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ARGENTINA. Griselda Gambaro: con cuatro títulos en danza. Enviado por el CELCIT. (12/01/04)

Siempre en escena

Casi 40 obras lleva representadas desde 1965 en que tuvo su debut autoral con "El desatino", que Jorge Petraglia puso en el Instituto Di Tella. Sin temor a exagerar puede afirmarse que Griselda Gambaro es una de las autoras más representadas del país, con una importante proyección en el exterior, que cuenta con la mayor parte de sus obras editadas.

Por eso no extraña que en estos momentos cuatro títulos de su autoría estén en danza: "Mi querida", con Juana Hidalgo y dirigida por Rubén Szuchmacher, que se está ofreciendo en Del Otro Lado; "Historias breves", con dirección de Fernando Marín, en el Centro Cultural Fray Mocho; "Señora Macbeth" (que acaba de publicar Editorial Norma), cuyo estreno previsto para este mes fue postergado para abril por problemas de salud de la protagonista Cristina Banegas, que dirigirá Pompeyo Audivert, y "Una ama como uno puede", integrado por tres monólogos que hablan del dolor y la angustia que se vive en una sociedad que le da la espalda a lo marginal ("Una ama como uno puede", "El nombre" y "Falta de modestia"), dirigidos por Alejandra Marino y Elizabeth Olalla, bajo la supervisión de Laura Yusem, que se estrenará el domingo en Patio de Actores.
En momentos previos a su viaje a Europa, para visitar a su hijo y a amigos queridos, Griselda Gambaro está predispuesta para hablar con LA NACION tanto de su obra como de la realidad social de estos tiempos.

En algunas de sus obras, así como sucedió con "Antígona furiosa", que retoma la tragedia de Sófocles para hablar de las Madres de la Plaza de Mayo, elige una de Shakespeare para hacer "Señora Macbeth", en "Mi querida" toma un cuento de Chejov para realizar su propia versión escénica sobre la mujer en soledad.

¿Hay un punto de inspiración en las obras de otros autores?
Siempre paso de temas "originales" a beber en fuentes de otros autores y a partir de ahí contar una historia distinta.

¿Hay un tema que te interese para trabajar en estos momentos?
No, estuve trabajando en la narrativa, en una serie de cuentos y también en un cuento para adolescentes. Pero el teatro vuelve. De una manera misteriosa e imprevista la dramaturgia impone su voz.

¿Te movilizan para escribir los hechos de la realidad cotidiana?
Nunca sé muy bien, es un todo.

¿Cuando escribiste "El campo" (1967) todavía no habían sucedido los hechos que describís en esa obra?
Pero ya había datos en la época de (Juan Carlos) Onganía, así como en "Es necesario entender un poco" se planteaba la diferencia que hay entre los mismos pobres. Lo pobres no comprenden a los otros pobres. Demonizan. Eso lo veo en la realidad, como cuando tomo un taxi y el conductor que trabaja 20 horas por día demoniza a los piqueteros. No sucede en todos, pero hay pequeños cónclaves donde se manifiesta la xenofobia o el odio a la diferencia porque el otro es distinto.

¿Pesó en alguna de tus obras el tema religioso?
Como tema central no, pero creo que hay cierta ligazón con un aspecto de la existencia que tiene que ver con lo misterioso, con lo inasible, con lo que está más allá de nosotros, que tratamos siempre vanamente de explicar.

¿Alguna vez pensaste en la mujer como victimaria más que como víctima?
Sí, por supuesto. No sé si en alguna obra lo reflejo. Creo que son más víctimas que victimarias. Basta ver, por ejemplo, los datos de la violencia ejercida contra la mujer en España. Es un problema muy serio que tiene la sociedad española. O los datos de acá de asesinatos de las mujeres por parte de sus parejas. Las estadísticas hablan muy claramente cómo se ejerce la violencia familiar y contra la mujer.

No tratás la violencia sobre los chicos, al menos, en el teatro.
No. Sólo una vez en "El desatino" aparece un chico, que es víctima. Pero no recuerdo otro caso.

¿Te afecta el tema de los chicos como para tratarlo en una obra?
No, en la escritura siempre hay una especie de separación del dolor personal que puede ocasionar un hecho particular. Si no no se podría escribir. En una obra de teatro o en una novela, los sentimientos personales pasan por un cedazo que permite tomar distancia para objetivar el hecho en sí.

