Escribió Emerson que quien
quiera ser un hombre verdadero debe ser un
inconformista. Esa es la actitud que mejor
definía a José Tamayo, un hombre de teatro
inabarcable, un luchador que ha retado a la vida
esgrimiendo los versos de Calderón, iluminado su
camino con las luces y las sombras de
Valle-Inclán o la clarividencia de Albert Camus.
Tamayo era una enciclopedia de acontecimientos.
Su experiencia vital y su extensa carrera
teatral abarcan más de medio siglo y son
inseparables de los acontecimientos históricos
de este país y del discurrir del teatro español,
al que él contribuyó tanto. A la sombra de la
Alhambra nació Tamayo en 1920, cuando el azahar
se derretía entre los calores de un 16 de
agosto. Entró en contacto con las obras del
teatro clásico español mientras estudiaba
Humanidades en el Seminario Menor granadino
entre 1930 y 1935.
El descubrimiento de
Calderón Aunque los años enseñan
muchas cosas que los días desconocen, Tamayo
aprendió la profesión de actor en grupos de
aficionados al finalizar la guerra civil, y más
tarde creó el grupo universitario “Teatro al
Aire Libre”, con el que montó algunos
“Entremeses” de Cervantes y obras de autores
clásicos. Ahí comienza su carrera en la
dirección, una labor que, como él mismo declaró
en un artículo para El Cultural, “consiste en la
aportación de una creatividad propia, que
promueve a un conjunto de creatividades buscando
un rendimiento máximo, porque el teatro es el
arte de representar”. Más prosaico fue su
trabajo de administrador en un periódico
granadino. Rápidamente Tamayo se unió al recién
creado “Teatro Universitario Lope de Vega”,
donde representó a un autor vital en su carrera:
Calderón de la Barca con “La vida es sueño”. En
1946, en plena postguerra, cuando las luces de
bohemia quedaron oscurecidas por las
consecuencias de la batalla, el director decide
crear su propia compañía, a la que bautizó con
honores como “Lope de Vega”, y con la que
representa un clásico de un clásico: “Romeo y
Julieta” de Shakespeare en el Teatro Eslava de
Valencia.
El nombre de José Tamayo
comenzaba a sonar en boca de programadores y se
conviertía en asiduo de la cartelera madrileña:
su compañía se instala en el Teatro Fuencarral
de la capital y a ella se unen tres nombres
fundamentales de la interpretación: Paco Rabal,
Mary Carrillo y Carlos Lemos. Con “La muerte de
un viajante” la compañía reaparece en el Teatro
de la Comedia de Madrid en 1952. La inquietud de
Tamayo no se aplaca y cierra capítulo con la
Lope de Vega para abrir uno nuevo con la
formación “Amadeo Vives” en 1959. Tamayo estuvo
ligado a instituciones como el Teatro Español de
1954 a1962 y el Teatro de la Zarzuela, que
reabrió en 1956, un siglo después de su
inauguración con “Doña Francisquita”, en la que
dirigía a un joven cantante canario, por
entonces desconocido: Alfredo Kraus. Obras como
“Carmen”, “Enrique IV”, “El caballero de Olmedo”
o “Crimen perfecto”, “Luces de Bohemia” o
“Divinas palabras”, se han convertido ya en
montajes clásicos. En 1961 funda el Tetro Bellas
Artes de Madrid, donde estrenó algunos de sus
montajes más importantes, y que fue escenario
del regreso de Alejandro Casona a España, ya que
fue Tamayo quien dirigió La dama del alba (1962)
y El caballero de las espuelas de oro (1964).
Del Vaticano a Nueva York
con Plácido Domingo Trabajó en los
teatros más importantes de España y del
extranjero, incluido el Madison Square Garden de
Nueva York donde presentó en 1985 uno de sus
grandes éxitos, su “Antología de la Zarzuela”
junto a Plácido Domingo. Esta “Antología nació
en 1969 y fue representada hasta 1987 por
distintos escenarios del mundo. En 1985 el
Teatro Lírico Nacional de La Zarzuela le rindió
homenaje por su labor de popularización del
teatro lírico hispano. Tamayo también tuvo
espectadores de excepción como el Papa Pío XII,
ante quien actuó en el Vaticano con “La cena del
rey Baltasar”, de Calderón. Su Antología de la
Zarzuela ha sido interpretada por ilustres
nombres del bel canto como Montserrat Caballé y
José Carreras.
La década de los 90
continuó siendo fertil para el director
granadino, a quien la edad no restó iniciativa.
En junio de 1992 el Rey Juan Carlos le entregó
la medalla de oro de las Bellas Artes, el mismo
año en que coproduce, junto a Plácido Domingo,
uno de sus grandes éxitos, el musical en
castellano “Los miserables”, de Víctor Hugo.
Otro recordado montaje es "Calígula", de Albert
Camus, protagonizado por Luis Merlo y estrenado
en el Teatro Bellas Artes de Madrid en 1994. En
1998 estrenó el montaje de “El cerco de
Numancia” de Cervantes en el Festival de Teatro
clásico de Mérida. En 2000 estrenó en El
Vaticano “El gran teatro del mundo”, obra de
Calderón protagonizada por Paco Valladares junto
a la compañía Lope de Vega. Se trataba de una
gran producción con partitura original de Antón
García Abril junto a temas de Falla, acompañados
por las 30 voces de la Coral Polifónica de
Madrid. En 2002, José Sancho protagoniza
Enrique IV, su último montaje. Tamayo reunió
todos los premios habidos y por haber. O casi
todos. A falta del Premio Nacional de Teatro. Su
última colaboración periodística la realizó en
EL CULTURAL, una semana antes de su
fallecimiento, con el artículo Romper el
exilio, con motivo del centenario de
Alejandro Casona. Fallece el 26 de marzo de 2003
en Madrid, a los 82 años de edad, tras una
repentina enfermedad respiratoria.