinco décadas de brillante y reconocida trayectoria, el actor, dramaturgo, médico, psicoterapeuta y militante cultural continúa produciendo sentidos mediante su intensa labor artística, profesional e intelectual. Su nuevo espectáculo, Variaciones Meyerhold, se presentô en Montevideo en el marco del FIT de El Galpón. Conocer a Tato Pavlovsky fue una de las experiencias más ricas que me ha dado esta profesión. Fue en 2002, en el marco del Festival de Teatro y Memoria de La Plata, en Argentina. En esa ocasión pude asistir a una función de La muerte de Marguerite Duras y a un fragmento de Potestad. La intensidad de esas horas aún me golpea los sentidos. Los espectáculos resultaron –como todos los del argentino- experiencias cuya marca permanecerá, en la retina y en la piel, para siempre. Así, en cada “cruce” a Buenos Aires, en cada Festival al que pude asistir, busqué el encuentro con su obra, pero también una entrevista con ese hombre que me había hecho descubrir, a mis 22 años, que existía un teatro único: el de Pavlovsky. Un teatro profundamente ligado al compromiso ético, a la producción de pensamiento en torno a la historia colectiva, a ciertas experiencias vitales que atraviesan siempre, en cada caso, el cuerpo de ese actor inconmensurable para desplegarse en el escenario como mapas subjetivos repletos de huellas, de las huellas de una lectura que nos alude a todos. El encuentro se dio, finalmente, a fines del año pasado en su linda casa de la calle Sucre en la capital vecina. Quise hablar de su vida, su trayectoria, sus opiniones sobre política, sobre teatro, sobre el mundo. Quería conocer al hombre. Era un exceso para un par de horas. Pavlovsky estaba preparando un espectáculo sobre la vida del director ruso Vsevolod Meyerhold, y los otros temas se colaron en esa prioridad, en ese entusiasmo. Al culminar la entrevista supe que había mucho, pero que faltaba demasiado en esos 90 minutos de cinta grabada. Con esa “intuición feroz” que, según él, comparte con su madre y un tío, el actor percibió que no alcanzaba. Se despidió sin embargo, rápidamente. Uno de sus pacientes lo esperaba. Días después recibí un sobre con la pieza que faltaba en mi puzzle. Pavlovsky me había enviado La voz del cuerpo, una reciente selección de artículos publicados por él en diversos medios gráficos, continuación de otro volumen denominado Micropolítica de la resistencia. “Notas sobre teatro, política y subjetividad” era el subtítulo de esta compilación realizada por el crítico e investigador Jorge Dubatti, y resumía las preocupaciones allí desplegadas. Pero el libro era mucho más que eso. Allí estaba el hombre, el intelectual, el antiimperialista, el luchador social y cultural, el de la denuncia fulminante y sin vacilaciones, también el boxeador y el marido enamorado, pero sobre todo el incorruptible, el crítico, el Pavlovsky que, como Meyerhold, creyó en la imaginación creadora como principal arma revolucionaria. En el prefacio a La voz del cuerpo, Pavlovsky refiere con profunda inteligencia a “la guerra imperialista frente a Irak”, y aclara que todos los artículos allí compilados surgen de “ese espíritu de denuncia crítica” pues “la función más importante del intelectual es su función crítica”. Podemos decir que Pavlovsky es uno de los exponentes más cabales del ejercicio de esa cada vez menos frecuente función, en todos los roles que desempeña. Es a esto a lo que él llama la “ética del cuerpo”, concepto que Dubatti define como “el gesto de sustentar con la totalidad de la existencia lo que formulan las palabras”. Pero “más que roles, yo tengo varios devenires”, aclara Pavlovsky. “Tengo un devenir psiquiatra, un devenir autor, un devenir actor, un devenir militante cultural. Sucede que en todos estos planos tengo una perseverancia con cierta actitud que grosso modo podría denominar ‘ideológica’”. Pero la denuncia no tiene que ver, en Pavlovsky, con simplemente