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José Luis Gómez, Director de teatro: «Ahora
tengo conciencia de mis capacidades y mis
limitaciones»
José Luis Gómez
cumple años. Diez, exactamente, con la misma ilusión que un
niño y con la sensación de haber hecho bien los deberes.
Celebra el aniversario de su proyecto más personal: el Teatro
de La Abadía. Ha sido Azaña y Cernuda, y ha acogido a una
generación de actores y directores que triunfan. «No quiero
tener sucesores, sino compañeros», dice el responsable de un
centro que ha sabido compaginar con coherencia lo público y lo
privado.
Miguel Ayanz
Madrid - Estos días,
La Abadía, antigua iglesia, más tarde hospital, ahora templo
de nuevo, pero dedicado al culto de la escena europea, cumple
diez años. Lo celebra con diversos montajes, un libro
conmemorativo y una exposición que recogen lo que ha sido
hasta el momento, con compañías como el Odin Teatret o la
Volksbühne, autores como Shakespeare, Brecht, Ionesco y
Valle-Inclán, actores como Juan Echanove y Ana Belén, y
directores como Rigola y Ana Zamora. -A
estas alturas de La Abadía, ¿se siente ya como el abad, quizá
un obispo... o todavía un
monaguillo? -Sí, me siento responsable y
cabeza de una casa, pero de una casa que se ha hecho con una
participación de todo el mundo extraordinaria, con algunas
personas que han sido esenciales en ese proceso. No hablo ya
del grupo de actores, sino de Isabel Navarro, que ahora es
directora adjunta del Centro Dramático Nacional, de Gerardo
Vera, director del CDN, que es un gran amigo y patrono. Hablo
de la actual gerente, Alicia Roldán, que está ahí desde el
primer día. Hablo de un grupo de actores prodigiosos, creo que
el mejor que hay en España de su generación, y un equipo
técnico impresionante. -Siguiendo con lo
eclesiástico, suele decir Arrabal que él quiere que le
canonicen. Creo que ambos comparten el concepto de teatro como
ceremonia... -Sin duda, yo creo que el
teatro es una hermosa ceremonia civil, ciudadana, de altísimo
valor antropológico. Yo soy un hombre religioso, aunque
profundamente laico en mi
pensar. Público y
privado. -¿Cómo puede ser eso? -Creo que
el laicismo es una actitud civil. Las convicciones, las
creencias religiosas, son un asunto estricto de la conciencia
personal de cada uno. El laicismo es una manera de
relacionarse en la vida pública. -La
Abadía es un curioso esfuerzo: gestión privada, dinero
público, ¿es un ejemplo para otros
centros? -Me gustaría que fuera un
ejemplo. Yo creo que la base es la lealtad al encargo
implícito que las instituciones nos hacen al confiarnos el
dinero. La lealtad y la responsabilidad,
claro. -A pesar de todo, ¿envidia algún
centro extranjero, o la obra de algún
director? -Hombre, claramente hay muchos.
Europa es un continente muy rico. Y en este país hay gentes a
las que admiro y de las que aprendo. Y por supuesto en el
extranjero también. Lo que yo desearía es una mayor dotación
para La Abadía. Creo que se lo merece y que a veces los
políticos están ciegos y no saben lo que tienen entre manos.
Se debería poder trabajar con más holgura. Eso es lo único que
envidio y que añoro. -Cambian las
legislaturas. Cambian los directores de los centros
nacionales, pero usted se mantiene. ¿Qué tiene que no tengan
otros directores? -Dicho con la mayor
modestia, soy fundador de esta casa con la Comunidad de
Madrid. Durante años no he cobrado. No es que yo haya sido un
empleado de esa institución, sino que la he formado desde el
principio. -¿Qué espectáculo recuerda con
especial cariño? -De los que hemos
montado, «Baraja del Rey Don Pedro», de Agustín García
Calvo. -Parece que se va perdiendo el
buen teatro de texto... -Sí, y de ahí ese
trabajo con la lengua, con el habla escénica tan fuerte.
