![]() |
| América
latina, ahora, por José Pablo Feinmann.
Enviado por el CELCIT.
(12/01/04) Trágica paradoja de América latina: su consolidación poscolonial fue posmoderna antes de ser moderna; y hasta la modernidad a la que consiguió acceder estuvo condicionada (debilitándola) por ese origen posmoderno, fragmentado, particularizado, multinarrativo, en suma: balcanizado. Este concepto geopolítico (balcanización) explicita la debilidad de un continente que tenía un poderoso elemento para consolidarse en el modo de la modernidad, en el modo de la totalidad. El lenguaje, nada menos. Admito que hay lenguajes en América latina, pero cualquiera sabe que un argentino habla en colombiano o en paraguayo con más inmediatez, facilidad con que un italiano habla en alemán. (Y Europa hoy está unida nada menos que por esa mercancía hiperfetichizada que es la moneda.) América latina habla el español porque los españoles la conquistaron para el capitalismo. La descubrieron para el capitalismo. (Unico sentido en que ese concepto puede ser adecuadamente utilizado.) Este descubrimiento incorpora el continente a una totalidad que lo somete: la totalidad capitalista, que existió siempre, ya que el capitalismo es un sistema esencialmente totalizador, globalizado. Ese capitalismo español es desplazado por las potencias de la modernidad. España se llevaba el oro de América para el esplendor de las Cortes. Inglaterra con sus piratas saqueaba los galeones y ponía el oro al servicio de la burguesía, del capital comercial primero, del capital industrial después. El pacto neocolonial (por medio de sus llamadas revoluciones) América latina lo establece con la moderna Europa capitalista: con Inglaterra, con Francia. Esta Europa advierte que para seguir explotando el continente tiene que debilitarlo. Para debilitarlo, impedir su unidad. Para impedir su unidad, incorporar al proyecto neocolonial a las burguesías y oligarquías coloniales. Son éstas, en fin, las que proceden al desmembramiento, a la balcanización-fragmentación (posmodernización temprana y pro colonialista) de América latina. Es en 1830, en la provincia de Pasto, ya muerto el sueño de la Gran Colombia, cuando el general Sucre, que se volvía a su casa, se retiraba solo y sin escolta, es asesinado por los pequeños canallas de las burguesías criollas. Sucre, el vencedor de Ayacucho, la última batalla contra el viejo imperio español que debió simbolizar el despegue del proyecto político unificador, totalizador y moderno, es asesinado por los mercaderes de la balcanización. Bolívar, al enterarse de esa muerte, descifra en ella la derrota de su causa. Muere poco tiempo después (también en 1830) y Colombia (sólo Colombia) se fragmenta en cinco estados. Es un símbolo conceptual formidable el del asesinato de Antonio José de Sucre. Su genio militar posibilita Ayacucho. Ayacucho es el fin de la totalización (colonización) española y debió ser el inicio de la totalización americana. Pero la violencia (el asesinato político) hace parir otra historia que se edifica sobre los cadáveres de Sucre y Bolívar: la historia de la des-unión latinoamericana. La protagonizan sus burguesías locales asociadas al Imperio, que es quien verdaderamente totaliza. Así, América latina se une por medio de la dominación, en exterioridad, como Parte sometida del Todo colonialista. Se fragmenta, se multiplica, se disemina, se por qué no deconstruye en beneficio del proyecto imperial, que la totaliza. Que la globaliza. Si alguien alguna vez pensó que la globalización imperial o colonial del capitalismo era un fructífero juego relacional entre el todo y las partes, se equivocó o mentía interesadamente. La globalización, siempre, implicó el arrasamiento, el borramiento de las particularidades nacionales. Desde los incas y los aztecas hasta hoy. Hubo quienes propusieron la combinación de las partes y el todo. Combinación que conjeturaron podía ser benéfica para ambas partes. (Ya el sencillo hecho de que una parte sea la totalidad y la otra parte la particularidad impide hablar de dos