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Centenario del nacimiento de Enrique Jardiel
Poncela |
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El teatro de Jardiel en el año de su centenario Dos tópicos que convendría discutir Eduardo Pérez-Rasilla ADE-Teatro, nº 86, VII-IX-2001, pp. 70-85 |
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Ya se sabe que cuando el tópico se instala en la sociedad es muy
difícil de erradicar. De nada sirven los razonamientos o los datos. La
opinión se muestra pertinaz en la defensa de lo que un día escuchó o leyó
y no sometió a crítica. Y, cuando alguien se atreve a revisarlo, es mirado
de forma agresiva, tratado con la displicencia que proporciona la
seguridad del ignorante. Afortunadamente, algunos de esos tópicos son
inocuos, pero en otras ocasiones esconden actitudes poco confesables y
entonces conviene combatirlos, aunque uno sepa de antemano que su empeño
está condenado al fracaso. No creo especialmente peligrosos los tópicos que se repiten sobre
la figura y la obra de Jardiel, pero el interés que siempre ha inspirado
su teatro debe movernos a salir al paso de dos de ellos, de naturaleza muy
diferente, desde luego. El primero habla de la escasa consideración que ha
merecido su obra, e insiste en que, si don Enrique hubiese nacido en
cualquier otro país occidental, tendría en él el tratamiento de gloria
patria, al contrario de lo que aquí sucede. El segundo tópico es de signo
distinto, y no hay por qué presuponer mala intención en quienes lo
invocan. Se refiere a la impermeabilidad que el teatro de Jardiel mostró
ante un acontecimiento de las dimensiones de la terrible guerra civil
española, y, consecuentemente, a las inexistentes diferencias entre las
comedias escritas antes de la guerra y las compuestas después de que ésta
terminara. Creo que ninguno de los dos es exacto. La obra teatral de Jardiel
(e incluso la obra narrativa) ha conocido un interés más que notable por
parte de lectores, espectadores, estudiosos, medios de comunicación, etc.,
a lo largo de muchas décadas, aunque, ciertamente, muchos negasen en vida
a don Enrique el pan y la sal. Pero esta obcecación no le concierne en
exclusiva. La historia de la cultura en España abunda en nombres que
pueden competir con él -y muchos con ventaja- en desatenciones e
injusticias. El lector avisado -como antes se decía- tendrá en la cabeza
más nombres de los que yo pudiera recordar. Respecto al segundo tópico -de carácter más técnico que
reivindicativo o ideológico- cabría plantear también alguna salvedad. La
obra Jardielesca mantiene una unidad esencial en cuanto a intenciones y
también en cuanto a lenguaje escénico, humor, tratamiento de personajes,
etc., pero pueden advertirse algunas notas específicas en las comedias que
se componen en los primeros años de la postguerra. Sobre todo ello
hablaremos en las líneas siguientes. Estudios y ediciones de la obra de
Jardiel La conmemoración del centenario de Jardiel Poncela (1901-1952) ha
conducido, como suele ser habitual en estos casos, a una cierta
proliferación de actividades en torno a su biografía y su obra, desde
montajes de sus textos hasta artículos y ciclos de conferencias. Todo ello
parece previsible o incluso loable, pero los centenarios tienden a oscilar
entre la reivindicación apasionada y la revisión vengativa. Los defensores
a ultranza del personaje en cuestión no sólo revalorizan la figura
conmemorada, sino que se sirven de su obra para contraponerla a la de
otros escritores, en apariencia menores, que se han visto injustamente
favorecidos por la historia o la crítica, o bien, sus detractores optan
por minimizar el prestigio del autor de turno y desvelan no sé sabe qué
ocultos defectos literarios o personales. En 1992 se celebró en la Universidad de Málaga el Congreso "Jardiel
Poncela. Teatro, vanguardia y humor", cuyas actas editó Anthropos un año
después (1)
con trabajos de numerosos especialistas, estudiosos y críticos de
reconocido prestigio: Cristóbal Cuevas, Francisco Ruiz Ramón, Roberto
Pérez, José Monleón, María José Conde Guerri, Mariano de Paco, José
Montero Padilla, Carmen Bobes Naves, Antonio Gómez Yebra, César Oliva,
Gregorio Torres Nebrera, Francisco Abad, Antonio Garrido y Laura Olarte.
En ese mismo año, Rafael Flórez, que había tratado con asiduidad al
comediógrafo, reeditó su pintoresca y apasionada biografía de Jardiel (2),
que, en 1966, había publicado Biblioteca Nueva por vez primera. Semejante
sentido apologético adquiere el ameno libro de Miguel Martín (3),
dedicado preferentemente a los últimos años de la vida del comediógrafo.
Era también esperable el tono reivindicativo en la biografía de Jardiel
escrita por su hija Evangelina (4),
en la que no faltan, sin embargo, algunas sugestivas consideraciones. La
muy interesante contribución del profesor Gregorio Torres Nebrera al
mencionado congreso sobre la obra de Jardiel ha sido recuperada, con
ligeros retoques, en el volumen que compila algunos de sus ensayos sobre
el teatro español del XX titulado De Jardiel a Muñiz. Estudios sobre el
teatro español del medio siglo (5).
La revista ADE-Teatro se ha ocupado también de Jardiel, al que
reservó un artículo monográfico, firmado por Alfonso Zurro en el segundo
número extraordinario dedicado al teatro español del siglo XX (6).
En este mismo número aparecen, por supuesto, referencias a Jardiel en los
trabajos de conjunto. Y algún tiempo antes, quien esto escribe publicó su
"Propuesta de análisis del texto: Eloísa esto debajo de un
almendro, de Jardiel Poncela" (7),
que recogía su intervención en un Seminario celebrado en el Castillo de la
Mota en junio de 1997. En el mismo número aparecía una breve, pero
precisa, crónica de Fernando Doménech, que ofrecía un extracto de la
intervención de Fernando Urdiales en el mismo Seminario y del debate
correspondiente (8).
