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Frank Castorf “Echo de menos un enemigo
claro”

Educado en el Berlín dividido (1951), Frank
Castorf se convirtió en director con espectáculos
“inconvenientes” para la ortodoxia comunista que
lo alejaron de los grandes teatros oficiales. Pero
con la caída del muro fue nombrado director del
Volksbühne de Berlín, punto de referencia de la
vanguardia escénica actual y desde el cual Castorf
sigue cultivando su fama de subversivo e
independiente. El 27 de junio presenta en el
Teatro Nacional de Cataluña Forever young,
su libérrima adaptación de Dulce pájaro de
juventud.
En el teatro Volksbühne de
Berlín sólo cometes una vez el error de sentarte
en primera fila. En esta gigantesca sala situada
en pleno Este de la capital, a pocos metros del
Alexanderplatz, ocurre de todo sobre el escenario
y muchas veces fuera de él. Hace doce años que
Frank Castorf se hizo cargo del Volksbühne –un
teatro fundado en 1913 que literalmente significa
“teatro del pueblo”– para convertirlo en uno de
los más vanguardistas de una ciudad donde teatro
se escribe con mayúsculas y hablar de vanguardias
hace tiempo que está demodé. Este admirador de
Brecht ha hecho suya aquella frase de Heiner
Müller: “Los teatros que ya no logran incitar a
exclamar ¡Qué descaro! deben ser cerrados”. Por
eso él practica la desmesura, el exceso
intelectual y la crítica social; escenificaciones
que ponen el dedo en la llaga de los conflictos
latentes de nuestra sociedad. Y la obra que lleva
a Barcelona, Forever Young, no es una
excepción.
–Usted fue un enfant
terrible de las artes en la Alemania
comunista. –Hubiera preferido estudiar cine,
pero en un sistema totalitario los grandes medios
estaban demasiado vigilados. La autocensura era
demasiado grande y el teatro te daba mayor
libertad. La pena es que hubiera tan pocos con
valor suficiente para hacer algo más en aquel
mundo del teatro de la RDA. Yo no era un
anticomunista, sino más bien un pupilo de
Heidegger, alguien que se dice: Estoy en esta
caja, en la que me ha tocado vivir y aquella otra
caja, con un envoltorio más brillante y atractivo
en la que pone Occidente, no es más que otra caja
en la que también estaría obligado a vivir. Así
que me dije: aquí también puede pasar algo, como
un Esperando a Godot. Vivo en una especie
de anarquismo antropológico que me
divierte.
– A principios de los 80 fue
director de un teatro provincial en la frontera
con Polonia, donde puso a prueba obras que hoy
darían que hablar. ¿Cómo evitó la
censura? –Antes de 1989, el teatro era un acto
político. Echo de menos a un enemigo claro que
reconocer enseguida. Antes, el teatro se hacía
política a través del enigma artístico –si lo que
hacíamos o decíamos se hubiera publicado en el
periódico, enseguida lo hubieran prohibido–, era
el arte a través de la alienación, del cuento, del
enigma, el que abría la puerta a posibles
interpretaciones. Cuando se daban cuenta de que
sólo había una forma de interpretarlo, entonces
liquidaban la obra. Pero incluso el acto de la
liquidación te llenaba de satisfacción. Aunque
fueras un ser insignificante en aquel sistema te
tomaban tremendamente en serio. Una situación
ideal para cualquier artista porque en una
dictadura se trabaja de una forma mucho más
creativa que en democracia.
Odiar el
Este –¿Comparte entonces la nostalgia de
tantos compatriotas suyos del Este de
Alemania? –Siempre odié el Este, su pasividad.
Cuando en Polonia, Rusia y Hungría se hacía
patente el cambio, en la RDA comenzaban a salir
tímidamente a la calle. Ahora que se han
convertido en los perdedores de la reunificación,
me caen mejor, me gusta su actitud de negarse a
trabajar y, sin embargo, querer tenerlo
todo.
–Se ha volcado en autores como
Dostoievski y Tennessee Williams. ¿Por qué? –En
un nueva obra hay mucho de las anteriores. Como
alemán me interesan los extremos y la tensión
entre ellos. De uno está la pesadez de Rusia,
impertérrita, autoflagelante, y del otro esa
Norteamérica acelerada. Son dos polos culturales
que siempre me han interesado. Claro que siento
más simpatías por el mundo eslavo pero soy un
antiamericano muy americano. Bruce Springsteen
cantando Born in the USA o Jimmy Hendrix
tocando el himno nacional son modelos; la fuerza
dramática de un Tarantino es comparable a
Shakespeare, representa para mí esa otra América
que me atrae. Es el sueño americano en
contraposición al sistema reaccionario y puritano
en el que uno baja al sótano y se encuentra
Pulp Fiction, donde a uno le dan por culo.
