«Yo no tengo raíces, tengo patas para ir de
un lugar a otro», asegura Fernando Arrabal
La presencia de Fernando
Arrabal siempre marca un interrogante. Ayer aterrizaba en El
Escorial como ponente en el curso «El teatro en el siglo XXI.
Rito versus ciberespacio», que dirige Ignacio Amestoy y en el
que participan Juan Carlos Pérez de la Fuente, director del
Centro Dramático Nacional; la actriz María Jesús Valdés;
Javier Yagüe, de la sala Cuarta Pared; el director de escena
Salvador Távora; y José Monleón, al frente de la revista
«Primer Acto», entre otros. Arrabal habló con LA RAZÓN de lo
dívino y lo humano, de ópera y pintura. A su manera. Y de sus
proyectos más inmediatos.
Un cuadro como un espejo. Arrabal, ayer en El
Escorial, enseña una foto de una de sus
pinturas
Daniel Vázquez Villamediana -
San Lorenzo de El Escorial (Madrid).- Exagerado tanto en sus gestos como en sus
palabras, Fernando Arrabal pasó de nuevo por El Escorial. En
su ponencia trató de la conversión que se produce de lo feo en
hermoso a través del rito en el teatro, y para demostrarlo, se
escenificó uno de sus trabajos más laureados de los últimos
años, «Carta de amor». El dramaturgo también habló a este
diario sobre su próximo trabajo, una ópera para la que está
escribiendo el libreto. -¿De qué va a
tratar el libreto de su ópera
«Faustobal»? -En ella describo un mito,
el mito del nuevo milenio, que va a ser una mujer. Una mujer
en un mundo de sangre, sudor y lágrimas, de guerras. Un lugar
donde los tanques pueden tener nombres de profetas como
Abraham. Ésta es mi intención. Y el texto, que es lo menos
importante en una ópera, está casi terminado. La escenografía
será de Pérez de la Fuente. -¿Por qué
cree usted que en España ha estado menos considerado que en
Europa, donde se le ve como uno de los paradigmas del arte
español? -Hay españoles como Cela, que
batalló hasta el último instante para darme el Cervantes, que
sí que me consideran dentro de lo español. O Aleixandre, que
escribió que yo era «un ser español y moral». Luego hay otros
que piensan que no soy español, que soy un afrancesado y un
renegado. Cervantes era también un renegado. Y estuvo a punto
de irse a Turquía. Yo no tengo raíces, tengo patas para ir de
un lugar para otro. -Se dice que los
medios de comunicación han robado la verdad teatral. ¿Ha
habido alguna vez una verdad en el
teatro? -En un país que se llamaba la
Atlántida. La crearon unos personajes que describe Aristófanes
en el Banquete de Platón. Eran una especie de bolas con cuatro
brazos, cuatro piernas y dos cabezas. Hijos del
sol. -¿El teatro tendrá un fin o un
eterno fin? -No tiene fin. Y de hecho las
grandes obras de teatro están inacabadas. Yo voy a ver si
termino la obra que Cervantes dejó sin concluir, y otra de
Pirandello. También hay una obra de teatro de la que habló
Kafka en su libro «América» que está
inacabada. -¿Se puede hoy en día provocar
en el teatro? ¿No se ha convertido la provocación hoy en un
artificio? -Yo creo que lo de provocar es
una idea que yo nunca he oído a ninguno de mis amigos. Ni a
Breton ni a Dalí ni a Picasso. Yo nunca les he oído decir que
quisiesen provocar. Tampoco el grupo surrealista quería
provocar. Pensaban que en el arte todo era posible, que la
moral no existía. Eso pensaban también los dadaístas. Lo que
pasa es que hay gente que se deja provocar. Por ejemplo hay
personas que cuando escribí yo mi «Carta a Franco», en el año
72, pensaron que lo hacía para llamar la atención. No había
ninguna provocación, yo simplemente decía cuatro pequeñas
verdades. -¿Cree que su teatro con el
paso del tiempo ya no resulta tan
revolucionario? -No, es al revés. Mis
obras se estrenaron en los mejores teatros, como en el
National Theater de Londres. Ahora se hacen más bien por
compañías jóvenes y pequeñas. Pero eso no quiere decir nada.
Son modas. -¿Qué piensa de
Houllebecq? -Me interesan sus tres
novelas. Me parece el mejor novelista vivo.