Recortes



Entrevista a Tato Pavlovsky. Enviado por el CELCIT. (08/04/06)

"No hay que esperar sentidos sino producirlos"

Hombre de la escena y psicoanalista, el creador de "Variaciones Meyerhold" habla de política, de mujeres, de la pasión y de la muerte.
Salta la tecla del grabador: media hora de entrevista. ¿De entrevista? Más bien de monólogo. Sin dejar lugar a preguntas ni a vueltas de cassette, Eduardo Tato Pavlovsky sigue hablando —con un énfasis arrollador, abundante en ademanes— de una antigua obsesión: Vsevolov Meyerhold. "Fue un genio. Ingenuo. Uno de los más grandes directores y teóricos del teatro ruso. Un discípulo de Stanislavski en el Teatro de Arte de Moscú, que luego abandonó la vía naturalista para indagar su propia concepción dramática. Adhirió al comunismo. Pero el stalinismo lo encarceló, torturó y asesinó, en 1940, por diferencias estéticas. No hice un estudio específico sobre su trabajo; simplemente sentí que había algo de su destino que me afectaba".

La obra que Pavlovsky está interpretando cada viernes a las 20.45 en el Centro Cultural de la Cooperación, bajo la dirección de su hijo Martín, se llama Variaciones Meyerhold y cuenta con ideas, visceralidad, cadencia. No tiene un texto fijo, aunque sí tópicos muy claros: por momentos parece una clase magistral del director ruso; por momentos, su martirologio; por momentos, este intenso monólogo que Pavlovsky está brindando en un pasillo de la Sala Solidaridad, aunque —al menos por ahora— en tercera persona.

"Meyerhold, que nació en 1874, fue un defensor de la imaginación como arma revolucionaria. Consideraba que su teatro debía ser libre y expansivo: justamente porque era comunista. Rompía con todas las convenciones: era anárquico, pasional, creativo. En 1939 fue a un congreso de directores creyendo que iba a un debate estético. Recibió una crítica política feroz, por no seguir la línea del realismo socialista. Lo acusaron de anticomunista, de antiestalinista, agente alemán. Respondió: Ustedes eliminan la intensidad, la expansividad, la inteligencia creadora. Los considero responsables del asesinato del teatro soviético". Sellaba, sin saberlo, su condena a muerte".

- ¿Qué es lo que más te afectó de su historia?
- Algunas fueron cuestiones colectivas. La dictadura argentina también sembró el terror entre los defensores de la crítica y la imaginación. Así, Meyerhold deviene argentino y nosotros, Meyerhold. Y, en el plano personal, me afectó que se jugó la vida, tal vez sin saberlo, a los 66 años. A contramano de todas las corrientes, con una enorme pasión. Yo siento, a los 71, que también soy un apasionado. En Variaciones... se entrelazan, por momentos, nuestros destinos: a veces no sé bien quién es el que está arriba del escenario (ríe).

- Desde la izquierda, a la que pertenecés, a veces te cuestionaron que mostraras el costado humano de represores. ¿Esa fue una de tus marchas a contramano de la corriente?
- Lo que planteás es cierto. Un problema interesante... Siempre fui de la idea de que es bueno conocer la cabeza del enemigo. La vida cotidiana de un represor puede ser parecida a la de uno. No hay una patología del sádico, como nos enseñaron ciertas películas norteamericanas. La cabeza de un represor es bastante parecida a la de un burócrata de escritorio, y eso lo hace más siniestro. Creo que la mejor forma de denuncia es acercar al espectador a esas mentes complejas.

- Un sádico, además, puede carecer de ideología. Hablar de los represores como de meros perversos es vaciarlos de ideología y, muchas veces, propiciar un maniqueísmo demasiado elemental.
- Es probable que mostrar a los represores como simples perversos sirviera, en la época del juicio a las juntas militares, para demostrar la dimensión de los crímenes que habían cometido. Pero a mí me interesó más la vida cotidiana de ellos. Preguntarme cómo será Videla. Tal vez un buen católico, un buen padre y abuelo, un patriota con ideas fanáticas en lo religioso, con ideas de pureza, de eliminar a los rojos. Massera me parece, en cambio, un psicópata profesional. Es interesante acercarse a sus mentes complejas y no verlos como un todo.

Además de pasión teatral, Pavlovsky mantiene un aspecto enérgico, envidiable para su edad. Quién no querría contar a los 71 con su garbo, sus rasgos recios y su nariz de boxeador —que lo hacen parecer menos afable de lo que es—, con su sonrisa de aristócrata orgulloso de haber confrontado, al menos intelectualmente, con su clase. Está sentado en un pasillo del C.C. de la Cooperación, a metros de una librería repleta de sus textos. Lleva pantalones pinzados y un sweater de buena marca; ha dejado su ejemplar de Clarín y el último libro de Felipe Pigna apoyados en el piso. Una chica se acerca para saludarlo con devoción: al ver el grabador, pide disculpas. El sonríe y le dice que no hay problema. Después vuelve a Variaciones Meyerhold. - ¿Cómo te sentís al ser dirigido por tu hijo Martín? El, hace un tiempo, declaró que solían competir bastante...