A estos materiales habrá que añadir a partir de ahora el bloque
monográfico que se publica en el presente número. Las ediciones de la obra de Jardiel, anotadas y comentadas en
colecciones de notable prestigio, se han sucedido con regularidad. La
colección Austral venía publicando desde tiempo atrás algunos títulos del
comediógrafo, pero en 1989 edita de nuevo Eloísa está debajo de un
almendro y Los cinco advertencias de Satanás (9),
acompañadas de un estudio preliminar firmado por María José Conde Guerri,
una de las más reputadas especialistas en la obra del humorista. En 1990
Gómez Yebra publicó, con un sustancioso prólogo. Usted tiene ojos de
mujer fatal y Angelina o el honor de un brigadier (10),
esta vez en la editorial Castalia. En 1999 Austral reeditó dos de sus
títulos clásicos, Angelina o el honor de un brigadier y Un marido de
ida y vuelta, con la edición, estudio preliminar y notas de Francisco
Javier Díaz de Castro y un apéndice de Almudena del Olmo Iturriarte (11).
En el año 2000 editó por vez primera otros dos títulos emblemáticos del
comediógrafo: Cuatro corazones con freno y marcha atrás y Los ladrones
somos gente honrada (12).
Biblioteca Nueva ha reeditado primorosamente algunos de los volúmenes que
agrupaban las comedias de Jardiel (13).
En 1989 Medardo Fraile editó una antología (14)
de piezas breves escritas en torno a la década de los cuarenta. En ella
incluyó un texto de Jardiel: El amor del gato y del perro. Habría
que añadir a esta lista la edición de las novelas (15)
de Jardiel publicadas en Cátedra, también con amplios y substanciosos
estudios preliminares, y en Biblioteca Nueva. Edhasa edita sus Máximos
mínimas y otros aforismos. Otras colecciones han asumido también la
tarea de reeditar algunos de sus textos emblemáticos. Por ejemplo, en
1986, se había reeditado Usted tiene ojos de mujer fatal (16),
y, en 1988, La Avispa publicó Los ladrones somos gente honrada (17),
en una edición popular y sin notas. En 1992 Vicens Vives prepara una
cuidada edición escolar de Cuatro corazones con freno y marcha
atrás (18).
Esta misma editorial publicó en 1995 una edición semejante de Eloísa
esta debajo de un almendro (19).
En este 2001 el Teatro Español ha preparado una edición -también sencilla
y carente de comentarios a pie de página- de Eloísa esta debajo de un
almendro (20),
con motivo de su puesta en escena. La presencia de Jardiel es abundante en los estudios de conjunto
más prestigiosos, tanto en manuales, como artículos panorámicos. Entre
aquellos pueden destacarse los de Oliva (21)
y García Ruiz (22),
pero los ejemplos podrían multiplicarse. Por lo demás, esta abundancia
bibliográfica sobre la obra de Jardiel tampoco es nueva, si bien es cierto
que, hasta hace poco más de una década, buena parte de sus textos
resultaban casi ¡nencontrables. Pero no faltaban monografías sobre su
obra, como la ya citada de Flórez -quien había compuesto también el libro
de dedicado a Jardiel para la colección de EPESA (23)-,
o los trabajos de Marqueríe (24)
, Bonet Gelabert (25),
Ariza Viguera (26),
Escudero (27)
o Conde Guerri (28),
encomiásticos y llenos de entusiasmo los primeros, y más reflexivos y
críticos los dos últimos. El de Conde Guerri, constituye, desde luego y
todavía hoy, el trabajo más sólido sobre la obra del
comediógrafo. No faltó tampoco un bloque monográfico dedicado a Jardiel en el n.4
de la revista Teatro (1953) ni en la entonces incipiente revista
teatral Primer acto (n. 3, 1957). Dos décadas más tarde, Medina
Vicario publica un artículo en Reseña con motivo del XXV
aniversario de la muerte de Jardiel (30).
En este año del centenario, el Teatro Español ha proyectado un ciclo de
conferencias sobre el comediógrafo y está previsto también un monográfico
sobre Jardiel en los cursos de verano que la Universidad Complutense
organiza en el Escorial. Durante los días en que se redactan estas líneas
se celebran unas mesas redondas en el Círculo de Bellas Artes moderadas
por Rafael Flórez y Antonio D. Olano. En cuanto a la edición de sus textos, Biblioteca Nueva publicó
durante los años treinta y cuarenta, veintidós de sus comedias, agrupadas
en ocho volúmenes (31),
algunos de los cuales conocieron reediciones numerosas. Estos libros están
impresos de manera cuidada y hasta primorosa, y ofrecen además del texto
de las comedias, los sugestivos y provocadores prólogos que escribía el
propio Jardiel, y, en ocasiones, otros materiales. Se incluyen también los
repartos del día del estreno. Biblioteca Nueva editó también otros
escritos del autor, agrupados en volúmenes diferentes, entre ellos sus
cuatro novelas extensas y algunas recopilaciones de trabajos
breves. En 1940 la editorial Cisne publica algunos textos de Jardiel, como
Cuatro corazones con freno y marcha atrás, Carlo Monte en Monte
Carlo y Las cinco advertencias de Satanás (32),
y Los ladrones somos gente honrada (33).
En torno a 1941 Biblioteca Teatral publica una edición de Los ladrones
somos gente honrada (34)
. En 1949 Aguilar publica una edición de Obras escogidas (35)
de Jardiel que no he podido consultar. Entre ellas figuran Cuatro
corazones con freno y marcha atrás o Usted tiene ojos de mujer
fatal. En 1955 la misma editorial Aguilar publicó las tres últimas
comedias editadas por Jardiel (36).