poner al descubierto ciertos hechos silenciados, sino con penetrar en la subjetividad y en la lógica de esos hechos. Lo hizo con los torturadores de la dictadura en –entre otras- Potestad o El Sr. Galíndez, y lo hace hoy con Bush, Blair o Aznar desde sus artículos. “Siempre me interesó penetrar en la cabeza del enemigo. Recibí sin embargo muchas críticas de organizaciones de Derechos Humanos que decían que yo ‘humanizaba’ mucho al torturador. No sabían nada sobre el tipo de torturador que yo hago. Porque el torturador es un ser humano ‘normal’, y eso es lo más grave. Por ejemplo en Potestad, que yo sintiera amor por la niña que rapté no gustaba, porque el dolor que sentía producía simpatía. Pero esto sucede porque de alguna manera el público no quiere ver la tortura como una patología institucional y social, sino como una patología individual. Ya en El Sr. Galíndez, hace 30 años, mostraba que lo importante era el teléfono y no los hombres. El teléfono era el Sr. Galíndez, y el Sr. Galíndez era el sistema dentro del cual los sacaban o los ponían una y otra vez. Eran personas normales, sólo que habían sido adiestradas ideológicamente”. El teatro de Pavlovsky tiene la capacidad de aportar, en cada momento, una nueva dimensión sobre temas que nos afectan. De ahí su éxito permanente, porque es un teatro siempre nuevo en la medida en que deconstruye, a partir de lo formal, los sentidos de su propio objeto. “Yo tengo un estilo de actuación muy singular, para nada común en ninguna parte del mundo. Mi teatro es muy fuerte, muy al borde, y coloca el centro en el cuerpo del actor”. Sin embargo, en cuanto a las temáticas, “soy un autor –agrega- siempre preocupado por los temas sociales, y esa preocupación es la que me lleva ahora a hacer una obra sobre Meyerhold. De ahí surge la elección del personaje, que es parte del incosciente social histórico”. Pero, ¿por qué Meyerhold? “El asesinato de Meyerhold –responde Pavlovsky- es un caso de represión cultural gravísimo. Él fue uno de los directores y teóricos teatrales más grandes de la historia, y recién en 1993 la KGB abrió los archivos oficiales de su muerte. El stalinismo lo reprimió por un tema estético y él, que era profundamente comunista, no creyó nunca que eso podría pasar. Él defendía la imaginación como arma para la Revolución. Dijo que el ‘realismo socialista’ era aburrido y el asesino del mejor teatro del mundo, y le hicieron firmar, bajo torturas que duraban 12 horas diarias, que era un espía anticomunista. Luego lo mataron. No es que yo busque siempre personajes militantes sino que creé a Meyerhold leyendo la biografía completa e instalándole una especie de deformación baconiana para pintar MI Meyerhold, ese con el que me identifico y que me exige ciertas posturas teatrales”. La pieza es profundamente pavlovskiana y, tal vez por eso, guarde tanta relación con los postulados meyerholdianos. Es que “no hay texto”, cuenta. “Es casi una improvisación, y creo que eso es lo que da singularidad a mi trabajo. Aunque mi teatro se hace en otros lados, la marca de mi teatro soy yo como actor. Cuando la gente ve en Meyerhold la imagen de ese ser moribundo plasmada con la furibundez expresiva que yo tengo y con la creencia que tengo en el personaje, ve la especificidad de mi teatro. Pero eso no se plasma fácilmente en un teatro convencional. En ese sentido, mi teatro es meyerholdiano. Porque es intensidad y utilización cabal de los aspectos corporales. Me atrae mucho explorar hasta dónde llega el cuerpo, no en teoría sino el cuerpo como régimen de afectación. De ese teatro en el cuerpo surge esa singularidad que hace que si voy a Varsovia con Meyerhold, o con cualquier otra de mis obras, yo puedo, en castellano, mantener al público mirándome porque creen en lo que digo, aunque no entiendan el idioma”. RECUADRO: Lucía Masci. Caras y Caretas El
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