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Ante
todo, quisiera expresar a sus señorías mi agradecimiento por haber
solicitado mi presencia ante esta Comisión, a fin de que exponga cuál es,
en mi opinión y en opinión de la Asociación de Autores de Teatro a la que
represento, la situación de la autoría teatral en
España. Aunque antes permítanme
referirme a otras opiniones contrarias a la nuestra, que, lejos de aportar
soluciones, son parte del problema: Hace apenas unas semanas,
concretamente el día 2 de octubre, el diario El País, recogía unas
declaraciones del Director del Centro Dramático Nacional, D. Juan Carlos
Pérez de la Fuente, en las que, según el periodista, y cito textualmente:
“redujo al mínimo la nómina de autores importantes del teatro español:
‘Arrabal, Calderón, Valle-Inclán, Lorca, y poco más’”. “Y poco más”,
destaco yo. No “muchos más”, sino “poco más”. Esto decía tras la
presentación en París de su espectáculo Carta de amor, de Fernando
Arrabal, Socio de Honor de la AAT, circunstancia esta que me
importa resaltar para dejar constancia de que no cuestionamos el que se le
cite como autor importante, el único entre los vivos. Nuestra perplejidad
se debe al “poco más”, a ese “poco más” despreciativo con el que el
director del Centro Dramático Nacional despacha a la autoría española en
el marco de una operación destinada a promocionar el teatro español en el
extranjero. ¿Cabe mayor torpeza?
Resulta difícil imaginar que, en ningún otro sector, el responsable
público encargado de una operación similar se atreviera a negar la
existencia de aquello que va a promocionar. Si es que, realmente, ha ido a
promocionar el teatro español. Claro que también habría que preguntarse de
qué hablamos cuando hablamos del teatro español. Por duro que pueda
parecer, aún hay quien no distingue la diferencia que existe entre el
teatro que se representa en España y el teatro que genera la sociedad
española, o lo que es lo mismo, el teatro que la expresa. A nadie, tras
escuchar un concierto de Beethoven interpretado por la Orquesta Nacional,
se le ocurriría decir que había oído música española; e igual ocurre con
la contemporaneidad: nadie hablaría de pintura española contemporánea si
la exposición que acabara de visitar mostrara cuadros de Velázquez. La
idea, perversamente extendida, de que el teatro español actual es el que
se representa actualmente en España trae consigo estos
despropósitos. El Centro
Dramático Nacional debería tener como principal objetivo el de dar a
conocer el teatro español que se escribe hoy; tal como manifestó su
director en numerosas ocasiones. Y tal como llegó a hacer. Esos eran sus
propósitos. Lamentablemente, los hechos han derivado hacia una
programación de repertorio; español, pero de repertorio. Y no cuestionamos
las obras, sino la proporción que se deriva de la permanencia en cartel de
los éxitos. La aplicación de un criterio conservador, en el sentido de
evitar riesgos, ha convertido un proyecto de interés general en una
plataforma de promoción personal. La incontinencia verbal sólo ha puesto
de manifiesto lo que ya suponíamos. Falta saber qué opinan quienes lo
nombraron o quienes lo mantienen. Al día de hoy, no ha habido desmentido
ni se ha producido ninguna reacción proporcionada a la gravedad de estas
manifestaciones. Confiamos en que se resuelva esta contradicción, pues no
se puede, por una parte, afirmar reiteradamente la voluntad de apoyar a la
autoría española y por otra consentir tales
desmanes. En cualquier caso, no es la
primera vez que sufrimos este tipo de agresiones, por más que en esta
concurran circunstancias que la agravan especialmente. La negación de la
autoría española es una práctica que se remonta a la dictadura, cuando se
nos impedía expresarnos mediante el recurso de la censura. Tampoco en la
Transición, con excepción de la llamada “operación rescate” que se produce
a finales de los 70, se nos concede el derecho al normal desenvolvimiento
de nuestra realización profesional; un pacto no escrito entre partidos
silenció cualquier intento de manifestación crítica que pudiera perturbar
la política de consensos. Y al día de hoy, aún continúa una inercia
interesada que dificulta de forma sistemática la comunicación pública de
nuestro trabajo. Y quede claro que nuestra demanda no se hace en defensa
de intereses gremiales; lícitos, pero secundarios a nuestro entender.
