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–Tanto Santa Juana de los
mataderos como El Señor Ibrahim... tienen una
importante dimensión didáctica. ¿Cómo han abordado este
aspecto de la obra y cómo han evitado el exceso de
“moralina”? –Ernesto Caballero: En El Señor
Ibrahim... se produce un encuentro entre dos seres
humanos de diferente generación, cultura y extracción
social. Un encuentro fundamentalmente basado en el
respeto. El respeto no como sentimiento, sino como
acción. En este sentido los personajes son consecuentes,
nadie se llena la boca con proclamas acerca del
entendimiento entre los pueblos y cosas parecidas, como
hacen los políticos. Los dos personajes de la obra
sencillamente se escuchan sin prejuicios. No hay
moralina. –Álex Rigola: Brecht escribió esta obra
para que las clases sociales más bajas se dieran cuenta
de que su condición era injusta y que se podía cambiar.
Al ser una pieza didáctica el trazo de la historia es
gordo –para que pudiera ser entendida por un público no
muy culto–, lo que me permite jugar y “ensuciar”
manteniendo el mensaje final. Este montaje no tiene
moralina pero sí una reivindicación de una ética, de la
que yo no reniego. Hoy, más que nunca, la diferencia
entre ricos y pobres es abismal, por eso Santa Juana
de los mataderos es tan actual.
Elemento
de cultura –¿Debe ser el teatro un instrumento de
educación y, sobre todo, puede serlo actualmente o ha
perdido peso como referente social? –A. Rigola: El
teatro tiene que ser instrumento de educación en cuanto
que está pensado como elemento de cultura. Es evidente
que en la actualidad no es un referente tan masivo como
otros medios porque no llega a tanta gente, a diferencia
de la televisión. Se ha producido un relevo de medios
pero eso no significa que tengan que perderse formas
como el teatro que, aunque minoritario, debe seguir
siendo vigilante de los poderes. No podemos entender
este arte sólo como una opción lúdica. –E. Caballero:
Si por educación entendemos la labor que esforzada e
infructuosamente realizan los maestros en las aulas,
pues, evidentemente, no. En cualquier caso, actualmente
la educación de la sociedad la realiza fundamentalmente
la televisión. Al teatro le queda procurar una
experiencia insólita e irrepetible de emoción y
reflexión. Es decir, su función hoy en día resulta
bastante antieducativa.
–La propuesta escénica de
Rigola incluye proyecciones, un discjokey,
bailarines, mientras que la de Caballero se ciñe más al
texto y al trabajo actoral. ¿Por qué esta
multidisciplinariedad se ha convertido en un recurso,
sobre todo, de las últimas generaciones, en artistas
como Roger Bernat, Rodrigo García y Calixto Bieito? ¿Por
qué las anteriores generaciones no encuentran “útiles”
estos recursos? –E. Caballero: Si pongo el énfasis en
la plástica de la palabra y del cuerpo del actor es por
convicción artística que tal vez se ha visto potenciada
por la escasez de medios de muchos de mis trabajos. Sin
embargo, en ocasiones también me ha sido dado trabajar
con excelentes escenógrafos y profesionales de la música
y la danza. La incorporación de todos estos recursos
multidisciplinares debe hacerse desde criterios de
estricta necesidad teatral, como así lo hacen de los
admirados creadores citados, de los que ni por edad, ni
por concepción estética me siento alejado. –A.Rigola:
Yo trabajo sobre todo con los actores buscando nuevas
formas y huyendo de la típica puesta en escena. En mis
obras hay poca escenografía porque el texto y el actor
son lo esencial; otra cosa es lo que éste hace sobre el
escenario. Se puede jugar con la música y el texto, pero
esto ya lo hacían los juglares en el siglo XIII. Mi
generación es la primera que ha nacido con la tv y eso
quizás explique esta tendencia multidisciplinar que
menciona en ciertos creadores. En mi caso, no siempre
consigo explicar lo que quiero sólo con palabras, pero a
lo mejor dentro de cinco años dejo de utilizar estos
recursos.
–¿Cómo influye la implantación del
mercado como principio de funcionamiento social en el
arte escénico ? ¿Cómo puede enfrentarse a las leyes de
mercado un teatro que presente contenidos formales e
ideológicos distintos? ¿Se le debe exigir a un creador
desmarcarse de los criterios convencionales?
