domingo 27 de febrero de 2005

 


José Luis Gómez, Director de teatro: «Ahora tengo conciencia de mis capacidades y mis limitaciones»


José Luis Gómez cumple años. Diez, exactamente, con la misma ilusión que un niño y con la sensación de haber hecho bien los deberes. Celebra el aniversario de su proyecto más personal: el Teatro de La Abadía. Ha sido Azaña y Cernuda, y ha acogido a una generación de actores y directores que triunfan. «No quiero tener sucesores, sino compañeros», dice el responsable de un centro que ha sabido compaginar con coherencia lo público y lo privado.


Miguel Ayanz
Madrid - Estos días, La Abadía, antigua iglesia, más tarde hospital, ahora templo de nuevo, pero dedicado al culto de la escena europea, cumple diez años. Lo celebra con diversos montajes, un libro conmemorativo y una exposición que recogen lo que ha sido hasta el momento, con compañías como el Odin Teatret o la Volksbühne, autores como Shakespeare, Brecht, Ionesco y Valle-Inclán, actores como Juan Echanove y Ana Belén, y directores como Rigola y Ana Zamora.
   -A estas alturas de La Abadía, ¿se siente ya como el abad, quizá un obispo... o todavía un monaguillo?
   -Sí, me siento responsable y cabeza de una casa, pero de una casa que se ha hecho con una participación de todo el mundo extraordinaria, con algunas personas que han sido esenciales en ese proceso. No hablo ya del grupo de actores, sino de Isabel Navarro, que ahora es directora adjunta del Centro Dramático Nacional, de Gerardo Vera, director del CDN, que es un gran amigo y patrono. Hablo de la actual gerente, Alicia Roldán, que está ahí desde el primer día. Hablo de un grupo de actores prodigiosos, creo que el mejor que hay en España de su generación, y un equipo técnico impresionante.
   -Siguiendo con lo eclesiástico, suele decir Arrabal que él quiere que le canonicen. Creo que ambos comparten el concepto de teatro como ceremonia...
   -Sin duda, yo creo que el teatro es una hermosa ceremonia civil, ciudadana, de altísimo valor antropológico. Yo soy un hombre religioso, aunque profundamente laico en mi pensar.
   