Los tigres escondidos en la alcoba conoció otra edición de bolsillo
y de carácter popular (37).
La colección Austral reedita periódicamente un volumen que incluye
Eloísa está debajo de un almendro y Las cinco advertencias de
Satanás (38)
y otro que recoge Angelina o el honor de un brigadier y Un
marido de ida y vuelta (39). En 1958 A.H.R. había publicado, primero en México y luego en
Barcelona las obras completas de Jardiel (40).
A lo largo de las décadas centrales del siglo, Escelicer publicó numerosas
comedias de Jardiel en ediciones sueltas (Por ejemplo, Eloísa estÁ
debajo de un almendro en 1952; Angelina o el honor de un
brigadier, en 1968; Los ladrones somos gente honrada, Los
habitantes de la casa deshabitada, o Madre, el drama padre en
1969) y le dedicó un volumen de Teatro selecto (41)
como solía hacer con los dramaturgos que le parecían más representativos.
En 1969 Eloísa está debajo de un almendro fue incluida en la
popular colección de RTV (42).
Esta comedia aparece también en dos ediciones en las que no figura el año,
pero que deben de ser anteriores a las fechas a las que nos referimos (43).
En Novelas y cuentos se publicaron también Los ladrones somos gente
honrada (44).
Los habitantes de la casa deshabitada (45)
y Cuatro corazones con freno y marcha atrás (46).
Hay otras numerosas ediciones sueltas de múltiples comedias de Jardiel.
Tengo noticia de Una noche de primavera sin sueño (47),
Margarita, Armando y su padre (48),
Usted tiene ojos de mujer fatal (49),
Angelina o el honor de un brigadier (50),
Un adulterio decente (51),
Las cinco advertencias de Satanás (52),
Un marido de ida y vuelta (53),
El amor sólo dura 2.000 metros (54)
y El sexo débil ha hecho gimnasia (55).
Hay también una edición que incluye Eloísa está debajo de un
almendro y la pieza corta A las seis en la esquina del bulevar
(56).
Probablemente hubo otras ediciones populares de comedias de Jardiel
durante estas décadas. No aspira este recorrido a ser exhaustivo, pero creo que es suficientemente revelador de que la obra de Jardiel ha recibido cumplida atención por parte de los medios editoriales, periodísticos, universitarios, y, como ahora veremos, propiamente teatrales. Su obra ha interesado a investigadores y a las gentes de la escena, a editores y a periodistas, al público y a la crítica. No veo demasiado sentido a los tópicos lamentos sobre el desinterés por la obra jardielesca. Se trata de uno de los escritores de la literatura dramática del siglo XX que ha generado una mayor atención -cuantitativa y cualitativa- en España, por detrás, desde luego, de los Valle, Lorca o Buero, pero por delante de casi todos los demás. Hoy disponemos, en colecciones asequibles y de calidad, de, al menos, una docena de las comedias de Jardiel y de todas sus novelas, además de otros escritos. Muchos de esos títulos, además, pueden encontrarse en diversas ediciones, tal como hemos señalado.
Sus estrenos se celebraron en los más prestigiosos teatros
madrileños y muchas de sus comedias giraron por otras ciudades españolas y
ocasionalmente por América, aunque, por motivos diversos y complejos, los
resultados de la gira americana fueron lamentables. Sobre este asunto se
ha hablado abundantemente en casi todas las biografías dedicadas al
dramaturgo y a ellas remito al lector interesado. El propio Jardiel se
constituyó en empresario en diversas ocasiones y recuperó algunas de sus
comedias para llevarlas en giras que él mismo organizó. Consecuentemente,
pudieron ser vistas por amplios sectores del público
español. Los estrenos de Jardiel en Madrid casi siempre generaron polémica,
pero esto no era sino un indicio y una consecuencia de su popularidad y de
la expectación que despertaba su escritura teatral. Algunas de sus
comedias obtuvieron éxitos rotundos y otras fracasos igualmente sonoros,
pero nunca pasaron inadvertidas. Jardiel conoció un período de esplendor
que ocupó la década de los treinta y, sobre todo, los primeros años
cuarenta, con la excepción de El amor sólo dura 2000 metros, que
fue recibida con hostilidad. Pero esta incomprensión del público hacia la
comedia se compensó sobradamente con el éxito apoteósico de títulos como
Usted tiene ojos de mujer fatal, Cuatro corazones con freno y marcha
atrás, Un marido de ¡da y vuelta, Los ladrones somos gente honrada, Los
habitantes de la casa deshabitada, etc. Durante los últimos años de su
vida conoció, como es sabido, los más amargos fracasos, que contribuyeron
no poco a su enfermedad y a su muerte. Sabemos también que estos fracasos
no fueron consecuencia exclusiva de una reacción espontánea de los
espectadores, sino que intervinieron en ellos oscuros intereses y turbias
y mezquinas actitudes de un sector de la crítica y del público. Algunas de
las anécdotas al respecto que han llegado hasta nosotros son
espeluznantes. Después de su muerte se produjeron algunas reposiciones de sus
comedias, por ejemplo de Los habitantes de la casa deshabitada o de
Los ladrones somos gente honrada. Pero la más brillante fue, sin
duda, la de Eloísa está debajo de un almendro, dirigida por José
Luis Alonso en el María Guerrero, cuyo estreno se celebró el 6.X.61.
