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domingo 22 de agosto de 2004

 


L
A PRIMERA

Como en los tiempos de Comella (y II)




Francisco NIEVA de la Real Academia Española
Me es preciso desarrollar algo más las idas expuestas en el artículo anterior, porque considero grave el asunto para el teatro y, en especial, para la difusión del clásico, ya sea dramático, ya sea lírico. Nuestros barrocos y románticos, nuestro teatro lírico, el problema de la exhumación o reposición de antiguas óperas, zarzuelas o piezas del «género chico». Todo un material de conservación ineludible. O, de lo contrario ¿se puede malgastar, haciendo volatines estilísticos, presuntamente sofisticados y para una pequeña facción del público, que sabe «de qué va» lo moderno? A esto no puede llamarse «educación pública», sino secuestro administrativo del teatro por una patrulla fundamentalista, que intimida y «epata» a los políticos. Éstos, sin criterio, inseguros y «esnobs», juegan al albur de apostar por «lo nuevo», a ciegas, sin apenas instinto y conocimiento para saber, con la suficiente autoridad, en qué demonios consiste «lo nuevo».
   Bien sabido es que yo no me opongo a todo atrevimiento en teatro –y hasta se me considera como autor de vanguardia (a mi edad)– pero el juego de minusvalorar a los clásicos, fagocitándolos en provecho propio, en lugar de exaltarlos, me parece –como a cualquier persona razonable– que se debiera jugar al contrario, aunque todo fuera nuevo, sorprendente y original. Pero da la maldita casualidad de que esto «no se puede». La modernidad mal entendida dicta unas normas muy desdeñosas de todo lo que no sea ella misma, parece que no puede salir de sí, que se encastilla, que se autofagocita. Esto mismo dio lugar hace muchos años al concepto prometedor, pero en cierto modo interrogante, de «posmodernidad». Es curioso cómo, en este mundo, ciertos valores positivos se invierten y pervierten en manos de la barbarie humana, las religiones, las creencias y la razón misma. Tenemos idea de que todo evoluciona irremisiblemente y, en su evolución, todo cambia «para mejorar». Ese evolucionismo optimista no tiene ninguna razón de ser. Es una amenaza tremenda la de que todo sea para empeorar. Las ideas estéticas del siglo XIX y XX han degenerado considerablemente al ser adoptadas e interpretadas por masas recién llegadas al ámbito de la cultura –en toda justicia, democrática y equitativamente– pero es bien trabajoso y desairado aleccionar a aquellos bárbaros intolerantes que creen representar la fuerza más inteligente de su tiempo, sacarlos de su error. En el caso del teatro más en boga, no se sabe cómo empezar. En primer lugar, es un caso de desinformación, de ignorancia, de atención a falsos maestros, y una falta de libertad creativa en la pluralidad infinita de la cultura, para lo cual no hay que ser fundamentalista ni catecúmeno de lo último que se programa y se publicita. La verdadera inteligencia siempre está en lucha contra la propaganda ideológica y contra la ideas y las creencias que se enquistan.
   Aquí y ahora, la superstición de lo que se supone «moderno» es una muestra de puerilidad, de rudeza, incluso de falta de sensibilidad. La obra artística debe nacer de una reflexión y un impulso, estimulados por el conocimiento y, en cierto modo, por la erudición. El arte salvaje tiene su encanto, pero siempre fue lo que fue, y nada tiene que ver con lo moderno ni lo antiguo; pero «lo moderno» aparece ahora como un soporte falso de la originalidad, con lamentables resultados en general. No es cuestión de «volver» a lo tradicional pero sí de mostrarse contemporáneos con honestidad y sin buscar falsos burladeros, sin tratar de «epatar»... ¿A quién? ¿A quién se epata y se sorprende ya, como no sea con algo que muy de veras le contente, que se sienta reconfortado y admire su habilidad para seducirle? En los últimos tiempos, en cuanto a la difusión del teatro clásico, se ha perdido mucho en reflexiva imaginación, en la voluntad de conseguir un «trabajo bien hecho». Por el momento, cualquiera se cree capaz de hacer «una instalación» artística, minimalista y provocadora, con una escoba y un tubo de neón, y ¡hay tantos «cualquiera» que presionan a la Administración! De tal modo, que esta, termina confiando en la suerte de haber apostado por «lo moderno», a ver si, por casualidad, suena la flauta que le apunte un éxito. Y no estoy aludiendo a lo que pudiera también cundir entre nosotros. Ya he advertido que es un fenómeno general o, por lo menos, continental, y abarca a políticos, directores de festivales, intendentes del teatro lírico y demás Responsables-irresponsables. Ya tengo fidedignas noticias que, por ello mismo, en todas partes se está dibujando una oposición correctora, más ecuánime –que no viene precisamente de los conservadores ni de la derecha política– que se está intentando erradicar los restos más onerosos del siglo XX –sus «ismos» y separatismos fraccionantes– y no estancarse en supersticiones culturales que pueden considerarse despojos de otro tiempo. Porque la vida de la inteligencia continúa y aspira a un futuro –a ser posible– mucho más plural y complejo. El núcleo faccioso, la «clase» belicista y brutal de «los modernos» demuestra poca clase intelectual. Está en «otro rollo», más involutivo que adelantado. Ahora se impone, como en los tiempos el padre Feijoo –y con ello se justifica mi comparación con «los de Comella y Moratín»– barrer supersticiones culturales –como antes religiosas– que engañan, embaucan y confunden a una gran mayoría de gentes. Y es una tarea que remito a esos jóvenes inteligentes que descubrieron o habrán de descubrir a la larga –como mi supuesto hijo o sobrino– que les estaban malversando la difusión del conocimiento, la impulsión de la sensibilidad, que les estaban engañando en nombre de la «Modernidad», con mayúscula. No consentirán el secuestro de la modernidad por una facción armada de ideología totalitaria. Bien podemos asegurar que, en el futuro, no irán los tiros por ahí. No sin conocimiento de causa, podemos comparar esta moda y manía de «lo moderno» con la moda y manía de la «comedia llorona» del siglo XVIII. Algo igual de ridículo y amanerado.

 
 



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