La proximidad, el año que viene,
de la celebración del cuarto centenario del
Quijote ha animado varias producciones sobre la
gran obra de Cervantes: es el caso de Morir cuerdo y
vivir loco, segunda incursión dramática que hace
Fernando Fernán-Gómez en la novela y que ahora, además,
dirige para el Centro Dramático de Aragón en compañía de
un amplio elenco capitaneado por el actor Ramón Barea en
el papel del famoso hidalgo Alonso Quijano; también
Santiago Sánchez estrena su versión que protagoniza
Vicente Cuesta y que, según dice, pretende recordar los
corrales del XVII. Si la primera se estrena en el teatro
Principal de Zaragoza el día 13, la segunda llega hoy al
Círculo de Bellas Artes de Madrid. Pero aún hay un
tercer espectáculo, el último trabajo de Els Joglars,
cuyo director, Albert Boadella, ha preferido adaptar muy
libremente uno de los entremeses más populares de
nuestro autor, El retablo de las maravillas, para
confeccionar sus Cinco variaciones sobre un tema de
Cervantes. Su estreno, mañana en Sevilla, en el Lope
de Vega, se presenta como una cita ineludible para sus
fieles pues la compañía vuelve a satirizar sobre cuatro
asuntos que le son muy familiares: la religión, la
política, el arte de vanguardia y la cocina
experimental.
Fernando Fernán-Gómez “La España que
Cervantes retrató no era de quijotes”
Veinte años ha tardado Fernando Fernán-Gómez en volver
a los escenarios como director. Lo hace con una obra propia,
adaptación de la segunda parte de El Quijote que ha
titulado Morir cuerdo y vivir loco. Respetuosa con el
estilo y el espíritu cervantino que tanto admira, Fernán Gómez
ha escrito una pieza divertida y llena de enseñanzas por la
que desfilan una veintena de personajes acompañando a la
ilustre pareja que interpretan Ramón Barea y Enrique Menéndez.
Es una producción importante, sufragada por el Centro
Dramático Nacional y el Centro Dramático de Aragón, que
rescata para la escena a uno de los escasos ejemplos de
artista trinitario –autor, director, actor– que queda en
nuestro teatro. Pero también a uno de los mejores conocedores
de El Quijote, pues sus incursiones en la obra, ya como
intérprete o como autor, son numerosísimas (la película Don
Quijote cabalga de nuevo, doblajes para series de
animación, grabaciones de la obra...). Como es sabido, el
artista es reacio a los interrogatorios –eufemismo con el que
se refiere a las entrevistas–, pero accedió a responder este
cuestionario para El Cultural mientras ensayaba en Madrid.
–Su vuelta a los escenarios es toda una sorpresa.
¿Quién o qué le ha convencido para dirigir
teatro? –Francisco Ortega, director del Centro Dramático de
Aragón. No le costó mucho trabajo convencerme. Por un lado,
desde hacía veinte años no recibía ninguna oferta para dirigir
teatro, y por otro, acababa de escribir Morir cuerdo y
vivir loco y estaba encariñado con el tema.
–Esta
obra, como en Defensa de Sancho, ha sido también un
encargo. ¿Qué ventajas literarias tiene escribir por
encargo? –Cuando se trabaja sobre una idea, un proyecto,
que se la ha ocurrido a uno mismo se corre el riesgo de que
posteriormente, cuando esté realizado, no le interese a nadie
más. Saber de antemano que hay alguien interesado en el
proyecto, aunque no garantice el buen resultado definitivo, da
bastantes esperanzas.
–Tal y como está el patio en la
actualidad ¿es Quijote “el honor y espejo de la nación
española” como en la misma obra se dice? –No recuerdo en
qué momento de la obra se dice eso. Pero es contradictorio. Si
Don Quijote fuera espejo de la nación española, quiere decirse
de los españoles, su comportamiento no habría parecido tan
disparatado, no habría sido considerado loco y encerrado en
una jaula, y en su caminar habría encontrado muchos españoles
como él. La España que Cervantes conoció y retrató no era
España de Quijotes.