Cuando exigimos la presencia de una dramaturgia española en los
escenarios, lo hacemos porque creemos que es la sociedad española, como
cualquier otra sociedad, la que necesita verse a sí misma reflejada en el
teatro. Y no vale aquí esa
argumentación mediocre y cicatera de que “no hay autores” o de que “estos
son muy malos”. ¿Qué es lo bueno y lo malo? ¿Acaso hay un patrón para
medir la expresión artística? Ni la mentalidad más convencional podría
defender, tras las eclosión de las vanguardias, la existencia de un modelo
único; por mucho que los tiempos amenacen con la pretensión de un
pensamiento único. Y solo aceptando la existencia de un canon podría
establecerse qué es lo bueno o lo malo. La sociedad, cada sociedad,
necesita expresarse con su voz, con la que tiene. ¿Imaginan sus Señorías
que al verse en un peligro y necesitando gritar socorro, optaran por
llamar a Plácido Domingo ante la evidencia de que él podría gritar mucho
mejor que ustedes? Somos lo que somos. Y tenemos la voz que tenemos. Y nos
guste o no nos guste, es con esa voz con la que nos tenemos que expresar.
O lo que es lo mismo, no hay más teatro español que aquel que expresa a la
sociedad española; con sus autores, con los que tiene, que son, ni más ni
menos, los que se corresponden con la sociedad que tenemos. Otra
cuestión, ya, es si además se ponen los medios para perfeccionar y
cultivar nuestras capacidades básicas. Por cierto, muy altas, pues con
independencia de la ruptura que han supuesto en nuestra tradición los años
de prohibición e impedimento a los que antes hacía referencia, el teatro
fue siempre un pilar básico en la expresión artística de la sociedad
española, y ese bagaje es algo que pudo ser traumáticamente mermado, pero
no destruido en su totalidad. La
situación, pues, podríamos definirla como grave, pero a un tiempo
esperanzada. El rifirrafe coyuntural de una torpeza personal no tiene por
qué empañar el trabajo laborioso y bien intencionado que está llevando a
cabo la Administración con el conjunto de las asociaciones del sector, y
en el que los problemas de la autoría están siendo considerados con
seriedad y rigor en los estudios previos de lo que esperamos culmine
siendo el Plan General de Teatro. Allí, junto a las soluciones propuestas,
se recoge la dificultad y la escasa frecuencia con que la dramaturgia
española accede a los escenarios. A
título ilustrativo, y volviendo a la actualidad, permítanme analizar
la cartelera del pasado fin de semana en cuatro de las ciudades de mayor
actividad teatral (Madrid, Barcelona, Valencia y Bilbao), donde de los 72
teatros en funcionamiento, solo 20 representaban obras de autores
españoles vivos. Sólo el 27,7 por ciento, contra el 72,3 por ciento de
repertorio nacional y extranjero. Como pueden ver sus Señorías, apostar a
ganador es una tentación muy fuerte en este oficio en el que el riesgo es
tanto. Mas no conviene olvidar que los éxitos del pasado, o los éxitos de
otras latitudes, son el resultado de un proceso de decantación que se
produjo en otros tiempos o en otros países. El repertorio es sólo el
resultado del riesgo ajeno, y un teatro que se nutre fundamentalmente de
la experimentación de los demás está propiciando, como ocurriría en
cualquier otra área de la actividad humana, su colonización. De ahí que
haya que reaccionar contra esta dejación; contra la dejación de quienes
tienen la capacidad de decidir qué teatro se hace y optan por una
programación sin riesgos, garantizada.
Y no me refiero sólo al teatro público o semipúblico; también al
privado. Por muy lícito que sea el interés económico de estas empresas, no
se entiende que los fondos públicos sirvan para promocionar en nuestro
país la difusión del teatro extranjero, y no precisamente el de mayor
interés cultural. Subvencionar el teatro recreativo podría ser competencia
de otro supuesto Ministerio: no sé si el Industria, Comercio o Turismo;
incluso el de Trabajo; pero nunca competencia del de Cultura.