- Es verdad. Para un Pavlovsky, ser normal es lo peor. O triunfás o te cocinan. Pero, más allá de eso, Martín siempre tuvo contacto con todo lo que hice. Estudió teatro con Norman Briski y Alberto Ure. El es, básicamente, un músico. Y, cuando empecé a concebir esta obra me hizo observaciones muy interesantes al respecto. Aunque no tengo nada de oído, me explicó que mis movimientos tenían gran musicalidad. Estamos trabajando muy bien juntos.

- El actuó en programas como "Cha, cha, cha", "Juana y sus hermanas" y "Los Roldán" (en el papel del psicoanalista de la perrita Violet). Y la televisión no parece ser tu medio preferido...
- Pero no tengo nada en contra. No tengo una actitud de intelectual elitista. Hace unos años, Adrián Suar me llamó para hacer un trabajo en televisión y no pude aceptar. Fue una conversación muy linda, pero yo no podía por una cuestión de tiempos. Soy médico y psicoanalista: vivo de mi profesión; no puedo dejar a mis pacientes en banda. Logré hacer congeniar, tal vez misteriosamente, mi trabajo de psicoanalista con el teatro. Pero creo que no podría hacer lo mismo con la televisión ni con el cine.

- ¿Qué les pasa a tus pacientes cuando te ven en escena o leen tus artículos? No debe de ser simple ver a tu psicoanalista mostrando sus zonas oscuras.
- Creo que mis pacientes se atienden conmigo porque sí lo hago. Hay una corriente ortodoxa y otra a la que gusta que el psicoanalista pueda mostrarse en todos los niveles. Una vez me preguntaron en la Asociación Psicoanalítica como quién querría ser. "Como Vittorio Gassman", dije: tener la capacidad para transmitir las angustias con el cuerpo. A nadie le molestaría que su psicoanalista fuera pintor. ¿Por qué debería molestar que, en cambio de expresarse con un pincel, lo hiciera con su voz y su cuerpo? Un colega, que quería ser actor, me preguntó: "¿Qué hago? Si actúo voy a exponerme". "No tenés alternativa —le contesté—. No se puede atender a alguien reprimiendo la imaginación".

- En una época admitiste que algunos pacientes se asombraban al verte transmitiendo boxeo por TV. Eso sí tiene que ser raro: ver a tu psicoanalista explicando cómo demoler a alguien sobre el ring
- (Ríe) Sí, sí. Es que el boxeo me gusta mucho. Fui boxeador. Y hasta cubrí la pelea Clay—Bonavena. Bonavena me dijo que la soledad era eso: que sonara una campana y quedaras a solas con Clay queriendo golpearte. Una gran definición de la soledad: como ves, tampoco el boxeo y la psicología no son totalmente antagónicos.

- En entrevistas antiguas dijiste que le temías a la muerte. ¿Cómo se modifica ese miedo al cruzar la barrera de los 70 años?
- Para su libro Diálogos sobre la vida y la muerte, Liliana Heker nos entrevistó, entre otros, a Borges y a mí. Borges dijo: "Descreo de la inmortalidad, pero eso no es una fuente de tristeza para mí sino de felicidad: pensar que voy a cesar". No es mi caso: la idea de la muerte me da pánico. No logro dignificarla. Además soy muy hipocondríaco: vuelvo locos a mis médicos amigos. Te podría decir que después de tantos años de análisis elaboré... La verdad es que no elaboré un carajo. La muerte me sigue resultando intragable.

- Digamos que aquella sensación de la juventud se mantiene estable...
- No, empeora. A los 71 uno se da cuenta que ya está dentro del promedio de vida... Por suerte me cuido mucho: camino y nado. Pero uno va sintiendo los límites físicos. Mi viejo me decía el primer signo de la vejez es sentir las rodillas. Es cierto. Me molesta el deterioro: bajar una escalera tomándome de la baranda, aunque sea por precaución, para no caerme. Pero en el escenario cambia todo: ahí siento una vitalidad increíble, más energía que la necesaria. Sobre el escenario siento que estoy derrotando a la muerte.

- ¿Y qué pasó con el resto de los cuestionamientos que te hacías? ¿Resolviste el enigma de las conductas femeninas?
- No, tampoco. Pero me parece que es bueno no resolverlo: dejar a la mujer en una zona de misterio. A mí me vuelve loco la mujer, en especial la bonita. Mi mujer lo sabe. Sabe que Sharon Stone es el gran amor de mi vida.

- ¿Y sobre el sentido de la vida?
- No hay que esperar sentidos sino producirlos. Uno de los grandes sentidos de mi vida es el teatro; otros, mis escritos, mis incursiones políticas, culturales. Si no generara eso, me quedaría como los personajes de Esperando a Godot. Pero, por suerte, sigo adelante. Con la misma energía actoral de mis comienzos.

Miguel Frías. Clarín. 2 de mayo de 2005

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