Burman diseñó los decorados y en el reparto figuraban entre otros: Paloma
Valdés, Amelia de la Torre, Olga Peiró, Rosario García Ortega, Laly
Soldevilla, José Bódalo, Manuel Gómez Bur, Antonio Ferrandis, José Vivo,
José Luis Lespes o Alfredo Landa. Además se llevaron al cine otros textos no teatrales de Jardiel y
el autor realizó también guiones sobre textos no escritos por él. Sin
embargo, las versiones cinematográficas de sus comedias en general han
sido menos exitosas que sus puestas en escena o que sus adaptaciones para
la televisión, que también han sido frecuentes. Y, ciertamente, la
presencia de Jardiel en el cine parece ya agotada desde hace casi tres
décadas. No ocurre lo mismo, sin embargo, con su presencia en los
escenarios, que ha continuado -o incluso se ha intensificado- a lo largo
de estos años. Durante la década de los ochenta se reponen en Madrid al
menos seis comedias de Jardiel y desde entonces se mantiene una cierta
continuidad de Jardiel en los escenarios. El 28.VIII.80 se monta en el Infanta Isabel Los habitantes de la
casa deshabitada, dirigida por Mará Recatero, que contó con Antonio
Garisa y Amparo Baró en el reparto y una buena acogida por parte del
público.
El 19.IX.85 se exhibió en el Centro Cultural de la Villa Los
ladrones somos gente honrada, dirigido por Ángel Fernández Montesinos.
Alfonso Barajas firmaba la escenografía y los figurines, y en el amplio
reparto aparecían nombres como Antonio Garisa, Vicente Parra, María
Garralón, Charo Soriano, Enrique Ciurana, Mari Begoña, Gracita Morales,
José Cerro, José Luis Sáiz y Julián Navarro. En el programa figuraba un
animoso texto firmado por Enrique Tierno Galván, alcalde de la ciudad en
aquella fecha. Las opiniones de la crítica sobre el montaje fueron
diversas, pero, en líneas generales, valoraron muy positivamente este
texto ya clásico de Jardiel.
El 3.III.92 sube al escenario del Teatro Albéniz Tú y yo somos tres, dirigida por Ángel Ruggiero, con escenografía y vestuario de Ramón S. Prats. El espectáculo se concebía como un remedo deliberadamente tosco del estilo de los cuarenta. Entre sus actores figuraban Natalia Dicenta, Ángel de Andrés, Paco Peña, Gaspar Cano, Paco Barbero, Mercedes Alabau, etc. En mayo de 1996 se retomaba en el Español la opereta Carlo Monte
en Monte Carlo, con música de Jacinto Guerrero, dirigida por Mara
Recatero, quien se ocupó también del vestuario, y quien dispuso de medios
generosos, como suele ocurrir con los montajes del Español. De la
escenografía se encargó Alfonso Barajas. Y entre los actores figuraban
Juan Carlos Naya, Lola Baldrich , Raúl Sender, Eva Sancho, Julia Trujillo,
Raquel Esteve, Roxana Esteve, Flavia Zarzo, Pilar del Río, Félix Navarro,
etc. El montaje permaneció en cartel durante toda la
temporada. El 25.VI.98 se repone, también en el Teatro Español, Los
habitantes de la casa deshabitada, con dirección y vestuario de Mara
Recatero y con escenografía de Gil Parrondo. En el reparto figuran nombres
como José Sazatornil, Juan Carlos Naya, Juan Meseguer, Pepe Sanz, Ana
María Vidal, Manuel Gallardo, Julia Trujillo, Paloma Paso Jardiel y
Antonia Paso. Su permanencia en el teatro fue también extraordinariamente
prolongada.
La celebración española del día mundial del Teatro del presente año
escogía también a Jardiel para festejarlo y el 27.III.2001 se presentaban
en el Teatro de la Comedia de Madrid fragmentos y piezas cortas del
comediógrafo en un montaje para la ocasión que dirigía Joaquín Vida,
interpretado por actores y por otras personas vinculadas al teatro
profesional. El Centro Dramático Nacional proyecta para finales de junio el
estreno de Madre (el drama padre), dirigida por Sergi Belbel y con
Blanca Portillo como protagonista. Se habla también de una reposición de
Una noche de primavera sin sueño. Y hay otros muchos espectáculos
basados en textos de Jardiel para este año en el que se cumple el
centenario de su nacimiento. Aunque tampoco este recorrido sea exhaustivo, sí parece suficiente
para mostrar cómo la literatura dramática jardielesca está presente de
forma asidua en los escenarios, es decir, forma parte del repertorio del
teatro español. Teatros privados y teatros institucionales (además de los
grupos de aficionados a lo que no hemos hecho referencia por falta de
información suficiente) han acogido su montajes. Muchos de los actores más
significativos de la profesión han representado sus textos. Ciertamente
durante estos últimos años puede asociarse la figura de Jardiel al Teatro
Español y a su directora adjunta, Mara Recatero, y al elenco de actores
que habitualmente trabajan en aquel escenario, y, antes, a esta misma
directora, cuando estaba establecida en el desaparecido Teatro Maravillas.
