Juan
Mayorga “Hay que provocar la desconfianza del
público”
Es un raro del teatro español:
Procedente del mundo de las Matemáticas y de la
Filosofía, Juan Mayorga busca su estilo escribiendo
teatro de ideas, más propio de los países centroeuropeos
que del nuestro. Tras la parodia La boda de Alejandro
y Ana (que llega a Barcelona el 24 de septiembre),
vuelve a su teatro de tesis con Camino del cielo,
con el que ha ganado el Premio Enrique Llovet de este
año. Además, en octubre estrenará Sonámbulo,
recreación dramática del poemario Sobre los
ángeles, de Alberti, y se reeditan varias de sus
obras: El traductor de Blumemberg, El sueño de
Ginebra y Animales nocturnos (La
avispa).
Juan Mayorga (Madrid, 1965) ganó hace más
de un lustro el premio de teatro Born, uno de los más acreditados
y mejor dotados económicamente, por Cartas de amor a Stalin.
El texto le abrió al año siguiente las puertas del Centro
Dramático Nacional. Cartas... era una obra de tesis
sobre la actitud contumaz a que conducen las ideologías totalitarias,
en este caso el comunismo, pero su representación resultó
aburrida. Entonces, cuando Mayorga hablaba de su carrera,
además de varias obras publicadas (El jardín quemado),
algunas representadas en el circuito alternativo (El sueño
de Ginebra) y otras premiadas (Más ceniza con el
Calderón 1997), siempre sacaba a colación la tesis que realizó
en Alemania: Revolución conservadora y conservación revolucionaria,
política y memoria en Walter Benjamin. Ahora que la editorial
Anthropos la ha editado es más fácil entender por qué es tan
decisiva esta investigación universitaria en su obra dramática,
presidida por dos temas obsesivos: la manipulación de la verdad
en la Historia, y la coexistencia de la cultura y la barbarie.
De esto va precisamente su último título, Camino del cielo,
con el que ha ganado el premio Enrique Llovet de este año
y que se estrenará en Málaga el próximo mes a cargo del joven
director Jorge Rivera (Ñaque la publicará próximamente).
Sobre los ángeles, de Alberti
Más recientes son sus intentos de escribir comedia: El
Gordo y El Flaco y La boda de Alejandro y Ana,
estrenada la pasada temporada y en la que parodia al poder
pepero siguiendo la estela bohemia de Valle. La obra llega
a la sala La Paloma de Barcelona el día 26. Aunque es la poesía
lo que centra su proyecto más inmediato, un espectáculo sobre
Alberti dirigido por Helena Pimenta y producido por la Sociedad
Estatal de Conmemoraciones Culturales que se estrenará en
Cádiz el 16 de octubre: Sonámbulo.
–¿Por qué inspirarse en el libro Sobre los ángeles
para el espectáculo de Alberti?
–Creo que es un libro extraordinario. La crítica lo valora
mucho y, sin embargo, es menos conocido que otros que están
en el tópico del Alberti solar, gaditano, como Marinero
en tierra. Éste es un Alberti oscuro, escrito en 1927-28.
Sólo por poner en escena ese Alberti hubiera merecido la pena.
Pero es que además es un libro que da cuenta de una crisis
personal muy honda que de algún modo es también una crisis
generacional y de época. Y en este sentido coincide en su
diagnóstico, en sus imágenes, con otros titanes de la cultura
europea. La imagen del ángel pero invertida, convertida de
algún modo en una alegoría de la desesperanza, como imagen
del desencanto, del desarraigo, del exilio, se da en autores
como Rilke o Walter Benjamin. O sea que hay una universalidad
en esa crisis tan personal, una crisis amorosa que es vivida
como una crisis de identidad en general . Crisis que sin embargo
no concluye de forma negativa, sino que tras ella aparece
un hombre nuevo para un mundo nuevo.Sería una falsificación
decir que aquí está ya el poeta comunista, el poeta comprometido,
pero sí nos encontramos ya a un Alberti que reconoce que lo
sagrado está en la Tierra, en lo humano.
–¿Cómo trabaja con el director de escena? ¿interviene en los
ensayos?
–Suelo decir que es importante que el dramaturgo tenga una
máxima cercanía del hecho teatral y al mismo tiempo una distancia.
Es importante dialogar con los directores, con tus actores,
pero al mismo tiempo es importante que el dramaturgo no escriba
para el sistema teatral actual. Un texto contemporáneo no
es precisamente el escrito por un autor vivo, sino aquel que
es capaz de desestabilizar el sistema teatral actual; el que
ofrece una propuesta redundante, trabaja sobre lo ya sabido,
no aporta nada. Por eso es importante escribir textos para
los que todavía no hay actores ni directores, hay que escribirlos
para provocar su aparición. Hay textos actuales que son viejísimos
y por el contrario hay textos de Valle a los que todavía no
hemos llegado.
–Hablemos de su última obra, Camino del cielo, que
considera un obra histórica, aunque no lo parece, pero usted
tiene un concepto de teatro histórico muy amplio.
–¿Por qué no le ha parecido que es una obra histórica?
Teatro histórico y actualidad
–Recurrir a argumentos históricos para tratar un asunto concreto
no la convierte necesariamente en teatro histórico. Shakespeare
sitúa Julio César en la época romana pero no creo que
la obra sea una indagación histórica de la época.