Es el caso de Bush, un alcohólico que gobierna el
mundo. Digo yo que debe estarnos permitido
ironizar al respecto. No obstante, Estados Unidos
también tiene la fortaleza suficiente como para
regenerarse, algo que echo de menos en los rusos.
Los norteamericanos han creado una sociedad
compleja, por sus etnias y religiones, capaz de
convivir sin matarse.
–El modelo de vida
americano fue blanco de sus críticas en
Endstation Amerika hace dos años y ahora en
Forever Young. Sitúa el drama de la pérdida
de la fama y la juventud en un escenario tropical,
en el que se siente la lluvia monzónica. –En
los tiempos en que Tennesse Williams escribió
Dulce pájaro de juventud a los niños negros
se les echaba de los autobuses de blancos,
quemaban a un negro para divertirse. Pero lo más
triste es que hoy en Estados Unidos no importa si
uno es rojo, negro o amarillo; si tiene dinero y
éxito, el color importa bien poco.
–Me
sorprende el esfuerzo físico y de concentración
que exige a sus actores, que además de no parar un
minuto quietos en el escenario, tienen que mirar a
las cámaras que les persiguen y cuyos primeros
planos se proyectan sobre una pantalla. ¿Qué
espacio queda aquí para el teatro? –La cámara
me permite acercar los actores al espectador, no
sólo el maquillaje o la peluca, también sus
arrugas, su edad, su realidad. La cámara funciona
como un instrumento médico, que lo hace más real.
Cada vez desconfiamos más de lo que vemos por
televisión. Me interesa la combinación de la
realidad escénica, del actor, con la celeridad que
imprime este instrumento, el primer plano, el
voyerismo, la revelación del secreto. Quiero
inventar una nueva unidad teatral en combinación
con el vídeo. Mi intención no es ilustrar. La
mayoría de las secuencias tienen una
intencionalidad. Veo una imagen de la selva
amazónica, pero no a los personajes que están
hablando, al tiempo que escucho fragmentos de
Apocalypse Now.
Irritar más que
provocar –Cualquiera diría que ve más cine
que teatro. ¿Va a ver lo que hacen sus colegas en
Berlín? –El teatro siempre me ha cansado y soy
muy selectivo. Rara vez voy al teatro. El teatro
clásico es una carretera de sentido único, una
autopista, todo se resume en una suerte de fábula.
La vida sin embargo es mucho más complicada y son
pocos los autores que logran aproximarse a ella.
Shakespeare quizás sea capaz de captar esta
complejidad.
–¿Es así como se explica su
necesidad de provocar? –Yo no diría tanto
provocar como irritar. Sabemos que nada funciona,
que todo son quimeras. El mundo es irracional, la
injusticia es tan evidente... ¿Cómo quiere que
haga un teatro superficial? El teatro tiene que
mostrar que nada permanece, que los procesos
históricos exigen un pensamiento histórico, que
todo es una estación de paso y no, como dicen los
apologistas del capitalismo, que este estadio en
el que nos encontramos es el único estadio de
felicidad en el desarrollo de la humanidad. Es
aquí donde un poco de pensamiento subversivo,
nihilista, es importante.
–¿Berlín es su
casa? ¿Ha llegado a donde quería? –Soy un
flemático. Berlín siempre fue mi hogar. Nunca
quise cruzar al otro lado (del Muro). Bueno sí,
como director famoso y bien remunerado para volver
a Berlín y derrochar el dinero con mis amigos,
provocando su envidia (comenta en tono irónico).
Me gusta salir, pero me encanta volver: ir de gira
a otros países, como ahora España, para presentar
arte alemán porque el arte es
política.
Úrsula
MORENO
Rigola y Bieito en el
Grec En esta semana tendrán lugar en
Barcelona otros estrenos, que se inscriben dentro
del Festival Grec-Forum. Àlex Rigola abre hoy el
Festival en el anfiteatro del Grec con Santa
Joana dels escorxadors (Santa Juana de los
mataderos), un joven Brecht buen ejemplo de la
cultura de entreguerras. El reparto cuenta con
Pere Arquillué y Alicia Pérez y se representa en
catalán. A partir del día 27, en el Romea, José
María Pou protagoniza también en catalán El rei
Lear (Rey Lear), dirigido por Calixto
Bieito y en ella figuran Roser Camí, Ana
Ycobalzeta y Mingo Ràfols.
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