Pero han sido muchos otros directores -y actores, por supuesto- quienes en
teatros diferentes han elegido a Jardiel como propuesta textual para sus
espectáculos: Ángel Fernández Montesinos, Ángel Ruggiero, Antonio Guirau,
José Carlos Plaza, José Osuna, Joaquín Vida, Sergi Belbel, etc., conforman
una lista amplia de directores con criterios estéticos y trayectorias muy
diferentes. Efectuado este rápido repaso resulta difícil concluir, como tantas
veces se ha dicho, que Jardiel no ocupa el lugar que le corresponde o que
no ha sido suficientemente considerado por la profesión teatral, el
público y la crítica. No sólo se trata de uno de los escritores más
populares, sino también de uno de los más respetados por gentes de
criterios ideológicos y estéticos distintos y, además, uno de los
dramaturgos que más estudios y ediciones ha generado. Ciertamente, y como
sucede con tantos creadores artísticos, todavía quedan lagunas en torno a
su obra. Se ha hablado de la falta de una nueva edición de las obras
completas y de la atención a comedias más descuidadas hasta el momento. O
también de la necesidad de emplear criterios distintos -más innovadores y
arriesgados- en los montajes de los textos Jardielescos. No faltan razones
para defender estas sugerencias, pero el balance es muy favorable a la
figura del comediógrafo. El teatro de Jardiel antes y después de la
guerra El segundo de los tópicos a que me refería insiste en un Jardiel
ajeno por completo a la guerra civil y a sus consecuencias, de tal modo
que las comedias anteriores al 36 no presentarían diferencias esenciales
con las posteriores al 39. Si bien existe una unidad de tono y de estilo
en la obra de Jardiel, dominada por la ironía y escepticismo, combinados
estos factores con una actitud idealista y aristocratizante, es posible
advertir algunos rasgos específicos -muy significativos por cierto- en las
comedias escritas en la primera postguerra. Posiblemente es ésta además la
razón más importante por la que Jardiel resulta desde entonces hasta hoy
el dramaturgo más representativo de la década de los cuarenta, en la cual,
y hasta la irrupción de Buero, que no se produce hasta el 49, no parece
contar con rival ninguno. Jardiel comienza por escribir unas comedias con fuerte
personalidad, en las que fácilmente advertimos sus principales obsesiones
dramáticas. Las relaciones eróticas son el motivo dominante en la mayoría
de ellas. Unas relaciones que se vierten en un lenguaje teatral en el que
se combinan la sublimación y el eufemismo estilizante con una notable
dosis de desenfado o de cinismo, que las alejan, desde luego, de la
ortodoxia social o moral de los sectores más conservadores. La
desmitificación del amor y la fatalidad del deseo dibujan el paisaje por
el que deambulan las parejas del primer Jardiel. Sus personajes hablan en
un lenguaje ingenioso e hiriente, adecuado para una comedia en la que es
perceptible la influencia de la agudeza wildeana y benaventina, aunque sin
la actitud moralizante que impregna la escritura de este
último. Jardiel pretendió romper con los mediocres y convencionales cánones
de la moralidad burguesa y lo hizo desde el espíritu aristocratizante que
siempre le caracterizaría, heredero del decadentismo finisecular,
vitalista, sensual e irreverente, que apunta ya hacia la dislocación de la
vanguardia, una vanguardia muy tamizada paradójicamente por la obligación
de supeditarse a las buenas maneras y al buen gusto, del que nunca se
separará Jardiel. Ya en su primera comedia, Una noche de primavera sin
sueño, podemos leer un esbozo de su programa de escritura teatral, que
algunos después confundirían con el absurdo, cuando está relacionado con
un singular concepto de la extravagancia. Tendremos ocasión de
comprobarlo. La acción de la comedia se sitúa en una alcoba conyugal en la
que una pareja se encuentra en la que parece la discusión
definitiva:
En este mundo en el que se desarrollan las comedias de Jardiel, lo único que resulta intolerable es la vulgaridad:
Es bien sabido que estas rupturas resultan sólo relativas o
aparentes, porque el comediógrafo se preocupará casi siempre de ofrecer
desenlaces justificados y hasta cierto punto tranquilizadores, como le han
reprochado casi todos sus críticos. Pero no pueden pasar inadvertidas
estas actitudes transgresoras y burlescas respecto a las convenciones
morales y sociales del amor al uso. Cuatro corazones con freno y marcha atrás, su comedia más
compleja y ambiciosa anterior a la guerra civil, se presenta como un
ejercicio humorístico futurista, próximo a la ciencia ficción, pero este
marco sirve de nuevo para el tratamiento heterodoxo de lo amatorio. Así se
nos muestra a dos personajes que viven durante decenios en adulterio,
aunque no sean conscientes de ello; se hacen comentarios despectivos del
matrimonio (como, por otro lado, es frecuente en la obra entera de
Jardiel); se desmitifica burlescamente el concepto del amor eterno,
convertido aquí en puro tedio, y se juega de nuevo con el incesto. Además,
y como sucedía en las piezas anteriores, la comedia se caracteriza por la
exaltación sensual, amenazada siempre por el peligro del aburrimiento. La
muerte a que se hace referencia es una muerte aludida y tópica, no
dolorosa en ningún caso, convertida en un principio de situación cómica
muy frecuente -la venganza postmortem-y, al cabo, en ocasión de
felicidad para el protagonista. Estos conceptos de la vida no desaparecen totalmente en la segunda
etapa de su producción literario-dramática, pero advertimos una notable
dosis de prudencia en su tratamiento y también la presencia de nuevos
motivos y referencias. La muerte, aplazada y vencida en Cuatro
corazones con freno y marcha atrás, esquivada en El cadáver del
señor García y obviada en casi todas las comedias restantes, irrumpe,
