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La Tempestad es el cuarto montaje
de Shakespeare que Helena Pimenta dirige con su compañía Ur
Teatro (Sueño de una noche de verano, Romeo y Julieta y
Trabajos de amor perdidos), pero son más de media
docena los que ha hecho a lo largo de su carrera
(Xespir, que incluía cuatro obras, y La comedia de
los errores, para el Teatro Nacional de Cataluña).
Instalada en Madrid desde hace dos años procedente del País
Vasco, la directora ha recibido en este tiempo encargos
(Luces de bohemia, Sonámbulos...) que le han servido
para internarse en otros territorios dramáticos y asentar a su
compañía; pero recuerda que Shakespeare es la marca de Ur, a
pesar de lo arriesgado que es para una productora
independiente levantar espectáculos con elencos numerosos
(como dato, ésta tiene once actores, entre los que figuran
Ramón Barea, Alex Angulo, Pepe Viyuela, Vicente Díez, Jacobo
Dicenta...): “Shakespeare es nuestro punto fuerte”, dice
Pimenta, “hemos aprendido el oficio y la compañía tiene un
mercado más o menos asentado. Pero nuestro objetivo es lo
artístico, por lo que nuestro apoyo está en nuestro lenguaje y
en lo que nos apasiona. Por otro lado, hemos trabajado, tanto
en la compañía como en otras estructuras, con actores con los
que ya tenemos un lenguaje común. Así que ¿quién mejor que
nosotros va a poder hacer a Shakespeare? Es nuestra vocación.
No se trata de hacer dinero, sino de alcanzar un nivel digno
artístico y laboral”.
–¿Cómo explica la gran afluencia
de obras de Shakespeare durante esta temporada (Macbeth,
Hamlet...)? –En varios casos, por lo que he leído, eran
cuentas pendientes con el autor desde hace años. Pero creo que
está empezando a surgir un deseo de equilibrar el mercado con
productos de calidad. Ahora hay un nivel de actores, de
escenógrafos, de iluminadores, muy bueno y toca ponerlo en
juego en trabajos de calidad, de forma que les merezca la pena
como reto personal y profesional. Creo que hay mucho
entusiasmo, ganas y calidad. Yo, al menos, tengo mucha
ilusión.
–Y el espectador ¿está también preparado para
asimilar este tipo de obras? –Sí, pero también es esa
nuestra responsabilidad: provocar esta aceptación, yo al menos
así lo vivo porque creo que estar en el teatro es un
privilegio, una oportunidad única. Ahora hay un nivel cultural
en España importante, y si el espectador ve un buen trabajo,
hecho con rigor, lo va a entender perfectamente. ¿Por qué
vamos a dar por hecho que el público no va a entender los
textos más difíciles?
Obra de madurez –¿Por
qué La Tempestad? Ha sido poco frecuentada, creo que la
versión más reciente la hizo Bieito. –Yo no la he visto
nunca. Después de Sueño de una noche de verano, en
1992, me planteé hacerla, quizá porque ambas son muy
fantásticas. Pero, afortunadamente, me di cuenta de que no
estaba preparada para entenderla. Mi energía era más juvenil y
una obra como La Tempestad es la reflexión de toda una
vida, requiere aprender ciertos aspectos de la madurez del ser
humano. Ahora han pasado doce años y creo que he aprendido
cosas que entonces no sabía. Y luego, es un reto.
–¿En
qué sentido? –Primero, porque como ha dicho, no es una obra
frecuentada, es difícil de montar; luego, tiene aspectos de la
temática que los encontraba muy asociados al mundo de hoy: el
tema de la apariencia y la realidad que está en la obra desde
el principio es un asunto muy de nuestros días en los que nos
reconocemos más en lo virtual que en lo real. Por otro lado,
cuando Shakespeare la escribió se planteaba ya la destrucción
de la Naturaleza, incluso de la humana, también un tema muy
actual. Por último, me dejó fascinada la teatralidad del
texto: en una isla concentra un complot para usurpar el poder,
las actuaciones grotescas de los tres cómicos, lo lírico de
Romeo y Julieta, lo mitológico... Es una visión de
síntesis muy brutal, cómo entra y sale en cada uno de estos
asuntos. Es la obra más sorprendente de
Shakespeare.