partes, impide no ver que toda relación así establecida será desigual, asimétrica, favorecerá a la totalidad neocolonial.) Alberdi, entre nosotros, fue quien mejor propuso en un plano teórico-filosófico y hasta jurídico esa relación entre el todo y lo particular. Incluso un filósofo tan entrañable y meritorio como Coriolano Alberini celebra la empresa alberdiana, inspirada por el historicismo romántico. Alberdi parte de algo fascinante: no hay comunidad nacional sin filosofía nacional. Una comunidad requiere una totalización reflexiva, propia. Pero esta propiedad consiste en la aplicación nacional de la razón universal. Alberini lo explica bien: Alberdi se propone dar a la nueva ley del progreso universal, entendida al modo romántico, una forma esencialmente argentina (Problemas de la historia de las ideas filosóficas en la Argentina, 1966). Propone, sí, conquistar una filosofía para llegar a una nacionalidad (Fragmento Preliminar al Estudio del Derecho). ¿Qué exige esa filosofía? Alberdi lo dice con infinita claridad: La combinación de las leyes generales del espíritu humano con las individuales de nuestra condición nacional. Tomemos el concepto de combinación. Marx lo utiliza para definir el tipo especial de desarrollo que tiene el capitalismo: desigual y combinado. Pongámonos cautelosamente creativos: ¿cómo se expresó en América latina la dialéctica entre desigualdad y combinación? La combinación que nuestro continente establece con el Imperio instaura la desigualdad. Porque el pacto neocolonial (una expresión que Halperín Donghi utiliza con justeza en su Historia contemporánea de América Latina) es, por definición, desigual. Al expresar el Imperio las leyes generales del espíritu humano (es decir, la centralidad) y nosotros, nuestra condición nacional, las leyes individuales, la dialéctica que se establece entre lo general y lo individual, entre la centralidad y la periferia o entre la totalidad y la particularidad se resuelve en beneficio de la totalidad, que totaliza a lo particular, lo sofoca, lo uniformiza y, desde luego, lo domina. América latina (y éste fue el error de Alberdi) no puede pensarse como momento particular de la totalización imperial. Tiene que crear su propia totalización. De este modo (y éste es un tema que estamos trabajando y, claro, no sólo nosotros), América latina debe construir una ontología de la periferia, cuya constitución, no bien se logra, elimina a la periferia como periferia y establece un centro autónomo, una totalización continental autónoma desde la cual entrará en relación con la totalidad imperial y con cualquiera que sea, pero sin sometérsele. Podríamos decirlo con el lenguaje del Martín Fierro: o nos totalizamos nosotros o nos totalizan los de afuera. Así, y sólo así, desde nuestra propia y ontológica globalización podremos integrar otras globalizaciones, pero no la del Imperio, ya que ésta globaliza sometiendo, borrando lo particular, ni siquiera integrándolo. Hoy,
América latina tiene una totalización negativa que puede
generar un proyecto político positivo. Nuestro continente está
unido por la deuda. Estamos unidos en tanto deudores
del Imperio acreedor. Esa unidad negativa se transforma en
positiva cuando América latina decide rechazar la unidad
deudora que le otorga el Imperio e instaurar una unidad política,
económica y cultural. Que todos negociemos de uno en uno
frente al Todo es la derrota. El Todo siempre vence a las partes. La fuerza
negociadora de América latina está en su unidad, nunca en
su fragmentación. Si Kirchner y Lula están hoy y aquí
reunidos (y no es otro el disparador coyuntural de esta nota) es porque