   Público y privado. -¿Cómo puede ser eso?
   -Creo que el laicismo es una actitud civil. Las convicciones, las creencias religiosas, son un asunto estricto de la conciencia personal de cada uno. El laicismo es una manera de relacionarse en la vida pública.
   -La Abadía es un curioso esfuerzo: gestión privada, dinero público, ¿es un ejemplo para otros centros?
   -Me gustaría que fuera un ejemplo. Yo creo que la base es la lealtad al encargo implícito que las instituciones nos hacen al confiarnos el dinero. La lealtad y la responsabilidad, claro.
   -A pesar de todo, ¿envidia algún centro extranjero, o la obra de algún director?
   -Hombre, claramente hay muchos. Europa es un continente muy rico. Y en este país hay gentes a las que admiro y de las que aprendo. Y por supuesto en el extranjero también. Lo que yo desearía es una mayor dotación para La Abadía. Creo que se lo merece y que a veces los políticos están ciegos y no saben lo que tienen entre manos. Se debería poder trabajar con más holgura. Eso es lo único que envidio y que añoro.
   -Cambian las legislaturas. Cambian los directores de los centros nacionales, pero usted se mantiene. ¿Qué tiene que no tengan otros directores?
   -Dicho con la mayor modestia, soy fundador de esta casa con la Comunidad de Madrid. Durante años no he cobrado. No es que yo haya sido un empleado de esa institución, sino que la he formado desde el principio.
   -¿Qué espectáculo recuerda con especial cariño?
   -De los que hemos montado, «Baraja del Rey Don Pedro», de Agustín García Calvo.
   -Parece que se va perdiendo el buen teatro de texto...
   -Sí, y de ahí ese trabajo con la lengua, con el habla escénica tan fuerte. Cuando empezamos, yo recurrí al más grande maestro que tenemos en España de habla escénica, y sobre todo de prosodia, ritmo y dicción, que es García Calvo.
   -Dígame una frase que produzca «placer inteligente» de, por ejemplo, su «Azaña»...
   -(Se ríe). Hombre, Azaña dice una cosa de la que siempre echo mano: «El Estado debe ser un instrumento para el progreso político y la justicia social. Pero el Estado debe ser, ante todo, además, defensor y propugnador de la cultura». Y añade: «Lo peor en nuestro país es el desamor a las cosas y la falta de continuidad». Y esto, que quizá te ilustre lo que antes te hablaba de la religiosidad del laicismo: «Una institución se degrada si entre sus fines primordiales no se haya el de inculcar la religión de las cosas nobles y venerables que están bajo su acción y el de crear otras nuevas». En España es la obligación primordial del Estado porque nadie puede suplantar ni suplir lo que no haga en este orden.
   -No le gusta hablar de política fuera del escenario, y dice que dentro tampoco, pero los clásicos que elige hablan por sí solos.
   -Azaña hoy está situado, en el espectro político europeo, o español, como un hombre de centro izquierda como pensador y escritor, y como ciudadano es patrimonio de todos, incluso de aquellos que puedan no estar de acuerdo con su tendencia o con sus actos. Por eso yo he sacado a la luz «Azaña».
   -¿Qué tienen el teatro francés y el alemán que le falte al español?
   -En el teatro español echo algunas cosas en falta y es que desde que terminan los grandes, el Siglo de Oro, hasta que aparecen Valle-Inclán y Lorca, hay un enorme vacío. Se debe a que España carece de Ilustración. El conservadurismo llega hasta bien entrado el siglo XX. Y esto se refleja, naturalmente, en la escritura dramática. Y en los otros países, no es así.
   
   Más ilustrados. -Por La Abadía han pasado autores españoles contempo- ráneos, como Antonio Álamo, García Calvo, Gonzalo Suárez. ¿Estamos ya un poco más ilustrados?
   - Yo creo que los españoles, también los políticos, han hecho un extraordinario esfuerzo para hacer de este país lo que es. Se han dado grandes pasos, aunque se deben dar aún más.
   -¿Qué le parece lo que se estrena hoy en España? Hay quien dice que faltan actores, autores, ayudas.
   -El teatro está viviendo un magnífico momento, una etapa muy buena. Para estar a la altura europea se necesita una consolidación de instituciones, de ayudas. El teatro es una actividad artística de valor fundamental antropológico y de comunicación. Yo creo que sí, todavía falta apoyo, si lo comparamos con otros países. No tenemos, en proporción con el Producto Interior Bruto ni la mitad de lo que Alemania invierte, los países del Este, los antiguos países comunistas, o los escandinavos.
   -Como actor, ¿qué momento vive?
   -En un momento óptimo, en el sentido de que ya sé lo que no sé y sé lo que sé. Tengo conciencia de mis capacidades, también de mis limitaciones. Además, para la edad que tengo he podido conservar una relación mente-cuerpo buena, saludable.
   -¿Cerrará la trilogía de Azaña, Cernuda y.?
   -Quería hacer un texto más, pero ahora no me interesa estrenar más solos. La próxima temporada voy a trabajar fuera de La Abadía como actor, en el Centro Dramático Nacional.
   - ¿Y el cine? Le hemos visto en «El 7º día», que parece mentira que no se llevara ni un Goya.
   -Sí, bueno, era mucho «Mar adentro» lo que había.
   -¿El cine es ahora un capricho, una parada en su actividad teatral?
   -No, sigo haciendo cine. Dentro de poco ruedo con Camino, después con Antonio Cuadri, un director que me gusta mucho. Lo que no voy a hacer es dejar La Abadía por eso.
   -Un pronóstico para La Abadía para los próximos diez años.
   -Espero no tener herederos, pero sí aliados.

 
 




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