decidida y brutal en algunos de los textos más significativos de la
primera postguerra. Tras la opereta Carlo Monte en Monte Carlo,
inspirada por el vitalismo anterior al conflicto bélico, como si hubiera
sido escrita desde la inercia, Jardiel compone Un marido de ¡da y
vuelta, que inicialmente llevaba la palabra muerto en el título: Lo
que le ocurrió a Pepe después de muerto. Ciertamente también El
cadáver del señor García incluía una palabra tabú en el título, pero
la falsedad de este suicidio, el contraste entre la apariencia y la
realidad constituía uno de los motivos presumiblemente hilarantes de la
pieza. En Un marido de ida y vuelta la muerte es real, se produce
además por partida doble, es violenta en el segundo de los casos, y afecta
a personas todavía jóvenes. Aunque la tragicidad de la muerte no cobrará su verdadero relieve
hasta los textos posteriores, en esta comedia advertimos ya algunos signos
del cambio profundo que se está insinuando en el teatro de Jardiel. Por
ejemplo, la unión matrimonial entre Pepe y Leticia triunfa sobre la
muerte, según el tópico literario de hondas raíces, pero que choca
frontalmente con el desprecio y la prevención que Jardiel mostraba hacia
el matrimonio y contra el que no ahorró sarcasmos y burlas más o menos
amables. Y aún puede reseñarse un rasgo más. Un Jardiel que vivió siempre de
espaldas a la religión oficial, e incluso exhibió una conducta poco
compatible con las directrices eclesiásticas, convierte a su protagonista
en un cristiano ejemplar que, consciente de que puede morir en breve, ha
confesado y comulgado esa misma mañana (Acto I). Burgués previsor y
respetable también, ha asegurado el porvenir económico de su derrochadora
mujer mediante un eficaz seguro de vida. Jardiel no reincidirá en este
tipo de personajes y de soluciones en sus comedias siguientes, pero tal
vez se sintió obligado -quizás de un modo inconsciente- a pagar, mediante
esta especie de palinodia, un tributo a ciertos valores sociales tantas
veces transgredidos, o, simplemente a no despertar las iras de una
sociedad especialmente susceptible tras el violento trauma de la guerra
civil. Sin embargo, sí reincidirá en esa nueva consideración del matrimonio. Dejando aparte algunas bromas sarcásticas, como la que escuchamos en Los ladrones somos gente honrada:
Pero más significativo aún resulta lo que ocurre en Eloísa está
debajo de un almendro, El amor sólo dura 2.000 metros y Los
ladrones somos gente honrada, escritas en 1940 y 1941. Es difícil no
advertir en ellas los ecos de la cruenta guerra civil y la subsiguíente
represión o de la no menos terrible guerra mundial. De nuevo cabe pensar
que es el subconsciente del comediógrafo el que dicta algunos de elementos
constituyentes de unas piezas en las que el discurso teatral que
corresponde al género de la comedia puede ocultar aspectos inquietantes de
la trama o incluso del tema. Y es que, en efecto, la muerte se enseñorea
de las historias contadas en las tres piezas mencionadas. Nadie imaginaría a priori una trama de comedia basada en un
crimen particularmente brutal, a no ser que se tratara de una parodia,
algo que de ningún modo ocurre con los textos mencionados. Una sinopsis de
Eloísa está debajo de un almendro, El amor sólo dura 2.000
metros o Los ladrones somos gente honrada induciría a quien la
leyera a pensar tal vez en el drama o en el melodrama o en algún género
afín, pero no en una comedia hilarante. La amalgama de elementos utilizada
por Jardiel y el tratamiento de los materiales dramáticos resulta
sorprendente si se diseccionan las comedias y se comprueba cómo esa
acumulación ingente provoca sensaciones o impresiones generales,
teatralmente eficaces, pero no exentas de un importante grado de
confusión. Y es que la pericia del comediógrafo no logra ocultar -o sí lo
logra- un mundo oscuro, violento y sumamente inquietante. Aunque Jardiel
jamás lo diga explícitamente, ese mundo no puede ser otro que el de la
guerra civil. Podemos dar por seguro que los leves indicios y las casi
imperceptibles insinuaciones nunca se plantean de una manera consciente o
premeditada, pero están allí y proporcionan a sus piezas un carácter
peculiar, que las distingue radicalmente de las comedias
anteriores. El mundo futurista, desenfadado y carente de preocupaciones reales
de Usted tiene ojos de mujer fatal, Una noche de primavera sin
sueño o Cuatro corazones con freno y marcha atrás, por citar
algunos ejemplos, deja paso a un mundo siniestro y brutal, con mujeres
asesinadas (Eloísa está debajo de un almendro y Los ladrones
somos gente honrada), un suicidio (Eloísa está debajo de un
almendro), una muerte violenta que se produce ante los ojos del
espectador (Los ladrones somos gente honrada), un secuestro y
posterior asesinato de un niño (El amor sólo dura 2.000 metros),
chantajes y amenazas diversas, incluida la amenaza de muerte (El amor
sólo dura 2.000 metros, Los ladrones somos gente honrada), una
mujer narcotizada y conducida contra su voluntad a un domicilio que no es
el suyo (Eloísa está debajo de un almendro), una mujer atada y
amordazada (Los ladrones somos gente honrada), situaciones a las
que, ya en otro plano, podrían añadirse otras tales como una ruptura
traumática de una relación matrimonial (El amor sólo dura 2.000
metros) o violentas discusiones entre los cónyuges (Los ladrones
somos gente honrada), la desaparición de su casa de una muchacha que
no ha dejado rastro (Eloísa está debajo de un almendro), disparos
en escena (Eloísa está debajo de un almendro y Los ladrones
somos gente honrada), la renuncia a la vida civil resuelta en un
encierro permanente (Eloísa está debajo de un almendro), los
intentos reiterados de robo con fuerza (Los ladrones somos gente
honrada), la borrachera que se resuelve en actitudes provocadoras,
agresivas y violentas (El amor sólo dura 2.000 metros), etc.