–A.Rigola: Yo ni me planteo cómo sobrevivir ni
pienso en las leyes de mercado. Al crear entras en el
juego, simplemente, pero tengo la suerte de que lo que
hago coincide más o menos con la demanda. No hay mucha
estrategia alrededor cuando me planteo llevar a escena
una obra, tan sólo sé que cuento con una compañía
detrás. Creo que es imposible hacer un estudio de
mercado porque el mercado es impredecible. Incluso
cuando crees que una obra tiene todos los ingredientes
para triunfar no consigues llenar la sala, y viceversa.
Me preocupa que haya gente en la sala, pero no puedo
caer en ciertas bajezas. Como director de un teatro como
el Lliure, tengo que asegurar una democracia cultural,
contentando a los que se dedican a la cultura y a los
ciudadanos con unas exigencias concretas. Al creador no
se le tiene que exigir ser diferente, sino hacer buen
teatro. –E. Caballero: A un creador lo único que cabe
exigirle es que disfrute con su trabajo. Es cierto que
vivimos un momento de extrema mercantilización de la
cultura. El político se ha convertido en un empresario
más que entiende el teatro como una actividad
decorativa, un evento siempre controlable, del que puede
lograr algún que otro rédito de prestigio y rentabilidad
partidista. Todo esto, claro está, ha afectado
sobremanera sl trabajo de las gentes de teatro. La
manera de sustraerse a ello es trabajar renunciando a
que el teatro pueda procurar un aceptable nivel de
bienestar material.
Circuito
cerrado –¿Qué presiones y dificultades tiene un
creador que además gestiona un teatro público, como es
el caso de Rigola, y cuáles tiene otro como Caballero
que, generalmente, se mueve más en el sector
privado? –E. Caballero: Mis mayores dificultades se
derivan de haber nacido en Madrid, y llevar veinticinco
años desarrollando mi profesión en este lugar. Los
creadores catalanes anteriormente citados tienen
abiertas las puestas de los teatros de la CAM sin duda
con toda justicia y merecimiento, a pesar de que no
exista un intercambio recíproco para con los creadores
madrileños en Cataluña. Sin embargo, lo que resulta más
desalentador es que las compañías madrileñas se las ven
y se las desean para ser programadas en los propios
teatros de su Comunidad. La CAM no manifiesta ninguna
voluntad institucional de preservar la supervivencia de
sus compañías. –A. Rigola: La mayor presión que tengo
es la de conseguir llenar la sala y fidelizar un público
sin caer en bajezas como comentábamos antes. No quiero
transitar ciertos territorios, y para eso es importante
rodearse de un equipo de directores y asesores
artísticos, como el que yo tengo en el Lliure, cuya
opinión es importantísima y a quienes tienes que
escuchar para no caer en absolutismos.
–En este
sentido supongo que tienen que estar atentos a la
demanda del público. ¿Podrían hacer un perfil del
espectador actual, cuáles son sus intereses y demandas?
–A. Rigola: Cada espectáculo tiene su público, y
viceversa. Si el montaje es bueno la gente irá, y si es
malo no. Ahora, ¿qué marca la calidad de una obra? Ahí
entran en juego muchos elementos y muy cambiantes. Este
arte es impredecible y anticipar cuál va a ser la
respuesta del público es imposible. –E. Caballero: El
público queda lejos. La supervivencia de una compañía
depende de los circuitos de exhibición institucionales
donde ha aparecido una nueva figura: el programador.
Muchos de ellos, sin apenas formación teatral, se han
vuelto comisarios políticos que hacen valer su pequeño
poder dictaminando qué es lo que conviene exhibir en “su
teatro” en función de “su conocimiento” acerca de lo que
demanda “su público”, o de lo que le pide “su concejal”.
Este nuevo filtro está suponiendo la puntilla definitiva
a las pretensiones de un teatro en
libertad.
Un renovado teatro
público –¿Qué les parece el nivel del teatro
público y del sector privado en la
actualidad? –E.Caballero: Ambos se corresponden al
nivel social, cultural y vital de la sociedad
española. –A.Rigola: El teatro privado no lo conozco
y menos en Madrid; el comercial no me interesa pero lo
respeto y creo que puede convivir con lo otro, aunque
deben estar separados. En cuanto al teatro público, que
es del que más puedo hablar, tengo que decir que me
alegra que en Madrid se haya despertado cierta apertura,
gracias a la dirección de creadores como Mario Gas en el
Teatro Español, Eduardo Vasco en la Compañía Nacional de
Teatro Clásico y Gerardo Vera en el Centro Dramático
Nacional. La Abadía lleva mucho tiempo supliendo las
carancias de los otros centros. También es ejemplar la
dirección de Manuel Llanes en el Teatro Central de
Sevilla.
Itzíar DE FRANCISCO
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