|
Francisco Nieva: «Cuando voy al teatro salgo
confundido»
Novelista, académico,
escenógrafo, director... y dramaturgo, claro. Francisco Nieva
(Valdepeñas, 1924) vuelve a publicar teatro con «¡Viva el
estupor!» y «Los mismos», dos obras breves, «comedias
televisivas» como él mismo las ha definido, que Espasa ha
reunido en un volumen. Surrealista, lúcido e irónico, Nieva,
que se declara enamorado del cine, del de Tim Burton en
concreto, bebe de Verne, Lovecraft, Poe, la ciencia-ficción y
la fantasía en estas piezas sobre monstruosos «oceánidas» y
viejos «batulados» (o sea, conservados en una perenne
apariencia juvenil). Hasta a Amenábar le hace guiños el teatro
de Nieva, siempre unido al momento actual. Una feliz
recuperación, como lo es el hecho de que quieran inaugurar la
futura Sala Olimpia del Centro Dramático Nacional con otra de
sus obras.
Miguel Ayanz
Madrid- Con su amigo,
el crítico teatral Eduardo Haro Tecglen, como maestro de
ceremonias, a Nieva se le ve pletórico en la presentación de
este nuevo libro. Más que una rueda de prensa, los dos se
enzarzan en una carrera de recuerdos: el París que ambos
vivieron, los años en Venecia de Nieva, sus éxitos (desde «La
carroza de plomo candente» hasta «Pelo de tormenta» o «El
manuscrito encontrado en Zaragoza»), su vida de «snob», la
Guerra Civil... Ahora, Nieva parece desencantado. «Cuando voy
al teatro a ver la puesta en escena de un contemporáneo, vivo
o muerto, salgo muy confundido. Mi tiempo no es éste, pero
tengo que coincidir con un público que sí que es de este
tiempo», se lamenta el escritor, ganador del Príncipe de
Asturias de las Letras y el Nacional de Teatro, entre otros
premios. En «¡Viva el estupor!», Nieva mete a sus personajes
en un pasaje de ensueño, un barco de neblina poblado por
monstruos oceánicos, grumetes querubínicos, extraños lazos de
sangre y vigilantes de verbo poético. En «Los mismos», tres
hermanos algo fantasmales que gozan de sospechosa lozanía para
su edad inician en un aquelarre de seducción a un joven que
visita un caserón que bien pudiera ser el de «Los
otros».
Fantásticos. –Ha publicado dos obras de tintes
fantásticos... –Las novelas de
ciencia-ficción siempre me han entusiasmado. Y me acuerdo de
que, cuando estaba en lo mejor de mi carrera, trabajando en
Italia, de noche, por Milán, me metía en alguno de esos cine
donde ponían «Godzilla» o «La guerra de los mundos». ¡Me
encantaban! Y las películas de terror, igual. Luego, claro, la
influencia de Poe y de Lovecraft ha dado su fruto en las dos
obras, aunque quizá más en «¡Viva el
estupor!». –Y en «Los mismos», según
reconoce usted, ha influido la película de Amenábar «Los
otros»... –Hasta cierto punto, aunque es
más bien una errata de la imprenta. En realidad, quería decir
en esas notas que «puede semejarse», no que me haya inspirado.
Pero es igual: en realidad, hay algo muy moderno en ese mundo
del terror. –En ambas obras se ve que
sigue usted muy transgresor con el tema del sexo. Hay en estas
páginas seducciones, peligrosas amistades, jóvenes
conquistados... ¿Es uno de sus intereses como
dramaturgo? –Sí, porque yo he tratado
últimamente a muchos jóvenes conflictivos, llenos de ansiedad
y desequilibrados desde cierto punto de vista. Haro y yo hemos
hablado últimamente sobre la extraña forma de sentir de los
estudiantes, que están pasando por una crisis de identidad por
falta de libertad. Ahora son otras cosas. La gente joven vive
más de lo «otro». Lo «otro» es algo extraordinario: es nuestro
pecado, nuestra iluminación, nuestro conocimiento personal...
Sin eso, no seríamos nosotros mismos, nunca seríamos
jóvenes. –En «Los mismos» hace usted
también una llamada contra ese absurdo de la sociedad moderna
de pretender ser eternamente joven... –Es
una advertencia, sí. Yo llevé una vida muy hedonista en la
época de Venecia. No había más que ver lo que la gente
envejecía. Por mucho que se quisiera sostener el físico, había
algo que no podía permanecer joven. Era gente que se hacía
operaciones, que venían de Hollywood... Recuerdo a los que
trabajaban en «Satyricón», de Fellini, gente muy bella,
hombres y mujeres que querían prolongar esa juventud. Era en
vano: se envejece muy deprisa y por
dentro. –Dice que tiene muchas ofertas en
su cajón. –Sí. Tengo ahora por publicar
en la revista «ADE» una tetralogía satírica. Cuatro obras
medio largas que, supongo, están
bien. –Ha comentado que quieren abrir la
sala nueva de la Olimpia, que llevará su nombre, con una obra
suya. ¿Será una de éstas? –Sí, es
posible, pero una de la tetralogía, no «¡Viva el estupor!» ni
«Los mismos»: son demasiado fuertes. Esa pequeña sala es para
un teatro más ligero, más chistoso, y éstas son muy
graves. –¿Se imagina ya a algún director
para llevar estas dos a escena?, ¿quién le gustaría que lo
hiciera? –Debería ser uno bueno. Que
comprendiera bien el asunto. A mí quien me gusta es Tim
Burton. El cine moderno me inspira muchísimo. Yo soy amigo de
los Cohen. Pero a Tim Burton lo admiro infinitamente: es un
maestro para ambientar determinadas cosas. «El planeta de los
simios», desde el punto de vista artístico, es fantástica.
Pero, sobre todo, «Sleepy Hollow». –Usted
ha dirigido a veces sus propias obras, incluso óperas. ¿Ha
pensado en volver a dirigir? –Yo las
dirigiría con mucho gusto, pero creo que hay directores muy
buenos. Lo que pasa es que la obra tiene cosas a las que el
teatro español no está acostumbrado. El «oceánida», por
ejemplo (un monstruo marino que protagoniza la onírica «¡Viva
el estupor!») tiene que ir vestido y maquillado
maravillosamente...
Costumbrismo. –¿Qué tiene el teatro español de
ahora que no le convence? –Es demasiado
familiar, demasiado costumbrista. –Y
usted ha huido siempre del
realismo... –Sí, y no quise hacer un
diálogo magnetofónico, tipo «qué pasa, tío» o algo así, con
pocos términos que maticen, donde las cosas se digan
directamente. Y no se trata de eso. El teatro actual tiene
algo de magnetofónico. Eso es lo que más me
molesta. –Ha llamado a estas obras
«Comedias televisivas». ¿Es otra clasificación en su obra,
donde ya existe el «teatro furioso», el de
farsa»...? –«Comedia televisiva», sí,
porque el cine me ha encantado siempre. Fue una época en que
yo pensaba mucho en este medio. Cuando refundí las dos obras,
vi que se podían representar bien en televisión, los primeros
planos son muy expresivos. Yo ya tengo la comedia, si se le
puede llamar así, «Nosferatu»: siempre me ha encantado Murnau.
El teatro moderno no puede negar la influencia del cine. Sobre
todo, en el caso de Valle-Inclán. En sus últimas obras, cada
capítulo sugiere acercamiento de cámaras,
panorámicas...
|