Ninguna de las situaciones enumeradas en la primera serie funciona como
una broma y sólo algunas de las indicadas en el segundo bloque se abordan
cómicamente y siempre de una manera relativa. Tal cúmulo de sucesos violentos, a los que habría que añadir la
proliferación de signos tales como pistolas, ametralladoras, cuchillos,
hachas, sangre, azadones, perros, timbres de alarma, lanchas-patrulla,
cajas fuertes, micrófonos ocultos, documentos secretos, narcóticos y
venenos, armarios disimulados en la pared, etc., conforma un panorama nada
tranquilizador, que sólo el humor disparatado y delirante de Jardiel logra
envolver y atenuar. Pero este tratamiento cómico para el conjunto de la
pieza no debiera impedirnos advertir ese poso de violencia que late bajo
su escritura y que asoma por los intersticios de la trama. Y aún hemos de considerar una cuestión más. En las tres comedias
citadas predomina la ¡dea del ocultamiento. Muchos de los personajes
sospechan, intuyen o saben que ha ocurrido algo terrible. Algunos anhelan
conocerlo de manera plena, otros se empeñan en ocultarlo. Esa pugna entre
quienes necesitan saber y los que desean olvidar constituye probablemente
el eje principal del conflicto que vertebra las piezas. Tanto Eloísa
está debajo de un almendro, como Los ladrones somos gente
honrada, consideradas siempre como dos de las comedias más hilarantes
de Jardiel, se construyen desde esa tensión que crean las necesidades
antagónicas de ocultar y de descubrir. La tendencia al barroquismo que
caracteriza al comediógrafo se advierte también en la acumulación de
elementos dramáticos que significan ocultamiento, investigación, temores
de males vagamente presentidos, etc. En El amor sólo dura 2.000
metros el empeño por ocultar el hecho terrible emerge pronto en la
trama y aboca a un final trágico, impropio del género
cómico. En Eloísa está debajo de un almendro podemos recordar entre
los primeros los pertinaces silencios de Edgardo y Ezequiel, quienes,
conocedores -total o parcialmente- de la triste historia de sus familias e
incapaces de asumirla, deciden dedicar sus vidas al ocultamiento, al
disimulo y a la mentira. Edgardo se aisla, hasta el punto de utilizar para
ello un dispositivo diseñado al efecto, o se refugia en su cama y en sus
disparatadas fantasías, como un muerto en vida. Ezequiel se esconde en su
laboratorio y en sus experimentos, no menos extravagantes que las
distracciones de Edgardo. Aún podríamos apurar estas circunstancias y
señalar cómo los dos personajes que ocultan mayor cantidad de información,
eligen como sucedáneo de la verdad falsas formas de investigación y
conocimiento: la ciencia (tal vez la pseudociencia) y el viaje, en un
significativo ejemplo de paradoja o, en cierto modo, de actos
fallidos.
Es decir, silencio. Ahondar en las viejas heridas resulta doloroso
e inconveniente. Todo un lema que flota sobre la acción de esta comedia y
también de las otras dos a que nos estamos refiriendo. A todo ello habría que añadir dos datos: en primer lugar, la
existencia, clandestina y oculta también, de la tumba de Eloísa. Y, en
segundo lugar, el hecho de que en esta casa reaparezca Julia, la hermana
mayor de Mariana, desaparecida, sin dejar rastro, tres años atrás -el dato
es extraordinariamente revelador-, hecho que se menciona tanto en el
prólogo, como en el primer acto. Entre los elementos dramáticos propios de la búsqueda destaca la
enfermiza obsesión que Fernando tiene por descubrir algo en su propia
casa, lo cual le lleva a levantar el entarimado, a cavar en el jardín, a
revolver en las alacenas, a mirar en el microscopio un puñado de hojas
secas, a preguntar constantemente a su tío Ezequiel, a seguir pistas e
indicios, a traer narcotizada a Mariana para comprobar, con ella en casa,
la veracidad de sus descubrimientos, etc. Y en él se produce también la
paradoja, aunque en este caso de signo contrario. Fernando, que desea
saber, se encierra en casa, renuncia a viajar, a divertirse, a su carrera
universitaria. Fernando no es el único que busca; lo hace también Mariana,
aunque de manera inconsciente y a través de Fernando. Y, desde luego, lo
hace Luisote, el policía profesional. Es significativo que sean los
jóvenes quienes buscan y las personas maduras las que oculten, pero esta
división no será válida para las piezas siguientes. Los temores de males en mayor o menor grado presentidos funcionan
como elemento caracterizador de los criados, pero también en la actitud de
Micaela, que advierte de la llegada de ladrones los sábados por la noche o
intuye el peligro que representa Fernando en su casa, o la conducta de
Edgardo, que se levanta por primera vez de la cama al soñar que Mariana ha
desaparecido, como su hermana Julia. En definitiva, nos encontramos ante
formas sutiles de ocultamiento o, al menos, de miedo a la verdad. No muy distinto es el panorama de Los ladrones somos gente
honrada, comedia en la que la trama es aún más compleja que en
Eloísa está debajo de un almendro, pero donde la violencia está
presente de una manera semejante y donde la tensión entre la necesidad de
conocer y la de velar unos hechos dolorosos se establece de una forma más
aguda, si cabe, que en la pieza anterior. Los ladrones somos gente
honrada es un abigarrado mosaico de mentiras. Desde el principio,
todos los personajes encubren algo: su nombre, su profesión, su edad, su
país de origen, sus intenciones, sus sentimientos, su condición, la
combinación de la caja fuerte, sus entradas y salidas, su pasado, sus
miedos, sus relaciones familiares y tantas otras cosas que resultan casi
imposibles de enumerar. Y, en medio de ese bosque de engaños, muchos
quieren averiguar la verdad -o la parte de la verdad que les interesa- sin
renunciar a sus propias falacias. Son reiteradas las negativas a conocer
el pasado de los demás para evitar que se conozca el propio. En
consecuencia, resulta notable la ingenuidad con que se admiten excusas o
explicaciones.
