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Jorge
Lavelli “Calderón
habla de su tiempo como Brecht lo hará cuatro
siglos después”

Después de años sin pisar
los teatros españoles, aunque sí los líricos,
Jorge Lavelli presenta el día 21en el Español de
Madrid La hija del aire, de Calderón. Estrenada
en Buenos Aires, la obra ha creado cierta
expectación: es un extraordinario texto
político, raramente representado, en el que
Calderón habla de la ambición de poder; la reina
Semíramis, que protagoniza Blanca Portillo, es
un gran reto interpretativo por la complejidad
del personaje; y está la garantía de tener a
Lavelli al frente de esta ambiciosa
producción.
Hijo adoptivo de la Francia
de las Artes, Lavelli (1931) tiene una densa
trayectoria como director con más de un centenar
de obras y de óperas. Una carrera que se inicia
en los años 60 cuando llega a París procedente
de Buenos Aires para estudiar en las escuelas de
Lecoq y Dullin y gana un premio con El
matrimonio, un texto de su amigo Gombrowicz.
De 1987 a 1996 dirigió el Teatro Nacional de la
Colline de París, que dedicó a la escritura
contemporánea, y desde el que dio a conocer
obras como El público, de Lorca, o las
Comedias Bárbaras, de Valle
Inclán.
Ha sido también uno de los
primeros en divulgar a Calderón en Francia,
primero con El mágico prodigioso y
después con La vida es sueño, que dirigió
para La Comedie Française. La hija del
aire es un antiguo proyecto que Jorge
Lavelli pensaba estrenar en España, coincidiendo
con el IV aniversario de Calderón. Pero un
desacuerdo entre las instituciones implicadas
dio al traste con aquella producción y ahora,
cuatro años después, el Teatro San Martín de
Buenos Aires la ha materializado en colaboración
con el Teatro Español de Madrid. Es una
ambicioso montaje en el que participan 16
actores y un quinteto musical. “En el año 2000
redescubrí La hija del aire, una obra que
había leído veinte años antes pero que me
parecía demasiado complicada por el hecho de que
había dos partes y era difícil hacer una
adaptación de una y otra sin un resultado
bastardo. Así que opté por la segunda parte, en
la que Semíramis, la reina de Babilonia, se
instala en el poder; me interesaba sobre todo su
itinerario político. Además, creo que esta obra
tiene la particularidad de ser la culminación de
eso que se ha llamado la teoría de la nueva
comedia, donde el trazado trágico siempre está
matizado por situaciones contrarias, y en ese
aspecto me parecía un ejemplo excelente. Y luego
creo que tiene los elementos suficientes y
eficientes para tener un eco en nuestra vida
contemporánea, pues Calderón habla del poder y
de sus contemporáneos partiendo de un hecho que
no es histórico, sino legendario”.
–¿Esta producción tiene el mismo
planteamiento que la que ideó para el año
Calderón? –No en lo esencial, pero sí en la
forma. Porque el tiempo ha pasado y porque
después de la frustración de aquel proyecto yo
me olvidé, pero no totalmente. Entonces ya había
pensado en Blanca Portillo. Habíamos hecho
Eslavos, de Tony Kushner (en el María
Guerrero), y me parecía extraordinaria para
representar un personaje con el dualismo,
ambigüedad y ambición de
Semíramis.
Travestismo
extraordinario –La obra dura casi tres
horas, ¿hubiera resultado demasiado larga
representarla en su totalidad? –La segunda
parte es como La ascensión de Arturo Ui.
Aunque la obra no trata solo del poder, sino
también del amor y de la frustración del amor.
Aquí lo político divide a los personajes. Si yo
tuviera que elegir la habría hecho entera, pero
siempre hay impedimentos de tipo
material.
–¿Cómo es la personalidad de
Semíramis? –El personaje quiere por todos los
medios ejercer el poder y para conseguirlo
termina por sustituir al heredero legítimo que
es su hijo Ninias, disfrazándose y
aprovechándose del gran parecido que tiene con
él; me parecía extraordinaria esta idea de
mostrar una imaginación política, alimentada por
el fervor y la ambición y también por esa cosa
inconmensuble, pero también entrañable, que es
el gusto por el poder. Es algo que tienen una
vigencia y permanencia constante en todas
latitudes. Por todo ello, creo que es una obra
vigente, donde Calderón habla de sus
contemporáneos pero lo hace como Brecht lo hará
cuatro siglos después.
–¿Qué relación
encuentra entre Calderón y Brecht? –No digo
que Calderón tenga un estilo brechtiano sino que
adoptaba una distancia con relación a su
presente tomando elementos basados en la
leyenda, y eso es lo que le permite hablar de
sus contemporáneos. Hay que pensar que la España
del Barroco era una España con censura, así que
el hecho de buscar en la leyenda era una forma
de escapar con astucia. Yo creo que la vigencia
de su obra reside en eso: en que la naturaleza
humana no ha cambiado mucho y la obra refleja
también el comportamiento de muchos de los
políticos en cualquier situación. No quiero
decir con ello que la obra me parezca de
actualidad.