El cronista Cide
Hamete –Pues me ha fastidiado la próxima cuestión, le
iba a preguntar a qué políticos recomendaría especialmente su
lectura. –Ya le digo que no es así: según la visión de
Cervantes es todo lo contrario.
–¿Por qué ha recurrido
a la segunda parte del libro de El Quijote para esta
tragicomedia? –Por dos razones: la primera, me atraía la
figura de Cide Hamete Benengeli y el procedimiento de
narración dentro de la narración, y la segunda creo recordar
que fue por simple comodidad: así era más fácil llegar al
desenlace. Luego ocurrió que el material que podía derivarse
de Cide Hamete y la narración dentro de la narración no supe
utilizarlo, prescindí de él.
–Cervantes dedicó esta
parte de la obra a su mecenas el Conde de Lemos y usted, ¿cree
que merece dedicársela a alguien? –No lo había pensado,
pero me da usted una idea. Cuando se edite la obra, lo
pensaré.
Comparar Quijotes –Usted hizo del
hidalgo Don Quijote, creo que en una producción mexicana (la
película Don Quijote cabalga de nuevo, estrenada en
1972). ¿Cuál es el mayor riesgo que corre un actor a la hora
de interpretarlo? –Fue en una película española, en la que
el protagonista era Sancho Panza, interpretado por el genial
Cantinflas. Creo que el riesgo que se corre al interpretar a
Don Quijote, si se corre alguno, es la comparación con los
demás actores que lo han interpretado, desde Chaliapin hasta
Juan Luis Galiardo.
–Supongo que las diversas
intervenciones que ha hecho sobre la obra le habrán llevado a
hacerse una idea propia del autor, a sentir su proximidad
¿Podría revelarnos algo de la personalidad de ese Cervantes
que usted imagina? –Pues no. Quizá he llegado a hacerme una
idea propia, aunque un tanto difusa, de los personajes Sancho
y Don Quijote. Pero no de Cervantes.Y mucho menos a sentir su
proximidad. Y si he llegado a creer que sabía algo de él, ha
sido pasajeramente y lo he olvidado. Y siempre fruto de
lecturas de comentaristas, no de las obras de
Cervantes.
–Por ejemplo, ¿por qué no fue un poeta
dramático de éxito? –Creo que mi respuesta va implícita en
la anterior. Nunca me lo he planteado. Y ahora que lo plantea
usted, no se me ocurre nada.
–¿Ve alguna ventaja en las
celebraciones culturales de aniversarios, como ésta del
Quijote que tendrá lugar en el 2005? –Creo que son
muy útiles, que contribuyen a despertar el interés de algunos
sectores del público por obras o por autores, no desconocidos,
pero que dichos sectores de público consideran inaccesibles.
Yo me sentiría muy satisfecho si me enterase de que después de
ver una representación de Morir cuerdo y vivir loco
algún espectador había decidido leer El
Quijote.
–Tiempo atrás declaró que no le gustaba
hacer teatro porque no soportaba al público en directo ¿era
una boutade o realmente se le hacía insufrible? –Soporto al
público, no faltaba más. Y para mí no es insufrible, sino
sufrible. Lo que me ocurre es que trabajo más a gusto en mi
oficio de actor cuando no siento la presencia del público,
cuando puedo creerme que estoy a solas con el personaje y no
que actúo para aquellas personas que me están mirando. Por eso
prefiero, como actor, el cine y la tele al teatro. Son muchos
los individuos a los que no les gusta que les miren cuando
están trabajando.
–¿Cree que haber llevado una vida
interesante, aventurera, depende de aplicarse el título de la
obra: Morir cuerdo y vivir loco, es decir, lo contrario
de lo que hace todo el mundo? –Creo que aunque exista el
libre albedrío y la voluntad sea una fuerza muy poderosa,
tanto los locos como los cuerdos dependemos de la
casualidad.