Rompió convenciones con su “antiteatro”e
hizo de la angustia ante el absurdo de la
existencia una de sus grandes preocupaciones.
Eugène Ionesco vuelve a la actualidad gracias al
ciclo que la sala Lagrada de Madrid inaugura en el
mes de enero con El rey se muere, Las
sillas y La lección. El poeta y crítico
Jaime Siles analiza los principales temas de su
obra.
El estreno de La cantante calva de Ionesco
generó lo que –con un término acuñado por el crítico
Alfredo Marqueríe y puesto en más amplia circulación por
el crítico inglés Martin Esslin, que fue su más potente
altavoz– se dio en llamar “teatro del absurdo”, algo
que, en cierto modo, estaba ya en Los medios seres de
Ramón Gómez de la Serna y, de manera mucho más clara, en
Mihura, en Tono y en Jardiel; algo que algunos ven,
prefigurado ya, en el “teatro de la crueldad” de Artaud
y de Ghelderode, y que otros relacionan con el
existencialismo de Sartre y de Camus; algo que algunos
consideran fruto de la situación histórico-política de
los años cincuenta, y que otros juzgan consecuencia
directa del estado de quiebra de nuestra sociedad
occidental.
Laín Entralgo percibía en El
rinoceronte de Ionesco “una importante tesis
antropológica y ética”: nada menos que “el cumplimiento
del deber de ser hombre” y “el imperativo de aceptar a
todo riesgo la condición humana”, que es lo que exige el
drama de nuestra libertad. Laín contextualizaba El
rinoceronte en ese miedo sentido por la sociedad
occidental “ante la posibilidad de que una planificación
de la vida política y social [...] impusiera al género
humano la ejecución de un conjunto de actividades
totalmente predeterminadas por los titulares del
poder”.
José María de Quinto –que reseñó, en
“Ínsula” de febrero de 1965, el estreno en el María
Guerrero de El rey se muere, en versión de Trino
Trives, y con María Dolores Pradera y José Bódalo como
intérpretes– definió esta obra como “una tragicomedia
monosituacional”, integrada “por elementos grotescos,
esperpénticos e irónicos”, en la que reconoce su alto
grado de conformista ambigüedad: un “no querer
comprometerse con nada ni con nadie” que le parece “el
signo predominante de todo el teatro de Ionesco”, en el
que advierte “un concepto ahistórico de la existencia” y
una frivolidad ejercida “en detrimento de las
posibilidades trágicas”. Valora –eso sí– su revolución
formal, pero critica su carácter inocuo. Algo no muy
distinto viene a decir de La lección, dirigida
aquel mismo año por Jaime Azpilicueta e interpretada por
el Teatro Español Universitario de San Sebastián. Para
José María de Quinto la vanguardia teatral del siglo XX
es una extensión del gran teatro naturalista del XIX:
tanto la soledad y la incomunicación, como la
mecanización e insuficiencia del lenguaje estaban ya,
según él, formalizados, antes que en Adamor y en
Ionesco, en Strindberg, en Chejov y en Ibsen, cuyos
temas eran “las contradicciones de una burguesía recién
aposentada”, cuya crisis sigue reflejando el teatro de
vanguardia, aunque en otra fase de su desarrollo
posterior. Creo que el análisis de De Quinto es muy
correcto, y que esa relación que describía es la misma
que hace que Ionesco vuelva a ser representado hoy,
cuando la burguesía vuelve a sentir las contradicciones
de su sistema y la crisis de su identidad.
El
antiteatro de Ionesco es menos radical que el de
Beckett, y menos subversivo también. Ionesco cree que
hay que aceptar el mundo tal cual es, y nos lo
representa en el espejo de su absurdo. Pero este absurdo
no deja de llevar implícita una peligrosidad que Max
Frisch no sin ironía censuraba: “Si yo fuera dictador,
sólo dejaría representar obras de Ionesco”, decía.
En esta temporada suben a los escenarios de
Madrid tres obras suyas: Las sillas, El rey se
muere y La lección. El espectador que asista
a ellas tendrá que someterse a un juicio íntimo y
secreto: el de ver en lo representado o una crisis de la
representación o una quiebra de su personalidad. Y, en
ese juicio, él –y no Ionesco– será tanto parte como
juez. El llamado “teatro del absurdo” sirve, sobre todo,
para esto: para poner a prueba la débil maquinaria del
yo, y la de la sociedad con ella.