–¿Es Semíramis un Segismundo
femenino? Como el protagonista de La vida es
sueño también sale al mundo después de haber
estado confinada en una cueva. –Sí, hay un
paralelismo. Segismundo es prisionero porque hay
una previsión fatal, en el sentido de que su
presencia en el reino precipitará la caída del
Rey. Y efectivamente, cuando sale de su cueva y
llega a la corte arroja por la ventana a la
primera persona que le crea una dificultad; él
no conoce el límite del Derecho. Por eso, el Rey
decide devolverlo a la cueva, dejarlo en estado
primitivo. Y se da un dualismo en el personaje:
toma conciencia de lo que es el poder pero
también de sí mismo. Con Semíramis pasa lo
mismo. La diferencia es que tiene un origen un
poco más complejo, ya que intervienen los
dioses, Venus que la protege y Diana que se
opone. Esa mitología va a jugar hasta el final,
en el sentido de que en la muerte de ella
aparecen estas diosas; yo lo subrayo en la
puesta en escena porque introduzco el personaje
de Diana. Esta termina venciendo a Semíramis
contra la protección de Venus. Ese final lo hace
Calderón para proyectar lo que podrían ser los
remordimientos del personaje, su conciencia.
Un itinerario para el
actor –Semíramis es un personaje
artificioso, nada naturalista, y puede crear un
problema de credibilidad. ¿Cómo lo ha resuelto?
–Mi manera de trabajar es siempre muy
concreta: privilegiar siempre el fondo y no la
forma; el fondo es lo que hace que los
personajes tengan un comportamiento. Por otro
lado, la artificialidad es siempre una situación
creada desde un punto de vista dramatúrgico,
pero el actor no tiene que tener conciencia de
esa artificialidad. Lo importante es darle al
actor un itinerario que sea razonable, concreto,
no abstracciones. En el Barroco no hay que
dejarse ahogar por la forma porque el fondo es
muy rico. Es como un diamante, algo luminoso que
emite destellos y hay que aprovechar todos esos
matices. Ese es el trabajo que me ha interesado
hacer con Blanca y con los otros.
–¿Son
esos múltiples matices lo que hacen de Semíramis
el personaje que toda actriz ambiciona? –Es
un personaje importante, vasto, largo, pasa por
una cantidad de cosas inesperadas. El personaje
tiene una gran variedad de comportamientos y es
esa variedad en lo que hay que profundizar para
que esos matices aparezcan. Y en eso se ve que
Calderón es genial, porque no es sólo un primer
grado de psicología, sino una variedad inmensa,
que le permite aprovechar cada instante para
presentar esa multiplicidad. No hay nada más
aburrido que ver un personaje en teatro y saber
cómo es desde el principio.
–La crítica
ha señalado que la escenografía (obra de Pace)
es fantástica, un marco grandioso. –Es una
casa, que es un palacio, donde los ecos del
pueblo se oyen y se escuchan, algo que tiene una
gran importancia. La lectura de un texto tiene
que abrir la imaginación del lector, el autor no
tiene por qué explicar cómo la escenificaría. Y
Calderón tampoco hace tantas acotaciones, por lo
que de repente los personajes viajan. Aquí hay
una cosa que responde a la idea de lo
fantástico, lo fantástico es un viaje interior y
un viaje para sentirlo. Y lo imaginativo del
espectador/lector es dejarle esa parte de
construcción personal.
–Nunca pensé que
Calderón nos fuera a llevar a hablar tanto de
Brecht, pero ahora que se refiere a la libertad
del espectador para construir la obra, el teatro
opuesto sería el didactismo del director alemán.
–Bueno, Brecht no es un director tan
didáctico. Él buscaba la correspondencia entre
el pasado y el presente que estaba viviendo,
pero su obra era un poco como su vida, adaptada
a un momento en el que había una ambición de un
mundo mejor, pero no había una ambición de
carácter didáctico. Eso lo inventaron los
brechtianos más que el propio autor y ahora se
ve con más claridad. Me parece que es un teatro
que admite muchas posibilidades. Desde luego que
no esta proclamando las virtudes del régimen
capitalista, pero creo que el representarlo así
fue la aplicación de ese culto a la personalidad
que, por ejemplo, llevó a Neruda a hacerle una
oda a Stalin. Hoy nadie se acuerda de eso, pero
al poeta le dieron el premio Lenin. Lo de Brecht
y su teatro didáctico responde más bien a gente
muy academicista, conservadora, que quería hacer
un estilo con un carácter unilateral y
superficial. Pero creo que eso no está en el
espíritu de Brecht, por eso es un autor a
releer.
–Usted es un director muy
prolífico. ¿Cuántas producciones hace por
temporada? –Bueno, esta temporada empecé con
Tony Kushner y su Homebody-Kabul, que
hice para La Comedie y también para inaugurar el
teatro nacional de Luxemburgo, aunque luego no
pudo ser; pero cuando ya iba a renunciar al
proyecto me mostraron un lugar imprevisto que me
dio muchas posibilidades. Luego en Barcelona he
dirigido El niño de los sortilegios y la
ópera de Montsalvatge Babel 46, en el
Liceo. Y he estado dos meses en Brooklyn (Nueva
York), con una ópera casi desconocida de
Haendel, Siroe.
Tony Kushner, sin
equivalente –Ha transitado como pocos
directores por la dramaturgia contemporánea,
¿qué autores le gustan? –Desde luego los que
hago. –Sea más preciso, por favor. –Tony
Kushner es un autor verdaderamente raro, no hay
otro equivalente. Está atento a la evolución del
mundo, como el caso de Eslavos, en el que
hablaba del fracaso de la ideología en el Este.
Su punto de vista me gusta porque introduce el
humor en lo trágico, un humor que tiene un
sentimiento de pérdida. También señalaría a
Edward Bond, aunque le interesa más la
interioridad de sus personajes que ofrecer una
visión del mundo. –Dos anglosajones. –Sí,
aunque también creo que toca hacer una relectura
de “la herencia del pasado”. Creo que hay que
revisar el teatro escrito a partir de la
posguerra. Fue una generación, interesada por la
economía del lenguaje y de las ideas, que ha
pasado con gran rapidez.
PERALES,
Liz |