Menos entendible aún resulta la aplicación de este modelo cuando,
además, la empresa es de titularidad pública o semipública y aun así se
rige por criterios de audiencia, tanto al producir como al programar. Los
teatros públicos que conforman el principal circuito de exhibición, y me
refiero tanto a la Red nacional como a las autonómicas, actúan con
demasiada frecuencia utilizando criterios muy similares a los que en otro
tiempo utilizaban los llamados “empresarios del puro”, por más que la
rentabilidad que persigan no sea económica, sino electoral. Cabeceras de
cartel y banalidad, en los contenidos o en su envoltorio, es la fórmula
que desde tiempo inmemorial garantiza el éxito de público. Pero obrando
así, tanto los gestores como los políticos que les exigen tales resultados
hacen dejación de la que es su principal función pública: ofrecer un
teatro que, bien mediante la di-versión o bien mediante la emoción,
enfrente al espectador con su realidad más inmediata; un teatro que le
mueva a reflexión; un teatro que le sea útil como herramienta de
conocimiento; en definitiva, un teatro de interés
cultural. Mas esto no es solo
responsabilidad de quien decide, sino también de aquellos que crean las
condiciones a partir de las cuales ha de tomarse la decisión. No basta con
acotar un porcentaje de las ayudas para la difusión de nuestra dramaturgia
actual –por cierto, insuficiente–, si estas no van acompañadas de medidas
que garanticen su eficacia. Un rápido repaso a los listados de concesión
de ayudas pone de manifiesto cómo las de mayor cuantía son concedidas a
espectáculos de repertorio. Las mejores cabeceras, la mayor promoción; en
definitiva, los mejores medios se emplean en la producción del repertorio,
mientras que el teatro español actual ha de contentarse con producciones
de pequeño formato que, generalmente, se muestran en las salas
alternativas; algunas salas alternativas: únicos espacios que, de forma
sistemática, están asumiendo el riesgo de defender este
teatro. Por otra parte, y ante la
realidad de una mayor dificultad para distribuir estas producciones, la
Administración central reaccionó reduciendo el número mínimo de
representaciones necesarias para obtener ayudas a la gira (20 para el
repertorio, 10 para el teatro español vivo). Y no dudamos de la buena
intención de quienes adoptaron esta medida, que en nuestra opinión
equivale a la rendición, pues da carta de naturaleza a la falta de interés
por este teatro. Como verán sus Señorías, primero se le escatiman los
medios, y después se le dispensa de realizar la actividad; lo que, en la
práctica, equivale al siguiente mensaje: “si haces teatro español, te
vamos a dar poco, pero, a cambio, no es necesario que lo hagas”. Y es que,
para defender una causa, es necesario creer en ella. Si de verdad creemos
que España debe tener un teatro propio, hay que superar el sentimiento de
impotencia y cambiar los sistemas que han demostrado ser inoperantes. Con
ese ánimo, proponemos: 1) Dotar a las
producciones de nuestro teatro con medios, como mínimo, equivalentes a los
que disfruta el teatro de repertorio.
2) Sustituir el sistema de ayudas a la gira por la compra en firme de
funciones, lo que garantizaría la viabilidad económica del proyecto, y
sería un fuerte incentivo para que los que deciden qué textos se hacen
optaran por hacer teatro español.
3) Establecer unos mínimos –la llamada “cuota de escenario”– que
garantice la programación de la autoría española actual en proporciones de
dignidad, tanto en los teatros de titularidad pública como en los llamados
semipúblicos o consorciados, cuyos fondos provienen, en gran medida, de
las arcas públicas. 4) Fomentar
la difusión de la literatura dramática en soporte libro, ampliando los
fondos de textos teatrales en las bibliotecas
públicas. 5) Generalizar la enseñanza
del teatro, y en especial de la literatura dramática, tanto en los ciclos
de primaria y secundaria como en los estudios universitarios, lo que
propiciará que surjan nuevos creadores y elevará el nivel del colectivo de
espectadores, haciéndolo más crítico y más
exigente. 6) Incluir en la
programación de las emisoras de radio y televisión públicas espacios
informativos acerca de la actividad teatral, así como la emisión de obras
dramáticas grabadas en estudio, dando especial relevancia a las de autor
español vivo. 7) Fomentar la difusión
de nuestra literatura dramática en el extranjero, bien mediante el apoyo a
la traducción, o bien apoyando las coproducciones con empresas de otros
países. En cualquier caso, no
quisiéramos poner el énfasis en la defensa de unas medidas concretas. No
nos corresponde a nosotros, sino a la profesión, a los políticos y a la
sociedad en su conjunto, encontrar soluciones para lo que consideramos un
problema común. Abogamos, sí, por un cambio de procedimientos. De nada nos
valdría tener el doble de aquello que ha demostrado no servir para
nada. Soluciones, hay. Si se
quiere, se puede. Sobran ejemplos. La Generalitat de Cataluña, movida por
su interés en potenciar el uso del catalán, apoyó decididamente su teatro,
y ahí están los resultados, con una dramaturgia creciente, que estrena con
regularidad y mantiene una presencia continuada tanto en España como en el
extranjero. También en otras comunidades –la valenciana, la andaluza, la
gallega o la vasca– están apoyando con decisión la existencia de una
dramaturgia propia con resultados muy positivos. Y es que soluciones, hay.
Aunque más importante que las soluciones en sí es que los encargados de
ponerlas en práctica crean en ellas.
Y concluyo: consideramos prioritario propiciar el reencuentro de
nuestra sociedad con su teatro. Reestablecer las claves de una tradición
no es una reivindicación sectorial; es un derecho irrenunciable de la
sociedad española.
Contacto con la AAT: http://www.aat.es/ e-mail: aat@aat.es
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