Como en los tiempos de
Comella (y II)

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Francisco NIEVA de la
Real Academia Española
Me es preciso desarrollar algo más las
idas expuestas en el artículo anterior, porque considero grave el
asunto para el teatro y, en especial, para la difusión del clásico,
ya sea dramático, ya sea lírico. Nuestros barrocos y románticos,
nuestro teatro lírico, el problema de la exhumación o reposición de
antiguas óperas, zarzuelas o piezas del «género chico». Todo un
material de conservación ineludible. O, de lo contrario ¿se puede
malgastar, haciendo volatines estilísticos, presuntamente
sofisticados y para una pequeña facción del público, que sabe «de
qué va» lo moderno? A esto no puede llamarse «educación pública»,
sino secuestro administrativo del teatro por una patrulla
fundamentalista, que intimida y «epata» a los políticos. Éstos, sin
criterio, inseguros y «esnobs», juegan al albur de apostar por «lo
nuevo», a ciegas, sin apenas instinto y conocimiento para saber, con
la suficiente autoridad, en qué demonios consiste «lo
nuevo».
Bien sabido es que yo no me opongo a
todo atrevimiento en teatro –y hasta se me considera como autor de
vanguardia (a mi edad)– pero el juego de minusvalorar a los
clásicos, fagocitándolos en provecho propio, en lugar de exaltarlos,
me parece –como a cualquier persona razonable– que se debiera jugar
al contrario, aunque todo fuera nuevo, sorprendente y original. Pero
da la maldita casualidad de que esto «no se puede». La modernidad
mal entendida dicta unas normas muy desdeñosas de todo lo que no sea
ella misma, parece que no puede salir de sí, que se encastilla, que
se autofagocita. Esto mismo dio lugar hace muchos años al concepto
prometedor, pero en cierto modo interrogante, de «posmodernidad». Es
curioso cómo, en este mundo, ciertos valores positivos se invierten
y pervierten en manos de la barbarie humana, las religiones, las
creencias y la razón misma. Tenemos idea de que todo evoluciona
irremisiblemente y, en su evolución, todo cambia «para mejorar». Ese
evolucionismo optimista no tiene ninguna razón de ser. Es una
amenaza tremenda la de que todo sea para empeorar. Las ideas
estéticas del siglo XIX y XX han degenerado considerablemente al ser
adoptadas e interpretadas por masas recién llegadas al ámbito de la
cultura –en toda justicia, democrática y equitativamente– pero es
bien trabajoso y desairado aleccionar a aquellos bárbaros
intolerantes que creen representar la fuerza más inteligente de su
tiempo, sacarlos de su error. En el caso del teatro más en boga, no
se sabe cómo empezar. En primer lugar, es un caso de desinformación,
de ignorancia, de atención a falsos maestros, y una falta de
libertad creativa en la pluralidad infinita de la cultura, para lo
cual no hay que ser fundamentalista ni catecúmeno de lo último que
se programa y se publicita. La verdadera inteligencia siempre está
en lucha contra la propaganda ideológica y contra la ideas y las
creencias que se enquistan.
Aquí y ahora, la
superstición de lo que se supone «moderno» es una muestra de
puerilidad, de rudeza, incluso de falta de sensibilidad. La obra
artística debe nacer de una reflexión y un impulso, estimulados por
el conocimiento y, en cierto modo, por la erudición. El arte salvaje
tiene su encanto, pero siempre fue lo que fue, y nada tiene que ver
con lo moderno ni lo antiguo; pero «lo moderno» aparece ahora como
un soporte falso de la originalidad, con lamentables resultados en
general. No es cuestión de «volver» a lo tradicional pero sí de
mostrarse contemporáneos con honestidad y sin buscar falsos
burladeros, sin tratar de «epatar»... ¿A quién? ¿A quién se epata y
se sorprende ya, como no sea con algo que muy de veras le contente,
que se sienta reconfortado y admire su habilidad para seducirle? En
los últimos tiempos, en cuanto a la difusión del teatro clásico, se
ha perdido mucho en reflexiva imaginación, en la voluntad de
conseguir un «trabajo bien hecho». Por el momento, cualquiera se
cree capaz de hacer «una instalación» artística, minimalista y
provocadora, con una escoba y un tubo de neón, y ¡hay tantos
«cualquiera» que presionan a la Administración! De tal modo, que
esta, termina confiando en la suerte de haber apostado por «lo
moderno», a ver si, por casualidad, suena la flauta que le apunte un
éxito. Y no estoy aludiendo a lo que pudiera también cundir entre
nosotros. Ya he advertido que es un fenómeno general o, por lo
menos, continental, y abarca a políticos, directores de festivales,
intendentes del teatro lírico y demás Responsables-irresponsables.
Ya tengo fidedignas noticias que, por ello mismo, en todas partes se
está dibujando una oposición correctora, más ecuánime –que no viene
precisamente de los conservadores ni de la derecha política– que se
está intentando erradicar los restos más onerosos del siglo XX –sus
«ismos» y separatismos fraccionantes– y no estancarse en
supersticiones culturales que pueden considerarse despojos de otro
tiempo. Porque la vida de la inteligencia continúa y aspira a un
futuro –a ser posible– mucho más plural y complejo. El núcleo
faccioso, la «clase» belicista y brutal de «los modernos» demuestra
poca clase intelectual. Está en «otro rollo», más involutivo que
adelantado. Ahora se impone, como en los tiempos el padre Feijoo –y
con ello se justifica mi comparación con «los de Comella y Moratín»–
barrer supersticiones culturales –como antes religiosas– que
engañan, embaucan y confunden a una gran mayoría de gentes. Y es una
tarea que remito a esos jóvenes inteligentes que descubrieron o
habrán de descubrir a la larga –como mi supuesto hijo o sobrino– que
les estaban malversando la difusión del conocimiento, la impulsión
de la sensibilidad, que les estaban engañando en nombre de la
«Modernidad», con mayúscula. No consentirán el secuestro de la
modernidad por una facción armada de ideología totalitaria. Bien
podemos asegurar que, en el futuro, no irán los tiros por ahí. No
sin conocimiento de causa, podemos comparar esta moda y manía de «lo
moderno» con la moda y manía de la «comedia llorona» del siglo
XVIII. Algo igual de ridículo y amanerado.