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Jan Fabre “No creo en las modas, sino
en Artaud, la palabra y el
movimiento”

Jan Fabre ha conseguido lo
que sólo los artistas con un estilo radicalmente
personal y diferente logran: toda una cohorte de
imitadores. Creador de un mundo estético que
bebe de la pintura flamenca y del estudio del
comportamiento de los animales, Fabre lleva más
de dos décadas creando su propio lenguaje
artístico ya sea a través de coreografías, obras
de teatro, esculturas, películas y dibujos. El
belga ha renovado el término performance y se ha
colocado en primera línea de la vanguardia
teatral. Eso significa que no siempre sus obras
han sido entendidas por crítica y público, y sus
detractores son tan numerosos como sus
seguidores. El artista llega al Festival de
Otoño de Madrid el 19 de octubre para presentar
en la Cuarta Pared Cuando el hombre principal
es una mujer, un sólo de danza contemporánea
sobre la fuerza de la mujer interpretado por la
bailarina Lisbeth Gruwez.
Metamorfosis. Esa es una de
las ideas que vertebran toda la obra de Jan
Fabre. La transformación del cuerpo humano y,
sobre todo, animal. Y del alma. En Cuando el
hombre principal es una mujer el cambio que
sufre en escena la bailarina Lisbeth Gruwez es
contrario al que ya experimentó en Mientras
el mundo necesite un alma de guerrero, obra
de 1999 en la que trabajó por primera vez con el
director y donde sufría una transformación
escénica de mujer a hombre. En Cuando el
hombre... de nuevo la bailarina sola,
integrada en una escenografía orgánica que cobra
en manos del belga un sentido metafórico y
ritual, sufre la transformación
inversa.
–Cuando el hombre principal
es una mujer es un nuevo solo en el que otra
vez el intérprete es una mujer. ¿Qué nuevas
ideas respecto a My movements are like
Streetdogs y Mientras el mundo necesita
un alma de guerrero podemos encontrar
aquí? –Todo surge de una imagen, la de una
mujer a la que da cuerpo Lisbeth Gruwez, que se
alza como metáfora de una sociedad matriarcal.
Gruwez, magnífica bailarina con la que trabajé
hace cinco años, era la persona que necesitaba
para este proyecto. Ella tiene un aspecto
andrógino necesario para la idea que quería
representar de cambio, de metamorfosis. Esta
obra habla del poder de la mujer, de su fuerza,
y del tenso vínculo entre hombre y mujer. En una
época en la que las empresas están acabando con
los bosques, para mí el aceite es la sangre de
la tierra, la esencia de la vida. Por eso he
“untado” el escenario y a la bailarina en
aceite. Esa imagen está inspirada en los
trabajos de Yves Klein, que utilizaba el cuerpo
humano como una enorme brocha
viviente.
–Las mujeres y los animales
parecen ser los mejores intérpretes de sus
obras... –Todo conduce a los animales porque
todo tiene una parte animal. Los humanos son
animales y los animales pueden ser a veces más
humanos que los hombres. Son un ejemplo de vida
y mi fuente de inspiración. Sus movimientos han
inspirado este solo y muchas de mis obras.
Además constituyen una buena metáfora de la
sociedad matriarcal.
–Tanto los animales,
como el cuerpo humano están muy presentes en sus
obras escénicas y plásticas. ¿Qué significados
tienen para usted? –El cuerpo humano es un
campo de libertad creadora,un auténtico
laboratorio donde se producen procesos químicos
sorprendentes; ¡la propia carne es un traje
maravilloso! Los animales son los doctores y
filósofos más importantes. La forma en que se
mueven, sus técnicas de supervivencia, su
organización social, sus hábitos sexuales... son
realmente un ejemplo del que tenemos que
aprender aún muchas cosas.
Con sus
primeras obras, Fabre (Amberes, 1958) ya era
vanguardia incluso para la vanguardia. En 1982
dejó clara su idea del arte escénico en Es
teatro, tal como cabe esperar y prever donde
estableció su propio código artístico, que fue
una auténtica provocación para la época. Desde
entonces y con su compañía Troubleyn ha fundido
teatro, danza y artes plásticas en títulos como
Iconos brillantes o la polémica Yo soy
sangre, su obra más representativa, un poema
visual que estrenó en el Festival de Aviñón de
2001 que muchos calificaron de “orgía de sexo y
sangre”.
–Usted es coreógrafo, director
de escena, artista visual... Parece que los
conceptos teatrales tradicionales se le quedan
pequeños... –[Encendiéndose un cigarrillo] Yo
me denomino “observador de la belleza”, y de eso
se nutren mis textos, mi obra escultórica, mis
performances... No me gusta el término
multidisciplinar, yo me considero un “artista
conciliador” porque todo el arte está
interrelacionado y yo sólo me encargo de seguir,
conciliar e investigar esos caminos que unen la
danza con la pintura, la música con la
escultura, etc.
El modelo
anatómico –¿Su visión de la danza y del
teatro influye en su trabajo plástico y
viceversa? –No es que se influyan sino que
forman parte del mismo todo unitario, de esas
relaciones de las que le hablaba hace un
momento.
–¿Cree que la imagen, en la
actualidad, es más poderosa que la palabra, que
llega a más gente y es más convincente? –No,
en absoluto, si lo creyera así no escribiría
textos. Todo depende de la fuerza de las ideas
que haya detrás de esa imagen o de esa palabra,
pero una imagen por sí misma no vale nada. En mi
caso, todo gira en torno al cuerpo, la anatomía,
y el espíritu. Pero siempre busco la belleza.
–Usted se ha situado a la cabeza de la
resucitada performance, que debe mucho a
los accionistas vieneses y que está tan de moda
entre los jóvenes creadores europeos. ¿Esta moda
acabará con el teatro de texto?¿Cree que la
performance llega a un mayor público que
el teatro tradicional? –[Larga calada al
cigarro] Eso depende de muchas cosas. Yo no creo
en modas, creo en Artaud, en el texto, en los
movimientos del cuerpo. Para mí la palabra tiene
el mismo valor que la danza, que el movimiento,
que lo visual...
–En España el director
Rodrigo García realiza un trabajo que él mismo
afirma que está muy influido por sus obras. ¿Ha
visto alguno de sus montajes? –No, pero a él
le conocí hace poco.
–¿De dónde viene su
aliento creativo? ¿Recuerda cuándo y cómo nació
el Jan Fabre artista? –¡Claro! lo recuerdo
perfectamente. Yo tenía 16 o 17 años cuando un
día en mi casa, aprovechando que mi madre estaba
fuera, empecé a hacer pinturas de animales, de
partes del cuerpo, a las que le fue añadiendo
distintos elementos, como alas de insectos,
ropajes... como si de un Frankenstein se
tratase.
–La cultura oriental parece
influir cada vez más en creadores de Europa y
América como Robert Lepage, Peter Brook, Bob
Wilson, etc. Sin embargo, usted ha escapado a su
influjo. ¿Cuáles son sus referencias
artísticas? –Toda la pintura flamenca, desde
Van Eyck hasta Vermeer, El Bosco...
–Usted ha colaborado con artistas como
John Berger. ¿Qué tipo de relación se da entre
ustedes? –John Berger es un gran filósofo y
escritor. Nos admiramos mutuamente y de eso se
nutren también nuestras obras.
DE
FRANCISCO,
Itzíar |