jueves 3 de febrero de 2005

 


Francisco Nieva: «Cuando voy al teatro salgo confundido»


Dramaturgo


Novelista, académico, escenógrafo, director... y dramaturgo, claro. Francisco Nieva (Valdepeñas, 1924) vuelve a publicar teatro con «¡Viva el estupor!» y «Los mismos», dos obras breves, «comedias televisivas» como él mismo las ha definido, que Espasa ha reunido en un volumen. Surrealista, lúcido e irónico, Nieva, que se declara enamorado del cine, del de Tim Burton en concreto, bebe de Verne, Lovecraft, Poe, la ciencia-ficción y la fantasía en estas piezas sobre monstruosos «oceánidas» y viejos «batulados» (o sea, conservados en una perenne apariencia juvenil). Hasta a Amenábar le hace guiños el teatro de Nieva, siempre unido al momento actual. Una feliz recuperación, como lo es el hecho de que quieran inaugurar la futura Sala Olimpia del Centro Dramático Nacional con otra de sus obras.


Miguel Ayanz
Madrid- Con su amigo, el crítico teatral Eduardo Haro Tecglen, como maestro de ceremonias, a Nieva se le ve pletórico en la presentación de este nuevo libro. Más que una rueda de prensa, los dos se enzarzan en una carrera de recuerdos: el París que ambos vivieron, los años en Venecia de Nieva, sus éxitos (desde «La carroza de plomo candente» hasta «Pelo de tormenta» o «El manuscrito encontrado en Zaragoza»), su vida de «snob», la Guerra Civil... Ahora, Nieva parece desencantado. «Cuando voy al teatro a ver la puesta en escena de un contemporáneo, vivo o muerto, salgo muy confundido. Mi tiempo no es éste, pero tengo que coincidir con un público que sí que es de este tiempo», se lamenta el escritor, ganador del Príncipe de Asturias de las Letras y el Nacional de Teatro, entre otros premios. En «¡Viva el estupor!», Nieva mete a sus personajes en un pasaje de ensueño, un barco de neblina poblado por monstruos oceánicos, grumetes querubínicos, extraños lazos de sangre y vigilantes de verbo poético. En «Los mismos», tres hermanos algo fantasmales que gozan de sospechosa lozanía para su edad inician en un aquelarre de seducción a un joven que visita un caserón que bien pudiera ser el de «Los otros».
   

Fantásticos.

–Ha publicado dos obras de tintes fantásticos...
   –Las novelas de ciencia-ficción siempre me han entusiasmado. Y me acuerdo de que, cuando estaba en lo mejor de mi carrera, trabajando en Italia, de noche, por Milán, me metía en alguno de esos cine donde ponían «Godzilla» o «La guerra de los mundos». ¡Me encantaban! Y las películas de terror, igual. Luego, claro, la influencia de Poe y de Lovecraft ha dado su fruto en las dos obras, aunque quizá más en «¡Viva el estupor!».
   –Y en «Los mismos», según reconoce usted, ha influido la película de Amenábar «Los otros»...
   –Hasta cierto punto, aunque es más bien una errata de la imprenta. En realidad, quería decir en esas notas que «puede semejarse», no que me haya inspirado. Pero es igual: en realidad, hay algo muy moderno en ese mundo del terror.
   –En ambas obras se ve que sigue usted muy transgresor con el tema del sexo. Hay en estas páginas seducciones, peligrosas amistades, jóvenes conquistados... ¿Es uno de sus intereses como dramaturgo?
   –Sí, porque yo he tratado últimamente a muchos jóvenes conflictivos, llenos de ansiedad y desequilibrados desde cierto punto de vista. Haro y yo hemos hablado últimamente sobre la extraña forma de sentir de los estudiantes, que están pasando por una crisis de identidad por falta de libertad. Ahora son otras cosas. La gente joven vive más de lo «otro». Lo «otro» es algo extraordinario: es nuestro pecado, nuestra iluminación, nuestro conocimiento personal... Sin eso, no seríamos nosotros mismos, nunca seríamos jóvenes.
   –En «Los mismos» hace usted también una llamada contra ese absurdo de la sociedad moderna de pretender ser eternamente joven...
   –Es una advertencia, sí. Yo llevé una vida muy hedonista en la época de Venecia. No había más que ver lo que la gente envejecía. Por mucho que se quisiera sostener el físico, había algo que no podía permanecer joven. Era gente que se hacía operaciones, que venían de Hollywood... Recuerdo a los que trabajaban en «Satyricón», de Fellini, gente muy bella, hombres y mujeres que querían prolongar esa juventud. Era en vano: se envejece muy deprisa y por dentro.
   –Dice que tiene muchas ofertas en su cajón.
   –Sí. Tengo ahora por publicar en la revista «ADE» una tetralogía satírica. Cuatro obras medio largas que, supongo, están bien.
   –Ha comentado que quieren abrir la sala nueva de la Olimpia, que llevará su nombre, con una obra suya. ¿Será una de éstas?
   –Sí, es posible, pero una de la tetralogía, no «¡Viva el estupor!» ni «Los mismos»: son demasiado fuertes. Esa pequeña sala es para un teatro más ligero, más chistoso, y éstas son muy graves.
   –¿Se imagina ya a algún director para llevar estas dos a escena?, ¿quién le gustaría que lo hiciera?
   –Debería ser uno bueno. Que comprendiera bien el asunto. A mí quien me gusta es Tim Burton. El cine moderno me inspira muchísimo. Yo soy amigo de los Cohen. Pero a Tim Burton lo admiro infinitamente: es un maestro para ambientar determinadas cosas. «El planeta de los simios», desde el punto de vista artístico, es fantástica. Pero, sobre todo, «Sleepy Hollow».
   –Usted ha dirigido a veces sus propias obras, incluso óperas. ¿Ha pensado en volver a dirigir?
   –Yo las dirigiría con mucho gusto, pero creo que hay directores muy buenos. Lo que pasa es que la obra tiene cosas a las que el teatro español no está acostumbrado. El «oceánida», por ejemplo (un monstruo marino que protagoniza la onírica «¡Viva el estupor!») tiene que ir vestido y maquillado maravillosamente...
   

Costumbrismo.

–¿Qué tiene el teatro español de ahora que no le convence?
   –Es demasiado familiar, demasiado costumbrista.
   –Y usted ha huido siempre del realismo...
   –Sí, y no quise hacer un diálogo magnetofónico, tipo «qué pasa, tío» o algo así, con pocos términos que maticen, donde las cosas se digan directamente. Y no se trata de eso. El teatro actual tiene algo de magnetofónico. Eso es lo que más me molesta.
   –Ha llamado a estas obras «Comedias televisivas». ¿Es otra clasificación en su obra, donde ya existe el «teatro furioso», el de farsa»...?
   –«Comedia televisiva», sí, porque el cine me ha encantado siempre. Fue una época en que yo pensaba mucho en este medio. Cuando refundí las dos obras, vi que se podían representar bien en televisión, los primeros planos son muy expresivos. Yo ya tengo la comedia, si se le puede llamar así, «Nosferatu»: siempre me ha encantado Murnau. El teatro moderno no puede negar la influencia del cine. Sobre todo, en el caso de Valle-Inclán. En sus últimas obras, cada capítulo sugiere acercamiento de cámaras, panorámicas...

 
 




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