De nuevo un programa de silencio, de miedo a conocer que termina
por engendrar la desconfianza. Y esa desconfianza se convierte en algo
general y angustioso, que engendra una inusitada violencia en algunos
momentos. El padre de la protagonista es abatido a tiros delante de su
propia hija. Y quien dispara lo hace desde el escenario y es un ladrón
profesional, que se oculta bajo la apariencia de mayordomo. No parece
encajar una situación tan radical y tan tremenda con los principios
estéticos de la comedia. Es innecesario añadir de nuevo que en modo alguno
se presenta esa muerte como algo burlesco, sino -independientemente de que
se compartan las convicciones éticas que sustentan este desenlace- como un
dramático ajuste de cuentas, como una forma singular de justicia poética
que castiga al delincuente, como un dolor necesario para restablecer una
cierta armonía social. ¿Qué tiene que ver esta solución, dura y
moralizante, con el ingenioso y despreocupado final de Cuatro corazones
con freno y marcha atrás, por ejemplo? Esta conclusión, sin embargo, requiere algunas matizaciones, si
atendemos al expresivo título -nada inocuo, por cierto- y a la
interpretación que el propio Jardiel hacía de él. Los horrores vividos
durante la guerra civil obligaban a alterar sustancialmente el sistema de
valores morales y a mostrarse indulgente con quienes ejercían
profesionalmente la delincuencia. No otra es la tesis -si asi puede
hablarse- de esta comedia: las gentes reputadas como honradas por la
sociedad adoptan comportamientos propios de los malhechores, mientras los
delincuentes profesionales responden con generosidad y desinterés en las
circunstancias en las que les ha colocado en un determinado momento la
vida. Se reproduce en cierto modo el tópico de cuño romántico que nos
presenta a los reprobos sociales como a gentes de buenos sentimientos,
frente a la hipocresía de la sociedad bienpensante. Pero en esta
esquemática división de las conductas hay un personaje distinto. Díaz no
es un delincuente honrado, ni tampoco un respetable burgués, sino un
criminal en quien se percibe una extraordinaria dosis de maldad gratuita y
violenta, que lo aleja de los ladrones de guante blanco y del estilo
habitual de los personajes jardielescos, caracterizados casi siempre por
su espíritu aristocratizante o por manías tan excéntricas como
inocuas. Algo semejante ocurre con O'Bannion, el gángster de El amor sólo
dura 2.000 metros, la pieza estrenada entre las dos de que hemos
hablado en las líneas anteriores, y que comparte con ellas más elementos
de los que pudieran imaginarse tras una lectura superficial. Es un texto
rico en paradojas, pero también en ambición literaria y teatral, lo que
hace aún más comprensible la decepción de Jardiel ante la indiferencia del
público y de la crítica. Situada en un ámbito tan cosmopolita como Nueva
York y el Hollywood cinematográfico, resulta, sin embargo, el mayor
alegato nacionalista que Jardiel escribiera nunca. En este aspecto,
algunas de las afirmaciones que se vierten llegan a ser sonrojantes y sólo
pueden entenderse -y difícilmente- en la exaltación patriótica que vive
España a comienzos de los cuarenta;
La sabia combinación de lo trágico con lo cómico sirvió para que el
público aceptase gozosamente historias tan tremendas como las de Eloísa
está debajo de un almendro o Los ladrones somos gente honrada,
pero la poderosa carga de dolor y violencia que Jardiel introdujo en El
amor sólo dura 2.000 metros y su espeluznante final pudieron ser la
causa del estrepitoso fracaso con que fue acogida la
función. Jardiel nunca hará referencia alguna a la guerra civil en sus
comedias -sí en sus prólogos y comentarios-, ni establecerá analogías
inmediatas u obvias entre sus tramas y la Historia reciente, pero no creo
abusivo que el lector o el espectador puedan asociar signos tan
recurrentes e inequívocos al clima vivido en España durante los años en
los que las piezas se escriben. Si bien Jardiel sitúa su pieza más dura en
los Estados Unidos de la ley seca, esta decisión nos permite al menos dos
observaciones. La primera es que Jardiel vivió la experiencia americana en
la primera mitad de los años treinta y no se decidió a abordarla entonces,
sino que volvió a su memoria justamente a comienzos de los cuarenta, y lo
hizo desde una perspectiva muy distinta a la que caracterizaba su
escritura en los años próximos a la experiencia americana. En segundo
lugar, y esto es bien sabido, el teatro ha tendido a alejar en el espacio
y en el tiempo las historias conflictivas que quieren contarse a los
espectadores contemporáneos. Los ejemplos que pudieran aducirse son
ilustres y conocidos por todos. En las piezas siguientes, Jardiel alternó una visión más festiva,
con una representación conflictiva y dura de la condición humana. Así, en
comedias como Es peligroso asomarse al exterior, Jardiel vuelve al
ambiente cosmopolita, ingenioso y despreocupado de la preguerra. O juega
de nuevo con la ciencia ficción en una pieza delirante y divertida, como
es Tú y yo somos tres. También predomina lo festivo en comedias
menores, como El sexo débil ha hecho gimnasia. En otras obras, sin
embargo, reaparece el espectro del dolor, el ocultamiento y la muerte,
como sucede con Los habitantes de la casa deshabitada, Las siete
vidas del gato, El pañuelo de la dama errante o Los tigres
escondidos en la alcoba, eso sí, disuelto en el peculiar humor del
comediógrafo. Y en otras piezas, por último, y sin ánimo de establecer
grupos o categorías, se advierte una inteligente ambigüedad, propia de un
Jardiel sumamente hábil en el juego con los límites de las situaciones y
las conductas. Son textos como Madre (el drama padre), Blanca
por fuera, Rosa por dentro, única pieza en la que aparece alguna
referencia expresa sobre la guerra civil, eso sí, episódica sin ninguna
intención crítica, o Como mejor están las rubias es con
patatas. La presencia masiva de imágenes o situaciones como el asesinato, la locura, el misterio celosamente guardado, la renuncia al descubrimiento de la verdad o a la asunción de las propias responsabilidades, la intimidación, los enfrentamientos marcados por la violencia, las agresiones psicológicas y físicas, etc., es una nota demasiado contundente en este período de la escritura de Jardiel como para que pueda prescindirse de ella a la hora de estudiarla. Una lectura mínimamente atenta de estas piezas obliga a una reflexión sobre el proceso creativo de la obra del comediógrafo. (1) AAVV: Jardiel Poncela. Teatro, vanguardia y
humor. (Edición de Cristóbal Cuevas García). Barcelona: Anthropos,
1993. |