Confiesa Francisco
Morales Nieva en sus memorias “Las cosas como
fueron” (Espasa) que en su adolescencia decidió
“ser artista porque para un chico tímido el
mejor modo de imponerse a la larga era declarar
que quería dedicarme al arte, en principio con
plena aquiescencia de mis progenitores (...)”.
Relata también que cuando anunció que quería ser
actor se creó una manifiesta consternación. Sin
embargo, ya apuntaba maneras: durante la guerra
civil residió en Sierra Morena, donde escribía
pequeñas funciones de teatro y cuentos. Esa
estela literaria no se extinguió con el tiempo
sino que se agudizó hasta convertirle en miembro
de la Real Academia de la Lengua en 1986 y en
uno de los pilares de la profesión teatral de
España durante más de medio siglo. Y es que la
suya es la historia de una intensa vocación
disfrazada de bohemia galantería. La afición de
su padre por el teatro le hizo tomar contacto
con el mundo de la escena, especialmente a
partir de 1941, cuando se trasladan a vivir a
Madrid.
París y los
surrealistas En la capital Francisco
Nieva (Valdepeñas, Ciudad Real, 1927) consiguió
un trabajo como aprendiz de escenógrafo
cinematográfico: en esa época su sentido de la
observación le impulsó a pintar: “Durante un
tiempo me inventé cosas teñidas de surrealismo,
que sentía de un modo profundo”. Ingresa en la
Escuela de Bellas Artes de San Fernando y
participa en la creación del movimiento
“Postista” en el que Nieva descubre el arte de
vanguardia. Además esos años entra en contacto
con André Bretón y los componentes del
surrealismo francés. Viaja a París, donde se le
reconoce más su obra pictórica que la literaria.
Son años de gran actividad y de intensas
relaciones, sobre todo con Madame Allendy, quien
le puso en contacto con las teorías de Artaud.
Bajo la influencia de ese mundo artaudiano,
esbozó “El combate de Opalos y Tasia”, en una
primera concepción del Teatro Furioso. Comienzan
sus colaboraciones como escenógrafo en
producciones para el Teatro de las Naciones.
Entra en contacto con Genet, Beckett, Ionesco,
Fernando Arrabal y conoce a Bertolt Brect
durante una representación de “Galileo”. En la
capital del Sena escribe “Pelo de tormenta”, “Es
bueno no tener cabeza”, y “El rayo colgado” y
esboza sus comedias de “Teatro de Farsa y
Calamidad”.
Sobrevivir a la censura El espíritu inquieto de Nieva
le lleva a abandonar París, donde
ya se había asentado profesionalmente,
y a sustituir sus grandes avenidas
por los canales de Venecia. Allí
sus servicios son requeridos por
Pier Paolo Pasolini en su primera
película, “Accatone” (1961). Pero
Francia no le olvida y le premia
con el prestigioso Premio Polignac,
que comparte con Yehudi Menuhin.
Su vuelta a España la provoca otro
grande de la escena, Adolfo Marsillach,
quien le propone realizar la escenografía
y los figurines de “Pigmalión”.
A partir de entonces, inicia una
ascendente carrera como escenógrafo,
ya que sus textos no se representaron
por causa de la censura, y colabora
con las figuras de mayor prestigio
de nuestro teatro. Fue autor de
los decorados de “Romance de lobos”,
“Biografía”, y “Marat-Sade”. También
coqueteó con la ópera, creando la
escenografía de obras como “Tosca,
“Cenicienta” y “Capricho español”.
Aunque durante casi diez años su
actividad pública se limitó a la
realización de escenografías, Nieva
fue creando durante estos años una
extensa obra dramática propia y
numerosas adaptaciones de obras
clásicas.
Con el inicio de la transición a
la democracia se produjo una auténtica
eclosión de su trabajo, innovador
tanto formalmente como en sus contenidos,
y que él mismo considera influenciado
por Jarry y Valle-Inclán. En 1980
recibe el Premio Nacional de Teatro
por la adaptación de “Los baños
de Argel”, de Cervantes. Durante
la década de los 80 su actividad
disminuye, aunque retoma el ritmo
en los 90, cuando recibe numerosos
reconocimientos: el premio Mariano
de Cavia 1992 por su artículo “Música
maestro”, y en 1992 recibe el premio
Príncipe de Asturias de las Letras
y el Nacional de Teatro. En 1994
publica su primera novela “El viaje
a Pantaélica”, y a continuación
su segunda obra narrativa, “Granada
de las mil noches”. En 1997 publica
“Centón de teatro” y dos años más
tarde dio a conocer dos piezas menores
bajo el título “De frailes y monstruos”.
En 2001 publica su libro de cuentos
“Argumentario clásico” y en marzo
de 2002 aparecen sus memorias “Las
cosas como fueron”, que el autor
divide en tres partes: “Funeral
y pasacalle”, “Fragor y juventud”
y “Residencia en el otro”. Ese mismo
año adapta y dirige “Manuscrito
encontrado en Zaragoza” en el teatro
La Latina de Madrid.