así parecen estar entendiéndolo. Página 12. 18 de octubre de 2003 -------------------------------------------------------------------------------- El país que quiere existir, por Eduardo Galeano Una inmensa explosión de gas: eso fue el alzamiento popular que sacudió a toda Bolivia y culminó con la renuncia del presidente Sánchez de Lozada, que se fugó dejando tras sí un tendal de muertos. El gas iba a ser enviado a California, a precio ruin y a cambio de mezquinas regalías, a través de tierras chilenas que en otros tiempos habían sido bolivianas. La salida del gas por un puerto de Chile echó sal a la herida, en un país que desde hace más de un siglo viene exigiendo, en vano, la recuperación del camino hacia el mar que perdió en 1883, en la guerra que Chile ganó. Pero la ruta del gas no fue el motivo más importante de la furia que ardió por todas partes. Otra fuente esencial tuvo la indignación popular, que el gobierno respondió a balazos, como es costumbre, regando de muertos las calles y los caminos. La gente se ha alzado porque se niega a aceptar que ocurra con el gas lo que antes ocurrió con la plata, el salitre, el estaño y todo lo demás. La memoria duele y enseña: los recursos naturales no renovables se van sin decir adiós, y jamás regresan. --- Varias veces escuché esta historia. ¿Habrá ocurrido así? Puede que sí, puede que no. Pero la frase ésa, atribuida a la arrogancia imperial, se puede leer también como una involuntaria síntesis de la atormentada historia del pueblo boliviano. La tragedia se repite, girando como una calesita: desde hace cinco siglos, la fabulosa riqueza de Bolivia maldice a los bolivianos, que son los pobres más pobres de América del Sur. Bolivia no existe: no existe para sus hijos. --- A mediados del siglo dieciséis, la ciudad más poblada, más cara y más derrochona del mundo brotó y creció al pie de la montaña que manaba plata. Esa montaña, el llamado Cerro Rico, tragaba indios. Estaban los caminos cubiertos, que parecía que se mudaba el reino, escribió un rico minero de Potosí: las comunidades se vaciaban de hombres, que de todas partes marchaban, prisioneros, rumbo a la boca que conducía a los socavones. Afuera, temperaturas de hielo. Adentro, el infierno. De cada diez que entraban, sólo tres salían vivos. Pero los condenados a la mina, que poco duraban, generaban la fortuna de los banqueros flamencos, genoveses y alemanes, acreedores de la corona española, y eran esos indios quienes hacían posible la acumulación de capitales que convirtió a Europa en lo que Europa es. ¿Qué quedó en Bolivia, de todo eso? Una montaña hueca, una incontable cantidad de indios asesinados por extenuación y unos cuantos palacios habitados por fantasmas. --- La historia oficial, que es historia militar, cuenta que Chile ganó esa guerra; pero la historia real comprueba que el vencedor fue el empresario británico John Thomas North. Sin disparar un tiro ni gastar un penique, North conquistó territorios que habían sido de Bolivia y de Perú y se convirtió en el rey del salitre, que era por entonces el fertilizante imprescindible para alimentar las cansadas tierras de Europa. --- Durante la Segunda Guerra Mundial, Bolivia contribuyó a la causa aliada vendiendo su mineral a un precio diez veces más bajo que el bajo precio de siempre. Los salarios obreros se redujeron a la nada, hubo huelga, las ametralladoras escupieron fuego. Simón Patiño, dueño del negocio y amo del país, no tuvo que pagar indemnizaciones, porque la matanza por metralla no es accidente de trabajo. Por entonces, don Simón pagaba cincuenta dólares anuales de impuesto a la renta, pero pagaba mucho más al presidente de la nación y a todo su gabinete. El había sido un muerto de hambre tocado por la varita mágica de la diosa Fortuna. Sus nietas y nietos ingresaron a la nobleza europea. Se casaron con condes, marqueses y parientes de reyes. Cuando la revolución de 1952 destronó a Patiño y nacionalizó el estaño, era poco el mineral que quedaba. No más que los restos de medio siglo de desaforada explotación al servicio del mercado mundial. --- Ha pasado el tiempo, y el país que no existe sigue enfermo de racismo. Pero el país que quiere existir, donde la mayoría indígena no tiene vergüenza de ser lo que es, no escupe al espejo. Esa Bolivia, harta de vivir en función del progreso ajeno, es el país de verdad. Su historia, ignorada, abunda en derrotas y traiciones, pero también en milagros de esos que son capaces de hacer los despreciados