Cuando empezamos, yo recurrí al más grande maestro que tenemos
en España de habla escénica, y sobre todo de prosodia, ritmo y
dicción, que es García Calvo. -Dígame una
frase que produzca «placer inteligente» de, por ejemplo, su
«Azaña»... -(Se ríe). Hombre, Azaña dice
una cosa de la que siempre echo mano: «El Estado debe ser un
instrumento para el progreso político y la justicia social.
Pero el Estado debe ser, ante todo, además, defensor y
propugnador de la cultura». Y añade: «Lo peor en nuestro país
es el desamor a las cosas y la falta de continuidad». Y esto,
que quizá te ilustre lo que antes te hablaba de la
religiosidad del laicismo: «Una institución se degrada si
entre sus fines primordiales no se haya el de inculcar la
religión de las cosas nobles y venerables que están bajo su
acción y el de crear otras nuevas». En España es la obligación
primordial del Estado porque nadie puede suplantar ni suplir
lo que no haga en este orden. -No le
gusta hablar de política fuera del escenario, y dice que
dentro tampoco, pero los clásicos que elige hablan por sí
solos. -Azaña hoy está situado, en el
espectro político europeo, o español, como un hombre de centro
izquierda como pensador y escritor, y como ciudadano es
patrimonio de todos, incluso de aquellos que puedan no estar
de acuerdo con su tendencia o con sus actos. Por eso yo he
sacado a la luz «Azaña». -¿Qué tienen el
teatro francés y el alemán que le falte al
español? -En el teatro español echo
algunas cosas en falta y es que desde que terminan los
grandes, el Siglo de Oro, hasta que aparecen Valle-Inclán y
Lorca, hay un enorme vacío. Se debe a que España carece de
Ilustración. El conservadurismo llega hasta bien entrado el
siglo XX. Y esto se refleja, naturalmente, en la escritura
dramática. Y en los otros países, no es
así. Más
ilustrados. -Por La Abadía han pasado autores españoles
contempo- ráneos, como Antonio Álamo, García Calvo, Gonzalo
Suárez. ¿Estamos ya un poco más
ilustrados? - Yo creo que los españoles,
también los políticos, han hecho un extraordinario esfuerzo
para hacer de este país lo que es. Se han dado grandes pasos,
aunque se deben dar aún más. -¿Qué le
parece lo que se estrena hoy en España? Hay quien dice que
faltan actores, autores, ayudas. -El
teatro está viviendo un magnífico momento, una etapa muy
buena. Para estar a la altura europea se necesita una
consolidación de instituciones, de ayudas. El teatro es una
actividad artística de valor fundamental antropológico y de
comunicación. Yo creo que sí, todavía falta apoyo, si lo
comparamos con otros países. No tenemos, en proporción con el
Producto Interior Bruto ni la mitad de lo que Alemania
invierte, los países del Este, los antiguos países comunistas,
o los escandinavos. -Como actor, ¿qué
momento vive? -En un momento óptimo, en
el sentido de que ya sé lo que no sé y sé lo que sé. Tengo
conciencia de mis capacidades, también de mis limitaciones.
Además, para la edad que tengo he podido conservar una
relación mente-cuerpo buena,
saludable. -¿Cerrará la trilogía de
Azaña, Cernuda y.? -Quería hacer un texto
más, pero ahora no me interesa estrenar más solos. La próxima
temporada voy a trabajar fuera de La Abadía como actor, en el
Centro Dramático Nacional. - ¿Y el cine?
Le hemos visto en «El 7º día», que parece mentira que no se
llevara ni un Goya. -Sí, bueno, era mucho
«Mar adentro» lo que había. -¿El cine es
ahora un capricho, una parada en su actividad
teatral? -No, sigo haciendo cine. Dentro
de poco ruedo con Camino, después con Antonio Cuadri, un
director que me gusta mucho. Lo que no voy a hacer es dejar La
Abadía por eso. -Un pronóstico para La
Abadía para los próximos diez
años. -Espero no tener herederos, pero sí
aliados.
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