Dicen que si el hombre fuera feliz no existiría el teatro.
Es una utopía. Recuerdo una anécdota, cuando en 1983 subió Raúl Alfonsín con toda esa expectativa tan pronto desmentida, me encontré en la plaza Dorrego con Omar Grasso, quien me abrazó entusiasmado y me dijo: "De qué vas a escribir ahora. Ya no vas a tener más temas". Los temas siguieron, lamentablemente. Además, creo que también se puede escribir sobre los distintos modos de la felicidad.

Pero no sería un drama.
Si todos fuéramos felices inventaríamos el drama para que la gente pudiera llorar por algo.

¿Alguien te dijo algo similar cuando asumió Néstor Kirchner?
Bueno, yo no fui a ninguna plaza en ese momento. El escepticismo desde el 83 en que subió Alfonsín a este 2003 ha crecido de manera pavorosa.

¿No queda espacio para la esperanza?
Sí, queda. En realidad, no sé si la gente tiene esperanzas, pero sí alguna expectativa. Las medidas que está tomando este gobierno es como tomar un poco de aire. Es fundamental que cambie la situación económica. Cómo se puede tener esperanzas si vemos esta ciudad fantasmal, con los cartoneros a la noche, con los piqueteros de día, con la gente sin trabajo, con la situación que padece la juventud. Son datos muy pesados, aunque una tenga cierta expectativa. No es que se le achaque a este gobierno una situación que viene desde hace años gestándose. Lo que sí se espera son medidas urgentes que solucionen las cuestiones de trabajo. No es el asistencialismo ni ninguna otra medida. Es el trabajo.

¿Con una buena dirigencia, este país tiene el potencial para salir adelante?
Creo que sí. Cuando se lee en el diario que cierta clase dirigente, donde también hay integrantes del clero, no se resignan a no viajar en primera clase en los aviones, me corren escalofríos sobre la clase dirigente. De ahí que la decisión de Kirchner de atenderse en un hospital público, una la valorice enormemente.

¿No puede ser interpretada como una actitud demagógica?
No la entro a considerar como tal. Lo hizo, me parece bien.

CÓMO ES LA MUJER EN EL PODER: A propósito de "Señora Macbeth", un repaso por el tema
En su última obra, "Señora Macbeth", Griselda Gambaro toma como protagonista a un personaje femenino paradigma de la ambición por el poder.

¿Cómo te imaginás a la mujer en el poder?
Hay mujeres que tienen y han tenido poder acá y en el mundo, pero que no siempre han sido buenos ejemplos. El hecho es crear un poder propio, distinto del masculino. Por lo general imitan el poder masculino. La cuestión sería crear un espacio inédito de poder, un espacio político distinto, como el de las Madres de Plaza de Mayo o las Abuelas. Pero será un largo camino a recorrer. Creo que eso pide mucho esclarecimiento sobre lo que es el poder, lo que significa, los peligros, la propia ambición.

¿Cómo llegás al personaje de Lady Macbeth?
-La pieza la escribí por un pedido de Daniel Veronese a quien siempre le voy a estar agradecida, porque en ese momento no pensaba en ese texto en particular o inspirarme en una obra de Shakespeare.

¿Cómo la planteás a la Señora Macbeth?
Es una mujer que habla por boca de su marido, él le pone palabras en su boca. Ese creo que es el cambio fundamental. Ella no tiene palabras propias, lo que lleva a la cuestión del género, a la relación hombre-mujer y a la dependencia de la mujer.

¿En "Señora Macbeth" hay una asociación del poder con la locura?
No con la locura particular de Lady Macbeth, sino con los hechos. Es el crimen el que la lleva a ese estado, que no sé si es locura plena o un estado de cataclismo interior.

¿Puede asociarse este personaje con la realidad al plantearse el vínculo matrimonial de un jefe de Estado?
No lo pensé, pero espero que en el caso de la "Señora Macbeth" tenga mayor grandeza y que sus palabras tengan mayor dimensión que las de las señoras que fueron primeras damas.

Susana Freire. La Nación. 23 de octubre de 2003

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