cuando dejan de despreciarse a sí mismos y cuando dejan de pelearse entre ellos. Hechos asombrosos, de mucho brío, están ocurriendo, sin ir más lejos, en estos tiempos que corren. --- Hace unos meses, otra explosión popular, en toda Bolivia, venció nada menos que al Fondo Monetario Internacional. El Fondo vendió cara su derrota, cobró más de treinta vidas asesinadas por las llamadas fuerzas del orden, pero el pueblo cumplió su hazaña. El gobierno no tuvo más remedio que anular el impuesto a los salarios, que el Fondo había mandado aplicar. Ahora, es la guerra del gas. Bolivia contiene enormes reservas de gas natural. Sánchez de Lozada había llamado capitalización a su privatización mal disimulada, pero el país que quiere existir acaba de demostrar que no tiene mala memoria. ¿Otra vez la vieja historia de la riqueza que se evapora en manos ajenas? El gas es nuestro derecho, proclamaban las pancartas en las manifestaciones. La gente exigía y seguirá exigiendo que el gas se ponga al servicio de Bolivia, en lugar de que Bolivia se someta, una vez más, a la dictadura de su subsuelo. El derecho a la autodeterminación, que tanto se invoca y tan poco se respeta, empieza por ahí. La desobediencia popular ha hecho perder un jugoso negocio a la corporación Pacific LNG, integrada por Repsol, British Gas y Panamerican Gas, que supo ser socia de la empresa Enron, famosa por sus virtuosas costumbres. Todo indica que la corporación se quedará con las ganas de ganar, como esperaba, diez dólares por cada dólar de inversión. Por su parte, el fugitivo Sánchez de Lozada ha perdido la presidencia. Seguramente no ha perdido el sueño. Sobre su conciencia pesa el crimen de más de ochenta manifestantes, pero ésta no ha sido su primera carnicería y este abanderado de la modernización no se atormenta por nada que no sea rentable. Al fin y al cabo, él piensa y habla en inglés, pero no es el inglés de Shakespeare: es el de Bush. Página 12. 19 de octubre de 2003 -------------------------------------------------------------------------------- Común denominador, por Eduardo Aliverti Hay un hilo conductor en las noticias políticas que vienen sobresaliendo en la Argentina, en Latinoamérica y en buena parte del mundo desarrollado. Datos aparentemente tan inconexos, distantes y no equivalentes, como la situación en Bolivia; la designación de Eugenio Zaffaroni como nuevo juez de la Corte Suprema; la enésima detención del asesino Antonio Bussi; el malhumor creciente y parecería que irrefrenable contra las empresas de servicios públicos privatizadas; los reaccionarios venezolanos que no encuentran forma de tumbar a Hugo Chávez; la suspensión aquí de los ejercicios militares terrestres con Estados Unidos; el empantanamiento del imperialismo norteamericano en Irak, sólo por mencionar algunos aspectos de una lista que no sería inacabable pero sí mucho más extensa, demuestran que hay algo que por fin entró en crisis: el paradigma neoliberal. El pensamiento único. La vergüenza de cuestionar al orden establecido. El Fin de la Historia proclamado a comienzos de los 90. La anunciada victoria sin retorno de la derecha, en síntesis. No pasó. Bolivia es uno de los hechos más demostrativos. No importa centralmente cómo vaya a resolverse el conflicto institucional, ni la división del liderazgo popular ni, siquiera, algún pronóstico dramático de aplastamiento por las armas de la rebelión obrera y campesina. Suceda lo que suceda, los bolivianos, eternos ignotos para la estructura informativa mundial, están en las calles jugándose la vida desde un concepto de nacionalismo ideológico que para el Imperio significa un mazazo en el hígado. Aunque subyazca en el levantamiento de las masas del Altiplano una de las distribuciones de la riqueza más regresivas de la Tierra, el disparador del enfrentamiento es impedir la exportación de gas a Estados Unidos sin que el Estado boliviano la coma ni la beba. Y a poco que uno se detenga en todos y cada uno de los episodios citados, se verá que desde el nombramiento de un juez progresista en la