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  Actualización | viernes, 11 de febrero de 2005, 21:00
paco sánchez. director escénico


"En el teatro hay mucho camelo y demasiadas falsas vanguardias"
La compañía más internacional y paradójicamente una de la más desconocidas de Andalucía, La Zaranda, estrena a nivel nacional en el Teatro Lope de Vega su 'Homenaje a los malditos'. Tras 28 años, su director Paco Sánchez asegura que aún les queda mecha para investigar, soñar y nadar a contracorriente.

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paco sánchez. En su último montaje en Sevilla.
INMACULADA SÁNCHEZ
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Sevilla. Francisco Sánchez, o como a él le gusta que le llamen, Paco de la Zaranda, y su Teatro Inestable de Andalucía La Baja detentan el privilegio de comparecer por segunda vez en la programación del Teatro Lope de Vega de Sevilla. El pasado mes de octubre fue con la última función de la obra que conmemoraba sus primeros veinticinco años de compañía, Ni sombra de lo que fuimos. Mañana estrena en España –tras la presentación internacional en el Festival Quijote de París– su espectáculo, Homenaje a los malditos.

–¿Quiénes son los malditos?

Supongo que esa gente que nunca tiene la posibilidad de hablar. Cuando se habla de los malditos se sabe de antemano a quién recurrir. Nosotros no hemos querido hacer un homenaje a esas voces ya conocidas de las letras y las artes. Los personajes que presentamos, más allá de ser buenos o malos, héroes o villanos, siempre van a estar en la conciencia de quien lo mire. Es el espectador el que va a sacar las conclusiones y preguntarse y responderse quiénes son esos malditos.

–¿Qué vías exploran en su línea de investigación?¿Es difícil seguir manteniendo el listón tras sus anteriores producciones?

Hemos dado un paso más, aunque yo siempre digo que La Zaranda ha cambiado tanto desde sus principios que seguimos siendo los mismos. Hay cosas muy novedosas en nuestra forma de hacer. Ha llegado un momento en el que nos vemos forzados a continuar la búsqueda por otros derroteros.

–¿Cuáles son esas novedades?

Para empezar, el espacio escénico deja de ser totalmente negro y se tiñe de color. Además, somos más actores que nunca, siete. Hemos incorporado dos chicas más, hay tres mujeres en escena, algo rarísimo. Con eso callaremos a quienes nos criticaban por no llevar actrices. La anécdota es que se sitúa en un antiguo café de estilo novecentista. Todo esto es un poco loco.

–Durante 25 años nunca han hecho teatro para el gran público pero siempre han estado en el candelero, ¿dónde está el truco?

Eso hay que matizarlo. Siempre hemos hecho teatro para el gran público pero hasta ahora ha sido una minoría quien ha sabido verlo. Nunca nos hemos complicado mucho la vida, siempre ha sido un trabajo muy visceral pero a la vez muy comprensible por todo tipo de público. Lo que sí es cierto es que pasaron muchos años en los que nunca estuvimos a la altura de las modas y nosotros siempre hemos huido de las falsas vanguardias y de las tonterías, de querer hacer un teatro que gustara. Lo primero era expresar lo que sentimos y cómo somos. Cuando uno está en plena fase de creación lo que menos le preocupa es si va a gustar o no, si lo van a entender o no.

–¿Qué le sigue pidiendo al teatro?

Que continúe aportándome cosas para que La Zaranda siga existiendo. Por eso este nuevo espectáculo es un trocito más de nosotros, de nuestra andadura, que va camino de cumplir 28 años intentando alcanzar el sueño de un teatro en estado puro.

–¿Y cuál es ese estado puro?

El que queda de La Zaranda, lo que permanece en la memoria del espectador.

–¿Qué opinión le merece el teatro actual?

Mi respuesta ahí no tiene más remedio que ser muy negativa: brilla por su ausencia, hay poca visceralidad. El teatro para mí antes que nada es verdad y yo veo mucha mentira. Lo veo muy pero que muy mal. Lorca decía que el teatro es el termómetro del pueblo, pues yo mucho me temo que en estos días de frío está bastante congelado. Hay mucho camelo, muchas falsas vanguardias y ansias de triunfo rápido. Encuentro muy pocas cosas que me atrapen y me cojan ese pellizco que contagia el arte.

–¿Por qué se metió en el mundo del teatro?

Por una llamada interior. Y a estas alturas, con los años que tiene uno, no le queda más remedio que ser obediente a esa llamada. Hice el teatro que me tocó hacer, al cual le siempre le he sido muy fiel.

–¿Se imagina en otro tipo de registros o espectáculos?

Ni me veo ni me quiero ver.

–¿Y si tuviera la oportunidad de volver a empezar?

Volvería a tropezar en la misma piedra. Si alguna vez me equivoqué es ahora, porque mis equivocaciones me han traído lo que soy, me han posibilitado vivir hasta el día de hoy. Con lo cual yo digo como Machado: el hoy es malo, pero el mañana mío.

–Clausuraron en Sevilla y estrenan su nueva obra de nuevo en el Lope de Vega, ¿es éste el principio de una gran amistad?

Si no fuera por el Lope, dudo mucho que pudiéramos venir a Sevilla. Ya era hora de que tuviéramos esta oportunidad. Guardo un agradable recuerdo de las dos últimas veces que estuvimos en el Teatro Central y en el Lope, porque acudió a vernos un público muy heterogéneo, más de bolsillo, que llenó los dos días. Nos sorprendió tanto que por eso aceptamos el desafío de estrenar, no es lo mismo llevar un espectáculo cerrado que ir con la incógnita de qué pasará.

–A pesar de llevar a Andalucía hasta en el título, su relación con el sur no ha sido tan fluida como nos gustaría a todos.

A veces el hecho de ser de aquí, de usar un lenguaje muy nuestro, llegó a ser contraproducente, chocaba. Y eso nos ha ocurrido no sólo con la gente de Sevilla, sino con Andalucía en general. Más que divorcio o falta de entendimiento lo que pasaba es que no corrían vientos favorables. Siempre hemos ido a contracorriente no por quererlo, sino por hacer el teatro que nosotros sentimos y sabemos hacer. El tiempo poco a poco va poniendo las cosas en su sitio. Hubo un momento en el que la compañía era más conocida de Despeñaperros para arriba o en Suramérica que en Granada y Almería. Sólo fue un mal sueño.

–¿Qué le advertiría a aquel que acuda por primera vez a presenciar un montaje de La Zaranda?

Ante todo pureza de alma, que no vaya con ninguna predeterminación. Yo quiero que el espectador sea cómplice de nuestra locura, le pido que entre en nuestro mundo mágico, poético, de sueño. En el teatro ya no debe haber espectador sino comulgante.

 

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