–Cuando habla de la destrucción de la
Naturaleza, ¿lo dice desde un punto de vista
ecologista? –No. Lo que digo es que hoy la búsqueda de la
felicidad se hace cada vez más antinatural, tenemos la
tendencia a deshumanizarlo todo, a ambicionar una felicidad
abstracta, a no entender los sentimientos más humanos, de
forma que nos creemos más la realidad virtual de lo que
deseamos ser que la que vivimos.
–¿Y no le parece
sorprendente la idea del mal que tiene Shakespeare? ¿No cree
que distorsiona con la que hoy se tiene en nuestra sociedad?
Él viene a decirnos que el mal existe en la naturaleza humana,
no tiene una explicación sociológica como hoy le
damos. –Sí, ha sido también un descubrimiento para mi. Yo
creo que le damos explicaciones sociológicas, psicologistas o
siempre hay algo, una razón educativa, que lo explique. Pero
ahí tenemos a Calibán.
La encarnación del
Mal –Calibán es la encarnación del mal, un personaje
hijo de una bruja, “un diablo por su nacimiento, sobre cuya
naturaleza nada puede obrar la educación”, dice
Próspero. –Si, nos cuesta aceptar la existencia del mal
como parte de nuestra naturaleza. Frente a ese ideal del buen
salvaje, creo que es aceptar mucho de las limitaciones
humanas. Y este aspecto no lo entendía cuando hice Sueño de
una noche... mi visión del mundo era más ingenua, por
carácter, por edad, y de repente hay que aceptar que no te
quiere todo el mundo. El mal existe y es una justificación
vanidosa de nuestro tiempo decir lo contrario. ¡Estamos
tentados a vernos tan buenos que nos cuesta creer que tenemos
sentimientos oscuros!.
–Pero la receta de Shakespeare,
al menos en esta obra, es perdonar. – Se ha venido haciendo
una interpretación cristiana de la obra. Nosotros hacemos una
interpretación moral, pero la gran pregunra de esta obra es
cómo la cierras: a Próspero lo han encerrado en la isla y
acaba perdonando a los que lo hicieron. Pero le cuesta
perdonar, da gritos de dolor cuando tiene que hacerlo. Toda la
obra gira en torno al perdón de Próspero.
–Próspero es
un gran personaje: nigromante al que usurpan su ducado por
estar siempre enfrascado en sus libros. ¿Cómo es el Próspero
que interpreta Barea? –Shakespeare era conocedor del mundo
mágico y en aquel momento había un debate entre la ciencia y
la magia que él gustaba de parodiar. Este Próspero tiene que
ver con este debate. De una forma muy estilizada hemos situado
la obra en el siglo XX; no nos interesaba tanto presentar un
mago como una persona que se cree poseedor de la verdad, e
incluso un poco inmortal, pues cree que la verdad la va a
descubrir estudiando. Él pretende ser conciencia de nosotros y
lo que le ocurre es que acaba recuperando su propia
conciencia. Su sentido de la libertad pasa por aceptar lo que
somos: limitados, con sentimientos oscurísimos... Y, en ese
sentido, es una obra que habla de la libertad.
–Usted
va a ser una de las personas en las que se va a apoyar el
nuevo director de la Compañía Nacional de Teatro Clásico,
Eduardo Vasco. ¿Qué le ha encargado? –Todavía no puedo
adelantar nada porque estoy en conversaciones para hacer un
espectáculo que se estrenaría en enero del próximo año.
Estamos pensando en una obra rara, casi de disidencia para la
época. Uno de los objetivos de Vasco es que la Compañía
rescate textos nuevos que el público desconoce.
–Y
¿después? –Un ambicioso proyecto de volver a Shakespeare
para montar Coriolano, en Salamanca, la ciudad en la
que nací. En el 2005 se celebran los 250 años de la
construcción de la Plaza Mayor y me han encargado un
espectáculo cuya escenografía sea esta hermosa
plaza.
Liz PERALES
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