Corte Suprema de uno de los mayores antros de corrupción dejados por la banda liberal, hasta la seguidilla de militares otrora funcionales al sistema que continúan pasando por la cárcel; o hasta el repudio universal por la intervención yanqui en Bagdad y sucedáneos, y ni qué hablar de un casi 50 por ciento de la población argentina que según las últimas encuestas es partidaria de reestatizar las prestaciones esenciales, más otros detalles significativos del sentimiento europeo sobre el papel del Estado (avanti con el déficit público para reactivar la economía), por obra de diferentes vías ha retornado el cuestionamiento a la razón del privilegio. El espíritu crítico. La acción aún inorgánica pero acción al fin. A apenas diez años, o muy poco más, de haberse decretado la extinción de las ideologías. Una recorrida como ésta, quedó dicho, se puede asemejar a una ensalada incompatible. Sin embargo, en todo caso, no lo es menos que aquella que una década atrás unía la ola derechista; la tolerancia a la corrupción bajo las estrofas del roban pero hacen; la Justicia como garante del modelo a cualquier costo; el indulto a los comandantes de la dictadura argentina; la furia privatizadora; la apertura indiscriminada de la economía al capital extranjero; el avance arrollador de la economía norteamericana; la fantasía primermundista del uno a uno, y así sucesivamente hasta completar el manual del todo terminó y de aquí en adelante no hay más nada que discutir. Visto en retrospectiva parece la animalada intelectual que efectivamente es, pero observado en aquel momento (uno de los más terribles de la historia respecto de las luchas y aspiraciones de los oprimidos) no es justificable aunque sí comprensiblela cantidad de gente que se rindió, en todos los terrenos, frente a esos cantos de sirena. También ahora sería una grave confusión incurrir a las apuradas en el entusiasmo contrario. Después de todo, sólo ocurrió la demostración de una obviedad: que la Historia sigue girando. Y además, el infantilismo revolucionario de algunas miradas no advierte que, en realidad, se está mucho más cerca de consolidar un proyecto de recomposición de la burguesía, encarnado en el mayor protagonismo estatal y en el asentamiento de los bloques regionales, que de poner patas para arriba la dominación de clases y, por ende, la injusticia social. El ejemplo del 19 y 20 de diciembre del 2001, en la Argentina, debería bastar para entender que las ilusiones se concretan si hay una herramienta política que las sustente. El país no está peor que entonces y es cierto que se salió de la crisis impidiendo el retorno del más patético de los escenarios la vuelta de la rata y con algunos componentes de reparación. Empero, objetivamente, el que se vayan todos mutó a volvieron casi todos justamente por ausencia de aquel elemento aglutinador, en términos de claridad ideológica y de capacidad de liderazgo. Y como si poco fuera, volvieron con el aval de los votos. Por más que sea una verdad de Perogrullo, conviene subrayar entonces que no hay ninguna victoria concretada para las necesidades de las mayorías. Ni aquí ni en ninguna parte. Lo que hay es la muy buena noticia de que se detuvo la ofensiva arrolladora de una derecha creída y visualizada como invencible. Y el alerta, otra vez, de que es nada menos y también nada más que eso. Las fuerzas del campo popular, en cualesquiera de sus expresiones, harían bien en tomar nota de ambos diagnósticos. Porque se puede estar tanto a la puerta de una efectiva reconquista de las utopías, como a la de una nueva ingenuidad. Será una cosa o la otra según sea el grado de lucidez y compromiso militante. Lo de siempre: fácil de explicar y tremendamente complejo para implementar. La urgencia necesaria en esa dirección, bien que no suficiente, es la vocación de unidad. Una materia en la que, con pocas excepciones, la izquierda y el progresismo argentinos siguen mostrándose en pañales. Página 12. 20 de octubre de 2003 El
CELCIT en Internet |
|
Remiendo
Teatro © Remiendo Teatro/D. Pueyos 2001-2004
|