Sevilla.
Francisco Sánchez, o como a él le gusta que
le llamen, Paco de la Zaranda, y su Teatro
Inestable de Andalucía La Baja detentan el
privilegio de comparecer por segunda vez en la
programación del Teatro Lope de Vega de Sevilla.
El pasado mes de octubre fue con la última función
de la obra que conmemoraba sus primeros
veinticinco años de compañía, Ni sombra de lo
que fuimos. Mañana estrena en España –tras la
presentación internacional en el Festival Quijote
de París– su espectáculo, Homenaje a los
malditos.
–¿Quiénes son los malditos?
–Supongo que esa gente que nunca tiene
la posibilidad de hablar. Cuando se habla de los
malditos se sabe de antemano a quién recurrir.
Nosotros no hemos querido hacer un homenaje a esas
voces ya conocidas de las letras y las artes. Los
personajes que presentamos, más allá de ser buenos
o malos, héroes o villanos, siempre van a estar en
la conciencia de quien lo mire. Es el espectador
el que va a sacar las conclusiones y preguntarse y
responderse quiénes son esos malditos.
–¿Qué vías exploran en su línea de
investigación?¿Es difícil seguir manteniendo el
listón tras sus anteriores producciones?
–Hemos dado un paso más, aunque yo
siempre digo que La Zaranda ha cambiado tanto
desde sus principios que seguimos siendo los
mismos. Hay cosas muy novedosas en nuestra forma
de hacer. Ha llegado un momento en el que nos
vemos forzados a continuar la búsqueda por otros
derroteros.
–¿Cuáles son esas novedades?
–Para empezar, el espacio escénico
deja de ser totalmente negro y se tiñe de color.
Además, somos más actores que nunca, siete. Hemos
incorporado dos chicas más, hay tres mujeres en
escena, algo rarísimo. Con eso callaremos a
quienes nos criticaban por no llevar actrices. La
anécdota es que se sitúa en un antiguo café de
estilo novecentista. Todo esto es un poco loco.
–Durante 25 años nunca han hecho teatro para
el gran público pero siempre han estado en el
candelero, ¿dónde está el truco?
–Eso hay que matizarlo. Siempre
hemos hecho teatro para el gran público pero hasta
ahora ha sido una minoría quien ha sabido verlo.
Nunca nos hemos complicado mucho la vida, siempre
ha sido un trabajo muy visceral pero a la vez muy
comprensible por todo tipo de público. Lo que sí
es cierto es que pasaron muchos años en los que
nunca estuvimos a la altura de las modas y
nosotros siempre hemos huido de las falsas
vanguardias y de las tonterías, de querer hacer un
teatro que gustara. Lo primero era expresar lo que
sentimos y cómo somos. Cuando uno está en plena
fase de creación lo que menos le preocupa es si va
a gustar o no, si lo van a entender o no.
–¿Qué le sigue pidiendo al teatro?
–Que continúe aportándome cosas para
que La Zaranda siga existiendo. Por eso este nuevo
espectáculo es un trocito más de nosotros, de
nuestra andadura, que va camino de cumplir 28 años
intentando alcanzar el sueño de un teatro en
estado puro.
–¿Y cuál es ese estado puro?
–El que queda de La Zaranda, lo que
permanece en la memoria del espectador.
–¿Qué opinión le merece el teatro actual?
–Mi respuesta ahí no tiene más
remedio que ser muy negativa: brilla por su
ausencia, hay poca visceralidad. El teatro para mí
antes que nada es verdad y yo veo mucha mentira.
Lo veo muy pero que muy mal. Lorca decía que el
teatro es el termómetro del pueblo, pues yo mucho
me temo que en estos días de frío está bastante
congelado. Hay mucho camelo, muchas falsas
vanguardias y ansias de triunfo rápido. Encuentro
muy pocas cosas que me atrapen y me cojan ese
pellizco que contagia el arte.
–¿Por qué se metió en el mundo del teatro?
–Por una llamada interior. Y a estas
alturas, con los años que tiene uno, no le queda
más remedio que ser obediente a esa llamada. Hice
el teatro que me tocó hacer, al cual le siempre le
he sido muy fiel.
–¿Se imagina en otro tipo de registros o
espectáculos?
–Ni me veo ni me quiero ver.
–¿Y si tuviera la oportunidad de volver a
empezar?
–Volvería a tropezar en la misma piedra.
Si alguna vez me equivoqué es ahora, porque mis
equivocaciones me han traído lo que soy, me han
posibilitado vivir hasta el día de hoy. Con lo
cual yo digo como Machado: el hoy es malo, pero el
mañana mío.
–Clausuraron en Sevilla y estrenan su nueva
obra de nuevo en el Lope de Vega, ¿es éste el
principio de una gran amistad?
–Si no fuera por el Lope, dudo mucho
que pudiéramos venir a Sevilla. Ya era hora de que
tuviéramos esta oportunidad. Guardo un agradable
recuerdo de las dos últimas veces que estuvimos en
el Teatro Central y en el Lope, porque acudió a
vernos un público muy heterogéneo, más de
bolsillo, que llenó los dos días. Nos
sorprendió tanto que por eso aceptamos el desafío
de estrenar, no es lo mismo llevar un espectáculo
cerrado que ir con la incógnita de qué pasará.
–A pesar de llevar a Andalucía hasta en el
título, su relación con el sur no ha sido tan
fluida como nos gustaría a todos.
–A veces el hecho de ser de aquí, de
usar un lenguaje muy nuestro, llegó a ser
contraproducente, chocaba. Y eso nos ha ocurrido
no sólo con la gente de Sevilla, sino con
Andalucía en general. Más que divorcio o falta de
entendimiento lo que pasaba es que no corrían
vientos favorables. Siempre hemos ido a
contracorriente no por quererlo, sino por hacer el
teatro que nosotros sentimos y sabemos hacer. El
tiempo poco a poco va poniendo las cosas en su
sitio. Hubo un momento en el que la compañía era
más conocida de Despeñaperros para arriba o en
Suramérica que en Granada y Almería. Sólo fue un
mal sueño.
–¿Qué le advertiría a aquel que acuda por
primera vez a presenciar un montaje de La Zaranda?
–Ante todo pureza de alma, que no
vaya con ninguna predeterminación. Yo quiero que
el espectador sea cómplice de nuestra locura, le
pido que entre en nuestro mundo mágico, poético,
de sueño. En el teatro ya no debe haber espectador
sino comulgante.