–Sí, mi punto de vista es distinto. Ante todo Camino del
cielo es una obra sobre la actualidad, independientemente
de que sea una ficción en torno a un acontecimiento localizable
en el tiempo. La obra presenta a un trabajador de la Cruz
Roja que quiere ayudar, y que entra en un campo de concentración
para ver qué pasa allí. Una vez allí hace un viaje insólito,
en el que él siente que algo extraño está ocurriendo y que
acaba llegando a una rampa al final de la cual hay una especie
de hangar. A él se le dice que eso es la enfermería, los judíos
lo llaman ‘Camino del cielo’, y él acepta esa versión y redacta
un informe positivo de lo que ha visto, cuando si se hubiese
atrevido a subir por esa rampa y abrir esa puerta se hubiera
dado cuenta que de algún modo estaba cooperando con una gran
mentira. ¿Por qué digo entonces que se trata de una obra de
actualidad? Porque ese personaje se parece a mucha gente que
conozco y quizá se parece a mí profundamente. Me siento identificado
con un personaje que quiere ayudar pero que no se atreve a
abrir puertas, confía en lo que le dicen y en lo que le muestran
y en esa medida no descubre que camino del cielo es un camino
al infierno.
–¿Por qué llamarlo entonces teatro histórico si tampoco hace
una revisión del pasado?
–Por así decirlo, la representación que una época hace de
la historia del pasado, es la representación más intensa de
esa época presente. Es decir, que el teatro histórico nunca
nos informa o nos da una imagen del pasado.Esto es de forma
muy consciente en autores como Esquilo o Buero, que lo que
les interesa no es aquél tiempo sino el que ellos viven. La
primera obra de teatro histórico, Los persas de Esquilo,
es una obra sobre su tiempo, no sobre los persas. El tema
es la arrogancia del gobernante que desafía sus límites, desafía
a Dios, y luego es castigado por ello. Y en otros autores
que buscan la reconstrucción de un pasado, fallan en su intento
porque lo que hacen es una representación inconsciente de
la realidad. Es decir, que el teatro histórico siempre se
hace por intereses presentes, y yo cuando abordo el llamado
teatro histórico soy muy consciente de que estoy hablando
de la actualidad.
–¿Y qué referencias de hoy podemos encontrar en Camino...?
–Por ejemplo, la víctima de mi obra es un hombre al que se
le pone en una situación terrible , está en una permanente
encrucijada: por un lado, coopera con su verdugo, pero por
otro da ocasión de supervivencia, de prórroga a los judíos.
Esto es radicalmente actual, esa segunda muerte que se da
a las víctimas. La escandalosa posguerra de Iraq en la que
parece que se premia a la población cuando recibe como libertadores
a las tropas invasoras. Un pueblo que ha sido bombardeado
y que es invitado a cooperar del enmascaramiento delo que
le sucede. Por supuesto, no comparo el Holocausto con lo sucedido
en Iraq.
La misión del arte
–En la obra también desliza su idea del arte.
–Camino encierra una antialegoría de lo que desde mi
punto de vista debe ser la misión del arte, y del teatro en
particular, al que considero el arte político por excelencia.
Para mí el arte debe abrir puertas, mirar a los ojos. Y en
este sentido, el arte y la filosofía coinciden en sus objetivos
porque si la misión de la filosofía es la verdad, también
la del arte. Eso no quiere decir que se trate de presentar
la verdad como si se poseyese, sino que la verdad es el horizonte
del arte, lo que la tensiona.
–Si concebimos el arte como un instrumento político corremos
el riesgo de caer en un arte proselitista.
–Distinguiría el teatro de ideas que defiendo del teatro pedagógico,
al estilo Brecht, un teatro en el que el autor quiere exportar
una visión del mundo y se convierte en algo así como en un
pastor. No, yo me refiero a algo más elemental, a aquello
que decía Paul Klee de que el arte no imita la realidad, sino
que la desvela. La realidad no es evidente, sino que hay que
hacer un esfuerzo para mirarla. Cuando yo defiendo un arte
y un teatro de pensamiento, no me refiero al pensamiento del
autor. En el teatro de ideas lo que importa son las ideas
del espectador, provocar su desconfianza hacia lo que se dice.
Eso es especialmente necesario ahora, que vivimos tiempos
oscuros.Y no creo que en obras como Cartas de amor, El
jardín quemado o Camino se pueda derivar una imagen
del mundo, sino más bien una sospecha.
– Otro tema que le obsesiona: la cultura no nos aleja de la
barbarie y así en Camino nos presenta a un comandante
nazi que es un tipo culto, lee a Calderón, Shakespeare...
–El ingenuo sueño ilustrado de que la cultura ajardinaría
esta selva y nos convertiría en ciudadanos y eliminaría lo
bestial del ser humano se convirtió en una pesadilla y nos
hemos dado cuenta de que cultura y barbarie son compatibles,
e incluso de hasta qué punto una determinada cultura puede
estar incubando la barbarie. La pregunta que se hacía Adorno
y otros de ¿cómo se puede escuchar a Mahler por la mañana
y torturar por la noche?.
–¿Cómo continuar sabiendo que la cultura no nos asegura de
nada?
–Una cultura crítica puede fortalecer frente a la barbarie
y una cultura crítica es aquella que desconfía hasta de sí
misma. Por el contrario, una cultura acrítica es aquella que
tiende a la fosilización, a la mitificación. Por eso hay que
educar en la pregunta, en la sospecha.
–Usted es miembro de “El judaismo, una tradición olvidada”,
grupo que dirige Reyes Mate. Además de las tradiciones judías
que supongo estudiarán ¿les interesa algún aspecto concreto
del Israel actual?
–A este grupo concurre gente diversa interesada por una mirada
judía sobre el mundo, que no una mirada israelí, y una de
las derivaciones de este grupo ha sido la filosofía después
del Holocausto.